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martes, 20 de diciembre de 2022

La Navidad. Más allá del racionalismo o el emotivismo

La Navidad debería ser uno de los tiempos más importantes para los cristianos. Más allá de la racionalidad de la verdadera fecha de nacimiento del Señor, lo importante, lo sustancial, lo trascendente, es que Dios nació entre nosotros para enseñarnos y entregar su vida por nosotros. Pero, lo sustancial ha quedado relegado por lo comercial, lo racionalista y lo emotivista. Ya no nos importa que Dios se hiciera ser humano, sino los mundiales de futbol, la controversia política y las series que ponen en las plataformas de streaming. 

Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, pero ansiamos parecernos a tantas figuras que nos venden los medios digitales. Ansiamos ser valorados y por ellos nos encantaría hacer videos de Tik Tok, Instagram o cualquier otra red social. hace unos años, en concreto veinte, el Cardenal Tomas Spidlik hablaba sobre cómo el racionalismo y el irracionalismo, se afanan en ocultar lo que es realmente sustancial para nosotros:

En Occidente la mentalidad técnica ha llevado al racionalismo y, como reacción, ha aparecido lo contrario: la espiritualidad irracional. Al final el Papa (Benedicto XVI) ha tenido que escribir una encíclica sobre el uso sano de la razón. La espiritualidad del corazón debe ser un remedio, una medicina contra ese racionalismo que lleva al irracionalismo. He tenido que luchar mucho sobre la noción de corazón, sobre la plegaria del corazón. Al principio, esta noción encontró algunas dificultades en estos hombres racionales. Pero ahora se acepta,... (Card. Tomás Spidlík. Entrevista)

¿Cómo vivir la Navidad en este siglo XXI? Sin duda, desde el corazón. Es decir, en total unidad de nuestro ser, que se arrodilla ante Dios nacido y le ofrece los tres dones que los Magos de Oriente le llevaron: oro (experiencia), incienso (madurez) y mirra (esperanza). Arrodillados ante ese sencillo pesebre, nos damos cuenta de lo importante que es traer a la actualidad ese sencillo nacimiento de Belén. Hacerlo realidad en nuestro interior. Cristo llama a la puerta de nuestro ser (Ap 3, 20) y espera que le abramos. Al que venza, el Señor le concede un inmenso regalo: sentarse junto a Él en el trono de Cristo. Cristo es el Logos de Dios, su trono es ser de verdad. Volver al paraíso 

Aunque la Iglesia actual se centra en evangelizar a niños y jóvenes, Cristo nació por todos sea cual sea la edad que tengamos. La esperanza es un don que cobra más importancia según pasan los años. Cada día es un poco más importante para nosotros. Esta esperanza necesita beber diariamente el "Agua Viva" que nos permite nacer de nuevo. Recordemos lo que el Señor dijo a Nicodemo:  De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. (Jn 3,3) y también le dijo: No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu (Jn 3,7-8). Porque Dios no está ni en el terremoto, ni en la tormenta, sino en suave brisa 1Re 19, 3-15

Los Magos de Oriente no eran precisamente niños o jóvenes. Dios les llamó y ellos, dejando todo, acudieron a su llamada llenos de experiencia, madurez y esperanza. Este es el Misterio que hoy parece que hemos olvidado. Sigamos la Estrella de Belén, la Estrella que debe brilla en templo interior donde habita el Señor.

[1] La mística del Corazón. Card. Tomas Spdlik 


martes, 29 de julio de 2014

El Símbolo como herramienta de comunicación


¿Para qué necesitamos los símbolos en un siglo donde la comunicación es tan inmediata y rápida que podría se utilizada para explicar en vivo cualquier cosa? Los símbolos parecen algo del pasado. Parecen algo que no terminamos de comprender. Muchas personas se preguntan ¿Por qué no decir las cosas claras y dejarnos de “tapujos” y “misterios”. ¿Para qué necesitamos los símbolos en pleno siglo XXI? 

El ser humano es un ser simbólico que utiliza una diversidad de herramientas y métodos para comunicarse con otras personas. Entre estos métodos-medios de comunicación están los símbolos. En el cristianismo, los símbolos se utilizan para comunicar Misterios. Es decir, aquello que supera la capacidad de comunicación verbal inmediata y para penetrar en ello, necesitan símiles, acercamientos, pistas, que tendremos que reflexionar durante toda la vida. Los símbolos no son elementos estáticos, muertos o cotidianos. 

