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martes, 24 de junio de 2014

Política: la moneda del Cesar siempre es de oro. San Hilario


Hoy día 22 de junio celebramos a Santo Tomás Moro, insigne hombre de leyes, político y mártir. Tenemos mucho que aprender de su vida y de su obra:

Pienso que no andamos equivocados al sospechar que se avecina de nuevo un tiempo en que el Hijo del hombre, Cristo, será entregado en manos de los pecadores, cuando observamos un peligro inminente de que el Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia de Cristo, esto es, el pueblo cristiano, es arrastrado a la ruina a manos de hombres perversos e impíos” (Santo Tomás Moro)
 

No me gusta hablar de política, ya que termino siempre con la misma sensación que nos induce la anterior frase de Santo Tomás Moro: tiempo de prueba, en el que la paja será separada del grano. Además les tengo que confesar que tengo una fuerte saturación política desde hace ya algunas semanas. Así que mi escrito es bastante más largo de lo habitual, perdón por hacerles leer más. 

Vivimos un tiempo en que la política se ha convertido en el mejor instrumento para arrinconar a la Iglesia. Si echo una mirada a la actualidad española me encuentro con estos asuntos: 

Desde uno de los partidos hegemónicos se reivindica que el gobierno rompa los acuerdos y la colaboración con la Iglesia. Los partidos políticos, sindicatos, fundaciones y hasta las asociaciones que se estimen “de interés público” tendrán privilegios que tendremos vetados los católicos. Si somos Iglesia quedaremos relegados a la marginalidad social. Si queremos ser Iglesia, nos tocará pagar doble: una vez por ser ciudadanos y otra por reunirnos como creyentes. 

En la reciente toma de posesión del nuevo jefe de estado se excluye a Dios del discurso y los actos oficiales. Dado que estamos dentro de la esfera política, esta decisión es respetable, aunque a muchos nos resulte inadecuada. Para terminar de estropear el asunto se ha sabido que el pasado domingo la jefatura de estado organizó una “misa privada” concelebrada por los arzobispos de Madrid y Castrense. Queda claro que desde las altas instancias del estado se nos indica que la fe se tolera si se vive oculta en la privacidad. 

Desde los partidos que se ofrecen como alternativa hay quien defiende que la reclusión de Dios en los rincones de la intimidad, debe ser vigilada para nuestros hijos no se vean influidos por las convicciones de sus padres. 

En la región española donde vivo, se plantean cerrar las capillas que tienen los hospitales estatales. Dicen que vulneran la “aconfesionalidad del estado”. Esto conllevará que los católicos no podamos acceder a la sanidad que pagamos obligatoriamente, si queremos recibir un acompañamiento espiritual. Nos obligarán a pagar una segunda sanidad para que se respete nuestra fe. 

Todo esto resulta normal y hasta bien visto, por los que reclaman que el Cesar merece todo honor y gloria, pero Dios debe esconderse de la vista para no “molestar”. A los católicos se nos ofrece una tolerancia restringida y vigilada, que se contempla como un privilegio magnánimo por parte de los poderes del estado. 
No puedo menos que recordar el episodio evangélico en que los fariseos le preguntan a Cristo por el pago de impuestos. Repasemos lo que nos dice sobre el tema San Hilario de Poitiers: 

Conviene, por lo tanto, que nosotros le paguemos [al Señor] lo que le debemos, esto es, el cuerpo, el alma y la voluntad. La moneda del César está hecha en el oro, en donde se encuentra grabada su imagen; la moneda de Dios es el hombre, en quien se encuentra figurada la imagen de Dios; por lo tanto dad vuestras riquezas al César y guardad la conciencia de vuestra inocencia para Dios. (San Hilario, Comentarios sobre el Evangelio de San Mateo, 23) 

Dios valora al ser humano, mientras que el Cesar valora los bienes materiales que puede utilizar para sus planes. El Reino de Dios no es de este mundo y por eso el mundo (la sociedad) odia a Cristo y nos odia a nosotros. “Si el mundo los odia, sepan que Me ha odiado a Mí antes que a ustedes” (Jn 15, 19) 

