No creo que nadie pueda pensar en que los seres humanos podamos entender a Dios. Sólo tenemos entendimiento parcial de lo que El nos ha revelado y aún así, rara vez podemos llegar a un acuerdo entre nosotros. La Verdad, que es Cristo, nunca puede se propiedad de nadie, aunque nos empeñemos en querer limitar a Dios según nuestras propias limitaciones. Podríamos decir que tendemos a pensar en Dios como hecho a imagen y semejanza de nosotros.
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domingo, 12 de abril de 2015
Amor y Verdad. Dos caras de la misma moneda.
domingo, 7 de diciembre de 2014
Adviento: ¡Dios te ama sin medida! Benedicto XVI
El evangelio de hoy nos muestra a Juan el Bautista
que predica en el desierto: “Una voz grita en el
desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. ¿Qué
prediga? La Esperanza que parte del amor incondicional de Dios. Esperanza
que nos hace gritar de júbilo, porque sabemos que el Señor nos ama
infinitamente. Esperanza que se sostiene en la sólida roca de la fe. Dios
nos ama, con tal fuerza, que envió a su propio Hijo a morir por nosotros.
Es más, Dios ha revelado que su amor
hacia el hombre, hacia cada uno de nosotros, es sin medida: en la Cruz,
Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra en el modo más
luminoso hasta qué punto llega este amor, hasta el don de sí mismo, hasta el
sacrificio total. Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios
desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para volver a llevarla a Él, para
elevarla a su alteza. La fe es creer en este amor de Dios que no decae
frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de
transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la
salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me
sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo
aspira a la eternidad, sino que la dona; es confiarme a Dios con la actitud
del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están
asegurados en el «tú» de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de
la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres. (Benedicto
XVI. Audiencia general. 24 de octubre de 2012)
El viernes, en una reunión de matrimonios católicos,
nos preguntamos por la razón de la desesperanza que existe en el mundo. ¿Por
qué hay tantas personas que viven la Navidad con tristeza? La respuesta tiene
que ver con los seres queridos que han muerto y no tenemos esperanza de volver
a ver. (Seguir leyendo)
jueves, 6 de junio de 2013
Dios nos dió la tarea de cultivar y custodiar la creación. Papa Francisco
El Papa Francisco
ha realizado un fuerte llamado en contra de la “cultura del desperdicio”, del “usa y tira”, del consumo veloz y sin
frenos que lleva a la idolatría del dinero. En ocasión de la Jornada Mundial
del Ambiente, el Papa Francisco aprovechó para lanzar “un fuerte llamado a la necesidad de eliminar los desperdicios y
la destrucción de los alimentos”.
“La cultura del
desperdicio, que tiende a convertirse en mentalidad común que contagia a todos,
pone en peligro, en primer lugar, a la persona humana. Dios, de hecho, dio al
hombre la tarea de cultivar y custodia la creación, pero los hombres olvidan
demasiado a menudo esta tarea, distraídos porque persiguen obsesivamente el
dinero. Y lo hacen hasta el punto de no sentir a la persona ni a la vida humanas
como valor primario que hay que respetar y tutelar, sobre todo si es pobre o
discapacitada, si todavía no sirve, como el que está por nacer, o si no sirve
más, como el anciano”
La pregunta que se nos viene a la
cabeza es ¿Por qué somos tan reacios a buscar el bien común, que es bien para
nosotros mismo y los que nos rodean. Parecería que el consumo desmedido no
tiene incidencia en nuestro entorno humano y ambiental, pero esto es una
mentira tremenda. Una mentira que se esconde detrás del marketing que nos
acucia a comprar para sentirnos vivos. Comprar para llenar el vacío de sentido
que cargamos en nuestro interior. Comprar para llenar el vacío que el
egoismo crea en nosotros.
¿Por qué tanta ceguera al bien común? San Agustín nos ayuda indicando un
elemento muy interesante...
Seguir leyendo AQUÍ
jueves, 28 de marzo de 2013
Unidad y amor fraterno
El Jueves Santo es el día del amor fraterno. Para
acercarnos a este amor, Sermón 272 de San Agustín es especialmente hermoso, ya
que une varios conceptos que solemos entender por separado: sacramentos, unidad
y amor fraterno.
A estas cosas, hermanos míos, las llamamos
sacramentos, porque en ellas es una cosa la que se ve y otra la que se
entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende posee fruto
espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al
Apóstol, que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus
miembros. En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de
Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y
recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el
Amén, y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: «El cuerpo de Cristo»,
y respondes: «Amén.» Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el
Amén. (San Agustín, Sermón 272)
La unidad requiere caridad y humildad. El amén que decimos
al aceptar que el Eucaristía es cuerpo y sangre de Cristo, conlleva la humildad
de sabernos parte de un todo, que es la Iglesia. No es fácil ser Iglesia, ya
que cada cual tiene su entendimiento y sueña la iglesia ideal para si mismo.