El símbolo comunica al hombre su contenido que, precisamente porque es vivo y ligado a la vida, se presenta al principio como un fluido, como algo dinámico, palpitante pero acategorial. Sólo en un segundo tiempo empieza a interpelar a todo hombre y le pide una colaboración, pidiendo ser descifrado, descodificado, pensado, reflexionado, precisado, también racionalmente. El símbolo exige, por lo tanto, una participación activa a quien se deja implicar en el proceso que pone en acto. (M. I. Rupnik. Teología de la Evangelización desde la Belleza, Consecuencias para la Teologíay la Acción Pastoral, 3) 

La Nueva Evangelización debería incluir una fuerte alfabetización simbólica, empezando por las personas participamos...    Seguir leyendo

domingo, 3 de febrero de 2013

Humildad y miedo, a veces se confunden y nos confunden.


Un médico vino entre nosotros para devolvernos la salud: nuestro Señor Jesucristo. Encontró ceguera en nuestro corazón, y prometió la luz "ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman" (1Co 2,9). La humildad de Jesucristo es el remedio a tu orgullo. No te burles de quien te dará la curación; sé humilde, tú por el que Dios se hizo humilde. En efecto, Él sabía que el remedio de la humildad te curaría, él que conoce bien tu enfermedad y sabe cómo curarla. Mientras que no podías correr a casa del médico, el médico en persona vino a tu casa... Viene, quiere socorrerte, sabe lo que necesitas.

Dios vino con humildad para que el hombre pueda justamente imitarle; Si permaneciera por encima de ti, ¿cómo habrías podido imitarlo?  Y, sin imitarlo, ¿cómo podrías ser curado? Vino con humildad, porque conocía la naturaleza de la medicina que debía administrarte: un poco amarga, por cierto, pero saludable. Y tú, continúas burlándote de él, él que te tiende la copa, y te dices: "¿pero de qué género es mi Dios? ¡Nació, sufrió, ha sido cubierto de escupitajos, coronado de espinas, clavado sobre la cruz!" ¡Alma desgraciada! Ves la humildad del médico y no ves el cáncer de tu orgullo, es por eso que la humildad no te gusta. (San Agustín Sermón 61, 14-18)

Los seres humanos tendemos a quedarnos con las apariencias y por eso nos resulta más fácil imitar para aparentar. Como dice el viejo refrán, “el hábito no hace al monje”, aunque ayude a quien tiene en su interior el deseo y la voluntad de ser monje.

San Agustín se pregunta, poniendo el foco en Cristo “sin imitarlo, ¿cómo podrías ser curado?”, pero tenemos que leer más para dar sentido a esta frase. “Vino con humildad, porque conocía la naturaleza de la medicina que debía administrarte: un poco amarga, por cierto, pero saludable.” Lo que nos propone es que imitemos su humildad: “Él sabía que el remedio de la humildad te curaría, él que conoce bien tu enfermedad y sabe cómo curarla”

¿Qué sentido tiene la humildad en la sociedad de las apariencias vacías que nos rodea? La humildad resulta repulsiva e indeseable en un mundo en el que tener es más importante que ser. Viendo en esta tarde una película sobre la vida del Padre Pío, estuve reflexionando sobre lo complicado que es ser humilde cuando todos los que te rodean te ensalzan y hasta te idolatran. Que difícil es ser humilde cuando se ha recibido un don de Dios, que te hace destacar sobre los demás. ¿Qué tipo de don? Por ejemplo el bautismo es un don de Dios, que nos lleva a dar testimonio de nuestra fe. ¿Por qué no lo hacemos entonces? Nos lo señala San Agustín: “Encontró ceguera en nuestro corazón, y prometió la luz”. No confiamos en que la luz de Dios y tememos la responsabilidad que conllevan los dones que nos da. Pero este temor a veces se confunde con la humildad. La humildad no te hace esconder el don de Dios, la humildad es otra cosa.

La humildad nos lleva a comprender que podemos aquella llama de luz que Dios nos da, no es para guardarla debajo de la cama, sino para exponerla. Pero nos da miedo convertirnos en modelo para los demás y este miedo proviene de la responsabilidad que contraemos al intentar ser ese modelo.

