jueves, 16 de febrero de 2017

¿Cisma? ¿Qué Cisma? Planteamiento (I)

Cada día es más habitual escuchar a personas que hablan de cisma dentro de la Iglesia. Cisma (proveniente del griego schisma, separación, división) es la ruptura de la unidad y unión eclesiásticas. De hecho, desde hace décadas existen una inmensa cantidad de cismas dentro de la Iglesia, pero al no ser reconocidos como tales, quedan a nivel de cisma formal. Es decir, existe una ruptura que nos impide vivir unidos la misma fe y trabajar unidos.

Aunque la situación eclesial es muy preocupante, no creo en que lleguemos a un cisma real, porque a nadie le interesa generar una ruptura real y además, la estructura social/eclesial es muy diferente a la que existía hace siglos. Ya no tenemos una fe y una Iglesia sólida, coherente y consistente. La fe y la Iglesia actual es vivo reflejo de la sociedad en que nos movemos y a la que pertenecemos. Si nos damos cuenta, la Iglesia está compuesta por las mismas personas que vivimos en la sociedad actual. Vivimos en una sociedad líquida, por lo tanto la Iglesia se convierte en un apéndice socio/cultural de la misma sociedad.

¿Se puede romper un líquido? Evidentemente no es posible. En todo caso se puede separar, pero para ello hacen falta recipientes diferentes sin conexión alguna entre ellos. Nuestra sociedad, aparte de líquida, es global. Llega a todas partes e impregna la vida de todos los que estamos unidos por los medios de comunicación. Otra cosa es que un grupo de persona se separe totalmente de la sociedad y viva aislado de ella. Por ello no es sencillo generar un cisma en la sociedad en la que vivimos.

Antes, cuando un pastor se separaba de Roma, todos sus sacerdotes y fieles iban detrás, aunque no se hubieran enterado de nada. Cuando la sociedad y la Iglesia eran sólidas, se podían padecer rupturas y separaciones reales. Eso pasó con la Iglesia de Inglaterra cuando Enrique VIII se separó de Roma. El mismo hecho de que el rey asumiera la cabeza de la Iglesia inglesa, produjo un cisma.
Actualmente la sociedad y la Iglesia son líquidas y eso cambia muchas cosas. Plantear un cisma real puede quedar en una tremenda tormenta mediática y poco más. Si Roma ignora el planteamiento separador o dice que al como “¿quién soy para juzgar?”, encogiéndose de hombros, todo seguirá igual, como si nada hubiera pasado. De hecho es lo que viene pasando con frecuencia. Pensemos en el movimiento de curas austriacos y las consecuencias reales que ha tenido su rebeldía. Nada de nada. Seguramente me equivoque, pero soy muy escéptico con las consecuencias de un Cisma real, por muy consecuente y coherente que sea.

"Ser católico" ya no representa un entendimiento coherente y una fe sólida. La sociedad ya no comprende esos conceptos y categorías, porque su modelo es “fluir”, adaptarse. Se católico es una marca, una etiqueta que cualquiera se pone encima por estética socio/cultural. Es cierto que te puedes poner duro e indicar que la etiqueta no se ajusta a la realidad. Puedes llenar 20 libros de razones y hablar durante horas de ello ante los medios. En la postmodernidad las razones no tienen valor alguno. Lo que manda y ordena la sociedad es qué nos sentimos. Si te sientes árbol, todos aceptamos que eres un árbol. ¿Quiénes somos para juzgar? Eres árbol y punto. Te regaré mañana. Si pasas de dar razones a señalar incoherencias te rechazarán porque destrozas la panacea postmoderna. La panacea de la unidad del vacío, la armonía del silencio, la tolerancia de la lejanía mutua, la misericordia que es complicidad y la fe como herramienta social. Serás un rigorista, un “cara de pepinillo en vinagre”, una inadaptado socio/espiritual, un fariseo, pero nadie hará nada contra ti. En el fondo comprenden que te pones la etiqueta de “rigorista” y “disfrutas” haciendo evidente lo que sientes que eres. Eres molesto, pero se te tolerará. Perteneces a  tribu urbana peculiar dentro del fluido social donde nos movemos.


¿Eres cismático? Te preguntarán y como decía Jack Lemmon, en Con Faldas y a lo Loco, te responderán encogiéndose de hombros: "nadie es perfecto". Te insultarán por ser tan poco "tolerante, misericordioso y sociable" pero te dejarán vivir como quieras. ¿A quién le importa que unos u otros se pongan etiquetas entre sí o se pongan a sí mismos la que más les guste? Las etiquetas de "cismático" o la de "testigo del evangelio" o incluso la de "santo" han dejado de tener sentido. La postmodernidad hace que las etiquetas sean sólo apariencias emotivistas y socializadoras. Son formas de reconocerse y reconocer a los demás en un momento dado. Ya nadie desea etiquetarse para toda la vida, porque nos parece que perdemos libertad al hacerlo. 
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