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domingo, 16 de noviembre de 2014

Los talentos que guardamos, nos condenan. S. Juan Crisóstomo


La palabra misericordia está de moda. Estamos en un momento en donde se supone que debemos esperar del Señor misericordia por nuestra vida y nuestros errores sin que haya condiciones o restricciones. En la parábola de los talentos vemos que el Señor valora el esfuerzo y la fidelidad, antes que los logros y los éxitos. En la Parábola de los Obreros de la Hora Undécima se ve que la justicia y la misericordia del Señor son inmensas y equivalentes.

La Parábola de los Talentos nos muestra a Dios como alguien tan lleno de misericordia, que da un premio superior a las ganancias con sus sirvientes le devuelven. La cantidad no es lo más importante, sino la actitud que han tomado con los dones recibidos.

Pero, hoy en día choca la actitud que Dios toma con el siervo que devuelve lo mismo que recibió. Para nosotros devolver lo recibido es un mérito, no un deber. Pensamos que quien es honesto ya es merecedor de elogios, lo que demuestra que la deshonestidad es común y abundante entre nosotros.

Al siervo que recibió y devolvió un talento, no sólo le reprobó y no llegó a darle nada a cambio, sino que encima fue expulsado de forma violenta. Fue llamada siervo perezoso y malo. Lo de perezoso podemos llegar a entenderlo, pero, ¿Malo? Pero si no se ha quedado el talento ¿Qué mal ha hecho?


Ya veis cómo no sólo el que roba y defrauda ni sólo el que obra mal, sino también el que no hace el bien, es castigado con el último suplicio. Escuchemos, pues, esas palabras. Mientras es tiempo, trabajemos por nuestra salvación, tomemos aceite para nuestras lámparas, negociemos con nuestro talento. Porque si somos perezosos y nos pasamos la vida sin hacer nada, nadie nos tendrá allí ya compasión, por mucho que juremos. También el que entró en el banquete de bodas con ropa sucia se condenó a sí mismo; pero de nada le aprovechó. ...(Seguir leyendo) 

domingo, 13 de noviembre de 2011

Cinco caminos para la conversión


¿Queréis que os indique los caminos de la conversión? Son numerosos, variados y diferentes, pero todos conducen al cielo. El primer camino de la conversión es aborrecer nuestros pecados. “Empieza tú a confesar tus pecados para ser justo.” (Is 43,26) Esto porque dice el profeta: “Me dije: -confesaré al Señor mis culpas.- Y tú perdonaste mi falta y mi pecado.” (Sal 31,5) Condena tú mismo las faltas que has cometido y esto bastará para que el Maestro te escuche. El que condena sus pecados irá con más cuidado para no recaer en ellos...

Hay un segundo camino que no es inferior al primero y es: no guardar rencor a nuestros enemigos, dominar nuestra cólera para perdonar las ofensas que nos infligen nuestros compañeros de servicio, porque así obtendremos el perdón de las ofensas contra el Maestro. Es la segunda manera de obtener la purificación de nuestras faltas. “Si perdonáis a vuestros deudores, dice el Señor, mi Padre que está en el cielo perdonará también vuestras faltas.” (Mt 6,14)

¿Quieres conocer el tercer camino de la conversión? Es la oración ferviente y atenta desde el fondo del corazón... El cuarto camino es la limosna. Tiene un poder  considerable e indecible... Luego, la modestia y la humildad no son medios menores para destruir el pecado desde la raíz. Tenemos como testimonio de ello el publicano que no podía proclamar sus buenas acciones sino que en su lugar ofreció su humildad y depositó ante el Señor el pesado fardo de sus faltas. (Lc 18,9ss)

Acabamos de indicar cinco caminos hacia la conversión... ¡No te quedes inactivo sino que cada día avanza por estos caminos! Son fáciles, y a pesar de tus miserias puedes ir por ellos.
(San Juan Crisóstomo. Sermón sobre el demonio tentador)

San Juan Crisóstomo nos indica cinco caminos para la conversión y nos dice que son fáciles de transitar, a pesar de nuestras miserias. ¿Fácil? ¡Vaya facilidad! ¿Cómo es entonces lo difícil?