Hay quienes señalan que la participación política como algo natural en todas las personas eincluso se atreve a señalar, que el cristianismo sólo puede aceptar un modelo gobierno predeterminado. Ciertamente no he encontrado en los Evangelios ningún pasaje que defina cómo debe ser el gobierno de la sociedad, pero en las tentaciones del Señor, el diablo se arroja del derecho de señalar quien gobierna sobre las naciones: 

…le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorases. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás. (Mt 4, 8-10) 

En el Apocalipsis se señala que los reyes del mundo “tienen un mismo propósito, yentregarán su poder y su autoridad a la bestia. Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque Él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con Él son llamados, elegidos y fieles” (Ap 13-14) 
No se trata de ser mileniarista ni apocalíptico, sino de entender que el poder sobre las gentes siempre conlleva la tentación que creerse como Dios. Es la tentación de todo ángel caído, que en vez de buscar la Luz, es “él mismo” quien se presenta como la luz. 
¿Puede haber un gobernante íntegro, justo y misericordioso? Cierto que sí, pero siempre es la excepción que nos permite darnos cuenta que el poder rara vez se ejerce desde el bien y la piedad. En la Carta a Diogneto (s. II) se nos recuerda que los cristianos: 
Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne.Están sobre la tierra, pero su ciudadania es la del cieloSe someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos (/2Co/06/10). Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos bendicen» (1 Cor 4, 22). 

Hoy en día la política está directamente ligada a los partidos políticos. Hablar de partidos políticos es hablar de ruptura social. El mismo nombre de “partido” es equivalente a sesgado-separado. Quien está en un partido no puede estar en otro. Los partidos nunca pueden estar de acuerdo entre ellos porque parten de ideologías diferentes. Quien se compromete en política tiene que rendir vasallaje a quienes dirigen el partido o nunca pasará de socio raso que paga las cuotas. 

 Las ideologías son generadoras de sufrimiento, violencia y deshumanización, ya que nos imponen, más o menos violentamente, los modelos ideales de sociedad y ser humano que defienden. Si el socialismo o el liberalismo o el capitalismo o el comunismo, no son soluciones reales. De ser así ya tendríamos muestras de sociedades “perfectas” y lo único que tenemos son evidencias de todo lo contrario. 

Todas las ideologías señalan a la Iglesia como su mayor enemiga, ya que las desenmascara. Mientras atacan a la Iglesia, luchan ocultamente para apropiarse de los púlpitos eclesiales, con el objetivo de convencer que el Evangelio las señala como “la elegida por Dios”. Nos piden “poco” a cambio: postrarnos ante ella y adorarla.  Sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. 

Monarquía, república o dictadura no son la solución a los problemas de la sociedad. La solución no es la forma de gobierno, sino Cristo mismo. Dios no es de izquierdas, de derechas o de centro. Quien utiliza a Cristo ideológicamente nos induce a adorar una de las diversas bestias, ante la cual podemos postrarnos. 
La acción de Cristo fue siempre apolítica. Criticó a todos en aquello que actuaban como hipócritas. No impuso ninguna ideología a nadie, ya que El era la misma Verdad, completa, profunda y liberadora. Sin duda Cristo aportó algo esencial para comprender la postura del cristiano ante la política: el desafecto a todo poder o potestad que nos impida ser libres.Cualquier poder que imponga condiciones a la fe y se ofrezca como salvador, es un reflejo del tentador. 

Ningún poder nos salvará. Nuestra única esperanza es Cristo que nos permite vivir con un sentido que supera los sesgos, partidismos e ideologías. La única salvación proviene de la Gracia de Dios, que nos permite cumplir la Voluntad de Dios sin estar sometidos a leyes humanas. 

Mientras que no ocurra la segunda venida de Cristo, tendremos que estar dispuestos a sufrir y padecer por la fe. Las sucesivas bestias siempre encontrarán en nosotros el límite a su poder deshumanizador y embestirán con fuerza.

jueves, 15 de octubre de 2009

Eremitas desafectados

Hace meses leía el estupendo libro La construcción de la Cristiandad europea, de Luis Suárez. El este libro encontré la respuesta a un interrogante que se me había presentado en multitud de ocasiones: ¿Por qué apareció la vocación contemplativa? ¿De donde salieron eremitas como San Antonio Abad allá por el siglo III?

