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miércoles, 2 de marzo de 2022

Limosna, ayuno y oración, están unidas a la reconciliación. (Oremos por Ucrania)

Hoy iniciamos la Cuaresma. Un tiempo muy especial para todos los católicos, que además, coincide con la terrible invasión rusa a Ucrania. Quizás podamos orar, dar limosna y ayunar, pensando en el sufrimiento de millones de personas inocentes, por causa de la soberbia de los políticos que tenemos que padecer en este siglo XXI. Leamos lo en el 4/3/2012 escribimos, empezando por un estupendo texto de San Juan Crisóstomo:

“Cristo dio la vida por ti, ¿y tú continúas aborreciendo al que es un servidor como tú? ¿Cómo puedes acercarte a la mesa de la paz? Tu Maestro no dudo en soportar por ti todos los sufrimientos, ¿y tú, rechazas incluso renunciar a tu cólera?... «¡Fulano me ha ofendido gravemente, dices tú, ha sido tantas veces injusto conmigo, e incluso me ha amenazado de muerte!» ¿Qué es esto? Todavía no te ha crucificado tal como sus enemigos crucificaron al Señor.


Si no perdonas las ofensas recibidas de tu prójimo, tampoco tu Padre que está en los cielos te perdonará tus faltas (Mt 6,15). ¿Qué es lo que dice tu conciencia cuando pronuncias estas palabras: «Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre» y lo que sigue? Cristo no ha hecho diferencias: derramó su sangre también para los que derramaron la suya. ¿Podrás tú hacer algo semejante? Cuando no quieres perdonar a tu enemigo, te haces daño a ti mismo, no a él...; lo que estás preparando es un castigo para ti mismo el día del juicio...

Escucha lo que dice el Señor: «Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda»... Porque el Hijo del hombre ha venido al mundo para reconciliar a la humanidad con su Padre. Es así como lo dice san Pablo: «Ahora Dios ha reconciliado consigo todas las cosas» (Col, 1,22); «mediante su cruz, en su persona, dio muerte al odio» (Ef  2,16).” (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre la traición de Judas, 2, 6)

La cuaresma es una camino que los peregrinos andamos paso a paso hasta la Pascual. El ayuno, la oración y la limosna nos recuerdan tres aspectos importantes de todo peregrinar: la escasez de  alimentos, la actualización del objetivo que nos conduce y la caridad con quienes nos acompañan en el camino. ¿Podemos estar enemistados con nuestros compañeros de viaje? Como todo camino cristiano, la reconciliación es imprescindible.

Una vez que lleguemos al final del peregrinaje ¿Cómo vamos a poner sobre el altar nuestros rencores y resentimientos? ¿Los aceptará Dios como ofrenda? En el altar deberíamos de depositar las joyas que hubiéramos recogido durante nuestro viaje.

Tal como el mismo Dios me lo inspiró, os he aconsejado siempre que al llegar las fiestas... os acerquéis al altar del Señor vestidos con la luz de la pureza, resplandecientes con las limosnas, adornados con las oraciones, vigilias y ayunos, como con valiosas joyas celestiales y espirituales, en paz no sólo con vuestros amigos, sino también con vuestros enemigos, en una palabra, que os lleguéis al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio. (San Ambrosio de Milán, Sobre la Cuaresma. Sermón IX)

Vivir siempre es encuentro y desencuentro. No es raro que en nuestra Cuaresma aparezcan disgustos, rencillas o hasta peleas. La Pascua es el momento culmen de año Litúrgico y tal como San Ambrosio nos indica, el Señor espera que lleguemos al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio.

¿Es la Pascua un remedio para nosotros o es un juicio? Pasará la Pascua y lamentaremos haberla desaprovechado o nos sentiremos gozosos de haber llegado mejor que el año pasado. La pureza es un don de Dios, que hemos de solicitar con la oración y que debemos trabajar con limosna y ayuno.

Quiera el Señor que lleguemos a la Pascual vestidos de luz y resplandecientes.

jueves, 16 de marzo de 2017

Orar en todo momento. Que vuestra vida sea oración

Orar en todo momento es tanto como decir, que nuestra vida sea oración. Que todo instante que vivamos, todo latido del corazón, toda circunstancia, sea presentada ante Dios de forma humilde y esperanzada.

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Lc 11, 9-10)

Orar es comunicarnos con Dios y esta comunicación puede ser mediante palabras, sentimiento y acciones. Todo lo que somos, debería se oración constante a Dios. Cada vez que actuamos con virtud, la caridad de nuestras acciones es oración a Dios. Cada vez que sintamos con esperanza, nuestro sentimiento es oración a Dios. Cada vez que haya Verdad en nuestra boca, estamos orando con fe a Dios. Nuestra vida, al completo, es una oración que busca llegar a Dios y unirnos a Él.

Aunque las distracciones sean muchas y nos golpeen constantemente la cara, Dios debería estar presente al menos en intención y confianza. Dentro, en nuestro corazón, en nuestro ser, en nuestro Templo Interior, oraremos ofreciendo cada instante al Señor, para que llene de su Espíritu todo lo que salga de nosotros y todo lo que quede dentro. Bien sabemos que el ser humano no ha sido creado para el Sábado, pero el Sábado ha sido creado para nosotros. El Sábado simboliza la consagración a Dios en cada instante. Por eso es importante que la oración sea mucho más que una salmodia repetitiva y superficial. Nuestro ser debe estar en cada palabra, sentimiento y acción que ofrezcamos a Dios.

Al levantarnos, ofrecer todo lo que va a acontecer en ese día y pedir por quienes ya no verán un nuevo día. Al comer, dar gracias a Dios por los alimentos y pedir por todos aquellos que les falta el alimento. Al saludar a toda persona, ofrecer ese momento a Dios para que se haga presente y nos transforme. La despedirnos, hacer que ese "adiós" sea realmente una plegaria al Señor y no una simple palabra que soltamos sin darnos cuenta. Cuando nos encontramos un problema, bendecir al Señor por darnos una oportunidad de transformar la realidad en su Reino. Cuando sentimos que se nos rechaza e insulta, ofrecer ese momento por todos los cristianos que son perseguidos y maltratados. Cuando nos acostemos, dar gracias a Dios por el día y ofrecerle nuestro sueño para que Él siga siendo nuestro dueño durante este tiempo reparador.

Orar sin parar y sin dejar de tener a Dios presente con nosotros.

domingo, 9 de marzo de 2014

¡Paremos la cadena del pecado! San Gregorio Magno

¿Quién de nosotros no es tentado? La tentación es una constante en nuestra vida, de igual forma que la respuesta a la tentación, también lo es. Fijarnos en las tentaciones de Cristo siempre nos da pistas interesante sobre cómo actuar en esos momentos.