Pero lo importante de la Iglesia es la unidad que da sentido a la diversidad de
dones y carismas que nos ofrece el Señor. El pan está compuesto por miles de
partículas, todas similares, pero diferentes.
¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos
nada personal al respecto, y escuchemos otra vez al Apóstol, quien, hablando
del mismo sacramento, dice: Siendo muchos, somos un solo pan, un único cuerpo. Comprendedlo
y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan: ¿quién es
este único pan? Muchos somos un único cuerpo. Traed a la memoria que el pan no
se hace de un solo grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos,
erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como asperjados; cuando
recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos. Sed lo que
veis y recibid lo que sois. Eso es lo que dijo el Apóstol a propósito del pan.
Lo que hemos de entender respecto al cáliz, aun sin decirlo expresamente, lo
mostró con suficiencia. Para que exista esta especie visible de pan se han
conglutinado muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo
que dice la Sagrada Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y
un solo corazón hacia Dios. (San Agustín, Sermón 272)
El símil que San Agustín nos muestra es maravilloso. Todos
somos granos que unidos conformamos un solo pan. Un único cuerpo que se genera
de forma milagrosa. El bautismo nos hizo parte de un todo que es más que cada
uno por separado.
Así también nos simbolizó a nosotros Cristo
el Señor; quiso que nosotros perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el
misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y
no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino
un testimonio contra sí. (San Agustín, Sermón 272)
¿Es posible la unidad sin la paz? No. Sin duda la paz del
Señor es un don que hemos de recibir para poderla dar, a su vez, a los demás. La paz únicamente se consigue a través de la humildad, ya
que sin humildad no puede existir caridad.
“La humildad es la más grande de las
enseñanzas cristianas, pues por la humildad se conserva la caridad” (San Agustín. Exposición de la Carta a los Gálatas, 15).
Sin caridad no puede existir unidad y sin unidad ¿Qué es la Iglesia?
¿Cómo trabajar por la unidad de la Iglesia? El Papa
Francisco nos da una pista especialmente acertada. En la breve homilía de la
misa celebrada el miércoles 27 de marzo en la capilla de la Casa Santa Marta,
el Papa Francisco nos invitó a “Nunca hablar mal de otras personas”. Si hemos
de hablar de errores, evitemos juzgar a quienes los cometemos.
Si tenemos que señalar los errores de otra persona, hagámoslo
con humildad y sabiendo que los equivocados podemos ser nosotros. Es fácil
reclamar a los demás que nos acepten como somos. Lo complicado es aceptar como
son los demás. Sobre todo es complicado aceptar que las sensibilidades, que
provienen de los carismas de cada persona, merecen respeto y consideración. No
podemos olvidar la necesidad de ser fieles a la Iglesia y a Cristo, aunque a
veces nos duela en carne propia.
Feliz día del amor fraterno.
martes, 26 de enero de 2010
La virtud más grande es el amor

La fe y la esperanza se ordenan solamente al hombre; el amor se ordena a Dios; la fe puede mover montañas, el amor crea las montañas, el cielo y la tierra; la fe anima a la criatura para que se esfuerce por alcanzar el paraíso; el amor ruega a Dios que baje con su fuego a la tierra de tal manera que el hombre por el camino de su amor alcance el cielo. La fe dice: sirve, oh hombre, a tu Dios como se debe; el amor: hazte, oh Dios, hombre y sirve al hombre, que te debe mucho de cuanto tiene. La fe dice: llama, oh hombre, a la puerta del cielo para que abran; el amor dice: oh Dios, abate las puertas del cielo para que el hombre lo encuentre abierto. La fe enseña al hombre a morir por el amor de Dios, el amor invita a Dios a que muera por el hombre y al hombre a que muera por su Dios. La fe muestra a Dios de lejos; el amor lleva al hombre a Dios, y el amor hizo a Dios hombre y al hombre Dios.
La fe es tan solo señora, porque reina sólo aquí donde no tenemos ciudadanía permanente, mientras esperamos la futura; el amor es el emperador del cielo y de la tierra. La fe es un campesino; el amor un caballero.La fe es emperatriz de muchas humildes criaturas de aquí abajo; el amor es emperador de los ángeles.La fe domina sobre los siervos; la caridad sobre los hijos amados y los santos. Considera bien este ejemplo: Si en el sol hubiese un universo como el nuestro, ¿por quién sería alumbrado, calentado, vivificado y regido? Ciertamente que no por sus rayos sino sólo por su esencia, porque el sol contendría en ella todo aquel universo. Efectivamente, el sol ilumina a nuestro mundo, lo calienta, le da vida y lo rige no por si mismo — ya que no puede venir a nosotros — sino por medio de los rayos que nos envía. Y así la razón por la cual el sol hace esto por medio de sus rayos es porque no puede desplazarse hasta nosotros.Esto y mucho más puedes pensar de Dios.
