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martes, 20 de diciembre de 2022

La Navidad. Más allá del racionalismo o el emotivismo

La Navidad debería ser uno de los tiempos más importantes para los cristianos. Más allá de la racionalidad de la verdadera fecha de nacimiento del Señor, lo importante, lo sustancial, lo trascendente, es que Dios nació entre nosotros para enseñarnos y entregar su vida por nosotros. Pero, lo sustancial ha quedado relegado por lo comercial, lo racionalista y lo emotivista. Ya no nos importa que Dios se hiciera ser humano, sino los mundiales de futbol, la controversia política y las series que ponen en las plataformas de streaming. 

Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, pero ansiamos parecernos a tantas figuras que nos venden los medios digitales. Ansiamos ser valorados y por ellos nos encantaría hacer videos de Tik Tok, Instagram o cualquier otra red social. hace unos años, en concreto veinte, el Cardenal Tomas Spidlik hablaba sobre cómo el racionalismo y el irracionalismo, se afanan en ocultar lo que es realmente sustancial para nosotros:

En Occidente la mentalidad técnica ha llevado al racionalismo y, como reacción, ha aparecido lo contrario: la espiritualidad irracional. Al final el Papa (Benedicto XVI) ha tenido que escribir una encíclica sobre el uso sano de la razón. La espiritualidad del corazón debe ser un remedio, una medicina contra ese racionalismo que lleva al irracionalismo. He tenido que luchar mucho sobre la noción de corazón, sobre la plegaria del corazón. Al principio, esta noción encontró algunas dificultades en estos hombres racionales. Pero ahora se acepta,... (Card. Tomás Spidlík. Entrevista)

¿Cómo vivir la Navidad en este siglo XXI? Sin duda, desde el corazón. Es decir, en total unidad de nuestro ser, que se arrodilla ante Dios nacido y le ofrece los tres dones que los Magos de Oriente le llevaron: oro (experiencia), incienso (madurez) y mirra (esperanza). Arrodillados ante ese sencillo pesebre, nos damos cuenta de lo importante que es traer a la actualidad ese sencillo nacimiento de Belén. Hacerlo realidad en nuestro interior. Cristo llama a la puerta de nuestro ser (Ap 3, 20) y espera que le abramos. Al que venza, el Señor le concede un inmenso regalo: sentarse junto a Él en el trono de Cristo. Cristo es el Logos de Dios, su trono es ser de verdad. Volver al paraíso 

Aunque la Iglesia actual se centra en evangelizar a niños y jóvenes, Cristo nació por todos sea cual sea la edad que tengamos. La esperanza es un don que cobra más importancia según pasan los años. Cada día es un poco más importante para nosotros. Esta esperanza necesita beber diariamente el "Agua Viva" que nos permite nacer de nuevo. Recordemos lo que el Señor dijo a Nicodemo:  De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. (Jn 3,3) y también le dijo: No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu (Jn 3,7-8). Porque Dios no está ni en el terremoto, ni en la tormenta, sino en suave brisa 1Re 19, 3-15

Los Magos de Oriente no eran precisamente niños o jóvenes. Dios les llamó y ellos, dejando todo, acudieron a su llamada llenos de experiencia, madurez y esperanza. Este es el Misterio que hoy parece que hemos olvidado. Sigamos la Estrella de Belén, la Estrella que debe brilla en templo interior donde habita el Señor.

[1] La mística del Corazón. Card. Tomas Spdlik 


jueves, 22 de octubre de 2009

El Mundo Visible

Os traigo un breve texto de Monseñor Tomás Spidlík. Jesuita, nacido en 1919 en Moravia, es profesor emérito del Instituto Oriental Pontificio; desde 1991 vive y trabaja en el Centro Aletti (Roma). Es conocido y apreciado en el mundo entero como estudioso de teología espiritual patrística y oriental.

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El Mundo Visible

¿Tenemos que hablar al antiguo modo de la "fuga del mundo" o, más bien, al modo moderno del "diálogo con el mundo"? Parece que la Iglesia, en los últimos tiempos, haya cambiado su actitud hacia el mundo y sus valores, sobre todo tras el Concilio Vaticano II. Son muchas las objeciones y las preguntas que a menudo se oyen, pero no son tan nuevas como parecen y tampoco son superficiales, porque tocan un problema serio.