No puede uno agradar a Dios sin presentarse como modelo para ser imitado por aquellos que quieren sean salvados, por cuanto nadie pretenderá imitar a aquel que no le agrada (San Agustín. Tratado sobre el Sermón de la Montaña 2, 1, 3)

Hoy en día ser testigos de Cristo es  muy importante y ese testimonio conlleva presentarse como modelo. ¿Cómo ser modelo sin que se nos suba a la cabeza? ¿Cómo ser humildes al tiempo que aparecemos como modelos a imitar? La figura del Padre Pío puede ser para nosotros un modelo a imitar, para que a su vez, otros vean en nosotros el reflejo de la luz de Cristo.

El Padre Pío tuvo que aceptar ser el centro de expectación de muchas personas y al mismo tiempo, centro de las envidias e intrigas de otros muchos. Los envidiosos no dejaron de hostigarlo e intentar que desapareciera, pero no se echó atrás al sufrir desprecios, dudas e insidias. Lo importante no somos nosotros, sino la luz que podemos reflejar. Las tinieblas rodean la luz, por lo que tarde o temprano tendremos que aceptar con humildad que nuestro testimonio estorbe a otras personas. La verdadera humildad se demuestra entonces, lo fácil es esconderse y dejar de dar testimonio. La humildad nos permite seguir adelante sin esperar reconocimientos ni alabanzas. Además, como indica San Agustín, ese es el camino de nuestra curación.

domingo, 27 de enero de 2013

Bebe de la copa del Antiguo Testamento y del Nuevo, porque en los dos es a Cristo a quien bebes. Bebe a Cristo, porque es la vid (Jn 15,1), es la roca que hace brotar el agua (1Co, 10,3), es la fuente de la vida (Sal 36,10). Bebe a Cristo porque él es “el correr de las acequias que alegra la ciudad de Dios” (Sal 45,5), él es la paz (Ef 2,14) y “de su seno nacen los ríos de agua viva” (Jn 7,38). Bebe a Cristo para beber de la sangre de tu redención y del Verbo de Dios. El Antiguo Testamento es su palabra, el Nuevo lo es también. Se bebe la Santa Escritura y se la come; entonces, en las venas del espíritu y en la vida del alma desciende el Verbo eterno. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Dt 8,3; Mt 4,4). Bebe, pues de este Verbo, pero en el orden conveniente. Bebe primero del Antiguo Testamento, y después, sin tardar, del Nuevo.

Dice él mismo, como si tuviera prisa: “Pueblo que camina en las tinieblas, mira esta gran luz; tú, que habitas en un país de muerte, sobre ti se levanta una luz” (Is 9,1 LXX). Bebe, pues, y no esperes más y una gran luz te iluminará; no la luz normal de cada día, del sol o de la luna, sino esta luz que rechaza la sombra de la muerte. (San Ambrosio de Milán, Comentario al salmo 1, 33)

¿Estamos dispuestos a beber de la Fuente de la Vida? El mundo (sociedad) nunca ha estado dispuesta a beber de la Fuente de la Vida y hoy en día, este rechazo es más evidente que nunca. Pienso, por ejemplo, en los problemas que existen para vivir como cristiano dentro de nuestro entorno laborar. Dios está ausente de las oficinas, las fábricas y los pasillos de los centros de trabajo. Alguno se pregunta ¿qué sentido tiene que Dios se haga presente en un lugar donde nadie lo llama? Pero lo cierto es que lo llamamos a gritos sin que estos gritos logren salir por nuestras gargantas.

En algunas empresas y factorías, es habitual hacer alguna tabla de gimnasia previa a la empezar la jornada de trabajo. Los directivos se han dado cuenta que utilizar cinco minutos para estirarnos y tomar conciencia de nuestro cuerpo, redunda en un mayor rendimiento en el trabajo. De igual forma, ¿por qué no empezar la jornada de trabajo con una Eucaristía? ¿Por qué se ve lógico estirarse físicamente y vemos tan extraño distendernos espiritualmente? Todo esto parte de ciertos prejuicios que ligan la religión con una postura vital pasiva y desentendida de todo. Pero el principal problema es que hacer presente a Dios en nuestra vida cotidiana está muy mal visto.

