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lunes, 13 de agosto de 2018

“Creí; por esto hablé” (Salmo 115, 1) ¿Por qué atreverse a iniciar un blog?


Hace unos años, la respuesta a esta pregunta era muy obvia. Tener un blog era en sí mismo una evidencia de éxito personal. Tener algo que comunicar, era algo muy importante, ya que había muchas personas ansiosas de leer nuestras opiniones y conocimientos, sobre multitud de temas. Quien publicaba una bitácora, era alguien interesante por definición. El ciberespacio se convirtió en lo que se llamó la Blogosfera. Es decir, un espacio de comunicación basado en blogs de una inmensa diversidad de tipos y estéticas.

Actualmente, a mitad del año 2018, los blogs son algo del pasado. Tener un blog parece que no es más que un entretenimiento o una herramienta de “venta” personal. Si pensamos en blog de una temática tan poco “vendible” con en el que estoy escribiendo ahora, continuar con él resulta incomprensible. Difícilmente hay personas que dejen un comentario, aunque exista un flujo de visualizaciones constante. En todo caso, el lector ya no tiene necesidad de comunicar con el autor y el mismo autor, tampoco suele estar muy predispuesto a contestar los comentarios. Personalmente, intento comentar y agradecer todos los comentarios que me hacen llegar. Cada uno de los comentarios es como una nota que llega a nuestras manos, tras navegar en una botella, desde lugares recónditos y lejanos. Porque los seres humanos cada vez estamos más lejos los unos de los otros. Cada vez desconfiamos más de los demás. Cada vez nos sentimos más autosuficientes y autónomos. Entonces ¿Por qué escribir un blog? Al menos para mí, hay dos razones:

  1. - Para expresar lo que sé, siento y hago, ordenando todo ello en forma de relato coherente.
  2. - Para comunicar con otras personas que tienen las mismas o similares, inquietudes.


Mi fe y el entendimiento de la misma, me lleva a comunicar. Comunicar aquello que me parece relevante e importante para mi vida. Comunicar aquello que no encuentro por ningún rincón de internet, la sociedad y la Iglesia Católica. Comunicar es dar testimonio de lo que cada uno de nosotros lleva en su interior. No es algo secundario o accesorio. Cristo mismo nos llamó a llevar el Evangelio a todo el que quisiera escucharlo.

En una sociedad y una Iglesia, enfermas de postmodernidad, hablar de trascendencia es como beber agua fresca en medio del desierto. En una sociedad y una Iglesia, que dan más importancia a los simulacros que a la Verdad, hablar del Logos es acercar el sentido y esperanza a quienes tanto la necesitan. Es cierto que cada vez somos menos los interesados por lo sustancial y estamos más separados unos de otros. El diablo sabe que separados no podemos ofrecer la misma resistencia a su maquinaciones y por eso trama constantemente para crear burbujas de realidades alternativas que nos separen.

La única solución que se nos ofrece es aislarnos y vivir la fe de forma íntima y personal. Pero la fe es totalizadora y debería impregnar toda nuestra existencia. Esto nos lleva, de nuevo, a la necesidad de comunicar y establecer comunidades que resistan los planes del maligno. Necesitamos más que nunca, la fraternidad que sólo el Espíritu Santo puede ofrecernos: la hermandad del Paráclito. La hermandad del Divino Paráclito, que se asienta en lo sustancial y la verdadera amistad. Amistad que no busca provecho a través de los demás, sino compartir los talentos con los que Dios nos ha obsequiado a cada uno de nosotros. ¿Qué tendríamos que hacer? 

  1. - Luchar para que el maligno no nos separe
  2. - Orar a Espíritu Santo, para que nos ayude a estar más unidos que nunca
  3. - Vivir la sacralidad como una necesidad personal y comunitaria.
  4. - Comunicarnos y aceptarnos con verdadero amor.

Si hacemos todo esto, podremos esperar a que la Gracia de Dios encienda nuestros corazones y haga que nuestros esfuerzos humanos, tenga fruto sobrenatural.  Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles (Salmo 127) Oremos para que Él nos muestre el camino y sea su Gracia la que nos mueva. 


miércoles, 14 de mayo de 2014

¿Qué iglesia desea? Aquí tienen el menú del día! San Agustín

El título de esta entrada de blog busca ironizar una realidad cada día más evidente: las divisiones internas de la Iglesia. No es un fenómeno que haya aparecido sin más, sino una realidad que apareció junto con la misma Iglesia.