El Padre engendra su rayo de luz como el sol, es decir, el Verbo eterno y esencial. El Padre y el Verbo, como el sol y su rayo, producen un calor esencial: el Espíritu Santo. De este modo este sol divino es poder, luz y fuego; Padre, Hijo y Espíritu Santo; potencia, verdad y amor: un solo Dios y tres personas. Este sol divino todo él es poderoso, todo él resplandeciente, todo él ardiente. No tres potencias sino una, no tres luces sino una, ni tres fuegos sino uno.
De esto, sin embargo, surge una leve duda. Se ha dicho que todos nosotros estamos en Dios y que Dios es amor; puede parecer por consiguiente que todos estamos en el amor y así también, todos estamos en la verdad y todos en la verdadera potencia. Pero tal cosa es falsa porque son pocos los que viven en el amor, y por el contrario muchos los que caminan en el error y en la mentira y muchos son débiles y sometidos a flaquezas.
Empiezo respondiendo con un ejemplo: Muchos peces están al sol, pero cubiertos por el agua no se calientan; muchos ciegos están en la luz y no ven; muchos recipientes contienen alimentos y no los comen. Date cuenta, por tanto, que no es suficiente estar en un lugar para participar de los valores del lugar, si no se tienen las debidas disposiciones. El enfermo come y no le aprovecha; el muerto puesto en el fuego no percibe el calor. Si uno está al sol, pero se hace empapar constantemente con agua muy fría, no sólo no se calentará sino que estará tiritando continuamente.
Así pues, aunque estemos situados en medio del fuego divino, — que no calienta el cuerpo, sino que abrasa el alma —, no recibimos ningún beneficio de este fuego, si no dejamos de arrojar sobre el alma la granizada de la carne, el hielo del mundo, el viento de las tentaciones. Es necesario que apartemos nuestra alma de todo ese frío y entonces nadie habrá que se libre del calor de Dios, como dice el salmista. (Sal 18, 6)" (Beato Juan Domínici, obispo. Libro Del amor de caridad del Cap. 39-40).
Oración:
Padre, que nos iluminas con el sol de tu Palabra, concédenos vivir de fe, esperanza y amor, para que seamos digna imitación de tu Hijo, que pasó por en medio de nosotros haciendo el bien. El vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Tomado de la dirección web: http://www.vatican.va/spirit/documents/spirit_20010130_dominici_sp.html
viernes, 20 de noviembre de 2009
Visitación y aborto

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor. (Lucas 1, 39-45)
En España y en el mundo llevamos un largo y tenso debate sobre el aborto, sus razones y consecuencias. No creo ser capaz de portar nada adicional a todas las razones que desde cada posición se han expuesto en los medios de comunicación. Únicamente me atrevo a reflexionar sobre este breve pasaje del evangelio de San Lucas.
En vientre de Isabel había un ser humano que saltó de gozo al percibir la Visita de María y de Cristo encarnado en su vientre. Dos nonatos se sienten y se reconocen. Isabel reconoce a María como madre antes de nacer el Señor. María es bendita por el milagro de la vida que lleva en su vientre desde la anunciación.
Si damos un sentido trascendente y sagrado a las escrituras, podemos constatar que nos revelan que el milagro de la vida aparece desde el mismo momento de la concepción. Pero hay mucho más detrás de esta revelación.
Volviendo al mundo profano ¿Podemos dar razones para asesinar a un ser indefenso? Claro,… siempre se ha hecho y no dejará de hacerse. El problema se plantea al tener que decidir qué hacer con los hijos no deseados. Vaya locura tenemos dentro nuestra… decir hijo y decir después “no deseado” y quedarnos tan tranquilos. Esquizofrenia social que no por real y constatable deja de se esquizofrenia. ¿Qué razón puede haber en esta sociedad para no desear-querer-amar a un hijo? Si leemos este breve texto de la primera carta de San Juan, podremos encontrar alguna clave:
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él. La señal de que el amor ha llegado a su plenitud en nosotros, está en que tenemos plena confianza ante el día del Juicio, porque ya en este mundo somos semejantes a él. En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor. Nosotros amamos porque Dios nos amó primero. (1 Juan 4, 16-19)
La respuesta es evidente: Hay miedo, temor. El temor aparece cuando nos falta plenitud del amor. Como Dios es Amor… nos falta sabernos amados incondicionalmente por Dios. ¿Por qué tememos? Porque nos falta Dios.