La actitud del Hombre hacia el mundo y hacia Dios es una cuestión fundamental de la religión. Parece que desde el principio se hayan ofrecido dos posibles soluciones. Ninguna de las dos satisface plenamente. O buscamos a Dios "en el" mundo, y entonces nos exponemos al peligro del panteísmo, monismo, materialismo; o bien, al contrario, declaramos que Dios es esencialmente distinto al mundo, y entonces no eludimos la objeción de los materialistas según la cual la religión distrae el interés del hombre por el mundo. Por lo demás también los ascetas cristianos repiten de buena gana que "el amor a Dios y el amor al mundo son inconciliables". En el evangelio de san Juan se repite este pensamiento a menudo y con insistencia: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo (Jn 15, 19). Sin embargo, en el mismo evangelio leemos el pensamiento contrario: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Cristo es "Salvador del mundo" y envía a sus discípulos "por todo el mundo" (Mc 16, 15) para que sean "la luz del mundo" (Mt 5, 14).

En la Biblia el término mundo es, por tanto, utilizado o en sentido peyorativo o en sentido neutro. Por el contrario, en griego, cosmos es un término totalmente positivo. Significa orden, belleza. Pero hay todavía otra diferencia. Cuando los europeos hablamos del mundo, pensamos sobre todo en el espacio, en su extensión, o bien en su propiedad de mundo viviente en contraste con los minerales. En la lengua aramea, que fue la lengua materna de Jesús, el término alma, mundo, significa, más bien, cierto período de tiempo, más o menos como cuando nosotros decimos: el mundo antiguo, el mundo medieval, etcétera.

De ello se sigue que el término "mundo" pueda tener diversos significados, entre los cuales hay cuatro principales:

1) el mundo visible e invisible, es decir, todo lo que Dios ha creado;
2) la naturaleza visible (excepto el hombre);
3) la sociedad humana (la "vida en el mundo", tener contacto "con el mundo");
4) la sociedad corrupta, el ambiente perverso, las tentaciones ("evitar el mundo"), es decir, el "mundo" en el sentido moral.

Mundo visible

"Sólo el cristianismo ha librado al mundo material de su maldición", escribe precisamente un teólogo reciente. Muchos sistemas filosóficos y religiosos de la antigüedad eran dualistas: veían el mal en la materia. Y aquellos que no eran dualistas no lograban resolver de modo satisfactorio la relación entre Dios y el mundo. Se encontraban ante un dilema. O Dios se ocupa del mundo, y entonces parece que depende del mundo, pierde su omnipotencia y felicidad, o bien, Dios es, como piensa Aristóteles, totalmente ajeno al curso del mundo, y entonces el mundo pierde su valor y el hombre hace bien en huir de este mundo hacia Dios.

En sus bellas homilías sobre el Hexahemeron (que trata sobre la obra divina de los seis días de la Creación), san Basilio muestra que el abismo entre Dios y el mundo se ha superado con la palabra de la Escritura: "En el principio Dios creó..." (Gn 1, 1). El cielo, la tierra, las plantas, los animales, todo lo que vemos no está contra Dios, fuera de su interés, sino que es obra suya. "Y vio Dios que todo era bueno..." (Gn 1, 4ss.). El mundo visible es representado bajo la forma de un bellísimo jardín preparado para quien debe habitar en él, es decir, el hombre.

El recto uso del mundo

En este contexto no tiene sentido hablar de "fuga del mundo". Los libros espirituales establecen, por el contrario, las reglas para "el uso del mundo", el "recto uso de las criaturas". Así leemos, por ejemplo, en la primera meditación de los Ejercicios de San Ignacio: "Todo sobre la tierra ha sido creado para el hombre, para que lo ayudara a alcanzar el fin para el cual ha sido creado". Y justo después de esto se introduce la primera regla para el "uso del mundo": podemos y debemos usar todas las cosas sólo en cuanto sir-van al bien. El mundo es "bueno"; por tanto, no puede ser utilizado sino para el bien. Cualquier otro uso es perverso.

Los autores occidentales destacan que todo puede servir para una buena obra: los campos, la casa, el dinero, la salud, etcétera. Los autores orientales, más contemplativos, hablan con mayor entusiasmo de la belleza del mundo, de su armonía, de sus colores. Todo ello nos sirve para recordar la grandeza y la belleza del Creador. Entonces la naturaleza visible se convierte en "escuela de almas", en un libro abierto en el que se lee a Dios. Los autores modernos añaden algunas consideraciones nuevas. Hablan de la responsabilidad del hombre de hoy para con el mundo, para con el rostro de la naturaleza, para que ésta siga siendo madre y albergue digno de todos.