Hay otra cosa, que debemos considerar en la tentación del Señor: podía haber precipitado a su tentador al abismo, pero no hizo uso de su poder personal; se limitó a responder al diablo con los preceptos de la Escritura Santa. Lo hizo para darnos ejemplo de su paciencia, e invitarnos así a recurrir a la enseñanza más que a la venganza… ¡Ved qué paciencia tiene Dios, y cuál es nuestra impaciencia! Nos dejamos llevar por el furor tan pronto como la injusticia o la ofensa nos alcanzan… (San Gregorio Magno Homilías sobre el Evangelio, n° 16)

Pecar es actuar de forma contraria a la Voluntad de Dios, porque Dios desea que seamos libres y seamos felices. El pecado nos esclaviza y nos destruye internamente. El pecado nace cuando Adán y Eva rompen la comunicación con Dios, cuando actúa al margen de su Voluntad, tal como San Gregorio de Nisa nos enseña. Entonces la libertad se degrada hasta convertirse en capacidad de elegir. Elegir que suele hacerse sin conocer ni aceptar las consecuencias de nuestros actos.

El pecado tiene una dimensión social, ya que nuestros actos no quedan recluidos en un daño personal, sino que se “contagian” de unos a otros. Una mentira da pié a que quien la recibe, vuelva a mentir. Si causamos sufrimiento a un inocente, este inocente se sentirá justificado de actuar como nosotros hemos hecho.

Cristo, no intentó trasladar la tentación a otra persona, sino que actuó con santidad. Se “limitó a responder al diablo con los preceptos de la Escritura Santa”. La santidad es la única forma de parar la cadena del pecado que llega a nosotros. Cristo recurrió “a la enseñanza más que a la venganza”. La santidad conlleva nuestro sí comprometido para que Dios extienda su Gracia hasta nosotros y seamos capaces de parar la cadena del pecado en el momento de la tentación. El acto de parar el pecado conlleva sacrificio. Sacrificio que se corresponde a la penitencia que desarrollados en Cuaresma y que lo que busca es nuestra conversión.

¿Y no has advertido en el Profeta: «Hablad en vuestro interior, y en vuestros lechos, compungíos. Ofreced sacrificios justos, y confiad en el Señor» ¿Dónde crees que se ofrece el sacrificio de justicia, sino en el templo de la mente y en lo interior del corazón? Y donde se ha de sacrificar, allí se ha de orar. Por lo cual no se necesita de locución, esto es, de palabras sonantes, cuando oramos… (San Agustín, Del Maestro, Cap. I)

San Agustín señala que el sacrificio justo es el que realiza en nuestra mente y en nuestro corazón. Este sacrificio produce que la voluntad no acceda a la tentación y detenga el pecado. También habla de la oración como fundamental para acompañar este sacrificio y propiciar nuestra conversión: “donde se ha de sacrificar, allí se ha de orar”. Oración que es práctica directa de las virtudes.

Para de veras encontrar a Dios no es suficiente orar con el corazón y con las palabras, ni aprovecharse de ayudas ajenas. Esto hay que hacer, pero, además, esforzarse lo que pueda en la práctica de las virtudes. En efecto, aprecia más Dios una acción que haga la propia persona, que otras muchas que otras personas hagan en su favor (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 3, 2)

¿Y la misericordia? ¿Dónde la hemos dejado? La misericordia es fundamental para vivir la Cuaresma. Misericordia que se hace limosna, donación de nosotros mismos y humilde aceptación de la Voluntad de Dios. Misericordia que nos permite compadecernos y vernos reflejados en quien nos hace daño. Quien es tentado y cae en pecado, sufre sus consecuencias hasta el punto de buscar alivio al dolor, trasladando del error a otra persona. ¿No es digna de misericordia y justicia esta persona?

El problema es que nuestra misericordia humana siempre está falta de justicia y nuestra justicia humana, siempre necesita de más misericordia. Sólo Dios es capaz de dar ambas en la justa medida para que el pecado se detenga y la persona recobre su equilibrio.


Quien es tentado, debería de buscar abrirse a la Gracia que transforma y equilibra nuestra naturaleza humana. Gracia que nos permite actuar con santidad y detener el empuje del pecado que desea transmitirse a través de nosotros. Esto necesita de sacrificio, que se hace penitencia y da lugar a nuestra conversión.

domingo, 10 de marzo de 2013


Así, pues, el Apóstol (Pablo) dice que conoció por la revelación el misterio del que ha hablado hace poco; por ella podéis conocer mi inteligencia en el misterios de Cristo (Ef 3, 3s). Dijo “en el grado que es posible”, porque sabía que algunos habían tomado únicamente leche, y no alimento sólido todavía, ni siquiera del todo leche. De cuatro maneras podemos también conocer la Voluntad de Dios: bien presenta un modelo, bien manifiesta un signo, bien nos manifiesta un mandato útil para la recta conducta, bien vaticina una profecía. Se bien que discernir y decir [todo] eso es propio de adultos. En efecto, comprender la Escritura en toda su extensión no es “una Mykonos”, como dicen los aficionados a los proverbios. Sin embargo, es necesario aprovecharse mucho de la dialéctica, cuanto más se pueda, si se desea alcanzar el don que permite acceder a la enseñanza divina. (Clemente de Alejandría. Stromata, I, 179, 1)

Clemente de Alejandría es uno de los Primeros Padres de la Iglesia. Nació a mediados del siglo II y se estima que murió entre los años 211 y 216.

De este breve texto lo más interesante es la sugerencia que nos hace para entender cual es la Voluntad de Dios expresada en las Escrituras. Nos dice que penetrar en el misterio del plan de Dios no es sencillo. En todo caso dependerá que los propios dones que el Señor nos haya regalado. Pero la Voluntad de Dios no debería ser algo tan difícil de entender para nosotros.

Hace tiempo conversaba con una persona que se sentía abatida porque no llegaba a entender cual era la Voluntad de Dios respecto de él. ¿Qué quiere Dios de mí y de los demás? es una pregunta que nos hacemos muchas veces. Tantas que a veces hasta terminamos por pensar en otras cosas al no se capaces de desentrañar que nos quiere indicar el Señor.

Clemente de Alejandría nos dice que hay tres elementos a través de los que Dios nos habla:

  1. Modelos
  2. Signos
  3. Mandamientos
  4. Profecías

Este planteamiento no es algo descabellado para quien tenga algunos conocimientos de ciencia, ya que a los seres humanos comprendemos lo que nos rodea precisamente a través de modelos, signos, leyes e hipótesis. Clemente tenía las cosas muy claras cientos de años antes de que el método científico hiciera su aparición.