Yo diría que es imposible andar esos caminos si solo contamos con nuestras fuerzas. Me pregunto si algo puede ser fácil de hacer sin contar con la Gracia de Dios. Pero con Dios por medio, nada se pierde o se malogra. Podemos emplear los talentos que Dios nos ha dado para andar estos caminos. Casi diría que Dios nos ha dado sus dones con esta intención y no para que nos apropiemos de ellos para nuestro beneficio terrenal.

Es cierto que podemos esconder nuestros talentos y vivir lo que nos toque vivir de forma desafectada. Pero entonces ¿Qué podremos entregar a Dios cuando estemos frente a El? Devolverle los talentos sin más, es una bofetada al amor que El nos ha dado. ¿Qué frutos han dado nuestros dones? En qué ayudamos a hermanos, Iglesia, sociedad y a la creación en su conjunto.

Si es triste devolver el mismo talento que Dios nos ha dado, más triste es no tener nada que devolver. Decirle a Dios que hemos gastado su don y que no somos capaces ni de devolverlo. Decirle a Dios que nos hemos desatendido a nosotros mismos hasta rompernos.

El mundo nos llama a gastarnos a nosotros mismos olvidando lo que somos y nuestra responsabilidad con nosotros mismos, los demás y lo creado. El mundo nos grita que nos gastemos para olvidar el sufrimiento que llevamos dentro. Nos dice que lo mejor vivir sin más y morir sin más. Sin dignidad como personas, somos marionetas que viven bailando al son del mundo.

Pero la responsabilidad no es solo con nosotros mismos ¿Cuidamos todo lo que Dios nos ha legado? ¿Podemos entregar más de lo que hemos recibido de Su mano? El planeta y la sociedad que dejamos detrás de nosotros, ¿Es un poco mejor gracias a los dones de Dios que hemos empleado? En los tiempos de crisis que vivimos, la parábola de los talentos tiene más profundidad que de costumbre.

Pero ¿Cómo caminar los cinco caminos de la perfección? Dijo Cristo: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” (Jn 14,6)

Entonces les dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. (Mt 16, 24-25)

No nada fácil entrar en los cinco caminos si no contamos con la Gracia y los dones que Dios nos ha dado. Pero tenemos esos dones y la Gracia de Dios ¿A que esperamos?

domingo, 11 de septiembre de 2011

La carrera de ser cristiano

Así, dueño de si mismo y de lo suyo, poseyendo una segura comprensión de la ciencia divina, [el cristiano] se encuentra auténticamente junto a la Verdad. En efecto, el conocimiento y la percepción segura de lo inteligible sin duda puede llamarse ciencia, cuya tarea respecto a las cosas divinas es indagar ciertamente cual sea la causa primera y de Aquél por cuyo medio fueron hechas todas las cosas y sin Él no se hizo nada (Jn 1,3); a su vez también cuales son las cosas como penetrantes, cuales las envolventes, cuales las que se encuentran unidas y cuales las disociadas.  Y cual es el rango que cada una de estas cosas tiene y cual es el poder y la función sagrada que desempeñan. A su vez, respecto a las cosas humanas, [el conocimiento revela] qué es el hombre mismo, qué es lo conforme a su naturaleza y contrario a ella, cómo está relacionado con el actuar y con el sufrir, cuales son sus virtudes y sus vicios, lo relativo al bien y al mal y a lo que está entre ambos; lo que concierne a la fortaleza, prudencia, templanza, y a la justicia, que sobrepasa a todas. Pero [el cristiano] se aprovecha de la prudencia y de la justicia en aras de la adquisición de la sabiduría y de la fortaleza, no sólo para soportar él mismo las adversidades, sino para también dominar en lo concerniente al placer y a la concupiscencia, al dolor y a la ira, y en general para enfrentarse a todo lo que con violencia o engaño seduce a las almas (Clemente de Alejandría, Stromata VII 3, 17.1)

-oOo-

Leer este párrafo de la Stromata de Clemente de Alejandría, me invita a reflexionar sobre el sentido del cristiano. No podemos decir que Clemente proclame un cristianismo apático y desentendido de la comprensión de todo lo que le rodea. Para él, el cristiano debería buscar sabiduría que le permite discernir dentro y fuera suya. Sabiduría que le ayuda a defenderse de todo lo que le puede seducir y le engañar.

