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lunes, 13 de febrero de 2012

¿Por qué esta generación reclama un signo?

Padre Santo, Dios todopoderoso..., cuando yo elevo la débil luz de mis ojos, ¿puedo dudar de que eso sea tu Cielo? Cuando contemplo el curso de las estrellas, su retorno en el ciclo anual, cuando veo las Pléyades, la Osa menor y la Estrella de la mañana y considero que cada una brilla en el lugar que Tú le has asignado, comprendo, Oh Dios, que Tú estás allí, en estos astros que yo no comprendo. Cuando veo «las soberbias olas del mar» (sl 92,4), no comprendo el origen de esta agua, ni tampoco comprendo quien es que pone en movimiento su flujo y reflujo regular y, sin embargo, creo que hay una causa –ciertamente para mí impenetrable- en estas realidades que yo ignoro, y también allí percibo tu presencia.

Si vuelvo mi espíritu hacia la tierra que, por el dinamismo de unas fuerzas escondidas, descompone todas las semillas que antes ha acogido en su seno, las hace germinar lentamente y las multiplica, después las hace crecer, no encuentro allí nada que pueda comprender con mi inteligencia; pero esta misma ignorancia me ayuda a discernirte, a ti, puesto que, si soy incapaz de comprender la naturaleza que ha sido puesta a mi servicio, sin embargo te encuentro a través de este mismo hecho de que ella está allí, para mi uso.

Si me vuelvo hacia ti, la experiencia me dice que yo no me conozco a mi mismo, y te admiro tanto más por el hecho de ser yo un desconocido para mí mismo. En efecto, aunque yo no los puedo comprender, sí tengo experiencia de los movimientos de mi espíritu que juzga sus operaciones, su vida, y esta experiencia te la debo sólo a ti, a ti que me has hecho participar de esta naturaleza sensible que me da un gran gozo, aunque su origen se encuentra más allá de lo que alcanza mi inteligencia. No me conozco a mi mismo, pero te encuentro en mí y, encontrándote, te adoro.
(San Hilario de Poitiers. La Trinidad 12, 52-53)

En nuestra inmensa ignorancia ¿Dónde encontrar un lugar donde apoyarnos con firmeza? ¿Dónde encontrar una fuente de discernimiento para separar el trigo de la paja? Sin duda el discernimiento es complicado. Lo que desearíamos sería una respuesta directa y concluyente. Cuando nadamos en el mar de la dudas, queremos algo en lo que apoyarnos y no sutilezas o complicadas teorías. Pero Dios respeta la libertad y nunca responde de forma impositiva. Dios nunca está en el trueno o el huracán, sino en la tenue brisa (1 Reyes 18, 9-13)

¿Dónde encontrar apoyo en nuestras dudas? En todas partes. De Dios nos habla todo y nos habla de manera coherente. Cristo es el Logos, Palabra que es sentido y coherencia universal. San Hilario ve en la creación el reflejo de Dios y ve que es coherente con lo revelado por Cristo. Ve que ante sus dudas y sus ignorancias, todo lo creado le habla a su oído. Incluso las ignorancias de sobre si mismo, le hablan de Dios.

Aquello que anhela, es un reflejo que Dios ha puesto dentro de nosotros. Las dudas hablan de qué es Dios, porque El está en aquello que necesitamosEn efecto, aunque yo no los puedo comprender, sí tengo experiencia de los movimientos de mi espíritu que juzga sus operaciones, su vida, y esta experiencia te la debo sólo a ti, a ti que me has hecho participar de esta naturaleza sensible que me da un gran gozo, aunque su origen se encuentra más allá de lo que alcanza mi inteligencia.

El texto-oración de San Hilario desborda la sensibilidad de quien necesita de Dios y Lo encuentra donde menos lo espera. ¿Dónde está Dios? En todos los signos que nos rodean. ¿Por qué esta generación necesita de un signo? Porque el ansia de Dios está dentro nuestra y los signos aparecen como las luces que nos ayudan para andar el camino.

En la oración, San Hilario encuentra a Dios y a través de Dios, encuentra su sentido como persona: “No me conozco a mi mismo, pero te encuentro en mí y, encontrándote, te adoro.” El sentido del ser humano está en la imagen de Dios que está impresa en nosotros. Encontrando a Dios sólo queda que nos arrodillemos y le adoremos. 

lunes, 12 de diciembre de 2011

No sabes de dónde viene ni a dónde va

«Dios todopoderoso, según el apóstol Pablo, tu Espíritu “escruta y conoce las profundidades de tu ser” (1C 2, 10-11), e intercede por mi, te habla en mi lugar con “gemidos inenarrables” (Rm 8,26)… Fuera de Ti nadie escruta Tu misterio; nada que sea extraño a Ti no es suficientemente poderoso para medir la profundidad de tu majestad infinita. Todo lo que penetra en Ti procede de Ti; nada de lo que es exterior a Ti tiene el poder de sondearte…

Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción. Porque en las realidades espirituales que son dominio tuyo, mi espíritu es limitado, tal como lo dice Tu Hijo único: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”.

Creo en mi nuevo nacimiento sin comprenderlo, y en mi fe guardo lo que escapa a mi comprensión. Sé que tengo el poder de renacer, pero no sé cómo esto se realiza. El Espíritu no tiene ningún límite; habla cuando quiere, y dice lo que él quiere y donde quiere. La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia». (San Hilario de Poitiers. La Trinidad, 12,55s; PL 10, 472)

Cuando nos sentimos abatidos y desorientados nos damos cuenta de lo poco que podemos hacer por nosotros mismos. Sin el Espíritu nada podemos. El Espíritu nos llena y nos lleva donde El quiere y no sabemos las razones de ellos. De igual forma, si el Espíritu se retira de nosotros, nos desinflamos, sentimos el pesimismo entrar en nuestras venas. ¿Qué podemos hacer cuando somos conscientes de nuestra pobreza de ser y nuestra incapacidad? Menudas herramientas se busca Dios para transformar el mundo en el Reino. Ante la evidencia de nuestra debilidad, sólo podemos orar.

Quizás el Espíritu espera que nosotros volvamos a abrir la puerta que nos separa de Dios. Quizás hemos olvidado la necesidad de mantener nuestro contacto con Dios. Orar nos ayuda a sintonizar la “emisora” por la que Dios nos transmite su Gracia. Pero, que difícil es orar en una sociedad que nos satura de deberes y responsabilidades superfluas. Complicado, pero no imposible.

San Hilario nos da una pista estupenda para entender que nos sucede “La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia”. La presencia del Espíritu es lo que nos muestra el pomo de la puerta que hemos de abrir. El pomo es la Esperanza. Sin la Esperanza nada podemos y la Esperanza nace de la presencia de Dios mismo. ¿Dónde mejor podemos sentir la presencia de Dios que en los sacramentos? Pero también tenemos la Palabra de Dios en los Evangelios y la oración personal.

Nos recuerda San Hilario: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Así hemos de ser nosotros mismos cuando nazcamos de nuevo.

Sólo podremos decir, como San Hilario dice en forma de oración:”Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción. Dejemos que la Gracia de Dios actúe en nosotros y nos de fuerzas para llevar a cabo la Voluntad de Dios.
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