Pero, vamos a lo interesante, ¿qué podemos sacar en claro de esto? Si nos fijamos en las parábolas, Cristo nos propone modelos que nos acercan a la manera en que Dios entiende el mundo y desea que el ser humano esté en sintonía con Su Voluntad. Mediante los milagros y hechos prodigiosos, nos muestra signos que señalan direcciones y entendimiento de los que somos. Dios sabe que no siempre somos capaces de entender las razones profundas de su Voluntad, por ello nos da mandamientos que señalan aquello que hemos o no hemos de hacer. Por último, en el caso de que nos hable de lo que sucederá o tenga que suceder, nos hablará mediante profecías que nos prepararán para aquello que tenemos que esperar y para lo que tenemos que estar preparados.

El Evangelio de hoy, domingo IV de Cuaresma, es la maravillosa parábola del Hijo Prodigo. ¿Qué nos quiere comunicar el Señor mediante esta parábola? Muchas cosas y seguramente podamos entender mejor todo esto si diferenciamos los modelos, signos, mandamientos y profecías contenidos en ella.

Mirando a la actualidad, con el cónclave programado para empezar este martes, tal vez debamos prepararnos para acercarnos al Señor, solicitando perdón por nuestras dudas y temores ante la elección de un nuevo Obispo de Roma. Quizás tengamos que pensar en volver a Roma, que es signo de la Iglesia universal que nos acoge tras nuestras aventuras eclesiales personales. Quizás debamos de estar preparados para esperar a hermanos que vuelvan y estar listos a recibirlos con el corazón abierto. Pero ¿Qué podemos decir de la esperanza que hizo que el padre esperara todos los días ver a su hijo díscolo, volver el mismo camino que lo alejó?

Dios nos habla de formas diferentes, pero siempre guarda el mismo estilo que está presente en las Sagradas Escrituras. Este martes se inicia el cónclave que llevará a la elección de un nuevo Pontífice. Estemos atentos a lo que Dios nos comunicará a través de la elección y el pontificado del nuevo Papa.

miércoles, 27 de febrero de 2013

¿Cómo relacionamos el Cónclave y la oración?


El pasado domingo, Benedicto XVI nos ofreció su último Ángelus como Pontífice y nos lo hizo con una acertada reflexión sobre la oración:

Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción. “La existencia cristiana – he escrito en el Mensaje para esta Cuaresma – consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios”
 
En nuestra sociedad actual, llena de ruidos, prisas, responsabilidades y horarios, la oración queda relegada a los momentos de liturgia semanal del domingo. Eso, si no nos ocurre que tengamos la mente llena de cotidianidad incluso en al misa dominical. ¿Dónde encontrarnos con la oración? 
La oración parte de un alma que siente necesidad de Dios. Un alma que se reconoce como incapaz, por si misma, para seguir adelante y busca dónde agarrarse. 
En estas tinieblas de la vida presente, en las que "peregrinamos lejos del Señor" mientras "caminamos por la fe y no por la visión", debe el alma cristiana considerarse desolada, para no cesar de orar (San Agustin, Carta 130, 2) 
No es frecuente que evidenciemos la desolación que nos señala San Agustín. ¿Quién en nuestra sociedad se atrevería evidenciar que necesita de Dios? Por ello, ocultamos esta desolación y preferimos no orar. Tal vez podamos hacer más orando que con todos los activismos que reunamos en torno nuestra. Los activismos nos llevan a crear Torres de Bable, con las que queremos llegar a Dios por nuestros medios. La oración nos permite llegar a Dios de una manera humilde, sentida y profunda. Una vez estemos delante Dios, El no señalará el camino a tomar. 
Tal como nos indica Benedicto XVI, se trata de subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. No tenemos que quedarnos en lo alto del monte construyendo las cabañas para Moises y Elias. La oración nos lleva ante Dios, pero después tenemos de volver a bajar y seguir lo que Dios nos ha indicado para servir a nuestros hermanos con el mismo amor que Dios nos ha legado. 
Pero ¿Necesitamos orar? Diría que cuanto menos confiemos en Dios y más desconfianza tengamos de nuestros hermanos, más oración necesitamos. Estos días de preconclave es posible detectar en nosotros, en comentaristas, amigos y/o conocidos, si nos falta oración. Si pensamos que todo depende de los cardenales, reuniones secretas, maniobras de “poderes” internos o sentimos desesperanza por la misma Iglesia es evidente que no confiamos en Dios. La desconfianza en el Señor señala que necesitamos mucha más oración. 
Pero, no se trata de quedarnos en la oración. Ahora mismo y cuando tengamos un nuevo Santo Padre, todos y cada uno debemos trabajar en línea con el Ministerio Petrino. Incluso si el Espíritu Santo elige a una persona que nos parezca inadecuada, veremos que el Señor actúa sobre el, transformando sus desventajas en oportunidades para la Iglesia. 
Muchos vieron a Juan Pablo II o a Benedicto XVI como personas equivocadas que traerían sufrimiento a la Iglesia y ya hemos visto todo lo que nos han legado. Si con la evidencia de estos Papas maravillosos, seguimos viendo todo negro, es que nos ciega el deseo de que la Iglesia ajuste a nuestros deseos personales. Si encima somos profetas de la destrucción y hablamos del fin catastrófico de la Iglesia, estamos haciendo el juego al enemigo. 
Estemos esperanzados y alegres. Dios no nos ha dejado y sostiene el timón de la Barca con mano firme y certera. Aunque las tempestades arrecien, el rumbo seguirá siendo el mismo.

domingo, 17 de febrero de 2013

La oración nos une con Dios


La fuerza de la oración se encuentra en el sentimiento del alma y las obras virtuosas de toda nuestra vida. San Pablo habla: "En resumen, sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios" (1 Co. 10:31). Entonces cuando te sientas a la mesa, reza, cuando tomas el pan, agradece al Dador. Cuando refuerzas tu débil cuerpo con vino, entonces piensa en Aquel, que te concede estos dones para alegrarte y reforzarte en las debilidades. Y a pesar de tu poco tiempo para alimento, siempre recuerda al Bienhechor, jamás te olvides. Cuando te vistes agradece a Aquel que te dio el vestido. Si paso el día, agradece al Señor que nos dio el Sol para trabajar; y en la noche ala luna para iluminar. La noche también tiene su motivo de oración. Cuando contemplas el cielo y admiras su hermosura, entonces ora al Señor de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo…

Y que puede dar mas suerte, sino en la tierra, imitar los coros de los ángeles! Cuando a cada ocupación precede la oración, cuando con cantos, como sal condimentamos las ocupaciones, los cantos hermosos y espirituales dan al alma alegría y esperanzada tranquilidad. Ir a la madrugada a la oración, con cantos e himnos, alabando al Creador y luego, cuando el Sol más claramente, volver al trabajo. Los salmos son tranquilidad para el alma, principio de paz, que tranquiliza los atormentados e inquietos pensamientos, que no solamente dominan la turbulenta ira, la despertada cólera espiritual, sino que la conduce a la misericordia. Los salmos fortifican a los consagrados, reconcilian a los ofendidos, y entre amigos, inducen al amor. (San Basilio el Grande, El tesoro Espiritual, fragmento)

La oración, junto con el ayuno y la caridad, es parte sustancial de la Cuaresma en la que ya hemos entrado. ¿Oración? ¿Para qué tenemos que orar? ¿Se gana algo orando?