domingo, 19 de abril de 2009
Fides quaerens intellectum. La fe busca entender
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.”Este mandamiento es el principal y primero. (Mateo 22, 34-39)Cuando un ama, busca el objeto de su amor. Amar a Dios requiere de una afinidad que supera el simple sentimiento, requiere una postura activa de ir en busca de Dios… Pero ¿Cómo hacerlo? San Clemente de Alejandría viene a ayudarnos: «Fides quaerens intellectum.» (La Fe que busca comprender)
Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: «Busca y encontrarás» (cf. Mt 7, 7; Lc 12, 9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre... Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito en David: «Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabarán al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos» (Sal 21, 27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la Verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá. Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida, pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos indistintamente a todos los que hablan o escriben... «Dios es amor» (1 Jn 4, 16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. «Dios es fiel» (I Cor 1, 9; 10, 13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes... «Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad... (Clemente de Alejandría. Stromata. V, 11, 1ss.)
Seguramente en este texto de Clemente encontréis muchos ecos de las entradas anteriores de este humilde blog. Tal como nos indica Clemente, es necesario que nos familiaricemos con el amor de Dios, que busquemos semejanzas, analogías ya que por medio de ellas podemos llegar a cimentar nuestra Fe. No se trata de creer algo que no se ve, … se trata de creer en aquello que se nos revela. Para contemplar y comprender nos hace falta abajarnos hasta nuestra verdadera naturaleza y mediante la humildad de sabernos limitados y falibles, actuar con la pureza de los niños. Solo actuando como niños podremos ver a Dios en todo lo que nos rodea.
Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. (Mateo 5,8)
Tan simple y tan complicado para el ser humano de nuestros días. El ser humano se siente poseedor de todo el poder y el conocimiento, además se siente capaz de delimitar por si mismo qué es el bien y el mal. En la sociedad actual, más que negar a Dios, nos afanamos en olvidarle o recluirle de manera controlada en espacios y momentos delimitados. Cuanto más profanos mejor, a fin de evitar sentirnos fuera de lugar. El tiempo y el espacio sagrado ya no son fuentes de vida que se expande a todo el mundo profano… todo lo contrario. El mundo profano penetra en la sacralidad para alejarla de nosotros y de su verdadero objetivo. Al olvidar a Dios hacemos imposible su búsqueda. Si le preguntamos a un creyente medio qué significa el primero de los mandamientos… seguramente lo pondremos en un apuro sin salida. Pero a lo mejor podemos dar algunas pistas para comprender, en la medida de lo posible, este mandamiento.
Amar a Dios con todo nuestro corazón. El corazón no es el centro de la emotividad tal como se estima hoy en día. El corazón al que se refiere Jesús es el centro de nosotros mismos. Por lo tanto se trata de amar poniendo nuestra centralidad en Dios, colocando a Dios como elemento indispensable para cada paso y elección que realicemos. Jean Hani comenta el concepto de corazón como centralidad al hablarnos del Corazón de Jesús [1].
Amar a Dios con toda nuestra alma. El alma es la chispa divina origen de la vida, sensibilidad y espiritualidad en cada uno de nosotros. En el alma tradicionalmente se recoge la capacidad de actuar, por lo que amar a Dios con el alma es poner nuestra vida al servicio de Dios en todo momento.
Amar a Dios con todo nuestro ser. Somos gracias a que Dios comparte el ser con nosotros. Si amamos a Dios con todo nuestro ser, estaremos sincronizándonos con Dios y con sus objetivos. Seremos entonces realmente íconos de Dios en el mundo. Símbolos que permitan al Ser Divino manifestarse en la realidad que nos rodea. Amar a Dios con todo nuestro ser es unirnos a Dios y al mismo tiempo unirnos a los demás.
Tras el apuro de explicar este mandamiento, eso si, seguro que la segunda parte del texto evangélico resulta más evidente:
El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas (Mateo. 22, 40)
Pero… ¿Cómo nos amamos a nosotros mismos? ¿Nos buscamos a nosotros mismos para amarnos? ¿Cómo amarnos sin comprendernos? ¿Nos amamos realmente o más bien nos soportamos? Sin amar-buscar a Dios ¿Qué referencia de amor tenemos para ofrecer al prójimo?
La pregunta es ¿Cómo amarnos a nosotros mismos correctamente?... pero para contestar esta pregunta hace falta buscar a Dios, ya que solo en El podemos comprendernos. Sin Dios no tenemos objetivo ni razón de ser… Sin objetivos… qué otra cosa podemos hacer más que darnos pena y buscar colmar nuestras necesidades y deseos como único alivio a tanto vacío.
¿Dónde buscar a Dios entonces? Ya que resulta que el segundo mandamiento también implica cumplir el primero. La respuesta sería en la sacralidad, que es el camino que nos une y religa a El. Sin sacralidad nada tiene sentido más allá de lo aparente, contingente, operativo o placentero-agradable.
[1] Mitos, ritos y símbolos (1999). Jean Hani. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca.
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