miércoles, 20 de abril de 2011

Triduo Pascual. La Cena del Señor


En las vísperas del Tríduo Pascual, no viene mal echar en vistazo a las catequesis de San Cirilo de Jerusalén. Sobre la institución de la Eucaristía, nos dice lo siguiente:

Incluso esta sola enseñanza de Pablo sería suficiente para daros una fe cierta en los divinos misterios. De ellos habéis sido considerados dignos y hechos partícipes del cuerpo y de la sangre del Señor. De él se dice que «la noche en que fue entregado» (I Cor 11, 23), nuestro Señor Jesucristo «tomó pan, y después de dar gracias, lo partió» (1 Cor 11, 23-24) «y, dándoselo a sus discípulos, dijo: "tomad, comed, éste es mi cuerpo". Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: "Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre"» (Mt 26, 26-28). Así pues, si es él el que ha exclamado y ha dicho acerca del pan: «Este es mi cuerpo», ¿quién se atreverá después a dudar? Y si él es el que ha afirmado y dicho: «Esta es mi sangre», ¿quién podrá dudar jamás diciendo que no se trata de su sangre?

En una ocasión, en Cana de Galilea, cambió el agua en vino (Jn 2, 1-10), que es afín a la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de fe al cambiar el vino en sangre? Invitado a unas bodas humanas, realizó aquel prodigio admirable. ¿No confesaremos mucho más que a los hijos del tálamo nupcial les dio para su disfrute su propio cuerpo y sangre?

Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues en la figura de pan se te da el cuerpo, y en la figura de vino se te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas partícipe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre. Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4).

En cierta ocasión, discutiendo Jesús con los judíos, decía: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53). Pero como aquellos no entendiesen en sentido espiritual lo que se estaba diciendo, se retiraron ofendidos (Jn. 6, 60) creyendo que les invitaba a comer carnes.

Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo le va bien al alma.

Por lo cual no debes considerar el pan y el vino (de la Eucaristía) como elementos sin mayor significación. Pues, según la afirmación del Señor, son el cuerpo y la sangre de Cristo. Aunque ya te lo sugieren los sentidos, la fe te otorga certidumbre y firmeza. No calibres las cosas por el placer, sino estate seguro por la fe, más allá de toda duda, de que has sido agraciado con el don del cuerpo y de la sangre de Cristo. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis XXII, Fragmento)

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Hace un rato he estado conversando con una pareja de Testigos de Jehová de los que van de puerta en puerta intentando “desenmascarar” la Tradición en que sustenta la Iglesia. Es triste constatar todo lo que pierden al despreciar la Tradición y quedarse en la “sola escritura”, además cambiando muchos pasajes de la Biblia para que se ajusten a sus ideas. Cuando les hablas con caridad y con conocimiento, se despiden con cordialidad. Dios vaya con ellos.

Entre todo lo que dejan atrás, estas personas pierden la Eucaristía y todos los sacramentos. ¿Cómo se puede vivir sin el pan el Cielo? ¿Cómo se puede vivir sin el vínculo sacramental que nos liga y relaciona con Dios? Ruego para que llegue un día que recapaciten, vuelvan a la Iglesia renovados y compartan con nosotros la comunión que nos une y nos da sentido. Recemos por ellos y tratémoslos con afecto.

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