¿Tenemos hoy en día una comprensión del cristiano que se acerque a lo que nos indica Clemente? Me temo que nos quedamos en una capa de conocimientos desligados que se mantienen unidos gracias a la Fe.  Si la Fe es fuerte, el cristiano podrá seguir adelante por mucho que se plantee dudas, pero si la Fe no es tan fuerte, es normal que se derrumbe ante las incertidumbres que le plantea el mundo actual. Por otra parte, hay que ser conciente que no todas las personas están dispuestas a dedicar su vida y aliento a formarse y reflexionar en profundidad. 

Si comparamos el camino del cristiano con una carrera, los hermanos más lentos pueden recriminar a los más rápidos que se complican la vida y se la complican a los demás. También pueden objetar que todas las florituras son innecesarias y que los rápidos se centren en lo fundamental: la Fe. Lo maravilloso es que estas personas tienen razón sin que ello implique que haya que cambiar la actitud en los rápidos. La velocidad o la fortaleza no son imprescindibles, pero forman parte de la naturaleza que ha dado Dios a cada cual.

¿Cómo es posible? A cada obrero Dios da un número de talentos particular y sobre lo que les ha dado, les pedirá cuentas cuando vuelva. Los rápidos tienen su función, los fuertes la suya, los lentos tienen sus responsabilidades, al igual que los despistados. Nadie deja de ser necesario.

Decía San Agustín: Cuantos corren, corren con perseverancia, pues todos recibirán el premio. El que llegó el primero esperará a ser coronado con el último. Este certamen no lo emprende la codicia, sino la caridad. Todos los que corren se aman, y este mismo amor es la carrera (San Agustín. Comentario al Salmo 39,11).

La caridad hace que los que corremos unidos, nos amemos aunque unos vayan delante y otros detrás. Los más fuertes ayudarán a los rezagados, los más rápidos marcarán el camino a los despistados. Los lentos serán quienes procuren descanso a los rápidos y los despistados, relajarán a los fuertes. Una vez lleguemos, todos recibiremos el mismo premio ¿No es maravilloso?

Si alguien piensa que obtener el mismo premio para todos es injusto, le invito a repasar la parábola de los obreros de la hora undécima (Mateo 20:1-16). ¿Por qué el mismo premio? ¿Dios puede ser injusto? El mérito de llegar antes o después es de Dios, no nuestro.  Él fue quien nos creó como somos (talentos) y además nos dio la fuerza (gracia) para llegar. Pero no olvidemos que nuestra colaboración es imprescindible aunque el premio lo ganemos por Gracia de Dios.

viernes, 8 de julio de 2011

Primero pensar, luego creer

¿Quién no ve que primero es pensar que creer? Nadie en efecto cree, si antes no piensa que se debe creer... Es preciso que todo lo que se cree, se crea después de haberlo pensado (San Agustín. Tratado sobre la predestinación de los Santos 2,5).

-oOo-

Seguramente le parecerá que esta frase de San Agustín se contradice con las palabras de Cristo a Santo tomas. "Le dice  Jesús: [ A Tomás] «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»" (Jn 20,29). Pero no es así.

Una Fe sin reflexión es una Fe congelada e incapaz de transmitirse a los demás y dar frutos. Dios quiere para nosotros una Fe viva y activa, no una fe que se desentiende de su coherencia. En la parábola de los talentos. ¿Quién se desentiende de la responsabilidad que ha depositado el dueño en él? El que guarda su talento para devolverlo tal cual. Quienes actúan correctamente son los otros dos depositarios, ya que devuelven más y lo hacen en proporción a lo recibido. Si no reflexionamos sobre la Palabra de Dios, la Tradición y Doctrina ¿Dónde vamos? ¿Sin reflexión es posible enraizar las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad?

Ahora, pensar la Fe no es manipularla ni trastocarla según nuestros gusto y tendencias del momento. Se trata de colaborar con Cristo  para convertirnos según la Fe y no convertir la Fe para que se adapte a nosotros.
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