Dice San Basilio que oremos siempre y en todo lo que hacemos. Orar al Señor da alegría, esperanza y tranquilidad. La oración trae paz a los atormentados y conduce a la misericordia a los iracundos. La oración fortifica a los consagrados, reconcilia a los ofendidos e induce al amor. Pero qué tiene la oración para generar tantos bienes.

La oración es una visita que hacemos al Señor y un momento de conversación intima entre nosotros y Dios. A través de la oración penetramos en nosotros mismos para ofrecer a Dios nuestras infidelidades y limitaciones. En este diálogo, se encuentra la oportunidad de darnos cuenta que compartimos la misma naturaleza con nuestros hermanos, al mismo tiempo que somos imagen de Dios.

Bueno, y si tantos beneficios trae la oración, ¿Por qué no estamos orando todos a todas horas? La respuesta es sencilla: no lo impide nuestra soberbia y la envidia. Soberbia que nos predispone a creer que Dios no es necesario. Envidia, que nos hace sentir celos y rencor de nuestros hermanos. La mezcla de soberbia y envidia genera rencor y odio. ¿Quién puede acercarse a Dios con esos sentimientos? Nadie que no sea consciente de ello y no decida andar el camino de la conversión.

Y en nuestro vida moderna ¿Dónde y cuando orar? Tendríamos que pensar en qué momentos tenemos de recogimiento. Los más sencillos serían los que preceden a acostarnos, pero no despreciemos otros como la sobremesa o por la mañana temprano. Radio María tiene en programación varios momentos de oración por la mañana, por lo que es posible unirse a las oraciones que miles de personas realizan al mismo tiempo.

Antes de acostarnos es un buen momento para revisar lo hecho durante el día, dar gracias a Dios y hacer propósito de mejora en aquello que podríamos haber actuado de mejor forma. Otra oportunidad nos lo dan los lectores de mp3 y móviles que todos tenemos. Estos dispositivos no sólo pueden contener música, también pueden almacenar audio de oraciones diversas. En Internet podemos encontrar muchos audios del rosario y otras oraciones diversas. Si viajamos en metro o en autobús, no es complicado orar mientras realizamos el trayecto. Si lo hacemos en automóvil, podemos grabar las oraciones en CD u otro soporte de audio.  

Lo que no podemos olvidar es que acercarnos a un tempo y orar allí de rodillas es también muy recomendable. Buscar un momento adecuado y un templo cercano puede ser complicado, pero a veces podemos encontrarnos con que es más fácil de lo que nos parece.

De todas formas, no olvidemos que: " Añadamos  a  nuestras  oraciones  la  limosna  y  el  ayuno, cual  alas  de  la piedad  con las que  puedan  llegar  más  fácilmente hasta  Dios. " (San Agustín, Sermón 206,2). 

domingo, 11 de marzo de 2012

"Destruid este templo, y en tres días lo levantaré". Interpretación eclesial


Somos ahora los obreros de Dios y construimos el templo de Dios. La dedicación de este templo tuvo ya lugar en su Cabeza puesto que el Señor resucitó de entre los muertos después de haber triunfado de la muerte; habiendo destruido en él lo que era mortal, subió al cielo… Y es ahora que nosotros construimos este tempo por la fe para que también se haga su dedicación en la resurrección final. Es por esto que hay un salmo que se intitula: «cuando reconstruyamos el templo, después de la cautividad». Acordaos de la cautividad en la que nos encontramos antaño, cuando el diablo tenía al mundo entero en su poder, como un rebaño de infieles. Es en razón de esta cautividad que vino el Redentor. Derramó su sangre para rescatarnos; por su sangre derramada suprimió el billete de la deuda que nos mantenía cautivos (Col 2,14)… Vendidos con anterioridad al pecado, hemos sido liberados por la gracia.

Después de esta cautividad, ahora construimos el templo, y para que se edifique, anunciamos la buena nueva. Por eso el salmo comienza así: «Cantad al Señor un cántico nuevo». Y para que no pienses que se construye este templo en un rincón, tal como lo hacen los herejes que se separan de la Iglesia, fíjate en lo que sigue: «Cantad al Señor toda la tierra» (San Agustín, Sermón 163, 5)

La lectura del evangelio de este domingo es muy interesante: Jn 2,13-25. El episodio de la expulsión de los mercaderes del templo. El episodio es uno de los que más me han intrigado. Cristo actúa de manera directa sobre quienes hacen de los aledaños del templo un lugar de comercio. No tiene piedad de los vendedores que vendían animales, aunque es evidente que se ganaban la vida facilitando animales adecuados para las inmolaciones rituales. También había cambistas que ofrecían a los compradores la posibilidad de obtener la moneda con la que era necesario realizar las limosnas y ofrendas. El oficio de estos vendedores facilitaba el cumplimiento de los preceptos que los fieles judíos debían cumplir. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Tampoco estaban formalmente dentro del templo?

Un primer análisis nos lleva a pensar que Cristo nos indicó que facilitar artificialmente el cumplimiento de las normas propicia que las personas se despreocupen de la conversión y preparación personal. Cualquiera podía ir directamente al patio del templo y hacerse con todo lo necesario. ¿Para qué preocuparse? El cumplimiento del precepto era una rutina llena de apariencias externas.

Es reseñable que Cristo ejerciera esta violenta acción en primera persona. Evidentemente quiso realizar un signo que fuese interpretado. "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar" (Jn 2, 18-19). El signo se hace evidente. La acción del hombre puede ser importante, pero la Voluntad de Dios supera toda acción humana.

Por otra parte, utilizar un tiempo de reconstrucción tan simbólico (tres días) nos lleva pensar en Jonás dentro de la Ballena “Pero el Señor  dispuso un gran pez que se tragase a Jonás. Y éste estuvo en el vientre del pez tres Días y tres noches.”(Jonás 2, 1) o en el libro del Éxodo: «El Señor dijo a Moisés: “Extiende tu mano hacia el cielo, y se extenderá sobre el territorio egipcio una oscuridad palpable”. Moisés extendió la mano hacia el cielo, y una densa oscuridad cubrió el territorio egipcio durante tres días.» (Éx 10,21s).

