jueves, 9 de febrero de 2017

El templo interior (II). Cuando lo externo no quiere hablarnos de Dios

Actualmente no resulta especialmente fácil vivir una vida de fe tradicional y profunda. Las comunidades se van convirtiendo en espacios de confrontación de formas de entender, sentir y vivir la fe. Desconfiamos unos de otros y nos etiquetamos con todo tipo de calificativos denigrantes.

Los templos son cada vez más funcionales y asépticos. Parecen salas multifunción que sirven para cualquier actividad comunitaria. No tienen signos ni símbolos sagrados, ya que nos resultan incomprensibles e incluso los despreciamos por ser "anacrónicos".

Las celebraciones litúrgicas han ido cambiando su centro. Ahora se entiende que el centro de la celebración es la comunidad, olvidando el sentido sagrado y trascendente de la Liturgia. Hay tantas Liturgias como comunidades creativas y plurales. Una Liturgia creativa nos lleva a una fe adaptada a cada uno y a las realidades en las que cada cual vive. 

Se acepta con normalidad que conciencia personal está por encima del Sacramento y de la Revelación de Dios, como podemos ver en la forma en que está aplicando la Exhortación Apostólica "Amoris Laetitia". Si hablas de discernir, te cierran la boca clavándola con un "no juzgues". Callarte para que no te atrevas a descubrir el simulacro en que se desarrolla la fe. Vivimos las consecuencias de la postmodernidad, que nos come por lo piés. ¿Cómo podemos responder a ello?

Tenemos tres orientaciones importantes que considerar:
  1. Vivir el espacio sagrado en el Templo Interior que llevamos cada uno de nosotros en nuestro corazón. La Estrella Interior, la Luz de Cristo, habita en este espacio y en él podemos adorar al Señor en Espíritu y Verdad, como Cristo mismo indicó a la Samaritana.
  2. Vivir el tiempo sagrado en cada acto que realizamos. La Liturgia nos abre a la dimensión cósmica de la fe, como Benedicto XVI nos indicó. Vivir desde Cristo y a través de Cristo es posible si dejamos que el Espíritu Santo obre el milagro de la santidad en nosotros. Cada entendimiento, sentimiento o acción, debe ser una oración al Señor, que nos pide orar constantemente.
  3. Vivir la comunidad por medio de la Comunión de los Santos, que nos une y reúne aunque vivamos a 100000 km de distancia unos de otros. La comunidad donde es posible vivir la fe no siempre es la que encontramos cuando vamos a misa, ni la que intentamos ayudar en lo que podemos y se deja ayudar.

Estas tres orientaciones se pueden complementar con una comprensión más profunda del sentido de nuestra vida y del camino de la santidad. Si el mundo ha penetrado en la Iglesia y la ha contagiado de complicidad mundana, nosotros podemos hacer vida real lo que nos dice la Carta a Diogneto:

Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar.

Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente en sus corazones.

No desesperemos si el mundo parece conquistar la Iglesia, porque es imposible. Pueden conquistar las formas, nombres, apariencias y reclamarse católicos como quien reclama ser de cualquier equipo de fútbol. Las etiquetas se ponen y se quitan con facilidad, porque sólo son apariencia. El ser católico no necesita etiquetas, porque se hace evidente sin tener que reclamar socialmente se considerado como tal. Sin duda la Iglesia subsiste y subsistirá a cualquier ataque del maligno, porque el diablo no puede transformar el ser. Tan sólo puede confundirnos con apariencias y mentiras. Depende de nosotros no escuchar sus cantos de sirena y centrarnos en lo esencial: Cristo, el Logos, Camino, Verdad y Vida.

El Templo Interior es el refugio de quien se ve despojado de un espacio externo donde celebrar los Misterios. La vida cotidiana, se hace Liturgia para quien no puede vivir con profundidad los Misterios en las celebraciones. La Comunión de los Santo, nos entrelaza aunque no estemos suficientemente cercanos unos a otros. Es como ser un ermitaño en mitad del mundo, tal como la Carta a Diogneto nos relata. Tengamos esperanza. En el Templo interior, brilla la Luz de Cristo, doblemos nuestras rodillas y adorémosle.



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