El pasado viernes, fiesta de San Pedro y San Pablo, mi universidad decidió celebrar el día de Santo Tomás de Aquino, siendo día festivo para todo el personal. El hecho de no respetar el día del Santo Patrón evidencia que no se comprende la relación directa entre el día festivo y la jornada de descanso. Jornada que podríamos haber utilizado para recordar a Santo Tomás como profesor universitario, investigador y su compromiso con la búsqueda de la Verdad. Bueno, de todas formas, la pastoral universitaria organizó una misa para celebrar el patrón, aunque no coincidiera con la festividad real. Lo triste fue la escasa afluencia de profesores y alumnos.

Volviendo al texto de San Ambrosio de Milán: “Bebe a Cristo para beber de la sangre de tu redención y del Verbo de Dios.” Cuanta falta nos hace beber la sangre de la redención. Con el sufrimiento llevamos en nuestros hombros ¿Cómo no damos un paso al frente para aceptar el Verbo? ¿Qué nos retiene?

Prejuicios, miedos, ignorancias, nos atenazan y nos petrifican cuando miramos atrás. Hace falta valor para desprenderse los complejos de inferioridad que han creado sobre nosotros. Tenemos razones para tener fe y confianza en Cristo. La Nueva Evangelización conlleva la rotura de los miedos que nos atan y para ello necesitamos beber de Cristo. Beber del Antiguo y el Nuevo Testamento. Como San Ambrosio indica: “Bebe, pues, y no esperes más y una gran luz te iluminará; no la luz normal de cada día, del sol o de la luna, sino esta luz que rechaza la sombra de la muerte”

 “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”


domingo, 4 de noviembre de 2012

Ante lo imposible, la humildad nos trae Esperanza


Hemos terminado el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, estamos dentro de las celebraciones y actividades del Nuevo Año de la Fe, sin dejar atrás la celebración, en Valencia (España), de un estupendo congreso sobre Pastoral Juvenil. Estamos exultantes y llenos de ánimo por nuestra capacidad de encarar lo problemas de la Iglesia. Hemos hablado de métodos, disposiciones, actividades, pero se nos está olvidando la palabra humildad. Es interesante leer este breve texto sobre la humildad que escribió el Padre Pío y después, mirar la actualidad eclesial.

La humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada. Por consiguiente, todo lo bueno que tengo viene de Dios. Pero a veces malgastamos lo que Dios ha puesto de bueno en nosotros. Cuando veo la gente que me pide algo, a veces ni pienso en lo que podría darles, sino en lo que no soy capaz de dar y por tanto, muchas almas quedan sedientas porque yo no he sabido transmitirles lo que Dios les quería dar.

La idea que el Señor viene cada día a nosotros y nos da todo, nos tendría que llevar a la humildad. Sin embargo, pasa lo contrario porque el demonio despierta en nosotros sentimientos de orgullo. Esto no nos honra. Hay, pues, que luchar contra nuestro orgullo. Cuando nos parece que nos puede, paremos un instante, hagamos un acto de humildad. Entonces, Dios que ama los corazones humillados vendrá en nuestra ayuda. (San Pio de Pietrelcina, Buona giornata 8/8)


Sin querer disminuir en nada este maravilloso momento eclesial, es maravilloso asumir con humildad “que el Señor viene cada día a nosotros y nos da todo”. Humildad que no quiere decir quietismo o parálisis, sino la aceptación profunda de la Voluntad y la Providencia Divina. La humildad nos permite entender que los planos y los planes son estupendos, pero que serán nuestros humildes pies quienes anden paso a paso el camino y que la fuerza que nos permitirá llegar a la meta, no proviene de nosotros, sino de Dios. La humildad nos permite ver que, a veces, los planes se quedan en intenciones muy bien justificadas, ya que los medios y la capacidad de hacerlas realidad no siempre están disponibles.

¿Cómo hacer lo imposible? Se preguntarán muchas personas que viven en situaciones complicadas. En ese momento aparece la necesidad de buscar inspiración divina. Planear es relativamente sencillo y nos llena de orgullo, lo complicado es hacer realidad los planes desde la humildad.