Tres días es un tiempo relacionado con Dios (Trinidad) que propicia la transformación o conversión del ser humano. Evidentemente, Cristo se refiere veladamente a la resurrección, pero también mucho más. San Agustín señala con este signo un paradigma muy interesante. La construcción del templo de la Fe, que es la Iglesia. La Fe aparente se convierte en Fe consciente y este proceso nos lleva consolidar la Iglesia y a difundir el evangelio por donde vayamos: “Acordaos de la cautividad en la que nos encontramos antaño, cuando el diablo tenía al mundo entero en su poder, como un rebaño de infieles”… “Después de esta cautividad, ahora construimos el templo, y para que se edifique, anunciamos la buena nueva

El templo es la Iglesia que se edifica a partir de nuestra conversión personal y nuestra capacidad de difundir la Buena Noticia donde vayamos. Pero esta edificación requiere un proceso de conversión personal y colectiva. El proceso conlleva cierta violencia sobre las actitudes “fáciles y meramente cumplidoras en lo externo” ¿Para que cambistas y vendedores de ofrendas? Nosotros somos la ofrenda el precio fue pagado por Cristo. Desalojen la entrada del templo. Ya no es necesario nada de eso, aunque son imprescindibles esos tres días de oscuridad y transformación en los que Dios nos reedifica y a través nuestra, reconstruye el templo que es el Reino de Dios.

¿Qué mejor tiempo que la Cuaresma para adentrarse en el proceso de conversión? 

domingo, 4 de marzo de 2012

Limosna, ayuno y oración, están unidas a la reconciliación.

“Cristo dio la vida por ti, ¿y tú continúas aborreciendo al que es un servidor como tú? ¿Cómo puedes acercarte a la mesa de la paz? Tu Maestro no dudo en soportar por ti todos los sufrimientos, ¿y tú, rechazas incluso renunciar a tu cólera?... «¡Fulano me ha ofendido gravemente, dices tú, ha sido tantas veces injusto conmigo, e incluso me ha amenazado de muerte!» ¿Qué es esto? Todavía no te ha crucificado tal como sus enemigos crucificaron al Señor.

Si no perdonas las ofensas recibidas de tu prójimo, tampoco tu Padre que está en los cielos te perdonará tus faltas (Mt 6,15). ¿Qué es lo que dice tu conciencia cuando pronuncias estas palabras: «Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre» y lo que sigue? Cristo no ha hecho diferencias: derramó su sangre también para los que derramaron la suya. ¿Podrás tú hacer algo semejante? Cuando no quieres perdonar a tu enemigo, te haces daño a ti mismo, no a él...; lo que estás preparando es un castigo para ti mismo el día del juicio...

Escucha lo que dice el Señor: «Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda»... Porque el Hijo del hombre ha venido al mundo para reconciliar a la humanidad con su Padre. Es así como lo dice san Pablo: «Ahora Dios ha reconciliado consigo todas las cosas» (Col, 1,22); «mediante su cruz, en su persona, dio muerte al odio» (Ef  2,16).” (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre la traición de Judas, 2, 6)

La cuaresma es una camino que los peregrinos andamos paso a paso hasta la Pascual. El ayuno, la oración y la limosna nos recuerdan tres aspectos importantes de todo peregrinar: la escasez de  alimentos, la actualización del objetivo que nos conduce y la caridad con quienes nos acompañan en el camino. ¿Podemos estar enemistados con nuestros compañeros de viaje? Como todo camino cristiano, la reconciliación es imprescindible.

Una vez que lleguemos al final del peregrinaje ¿Cómo vamos a poner sobre el altar nuestros rencores y resentimientos? ¿Los aceptará Dios como ofrenda? En el altar deberíamos de depositar las joyas que hubiéramos recogido durante nuestro viaje.

Tal como el mismo Dios me lo inspiró, os he aconsejado siempre que al llegar las fiestas... os acerquéis al altar del Señor vestidos con la luz de la pureza, resplandecientes con las limosnas, adornados con las oraciones, vigilias y ayunos, como con valiosas joyas celestiales y espirituales, en paz no sólo con vuestros amigos, sino también con vuestros enemigos, en una palabra, que os lleguéis al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio. (San Ambrosio de Milán, Sobre la Cuaresma. Sermón IX)

Vivir siempre es encuentro y desencuentro. No es raro que en nuestra Cuaresma aparezcan disgustos, rencillas o hasta peleas. La Pascua es el momento culmen de año Litúrgico y tal como San Ambrosio nos indica, el Señor espera que lleguemos al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio.

¿Es la Pascua un remedio para nosotros o es un juicio? Pasará la Pascua y lamentaremos haberla desaprovechado o nos sentiremos gozosos de haber llegado mejor que el año pasado. La pureza es un don de Dios, que hemos de solicitar con la oración y que debemos trabajar con limosna y ayuno.

Quiera el Señor que lleguemos a la Pascual vestidos de luz y resplandecientes.

domingo, 26 de febrero de 2012

Pero ella no lo acababa de entender. La samaritana y nosotros

Traigo este domingo un fragmento del Tratado sobre el Evangelio de San Juan, de San Agustín. Se centra en el Episodio evangélico de la samaritana junto al pozo de Jacob. San Agustin nos dice:

Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber: Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando, poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender; y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojala hubiera podido escuchar: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía.
(San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 15, 11)

¿Somos muy diferentes de la samaritana? Al igual que a ella, Jesús nos ofrece el Agua Viva repetidas veces. ¿Qué hacemos? Normalmente dejamos este ofrecimiento y nos concentramos en pedir a Dios que nos ayude en lo cotidiano. No es que esté mal pedir a Dios que nos ayude, pero Dios espera algo más de nosotros.

Me acuerdo de la llamada que Cristo hizo a Mateo y como dejó su puesto de publicano sin pensarlo (Mt 9, 9). ¿Qué sucedió con el joven rico? ¿No recibió la misma llamada? La misma llamada pero, el joven rico estaba atado a sus responsabilidades y beneficios terrenales (Mt 19, 16). Estaba atado cuando se creía libre. En contrapunto, Mateo que parecía atado por su trabajo y posición, dejó todo atrás sin dudarlo. Mateo era mucho más libre que el joven rico.

Ya que estamos en Cuaresma conviene pensar a quien nos parecemos más. ¿Nos cuesta dejar las cosas de este mundo en manos de Dios? ¿Pensamos que con nuestra fortaleza todo lo podemos? La riqueza del joven tiene símiles en todo aquello que nos hace creernos autosuficientes. La samaritana no estaba dispuesta a dejar atrás lo que le ataba. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo.