"El mundo visible es bello -escribe san Gregorio nacianceno-, está compuesto del cielo y de la tierra [...], cada parte es decorosa, pero merece toda admiración la armonía y la unión de cada una de las partes. Todo está en su justa proporción. Es un cosmos perfecto de orden y belleza".

(Traducción del original italiano realizada por Ángela Pérez García, para la revista Magnificat)

sábado, 14 de marzo de 2009

El Mensaje Sagrado

Ya hemos visto que la revelación de la Divinidad se puede vivir directamente en el espacio y el tiempo sagrado. Hemos visto que esta sacralidad es solo perceptible si se conoce el lenguaje especial en que la expresa, ya que necesita de una hermenéutica especializada para ser comprendida. Esta hermenéutica es un lenguaje y por lo tanto un mensaje que recibimos. Un Mensaje que es Cristo mismo que se manifiesta en el Evangelio, la Buena Noticia. Según vayamos comprendiendo el lenguaje en que está expresada la sacralidad, iremos asimilando toda la plenitud de al revelación contenida en todo y todos los que nos rodean. Sin no disponemos de las claves para comprender lo que se nos revela siempre es posible acceder a nivel intuitivo a la sacralidad que se nos presenta ante nosotros. Si no tenemos ni el conocimiento ni la intuición necesarias, lo que se nos presente como sagrado carecerá de todo significado y perderemos el hilo que nos une con Dios.

No es raro hoy en día oír y ver a personas hablar sobre el carácter pagano de determinados símbolos, rito o escritos considerados sagrados por las Iglesias cristianas tradicionales (occidental y oriental). Por ejemplo, se oye decir que los católicos adoramos a un supuesto "dios sol", basándose en que hacemos al sol símbolo de Cristo. De igual forma, se suele oír que creer que el pan consagrado es el mismo Cristo es una evidente idolatría. Cuando alguien se expresa de esta manera, solo demuestra que desconoce el lenguaje sagrado y la revelación que Dios hace de Su propia naturaleza; además de ignorar la revelación contenida en las sagradas escrituras. Las existencia de simbologías asimilables solo indica que se utiliza un lenguaje simbólico común, que además es el utilizado por Dios para revelarse a los hombres desde el inicio de los tiempos.

Fijémonos en las Sagradas Escrituras ¿por qué les llamamos sagradas? Son sagradas debido a que las consideramos Palabra de Dios y Mensaje Divino. Las consideramos como una revelación debido a que nos comunica aspectos de Dios que no podríamos conocer si no se desvelan. El ejemplo más claro que apoya esto lo encontramos en las parábolas que nos legó Jesús por medio de los Evangelios. Por medio de unas narraciones aparentemente simples, Jesús nos comunica aspectos sobre Dios, el Reino de Dios, la Verdad, etc, que son todo menos simples y evidentes.

Es interesante reseñar que el Mensaje Sagrado se comunica por los mismos medios y lenguajes que se consideran vehículos artísticos: palabra, pintura, escultura, música, etc. Podemos hacer un rápido repaso sobre cómo se comunica la revelación utilizando estos lenguajes artísticos, apoyándonos en citas de diversos autores.

Empezamos por el arte sagrado de la pintura, donde el mejor exponente de su función sagrada es el Icono. Un icono es sagrado en cuanto nos revela a Dios mediante el arte del escritor de iconos. Jean Hani nos habla sobre qué es un icono y cómo debe ser entendido el mensaje contenido en el:

El ícono es el perfecto ejemplo de arte sagrado. En su campo, realiza perfectamente la representación de las realidades celestiales, de los arquetipos eternos; de este modo es un soporte de influencia espiritual y desempeña un papel que las autoridades eclesiásticas competentes no dudan en llamar sacramental. Es fuente de bendición e instrumento de contemplación; de bendición por el tema sobrenatural que representa según una regla canónica y que irradia su fuerza de bendición; de contemplación porque conduce de lo sensible a lo inteligible, de lo terrenal a lo celestial, a las verdades eternas, pues el icono es una visión del Cielo.