Ahí nos encontramos con un interesante problema que el Padre Pío, sabiamente nos indica: “… el demonio despierta en nosotros sentimientos de orgullo” ¿Orgullo? Cierto, orgullo que nos impide aceptar los medios que tenemos y nos hace rendirnos antes de empezar la batalla. “Cuando veo la gente que me pide algo, a veces ni pienso en lo que podría darles, sino en lo que no soy capaz de dar y por tanto, muchas almas quedan sedientas porque yo no he sabido transmitirles lo que Dios les quería dar”.

Ante lo que nos parece “imposible”, nos damos por vencidos antes de la batalla. Ante la necesidad de construir sin herramientas perfectas una obra para la que nos sentimos incapaces, nos cuesta doblar la rodilla ante el Señor y suplicarle que nos lleve por el camino que Él tiene para nosotros.

Sin duda, después de este momento de plenitud y exaltación eclesial que vivimos, vendrán momentos personales o comunitarios que plantearán dudas e incomodidades. Cuando parece que la situación nos puede, es que nuestro orgullo busca donde resguardarse para no sentirse herido. ¿Qué hacer? “… paremos un instante, hagamos un acto de humildad. Entonces, Dios que ama los corazones humillados vendrá en nuestra ayuda.”

Quizás tengamos que aceptar las imperfectas herramientas que disponemos, como la única forma de ir adelante. Quizás tengamos que tragarnos el orgullo y hacer lo que se puede con los medios disponibles. Quizás la ausencia de medios nos lleve a buscar donde no queremos buscar y pedir ayuda a quien nos cuesta tanto acercarnos. Ese es el gran reto que se nos presenta por delante: hacer lo imposible con materiales defectuosos y herramientas desgastadas. Pero para Dios todo es posible. Incluso sacar hijos de Abraham de los piedras. Esa es nuestra Esperanza.

domingo, 28 de octubre de 2012

La Nueva Evangelización es insertarse en el camino evangelizador de la Iglesia

El Señor propone la parábola de la levadura."Lo mismo que la levadura comunica su fuerza invisible a toda la masa, también la fuerza del Evangelio transformará el mundo entero gracias al ministerio de mis apóstoles... No me digas: “¿Qué podemos hacer, nosotros doce miserables pecadores, frente al mundo entero?” Precisamente ésta es la enorme diferencia entre causa y efecto, la victoria de un puñado de hombres frente a la multitud, que demostrará el esplendor de vuestro poder. ¿No es enterrando la levadura en la masa, 'escondiéndola', lo que según el Evangelio, transforma toda la masa? Así, también vosotros, apóstoles míos, mezclándoos con la masa de los pueblos, es como la penetraréis de vuestro espíritu y como triunfaréis sobre vuestros adversarios.

La levadura, desapareciendo en la masa, no pierde su fuerza; al contrario, cambia la naturaleza de toda la masa. De la misma manera, vuestra predicación cambiará a todos los pueblos. Por tanto, confiad "... Es Cristo el que da fuerza a esta levadura..." No le reprochéis, pues, el reducido número de sus discípulos: es la fuerza del mensaje lo que es grande. Basta una chispa para convertir en un incendio algunos pedazos de bosque seco, que rápidamente inflamarán a su alrededor todo el bosque verde. (San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), Homilías sobre el evangelio de Mateo, n°46, 2)

Ya están disponibles las conclusiones de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización que se ha tenido lugar en Roma desde hace unas semanas. La Nueva Evangelización es un llamado y una necesidad cada día más urgente, ya que la sociedad occidental, tradicionalmente cristiana, deriva rápidamente hacia una sociedad pagana similar a la precristiana. Nos dice el Sínodo:

Conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él, es una urgencia que aparece en todas las regiones, tanto las de antigua como las de reciente evangelización. En todos los lugares se siente la necesidad de reavivar una fe que corre el riesgo de apagarse en contextos culturales que obstaculizan su enraizamiento personal, su presencia social, la claridad de sus contenidos y sus frutos coherentes. No se trata de comenzar todo de nuevo, sino – con el ánimo apostólico de Pablo, el cual afirma: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16) - de insertarse en el largo camino de proclamación del Evangelio que, desde los primeros siglos de la era cristiana hasta el presente, ha recorrido la historia y ha edificado comunidades de creyentes por toda la tierra.