A veces lo que nos ata no son lo bienes materiales sino las certezas asumidas que conforman nuestros prejuicios. Podemos sentirnos ricos de Fe y pensar que no necesitamos conversión. El verdadero don de Dios no es creerse salvado, sino reconocerse pecador. En la medida que nos reconocemos imperfectos, podemos aspirar a que la Gracia nos transforme. Cristo nos dijo que  habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.(Lc 15,7)

Cristo nos llama a dejar nuestras certezas y dar un paso adelante. Un paso con el que asumimos nuestra incapacidad y dependencia del Señor. No se si lograremos darlo en esta Cuaresma, pero al menos pidamos al Señor que nos confiera el valor necesario.

miércoles, 6 de abril de 2011

¿Tengo remedio, Señor?

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusarse a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón. (San Agustín. Sermón 19,2)

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¿Soy un hombre sin remedio? ¿Miro a los demás buscando su pecado? ¿Estoy preparado para morderles, despreciando corregirles con caridad y afecto? ¿Soy de los que acusan a los demás para ocultar mis culpas e impotencias?

¿Quien puede pedir perdón a Dios realmente? Quien no se perdona a si mismo. Dios es el que perdona y nos da la Gracia que nos convierte. Nosotros, a lo sumo, podemos olvidar nuestros errores sin llegar a transformarnos. Reflexionando sobre este texto se encuentran muchas claves del sacramento de la reconciliación y porque es como es y no de otra forma.

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Señor perdona nuestros pecados y sobre todo,
perdona que olvidemos que el perdón que convierte
sólo puede provenir de Ti.
Amén

viernes, 1 de abril de 2011

No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud

En efecto, en aquel tiempo el Señor ejerció todo su poder para que en su persona se cumplieran todos los misterios que la Ley anunciaba refiriéndose a él. Porque en su Pasión llevo a término todas las profecías. Cuando, según la profecía del bienaventurado David (Sl 68,22), se le ofreció una esponja empapada en vinagre para calmar su sed, la aceptó diciendo: “Todo se ha cumplido”. Después, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Jesús, no sólo realizó personalmente lo que había dicho, sino que llegó a confiarnos sus mandatos, para que los practicáramos. Aunque los antiguos no habían podido observar los mandamientos más elementales de la Ley (Hch 15,10), a nosotros nos prescribió de guardar los más difíciles gracias a la gracia y del poder que vienen de la cruz. (Epifanio de Benévent (siglos V – VI), obispo. Comentario sobre los cuatro evangelios, PLS 3, 852)

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Hoy en día es difícil entender que la ley no cambia ni se adapta a nuestros deseos. ¿Cambia la ley de atracción universal o las leyes de la termodinámica según nos gusta más o menos lo que nos sucede por razón de ellas? ¿Son las leyes un obstáculo o una oportunidad? ¿Actuar de forma irresponsable es equivalente a ser más libre?

"Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo" "Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad."(Mt 26,42)

Las ley también nos hablan de Dios, ya que son creación directa Suya. Conocer las leyes nos permite saber cómo se comporta el universo y a que nos atenemos si actuamos sin tenerlas en cuenta. Las consecuencias de conocer o desconocer cada ley son la mejor justicia que existe, ya que evidencian que todos somos iguales ante Dios y que recibimos lo que merecen nuestros comportamientos. Pero parecería que esto lleva implícito que cumplir es sufrir.

Para desatar este dilema tendemos que diferenciar entre sufrimiento y sacrificio. Sufrimiento es dolor que no tiene razón ni sentido. Se padece porque nos ha tocado en suerte o mala suerte. Solo podemos aguartar o desesperarnos. Sacrificarse es el camino que nos permite ajustarnos a la voluntad de Dios y por lo tanto, el esfuerzo y el dolor conllevan gozo y alegría. Pero ¿La muerte de Cristo fue algo gozoso? ¿Como se puede decir estas cosas?

El esfuerzo diario de un deportista de élite ¿Es sufrimiento sin sentido? O tiene sentido el dolor y la negación de sus deseos que conlleva alcanzar los objetivos que tiene.

El designio de Dios era el sacrificio redentor de su Hijo a través de aquello que a los hombre parece más difícil de aceptar: una muerte horrenda. Podría parecer que esto es una tragedia innecesaria, pero sin este sacrificio, no hubiera habido resurrección. Sin la humillacion no hay exaltación. Sin el esfuerzo no hay logro. Si no fundimos el hierro con un inmenso calor y lo templamos a martillazos continuos, no tendremos una espada perfecta. Si no sacrificamos nuestros deseos para cumplir la voluntad e Dios, no conseguiremos la libertad que conlleva esa renuncia.

Cristo no vino a abolir ninguna ley, sino a dale plenitud. Si cumplimos la ley podremos obtener el gozo de decir junto con Cristo  “Todo se ha cumplido”. El Señor nos permita dar plenitud a su Ley.


lunes, 28 de marzo de 2011

«Perdona nuestras ofensas así como perdonamos a nuestros deudores»

Cristo nos pide dos cosas: condenar nuestros pecados y perdonar los de los otros; hacer la primera cosa a causa de la segunda, que así será más fácil, porque el que se acuerda de sus pecados será menos severo hacia su compañero de miseria. Y perdonar no sólo de palabra, sino desde el fondo del corazón, para no volver contra nosotros mismos el hierro con el cual queremos perforar a los otros. ¿Qué mal puede hacerte tu enemigo que sea comparable al que tú mismo te haces con tu acritud?...

Considera, pues, cuantas ventajas sacas si sabes soportar humildemente y con dulzura una injuria. Primeramente mereces –y es lo más importante- el perdón de tus pecados. Además te ejercitas a la paciencia y a la valentía. En tercer lugar, adquieres la dulzura y la caridad, porque el que es incapaz de enfadarse contra los que le han disgustado, será mucho más caritativo aún con los que le aman. En cuarto lugar arrancas de raíz la cólera de tu corazón, lo cual es un bien sin igual. El libera su alma de la cólera, evidentemente arranca de ella la tristeza: no gastará su vida en penas y vanas inquietudes. Así es que, odiando a los otros nos castigamos a nosotros mismos; amándolos nos hacemos el bien a nosotros mismos. Por otra parte, todos te venerarán, incluso tus enemigos, aunque sean los demonios. Mucho mejor, comportándote así ya no tendrás más enemigos. (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, nº 61

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Señor, ten paciencia conmigo. No es fácil aceptar que nuestros hermanos se vuelvan contra nosotros y que nos causen daño. Tras el dolor del daño causado, sólo podemos recogernos y acogernos a Cristo. Esperar que Él nos ayude a aceptar sin reproche el daño ajeno. Sólo El puede curar la herida que escuece cada vez que la tocamos. 

