domingo, 18 de julio de 2010

El mundo y el cristiano

En la sociedad de la tolerancia en que vivimos, reseñar que el cristiano y el mundo deberían estar enfrentados, suena especialmente mal. Suena mal, aunque este enfrentamiento no signifique odio alguno por parte del cristiano. Dios mismo amó y ama al mundo, en tal grado, que fue y es, capaz de manifestarse en su seno:

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Jn 3, 16)

El cristiano, a semejanza de Cristo, debe amar al mundo de manera que se compromete a si mismo (como la levadura) para transformarlo. Quien ama no puede tolerar ni vivir desafecto de sus hermanos. Quien ama se enfrenta al amado para que el objeto de su amor se convierta, se transforme.

Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.» (Mt 13, 33)

El mundo es semejante a la masa de harina que debe ser transformada en pan … que es el paradigma del Reino de Dios. El mundo no es más que la sociedad humana que vive de espaldas a Dios. El Reino es la comunidad cristiana que hace su vida en sintonía con Dios. El cristiano se gasta transformando el mundo en Reino de Dios.

Pero, evidentemente, el mundo no se deja transformar, ya que dejaría de ser lo que es para ser algo nuevo. Dejaría su antigua naturaleza para convertirse en algo diferente. Ante la conversión, el mundo se defiende y odia a quienes penetran en su seno, como levadura que le transforma.

Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió. (Jn 15-18-21)

Cuando el mundo odia a quienes siguen a Cristo y lo transforman en el Reino… aparece la discordia y la división. Aparecen los repudios, rechazos y condenas.

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. (Mt 10, 34-36)

Pero… ¿No había venido Cristo a traer la paz? Leamos lo que Eusebio de Cesarea nos indica sobre el tema. En este texto encontramos el hilo de la Tradición que soluciona de la aparente paradoja que se plantea el cristiano de hoy en día:

“Jesús es la paz y vino a reconciliar las cosas del cielo y las de la tierra”. Si esto es verdad, ¿cómo podemos comprender lo que el mismo Salvador dice en el Evangelio: “No crean que he venido a traer paz a la tierra?”. Pero qué. ¿Es que la nieve puede calentar o el fuego enfriar? ¿Es posible que la paz no procure la paz? ¿Cómo puede decir la paz en persona: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”; cuando se dice de esa paz que es Cristo: “He venido a reconciliar las cosas del cielo y las de la tierra”, y además dice el Evangelio: “Ha venido no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por su medio”?

Si alguien desea instruirse sobre el Señor, que rechace los pensamientos de su propio corazón y mantenga despierta la mirada purificada de su espíritu. El propósito de Dios, al enviar a su Hijo, era salvar a los hombres. Y la misión que él debía cumplir era establecer la paz en el cielo y en la tierra. ¿Por qué desde entonces no hay paz? Por razón de la debilidad de los que no han podido aceptar el resplandor de la luz verdadera. Cristo proclama la paz; así lo afirma el apóstol Pablo cuando dice: “Él es nuestra paz”, es decir, la paz únicamente de aquellos que tienen una actitud de fe y de recepción.

Pero ¿cómo es posible que Cristo no haya traído la paz a la tierra? Una hija cree, y su padre continúa infiel. Puesto que la misma predicación de la paz obra la división, ¿qué asociación puede haber entre creyente e incrédulo? El hijo se convierte, el padre continúa en la incredulidad. La oposición es inevitable. Donde se proclama la paz, se instala la división. Y es una división salutífera, puesto que nos salvamos por la paz. Y no se trata de una interpretación puramente personal, es exactamente lo que hemos escuchado de labios del Señor: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”. Y todavía más enérgicamente, añade: “No he venido a traer paz sino espada”. ¿Cómo? ¿No la paz sino la espada? He venido a enfrentar al hombre con su padre. Elijo al hijo y esto desagrada a su padre. Fíjate en el tono de las palabras. Porque se refiere al filo de la espada, dice: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”... Proclamo la paz, sí, pero la tierra no la acepta. No era ese el propósito del sembrador, sino que esperaba el fruto de la tierra. (Eusebio de Cesarea, Sobre la palabra del Señor: [PG 24, 1176-1177])

La paz que nos trae Cristo no es la paz de la tolerancia y del desafecto que se vende hoy como sinónimo de amor. El amor no es indiferencia. El amor transforma, aunque duela y desgarre. No podemos quedarnos en la vacuidad de que todo es igual, todo es indiferente y que el amor es dejarnos vivir como queramos. Esto no es más que la estrategia del gran disgregador. El diablo nos canta al oído que no vale la pena padecer el odio del mundo. Nos dice que es mejor vivir en indiferente y vacía “armonía” con todo. Nos enseña que es mejor relativizar para no tener que comprometernos con nada hasta el fin.

Tras enunciar esto, rápidamente, los profetas de la tolerancia, nos dirán que nuestra actitud es troglodita y reaccionaria. Que vivimos en los tiempos de Constatino al querer tomar la espada contra quienes no piensan como nosotros. Nada de esto es cierto. Cristo no tomó la espada, no por ello dejó pasar la ocasión de transformar al mundo que se enfrentaba a El. Cristo ejerció el amor con firmeza y sin tolerancia.

Dijo a los que querían lapidar a la adultera… que el que estuviera libre de pecado tirara la primera piedra y terminó indicando a la pecadora que dejara de pecar. Echó a los mercaderes del templo, aunque eso significara arruinar a las familias que vivían de esa actividad. No toleró ni a unos y ni otros… los transformó según el Reino de Dios. Según el Reino que pedimos que venga a nosotros, cada vez que rezamos el Padre Nuestro.

--oOo--

Señor, venga a nosotros tu Reino
Reino, que es lugar y tiempo donde Tu voluntad impera.
No nos dejes caer en la tentación de imponer
nuestra cómoda voluntad particular.
Líbranos de quien desea separarnos de Ti.
Amen

2 comentarios:

ver con los ojos del corazon dijo...

Interesante entrada, querido Miserere...
Traer la Paz... y la guerra a la vez... pues aquellos que no despiertan, no pueden entender. Y aquellos que se abren a ÉL... son sumergidos en su Bautismo de Paz... y de dolor a la vez... pero de la mano de la FE.

Amar al enemigo... sería elevar la paz más allá de nuestra comprensión... a LA COMPASIÓN... un reto que deberíamos meditar.

ÉL no se rebeló a la voluntad de aquellos que le mataron... pues sabía que la Voluntad del PADRE era precisamnete ésa.Nos puede costar entender... pero para ello no hemos de poner resistencias... pues sabemos de la RESURRECCIÓN...de LA SALVACIÓN... la respuesta de la VIDA EN EL ESPÍRITU... y desde éste... la experiencia de la PAZ interior.

Vivir en el mundo no es nada fácil, claro está... ni en su época ni en la nuestra.Pero su PAZ era mucho más que inmediata...era ÚLTIMA... quizás por eso nos cueste tanto entenderla.

Todo hombre sumergido en la ignorancia de DIOS... dificilmenter albergará SU PAZ... pues está de espaldas y lejos de ÉL.... y se rebelará hacia aquéllos que proclaman SU PAZ.

Roguemos a DIOS, MISERERE... para que regale con la Piedra Preciosa de la Fe a cuantos más hombres mejor... pues en este mundo tan lleno de oscuridad... hay una emergencia de SU LUZ.


Gracias... y un nuevo abrazo... siempre.

Bruno dijo...

Muy valiente... y por eso mismo muy necesario decir estas cosas que nadie dice hoy.

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