La evangelización no es algo nuevo y desconocido. Es una tarea que la Iglesia ha venido haciendo a través de los siglos de forma constante. La evangelización tampoco se consigue de una sola vez y homogéneamente. La evangelización es un proceso individual y colectivo que conlleva la conversión de cada una de las personas y de las relaciones que las entrelazan y relacionan: la sociedad. Cristo llamaba a la sociedad de su tiempo “el mundo” y nos previno ante el odio que siente cuando se ve transformada. Este proceso de evangelización se asemeja al proceso de conversión de una masa de trigo, en pan. Para ello es necesaria la levadura, que simboliza la acción evangelizadora de todos y cada uno de nosotros: la Iglesia.

Dice el Sínodo que no se trata de comenzar todo de nuevo, ya que a veces creemos que tenemos que reinventar la rueda, con los costes que conlleva reconstruir lo que ya tenemos a nuestra disposición. El enemigo utiliza esta estrategia para desalentarnos y ganar la batalla instigando el desánimo. Nos dice el Sínodo:

Los cambios sociales, culturales, económicos, políticos y religiosos nos llaman, sin embargo, a algo nuevo: a vivir de un modo renovado nuestra experiencia comunitaria de fe y el anuncio, mediante una evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones” (Juan Pablo II, Discurso a la XIX Asamblea del CELAM, Port-au-Prince 9 marzo 1983, n. 3) como dijo Juan Pablo II. Una evangelización dirigida, como nos ha recordado Benedicto XVI, “principalmente a las personas que, habiendo recibido el bautismo, se han alejado de la Iglesia viven sin referencia alguna a la vida cristiana [...], para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que lleva consigo alegría y esperanza para la vida personal, familiar y social”. (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la solemne inauguración de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 7 octubre 2012)

Los alejados son el primer objetivo que se nos presenta. Aquellas personas que han tenido contacto con la Iglesia, pero que las condiciones sociales les han conducido a un estado apático y desafectado en su fe. Son como madera seca necesitada de algo que les inflame y las transforme.

La sociedad ha sabido crear barreras considerables a la acción de la Iglesia. Hoy en día todo escándalo eclesial se difunde a la velocidad de la luz, mientras que los millones de actos heroicos que se producen dentro de la Iglesia, no llegan a traspasar el umbral de la puerta.

Como dice San Juan Crisóstomo: “Basta una chispa para convertir en un incendio algunos pedazos de bosque seco”. Pero ¿Qué chispa puede prender en maderas que se mantienen húmedas para que no prendan? Esa es la pregunta que nos tenemos que hacer todos y buscar soluciones creativas que permitan vencer la indiferencia que nos rodea.

Como Jesús, en el pozo de Sicar, también la Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de modo que puedan encontrarlo, porque sólo su Espíritu es el agua que da la vida verdadera y eterna. Sólo Jesús es capaz de leer hasta lo más profundo del corazón y desvelarnos nuestra verdad: “Me ha dicho todo lo que he hecho”, cuenta la mujer a sus vecinos. Esta palabra de anuncio - a la que se une la pregunta que abre a la fe: “¿Será Él el Cristo?” - muestra que quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez no puede hacer menos que convertirse en anunciador de verdad y esperanza para con los demás. La pecadora convertida se convierte en mensajera de salvación y conduce a toda la ciudad hacia Jesús. De la acogida del testimonio la gente pasará después a la experiencia directa del encuentro: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.

La masa convertida en pan por la levadura, se convierte en masa madre capaz de fermentar más masa de trigo. La postura de Cristo frente a la Samaritana es una estupenda pista. Se acerca a quien sufre y le solicita que sea el sufriente le ayude. Quien sufre se da cuenta que su vida tiene un sentido, ya que le han solicitado ayuda. A partir de la confianza que nace cuando sentimos que somos necesarios, que somos dignos, que significamos algo, es cuando Cristo ofrece la siguiente dimensión. La dimensión simbólica, que no salva por si misma, pero que nos lleva a la salvación, es imprescindible para el ser humano antiguo y actual. Sentirse y saberse levadura es imprescindible para serlo en la realidad.

domingo, 26 de agosto de 2012

Un laicado maduro y comprometido. Melancolía eclesial II


Permítanme tratar la tema de la melancolía eclesial con el objetivo de ver cómo salir de ella. Me fijaré un poco más en el rol que los laicos debemos tener dentro de la Iglesia. Para ello aprovecharé el mensaje que Benedicto XVI acaba de enviar a la VI Asamblea Ordinaria del Forum Internacional de Acción Católica (FIAC). Dice el Santo Padre:

“La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, que deben ser considerados no como 'colaboradores' del clero, sino como personas realmente 'corresponsables' del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su propia aportación específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en cordial comunión con los obispos”.