Tanto en la vida de Jesús como en la de sus apóstoles no se hace referencia a la opción de apartarse de forma permanente de la sociedad. Si se repasan los evangelios nos daremos cuenta de que Cristo nos presenta la vida cristiana como factor activo de cambio personal y comunitario. Cristo nos demanda ser levadura o grano de mostaza que mueren para convertir harina en pan o semilla en arbol (Mt 13,31-33). Entonces, ¿Qué sentido tiene apartarse del mundo?

Luis Suárez indica con lucidez que la sociedad de los primeros siglos, así como la actual, no era precisamente una sociedad perfecta donde fuese fácil llevar una vida cristiana. Cuando Constantino (S IV) proclamó el cristianismo como religión oficial del imperio, la sociedad se cristianizó en apariencia y las sólidas comunidades cristianas tuvieron que aceptar a gran cantidad de cristianos de conveniencia en sus filas. Curiosamente la sociedad superficialmente cristiana rechazaba a quienes pretendían llevar una vida verdaderamente evangélica, ya que evidenciaban su hipocresía y falsedad. Este rechazo hizo que algunas personas pensaran en aislarse de forma personal o en pequeños grupos, para poder vivir real y profundamente su cristianismo. Nacieron los eremitas y tras la conformación de comunidades, los primeros monasterios. Pero curiosamente estos eremitas y primitivos monjes no desaparecían del mundo. No se escondían de su sociedad. Todo lo contrario, su opción vital era demostración de un ideal frente a la sociedad de su tiempo.

¿Estamos en estos días en una situación similar? Para mí esto es cada vez más evidente. La sociedad, en su mayoría, se presenta como anticristiana o en todo caso aséptica y superficialmente cristiana. Los espacios de vivencia-convivencia cristiana se reducen o desaparecen. Los ordenamientos jurídicos dificultan sentirse amparado para vivir según el mandato evangélico. Las teóricas comunidades cristianas no van más allá de verse las caras una vez a la semana en la misa. Realmente hemos adquirido un sentido comunitario muy alejado a la comunidad evangélica primitiva y eso hace mella en muchos de nosotros. Tendemos a desesperarnos y preguntarnos por el sentido de seguir adelante entre tanto desbarajuste.

Ante esta realidad, podemos optar por ser levadura o ser como el joven rico. Ser fermento que muere en para cambiar la harina en pan o quedarnos satisfechos de ser ejemplares cristianos dominicales. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja… que un rico entre en el Reino de Dios. Somos muchos los ricos pagados de nuestro propio cristianismo dentro de la Iglesia.

Soy consciente que en estos momentos que vivimos es muy sencillo sentirse abrumado por la inmensidad de la tarea a realizar y desanimarse por la apatía de la institución eclesial y del conjunto de fieles. En estos momentos de desánimo, la vida de eremita o contemplativa comunitaria se nos ofrece como una opción nada desdeñable.

Se preguntarán si pretendo irme a una profunda cueva. No. En este mundo no hace falta irse a una cueva inaccesible para hacerse eremita práctico. Se puede optar por ser un eremita interior y vivir sordo, ciego y desafectado de todo lo que ocurre fuera de nosotros y no nos gusta. Pero no debemos confundir vocación con desesperanza, ni compromiso con dejadez.

La vocación contemplativa es una llamada de Dios. No es un escondite del mundo. Más bien todo lo contrario. Es un testimonio que interpela al “mundo” demandando su atención y posicionamiento. Es un grito silencioso que nos obliga a mirar el ideal cristiano desde la cotidianidad. Si vemos la vida contemplativa práctica como un refugio donde ocultarnos y vivir felices alejados de todo… no es la llamada de Dios, es la llamada del enemigo. El enemigo nos ofrece comer de la fruta de la felicidad fácil vacía de compromiso. Es la llamada del gran disgregador, que rompe y desune: el diablo.