Porque el tema fundamental de todo icono, ya sea un retrato o un tema con varios personajes, es el hombre; pero precisemos enseguida: no el hombre terreno, en su estado terreno y su apariencia física, sino el hombre redimido y ya resucitado que vive en el Paraíso en la contemplación de Dios. Si esto es así, es porque todo icono deriva del icono primordial que sirve de modelo a todos los demás: el de Cristo. Como precisaron los Padres de Nicea, este icono es una prolongación de la Encarnación, es la imagen del Dios Hombre, que a su vez es imagen arquetípica del Hombre Dios, o sea el modelo de lo que tiene que ser el hombre creado «a imagen de Dios» cuando «se convierte en lo que él mismo es».” [1]

El canto como unión perfecta de música y oración nos ayuda a focalizar el ánimo, espiritualidad y la atención durante las celebraciones litúrgicas. En el diario de Raissa Maritain, una admirable mujer, poeta y contemplativa (1883-1960) podemos encontrar la siguiente cita:

"Necesidad de los cantos en la iglesia: canto del coro, canto de los fieles, canto de los mundos. La palabra es demasiado seca, demasiado limitada para expresar tal Amor. Es preciso el canto esplendido o el silencio que es otro lirismo, el del amor unificador que une al propio Júbilo divino." [2]

El amor al que se refiere Raissa es un amor revelado mediante el canto litúrgico, ya que no es algo a lo que podamos acceder por nosotros mismos.

En al arquitectura o escultura sucede lo mismo. Las estructuras espaciales incorporan niveles de significado y simbolismo que permiten ser leídos por aquellos que están preparados para ello. Quienes no lo están pueden disfrutar de la revelación por medios intuitivos.

“No olvidemos que el arte románico está lleno de símbolos y que, como decía Plotinio, el hombre sabio es aquel que en una cosa lee otra. Por todo ello, sugeriría que el arte románico- y más concretamente su percepción simbólica anagógica- actuara como tal anzuelo para personas hambrientas de un significado más profundo. A partir de allí pueden comenzar a elaborar una actitud de concientización que les capacitará para moverse en un proceso de interiorización, de modo que puedan integrar el significado de un símbolo, revolucionando los presupuestos ortodoxos que separan actualmente el conocimiento del observador de la concepción de la realidad de su experiencia.[3] (Malvis)

El mensaje sagrado difícilmente puede mostrarse de manera pragmática y científicamente analítica, ya que significado excede al capacidad de comunicación de evidencias. Pero es admirable que el mensaje se exprese de manera especialmente fidedigna utilizando cualquiera de los medios artísticos antes citados.

También es interesante la opinión que el cardenal Tomas Spidlík da sobre lo el mensaje sagrado que es transmitido por el arte:

“El arte que se manifiesta en los iconos, en la imagen sagrada y en la liturgia. Cuando se enseña la doctrina sólo con los conceptos racionales, evidentemente el misterio es muy limitado. En cambio, el símbolo mantiene la plena riqueza de significados. No hay que entender el símbolo como atributo decorativo. La palabra símbolo hay que entenderla a la letra, como signo visible e inmediatamente perceptible de la realidad que indica. Por eso Jesús habló siempre con parábolas, con símbolos; y la liturgia oriental está llena de símbolos, es un icono vivo.” [4]


San Juan dice que Cristo es el Logos, es decir lo que expresa y da sentido a todo lo creado. Por eso Cristo es el Evangelio, la Buena Noticia que se manifiesta y comunica a nosotros. Cristo nos dice que todo y todos tenemos sentido en Él y que ha venido al mundo para comunicarlo. El Mensaje Sagrado no es más que Cristo manifestado a los seres humanos, el Logos. No se trata de nada oculto, aunque comprender este Misterio sea imposible para el ser humano. 

[1] Mitos, ritos y símbolos (1999). Jean Hani. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca.
[2] El diario de Raissa.(2009) Maritain, Raissa p60. Jaques Maritain Editor.
[3] La nueva percepción simbólica. Cada símbolo posee niveles de interpretación diferentes. (2005) Malvis. http://www.circuloromanico.com/index.php?menu_id=5&jera_id=65&page_id=59&cont_id=70
[4] Entrevista al Cardenal Tomás Spidlík. (2003). 
http://www.30giorni.it/articoli_id_2220_l2.htm
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