
Allá por el año 312, el emperador Constantino esperaba para enfrentarse a su adversario Majencio. Un día antes de la batalla, se cuenta que Constantino vio en el cielo un signo mientras oía la frase “con este signo vencerás”.
El signo no es la cruz como muchas personas creen, sino el Labarum o Chi-Rho, que dio lugar a lo que ahora llamamos Crismón. Chi-Rho es un anagrama que representa la palabra Christos, Cristo. Algunas versiones de esta historia indican que el signo fue la cruz… pero todo parece indicar que el Labarum fue el signo que tomo Constantino como divisa.
Después de la batalla de Puente Milvio, el triunfante Constantino acepta al cristianismo como religión lícita y da importantes ventajas a quienes la profesaban por aquellos días. Pasados algunos años, pasó de ser religión lícita a ser la única aceptada en el imperio… lo que fue en parte muy positivo y en parte un problema nada desdeñable: la reunión de los opuestos indicados por el propio Cristo…” Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21). Desde entonces el signo cristiano y el imperio entrelazaron sus destinos en una relación compleja, complicada y llena de singularidades en cada época.
En la actualidad, el tribunal europeo de los derechos humanos ha indicado que en el espacio público educativo no es lícito mostrar ningún signo cristiano. Toda una vuelta a los tiempos previos a la batalla de Puente Milvio.
Pero ¿Qué significa la Labarum o la misma cruz para que sea algo digno de ser proclamado ilícito tras 17 siglos? Básicamente lo que parece importar realmente es su presencia en un lugar educativo. ¿Por qué en ese lugar precisamente?
Todo signo tiene un significado y el entorno educativo es un entorno propicio para ligar signos, significados y realidades en un modelo coherente. Dicho de otra forma. Un alumno dentro de un aula se ve predispuesto a preguntar por el significado del signo… y lo que el maestro revele podría ser perjudicial para el atrevido niño.
¿Qué tiene de perjudicial saber qué significa la cruz? Básicamente los padres estiman que es mejor que su hijo desconozca qué hay detrás del signo. Si el niño pregunta, el maestro puede relatar la existencia de Cristo y esto representa una oportunidad para que se filtre el mensaje cristiano entre la información puramente académica. Eso es lo realmente peligroso para los padres… el mensaje cristiano implícito en el signo.
El mensaje puede atraer y el niño terminar por encontrarse con todo el universo simbólico que hay detrás del signo cristiano. Los padres estiman que el significado de la cruz y todo lo que conlleva, es contrario a sus opciones vitales.
Rechazando la presencia del crucifijo, los padres le ahorrarían al niño referencias a episodios como el sermón de al montaña, las parábolas, los mandamientos del amor o la redención. Sin la evidencia de la cruz presente en el aula, se podría intentar que toda la información que recibiera el niño sobre el cristianismo fuese indirecta o puramente historicista. Sería similar al estudio de la religión egipcia o el taoísmo… un eco lejano que no tendría actualidad social.
La cruz, el crucifijo o el Labarum no son más que signos cuyo significado es Cristo como mensaje dado a los hombres. Podríamos decir que el crucifijo representa la oportunidad de difundir el kerigma y su ausencia no es más que la difusión del anti-kerigma: la ausencia de mensaje, revelación, sacralidad, misterio y de toda trascendencia.
Decididamente la cruz tiene un poder nada despreciable en la actualidad. Lo demuestra que el imperio vuelva a declarar ilícito el signo cristiano.