Dios nos de luz y fuerzas para seguir adelante.

sábado, 9 de mayo de 2009

¿Qué es adorar?


Un certero comentario a la entrada anterior del blog me ha hecho reflexionar sobre la necesidad de dar una definición clara a la acción de adorar. Gracias Amador. Entre lo hermanos evangélicos y nosotros los católicos y ortodoxos existe una interminable controversia sobre este tema, lo que denota que aunque utilizamos la misma palabra, pensamos en diferentes cosas.

Podríamos hacer una revisión integral de las palabras hebreas y griegas que terminaron por traducirse por adorar en nuestra versión latina de la Biblia. Por si alguien desea tener esta información le recomiendo el texto: "El significado de la palabra adorar": Pulsa


Personalmente creo que es más constructivo revisar diferentes textos de las Sagradas Escrituras y reflexionar sobre ellos.

Partiendo de los textos del antiguo testamento se puede entender que en los tiempos antiguos la adoración presuponía una cierta actitud corporal. Adoraba quien realizaba genuflexiones, se ponía de rodillas, se agachaba hasta colocar la cabeza en el suelo, etc. En este pasaje del Éxodo podemos claramente esta actitud en Moisés:

"Entonces Moisés dijo: Por favor, muéstrame tu gloria... Jehová paso frente a Moisés y proclamo: ¡Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad, que conserva su misericordia por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que de ninguna manera dará por inocente al culpable; que castiga la maldad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación! Entonces Moisés apresurándose, bajo la cabeza hacia el suelo y adoro" (Ex. 33:18; 34:6-8).

Para Moisés adorar se ajustaba a una actitud corporal que mostraba su actitud interna. Pero ¿Qué actitud interna tenía Moisés?

Mircea Eliade hace una perfecta descripción del sentimiento que tiene el ser humano ante al Divinidad ya que ante nosotros se presenta como la majestad suprema (magestas) [1]. En ese sentimiento de majestad se esconde también el “mysterium tremens” de aquello que es otra cosa, que nos supera nos impresiona y desborda en toda nuestra naturaleza, tal como Rudolf Otto [2] tan certeramente indica. La combinación de majestad y misterio tremendo y fascinante, da lugar al miedo, al temor reverencial que nos hace taparnos el rostro, cerrar los ojos, arrodillarnos o caer a tierra en signo de total sumisión.

De nuevo Moisés nos sirve de ejemplo de esta actitud:

“Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
— ¡Moisés, Moisés!
— Aquí me tienes —respondió.
— No te acerques más — le dijo Dios —. Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa. Yo soy el Dios de tu padre. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Al oír esto, Moisés se cubrió el rostro, pues tuvo miedo de mirar a Dios.”
(Ex 3, 4-6)


Adorar desde el temor reverente nos lleva a explicitar claramente nuestra actitud de manera corporal. El terror incontenible nos rompe física y mentalmente, lo que explica que caigamos de rodillas y solo podamos pedir clemencia. Pero la adoración no es lo mismo que sumisión, que caer de rodillas o bajar la cabeza hasta el suelo. Si me arrodillo para orar junto a la cama… evidentemente no estoy adorando a la cama. En los tiempos de Jesús ya eran normales comportamientos cínicos que reproducían físicamente el patrón de la adoración por temor reverente, únicamente para mostrarse como seres piadosos y ser considerados, por los que los vieren, como personas dignas de santidad.