Así mismo, el Papa nos pide a los laicos “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos”. Nos dice, además, que los fieles laicos somos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”.

Pero este compromiso debe llevarse en sintonía con “las opciones pastorales de las diócesis y de las parroquias, favoreciendo ocasiones de encuentro y de sincera colaboración con los otros integrantes de la comunidad eclesial, creando relaciones de estima y comunión con los sacerdotes, por una comunidad viva, ministerial y misionera”, así como cultivando “relaciones personales auténticas con todos, empezando por la familia”, ofreciendo nuestra disponibilidad “a la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”.

Seguramente nos preguntemos cómo, nosotros simples laicos, estamos llamados a ser corresponsables del ser y actuar de la Iglesia. ¿Con qué fuerzas podremos actuar? ¿Qué conocimientos podremos aportar? ¿Qué ánimo podremos compartir?

Comparto un breve texto del Padre Pío:

“Ten paciencia y persevera en la práctica de la meditación. Al principio conténtate con no adelantar sino a pasos pequeños. Más adelante tendrás piernas que no desearán sino correr, mejor aún, alas para volar.

Conténtate con obedecer. No es nunca fácil, pero es a Dios a quien hemos escogido. Acepta no ser sino una pequeña abeja en el nido de la  colmena; muy pronto llegarás a ser una de estas grandes obreras hábiles para la fabricación de la miel. Permanece siempre delante de Dios y de los hombres, humilde en el amor. Entonces el Señor te hablará en verdad y te enriquecerá con sus dones” (Epistolario 3, 980)

Podemos leer que tanto el Santo Padre como el Padre Pío nos hablan de una actitud que es todo menos melancólica. Nos hablan de no quedarnos sentados mirando y esperando mientras nos invade la tristeza. Nos hablan de ser humildes sin dejar de ayudar en todo lo que veamos posible.

En el evangelio de hoy domingo vemos a los discípulos decir "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?". Es duro porque se nos dice teniendo el corazón lleno de tristeza y la voluntad atenazada. Cristo vuelve a hablar y nos dice: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen”

Somos muchos los que no creemos con toda la profundidad que nos reclama Cristo. Muchos nos sentimos petrificados ante la corresponsabilidad que tenemos. Igual que San Pedro (Mt 14, 22-36), sentimos que nos hundimos en el agua y ni siquiera gritamos pidiendo ayuda al Señor. No creemos suficientemente y eso nos paraliza, nos hunde. Una vez en el fondo ¿Qué más da todo?

Pero ¿Dónde iremos si nos conformamos con hundirnos en la melancolía? Sólo el Señor tiene palabras de vida eterna. ¿Dejaremos que nuestra vida pase sin aceptar nuestra corresponsabilidad?

Hay muchas dimensiones eclesiales donde podemos poner nuestro empeño. Podríamos pensar en la comunidad en la que vivimos la Fe. Podemos actuar potenciarla con paciencia y humildad. Ser catalizadores positivos del dinamismo de quienes nos reunimos en el mismo templo a orar. No hace falta tomar el papel de “jefes”, el Padre Pío nos llama a empezar con pasos pequeños y con mucha humildad y paciencia.

Tenemos también muchos frentes de evangelización. Nuestra vida cotidiana nos lleva a reunirnos con amigos, conocidos y familiares. De nuevo, no se trata de coger la espada y ponernos a dar mandobles. Se trata de humildemente y con paciencia, ir dando puntadas que contagien a quienes están fríos espiritualmente.

Aparte, no podemos desatender nuestra espiritualidad y Fe. No viene mal tomar una postura de formación activa, reactivar nuestra oración, lectura de la Palabra de Dios y acercarnos más frecuentemente a los sacramentos, etc.

El Santo Padre nos llama “a la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”. Dejemos las melancolías y atrevámonos a levantar nuestra cruz y seguir a Cristo. ¿Cuesta y duele? ¡Claro!

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mt 11, 29-30)
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