Lo más triste del daño causado es el alejamiento y la desesperanza que encontramos en el resentimiento. ¿Quién sino Dios mismo puede comprender nuestro dolor? Pongamos el dolor como ofrenda de paz y dejemos que Dios nos devuelva la Esperanza.

sábado, 26 de marzo de 2011

Ayuno. Entonces el demonio lo deja

De la misma manera que el deseo de la luz es propio de los ojos sanos, el deseo de la oración es propio del ayuno llevado con discernimiento. Cuando un hombre empieza a ayunar, desea que los pensamientos de su espíritu estén en comunión con Dios. En efecto, el cuerpo que ayuna no soporta dormir toda la noche sobre su cama. Cuando la boca del hombre ha sido sellada por el ayuno, éste medita en estado de compunción, su corazón ora, su rostro es grave, los malos pensamientos le abandonan; es enemigo de codicias y de vanas conversaciones. Nadie ha visto jamás a un hombre ayunar con discernimiento y estar sujeto a malos deseos. El ayuno llevado con discernimiento es como una gran mansión que acoge todo bien.

Porque desde el principio se dio a nuestra naturaleza la orden de ayunar, para no comer el fruto del árbol (Gn 2,17), y es de allí que viene quien nos engaña… Es también por él que comenzó nuestro Salvador, cuando fue revelado al mundo en el Jordán. En efecto, después del bautismo, el Espíritu le condujo al desierto, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches.

Todos los que desean seguirle hacen lo mismo desde entonces: es sobre este fundamento que comienzan su combate, porque esta arma ha sido forjada por Dios… Y cuando ahora el diablo ve esta arma en la mano del hombre, este adversario y tirano se pone a temblar. Piensa inmediatamente en la derrota que el Salvador le infligió en el desierto, se acuerda de ella, y su poder se siente quebrado. Desde el momento en que ve el arma que nos dio el que nos lleva al combate, se consume. ¿Hay un arma más poderosa que el ayuno y que avive tanto el corazón en la lucha contra los espíritus del mal? (San Isaac el Sirio, Discursos ascéticos, 1ª serie, nº 85)

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Ayuno. Entiéndase que me refiero al ayuno total, es decir, a no tomar más que los líquidos necesarios durante las horas del día y por la noche, a los sumo, hacer una frugal cena de mantenimiento. Que palabra tal olvidada y menospreciada es el ayuno. En el mundo de la aparente abundancia, ¿Quien puede desear ayunar? ¿Quien puede necesitar alejarse de sus deseos?

Hoy en día no es fácil ayunar y no lo es por tres razones. La primera es que desconocemos realmente los bienes que nos reporta ayunar. La segunda es que no hemos aprendido a ser quienes mandemos en nuestro interior. La tercera es que la ritmo de vida actual nos requiere de comer, beber y consumir más allá de las necesidades mínimas.

¿Cómo ayunar? Les confieso que no tengo la clave mágica que no nos comprometa de manera integral. O ayunamos o no lo hacemos. O nos predisponemos a superarnos o no lo hacemos. ¿Y las consecuencias? Pues serán las que tengan que ser. Si ayunamos un día y el rendimiento de nuestro trabajo baja un 50%, tendremos que hacernos cuenta que estaremos corporalmente como un día de enfermedad leve.

Pero hay otra pregunta a responder. Si ya estamos en el ayuno ¿Cómo utilizar ese estado para orar, meditar y acercarnos a Dios, si estamos en las faenas cotidianas? Pues... es imposible hacerlo con efectividad. Si estamos al 50% de rendimiento y encima nos ponemos místicos, mejor que nos quedemos en casa.

Esa sería una opción para quienes tengan la posibilidad de pedirse un día libre. ¿Por qué no dedicárselo al Señor ayunando y viviendo la cuaresma de manera profunda? Sería maravilloso.

Y que sucede con quienes, por su trabajo, esto es imposible. Tendremos que esperar con esperanza. Todo llega y llegará el momento de que Dios nos dé la oportunidad de vivir con más profundidad la cuaresma. Mientras, aceptemos con humildad que hasta los sacrificios son un que don de Dios da y retira según su voluntad. Dediquemos las energías que nos sobran para mayor gloria de Dios.

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Señor, hágase tu voluntad en la Tierra como se cumple en el cielo. Amén

lunes, 21 de marzo de 2011

Renunciar a si mismo.

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". (Mt 16,24)

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Renunciar a si mismo. Menudo desafío. Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, por lo que tenemos que seguirlo para llegar al Padre. No hay otro camino alternativo a la renuncia, al desprendimiento de si mismo. Este fragmento de Jean Hani nos conduce magistralmente hacia el Camino que es Cristo.

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Renunciar a sí mismo: esa es la condición que puso Cristo a quien quiere entrar en la vía: «El que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo (aparnisasthô héafton) » (Mt., 16, 24) . El verbo empleado tiene un sentido muy claro: aparnisthai significa «negar», «rechazar»; la orden de Cristo, por tanto, equivale a decir que hay que «negarse a sí mismo», «reducirse a nada». «Es absolutamente imprescindible –dice el anónimo de "La nube del no saber"– que el hombre pierda toda idea y toda sensación de su propio ser». «Cuanto más puedes expulsarte y huir de ti mismo -escribe por otra parte Angelus Silesius-, tanto más debe derramarse Dios en ti con su divinidad»

De lo que se trata es de «perderse» para «encontrarse», conforme a las palabras evangélicas: «El que quiera salvar su vida la perderá; y el que por mi causa pierda su vida la hallará» (Mt., 16, 25). Hay que desnudarse, en cierto modo, no sólo de todo lo creado, exterior a sí mismo, sino también, y sobre todo, hay que desnudarse del yo, pues esta desnudez atrae el descenso de Dios: «El alma tiene que permanecer en su desnudez, sin sentir ninguna necesidad; así es como, con ayuda de la igualdad, consigue el alma llegar a Dios. Porque nada une mejor que la igualdad, pues también Dios permanece en Su desnudez y sin ninguna necesidad... El alma sólo alcanza su perfecta beatitud arrojándose al desierto de Dios, allí donde ya no hay ni operaciones ni formas, para sumirse en ella y perderse en el desierto en el que se aniquila su yo y en el que ella no se preocupa de nada, como cuando todavía no existía (como criatura separada)» . La desnudez del alma coincide con la desnudez de Dios y Su simplicidad, que también es, por decirlo así, Su Pobreza, pues «Dios es la más pobre de las cosas, totalmente desnudo y libre: por eso digo con razón que la pobreza es divina» . La Simplicidad, en Dios, es la otra cara de la unidad; y, en el alma, es la unificación de todas las potencias del ser para regresar primero al estado primordial, que es el «estado de infancia» y la «pequeñez» (Lc., 18, 17, 10-21; Mt., 11, 25 y 10 21; Mt., 11, 25), la unidad del punto primordial adonde regresa el movimiento de la multiplicidad, el punto central y la «puerta estrecha», por donde se pasa luego al «reino de los cielos», lugar de la beatitud suprema: «El círculo de las cosas debe reducirse y anonadarse para que el de la Desnudez, ampliado y dilatado, abarque lo Infinito... Los pobres en espíritu deben permanecer sin ideas en la vasta Simplicidad que no tiene ni fin, ni comienzo, ni forma, ni modo, ni razón, ni sentido, ni opinión, ni pensamiento, ni intención, ni ciencia, que no tiene orbe ni límite. Esta simplicidad desierta y salvaje es el lugar donde habitan, en la Unidad, los pobres en espíritu; allí no encuentra nada, sólo el Silencio libre que responde siempre a la Eternidad».