Por eso en el nuevo testamento Jesús nos presenta de una nueva manera de entender la adoración a Dios donde las expresiones físicas pasan a segundo plano. Podemos recordar el pasaje de la Samaritana:

Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". (Jn 4,21-24)

Ahora la adoración deja de presentarse de manera corporal para adecuarse a un nuevo paradigma, más auténtico y profundo. El temor no es el sentimiento que aparece al contemplar de cerca de Dios. Frente a Jesús las personas no demuestran el temor reverencial que hasta entonces se asimilaba a la adoración. Ahora aparece el amor y la misericordia como motivos principales de admiración hacia Dios. Jesús se acerca a la Samaritana y esta le interpela desde la confianza y la cercanía. Habla de Dios como algo diferente a una potencia inconmensurable. Jesús nos dice que nuestra actitud deberá pasar de ser corporal a ser espiritual de forma inminente, al desaparecer el Templo de Jerusalén.
El sentimiento de temor reverencial, producido por la inmensa e insondable majestad, se transforma en inmenso amor y misericordia, tal como Jesús muestra. El misterio de Dios concebido como poder, en el tiempo de Moisés, se transforma en un nuevo misterio revelado tal como es revelado por Cristo. Ambos misterios son igual de tremendos, majestuosos. Revelan igualmente el inabarcable poder de Dios. Ambos revelan al mismo Dios, pero el primero lo hace por medio de la cultura y la concepción de Dios de su tiempo y el segundo directamente por gracia de la Palabra Divina. De la transformación de la revelación de Dios a nosotros proviene la diferencia del icono que podemos crear para entender la revelación.

Del icono de Dios destructor de los enemigos, sediento de sangre de quien le desobedece se pasa a un icono repleto de bondad y misericordia. Dios es el mismo pero el vehículo de al revelación es diferente.

Hay otro pasaje interesante en el Nuevo Testamento, esta vez tomado del relato de las tentaciones de Jesús:

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme". Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto". (Mt. 4, 8-10)

El diablo quiere regalar el mundo a Jesús con la sola condición de que le adore y se postre ante el. Jesús dice que solo se debe adorar a Dios y solo a El hay que dar culto. Rechaza al diablo y a su mundo.

Jesús no reconoce al diablo como objeto de adoración. No puede adorarlo ya que no es Dios. Dios une, el diablo separa. El mundo como lugar lleno de roturas, divergencias y disputas es el reino del diablo y como tal se lo ofrece a Jesús. Jesús, que vino a recrear el Reino de Dios en al tierra, sabe que lo que se le ofrece no es unidad, sintonía y concordia entre lo Dios y los hombres, y entre los seres humanos. No puede aceptar el ofrecimiento ya que lo que se le ofrece es una inmensa mentira.

Adorar es primeramente reconocer quien es Dios y colocarlo en el centro de lo que somos. No es necesario postrarse para adorar. El solo reconocimiento de qué simboliza Dios y qué es su imagen, representa la mejor y más indiscutible adoración. Es cierto que tras el reconocimiento puede venir la sumisión, correspondiente a postrarse ante Dios. Pero esta sumisión no es algo pasivo, precisamente es todo lo contrario. Es una actitud activa frente al desorden y rotura. Una actitud de cura y unión de lo fragmentado.

Podemos traer otro texto más del Nuevo testamento.

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas. (Mc. 12,28-34)

En este caso Jesús vuelve a hacer prevalecer lo espiritual sobre las actitudes y ritos. Los ritos y por lo tanto la liturgia, parten de una actitud, un conocimiento y un reconocimiento previo. Sin esa actitud vital, conocimiento y reconocimiento de lo que se representa, todo lo que hacemos estará hueco y sin sentido. En el fondo lo que haríamos sería adorar al diablo por medio de la aceptación de la apariencia desprovista de fondo y profundidad. Adoraríamos al sinsentido que nos separa y nos rompe. Quizás ganaríamos aparentemente el mundo, pero nos perderíamos a nosotros mismos.

Adorar es amar a Dios sobre todas las cosas y además amar al prójimo a uno mismo. Las posturas corporales solo tienen sentido tras el amor entregado a Dios y a nuestro hermanos.

Tal como dijimos en una entrada anterior amar a Dios es conocer y comprender a Dios por medio de la revelación. Adorar es aceptar que Dios existe y luchar por entender su revelación e incluso pedir humildemente llegar ser nosotros mismos revelación de lo Eterno.



[1] Lo sagrado y lo profano, (1998) Eliade, Mircea. Editorial Kairos
[2] Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, (1980) Otto, Rudolf. Editorial Alianza.
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