En este anonadamiento operado por la pobreza y la simplicidad, el ser descubre su propia esencia increada: «Hay algo en el alma que está por encima de la esencia creada... Es un parentesco de especie divina, una unidad en sí mismo, sin relación ni vínculo con cosa alguna... Si pudieses anonadarte a ti mismo, aunque fuese sólo un instante... te pertenecería entonces en propiedad todo eso que reside en ese misterio increado del interior de ti mismo... Mientras sigues preocupándote de ti mismo, o de lo que sea, ignoras el Ser de Dios». (Jean Hani, "Mitos, Ritos y Símbolos")

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Unidad Señor.
Danos el don de la unidad en Ti
Amén.

sábado, 12 de marzo de 2011

Ayuno y Limosna

Ayunar es un remedio de males y una fuente de premios, mas no ayunar en Cuaresma es un pecado. El que ayuna en otro tiempo, recibirá indulgencia; pero el que no lo hace durante la Cuaresma, será castigado". El que no pueda ayunar por enfermedad, coma sencillamente y sin ostentación "Y ya que no puede ayunar, debe ser más caritativo para con los pobres, a fin de redimir con sus limosnas los pecados que no puede curar ayunando. Hermanos, es muy bueno ayunar pero mejor aún dar limosna; mas si se puede practicar lo uno y lo otro, son dos grandes bienes. El que puede dar limosna y no ayunar, entienda que la limosna le basta sin el ayuno. Mas no basta el ayuno sin la limosna El ayuno sin la limosna no es obra buena, a no ser que el que ayuna sea tan pobre, que no tenga nada que dar. Así, pues, en este caso, bástele la buena voluntad". 

Mas ¿quién podrá excusarse de dar limosna, cuando el Señor recompensa un vaso de agua fría? "Además, el Señor, por medio del profeta Isaías, de tal manera exhorta y aconseja la práctica de la limosna, que ningún pobre que se considere, puede excusarse. Pues se expresa de este modo: ¿Sabéis que ayuno quiero yo?... Partir su pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo (Is. 58,ó-7)". Partir el pan, porque, "aun cuando tu pobreza sea tan grande que no tengas más que uno solo sin embargo, pártelo y da de él al pobre. También dice: Introduce en tu casa a los pobres que no tengan alberque, lo cual equivale a afirmar: Si hay alguno tan pobre que no tiene comida que dar al hambriento, prepárele un lecho en uno de los rincones de su casa. 

¿Qué respuesta daremos, hermanos, qué excusa alegaremos nosotros, que, poseyendo anchas y espaciosas mansiones, apenas nos dignamos alguna vez recibir en ellas a un peregrino? Y eso que no ignoramos, sino que continuamente estamos confesando que en los peregrinos recibimos a Cristo, como El mismo dijo: Peregriné y me acogisteis... Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mt. 25,35.40). Nos resulta enojoso recibir en nuestra casa a Cristo en la persona de los pobres y yo me temo que él haga lo mismo con nosotros en el cielo, y que no nos reciba en su gloria. Lo despreciamos en el mundo y yo me temo que él a su vez nos desprecie en el cielo, según aquella sentencia: Tuve hambre y no me disteis de comer... (Mt. 25,42). Fijémonos, carísimos hermanos, en estas palabras; no las oigamos de manera indiferente ni sólo con los oídos del cuerpo, sino que escuchándolas con fidelidad, hagamos de palabra y con el ejemplo que otros también las oigan y las cumplan También nos dice el Señor por boca del profeta Isaías que hemos de vestir al desnudo (ibid.). Precepto riguroso y muy digno de temerse. Yo, sin embargo, no juzgo a nadie. Acuda cada uno y pregunte a su conciencia . (San Ambrosio de Milán - Fragmento Sermón 25)

miércoles, 9 de marzo de 2011

Convertíos

Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos del Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión.

Recorramos todas las etapas de la historia y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él. Noé predicó la penitencia, y los que le hicieron caso se salvaron. Jonás anunció la destrucción a los ninivitas, pero ellos, haciendo penitencia de sus pecados, aplacaron la ira de Dios con sus plegarias y alcanzaron la salvación, a pesar de que no pertenecían al pueblo de Dios.

Los ministros de la gracia divina, inspirados por el Espíritu Santo, hablaron acerca de la conversión. El mismo Señor de todas las cosas habló también de la conversión, avalando sus palabras con juramento: Por mi vida – dice el Señor –, no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta, añadiendo además a aquellas palabras tan conocidas: Cesad de obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo: «Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como la grana y rojos como escarlata, si os convertís a mi de todo corazón y decís: "Padre", os escucharé como a mi pueblo santo que sois

Queriendo, pues, que todos los que él ama se beneficien de la conversión, confirmó aquella sentencia con su voluntad omnipotente.

Sometámonos, pues, a su espléndida y gloriosa voluntad, e, implorando humildemente su misericordia y benignidad, refugiémonos en su clemencia, abandonando las obras vanas, las riñas y la envidia, cosas que llevan a la muerte. Seamos, pues, hermanos, humildes de espíritu; abandonemos toda soberbia y altanería, toda insensatez, y pongamos por obra lo que está escrito, pues dice el Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza, quien se gloríe que se gloríe en el Señor, buscándolo a él y obrando el derecho y la justicia, recordando las palabras del Señor Jesús, con las que enseña la equidad y la bondad.

En efecto, él dijo: Sed misericordiosos y alcanzaréis misericordia; perdonad y seréis perdonados; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad y se os dará; no juzguéis y no seréis juzgados; en la medida en que seáis benignos, experimentaréis la benignidad; con la medida con que midáis se os medirá a vosotros.

Ajustemos nuestra conducta a estos mandatos y así, obedeciendo a sus palabras, comportémonos siempre con toda humildad. Dice, en efecto, la palabra de Dios: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.

De este modo, imitando las obras de tantos otros, grandes e ilustres, corramos de nuevo hacia la meta que se nos ha propuesto desde el principio y que es la paz; no perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exhuberancia del don de la paz que nos ofrece. (Carta a los Corintios. San Clemente Romano)
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