Allá por el siglo I, San Pablo que quejaba de aquellos que utilizaban su nombre como si fuera el jefe de una secta, además de oponerlo a otras “presuntas” sectas como si fueran de Pedro o de Apolo (1Co 1, 11-17). Los seres humanos tendemos a crear islas de comodidad y el primer paso es establecer distancias con los demás. Siempre es más fácil vivir en grupos reducidos, ya que nos facilitamos la vida y nos protegemos. Siempre es más sencillo no tener que preocuparnos por lo que “sucede fuera”, ya que esto representa un compromiso que no suele asumirse. El viernes pasado, en una reunión con un grupo de amigos, comentamos lo poco que le importan a la mayoría de los católicos todo aquello que excede los cambios en los horarios de misa y las incidencias parroquiales.

De aquí que se ofreció cierto modelo cuando algunos se dividieron entre sí a los apóstoles, y se hicieron, por tanto, cismáticos al decir: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cejas, esto es, de Pedro. El Apóstol primeramente recrimina a éstos, diciendo: ¿Se ha dividido Cristo? Y después se elige a sí mismo entre los que deben ser tenidos en poco por ellos, pues añade: ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros o fuisteis bautizados en nombre de Pablo? Contempla al buen monte que busca la gloria, no la suya, sino la de Aquel por quien son iluminados los montes; no quería que se presumiese de sí, sino de Aquel de quien él mismo presumía. Luego todo el que pretenda entregarse de tal modo al pueblo que ocasione alguna perturbación o arrastre en pos de sí a las gentes y por su causa divida la Iglesia, no es de aquellos montes a los que ilumina el Altísimo. Este tal, ¿quién es? Un entenebrecido por sí, no un iluminado por Dios. (San Agustín, comentario al Salmo 75, 8)

¿Quién es el mejor? Sólo Dios es El mejor. Todo aquel que pretenda ser lo más importante, simplemente quiere suplantar a Cristo y colocarse como referencia de todos los demás. Nosotros, en el mejor de los casos y por medio de la Gracia de Dios, podemos llegar a proponer algo bueno que no excluye otras cosas buenas que Dios sabe dar a cada cual. Como dice San Agustín, el monte no busca su gloria sino la de Aquel que ilumina y da sentido a los montes.

Hace un par de días apareció una noticia sobre una reunión entre el Papa Francisco y el superior de la Hermandad de San Pío X, Mons Fellay. Corrieron rumores diversos que llegaron a deformar un breve encuentro de algunos segundos entre ambos, convirtiéndolo en algo más que una coincidencia. Dicho sea de paso que no creo que fuese un coincidencia fortuita, pero en unos segundos poco se puede tratar.  No es de esperar que el camino de la reintegración de la Hermandad de San Pío X se mueva lo más mínimo a corto plazo. En estos momentos vivimos un proceso de diversificación eclesial, que aunque sea más atenuado que el del postconcilio, impide acercamientos reales con cristianos de sensibilidades y carismas diferentes. La Hermandad de San Pio X necesitaría un entorno menos diversificado para buscar un acomodo eclesial estable. Nunca se sentiría cómoda siendo una más, entre miles de “opciones” aceptadas.

Pero ¿Por qué vivimos esta tendencia a crear comunidades particulares, que incluso llegan a producir diferencias litúrgicas? La respuesta proviene de la época que vivimos: la postmodernidad. El ser humano postmoderno reclama diferenciarse de todos los demás y crear “tribus” donde se sienta cómodo y diferente. Ya no se utiliza la frase cartesiana “Pienso luego existo” sino una variante más perversa “soy diferente, luego existo”.  Hace un siglo nadie se planteaba que la Iglesia se adaptara a él, pero hoy en día es casi una necesidad. Una de las razones que nos lleva a ver esta diversificación como un bien es que hemos aceptado que la acción del Espíritu Santo es diversificadora, lo que no es cierto. Los carismas son dones del Espíritu, pero no se dan a los hombres para diferenciarnos y separarnos, sino para complementarnos y unirnos. La unidad no nos lleva a separarnos según los carismas y sensibilidades, para que no choquemos unos con otros. La unidad es reunir lo diferente sin que cada carisma se sienta relegado o despreciado. Esto implica que cada persona tiene que negarse a si misma y donar su carisma a los demás, para que pueda dar verdadero fruto en la comunidad. La unidad no es un mosaico de diferentes realidades, sino una realidad única que nos permite vivir unidos.

Miremos la acción del Espíritu en Pentecostés y comparémosla con la Torre de Babel. El Espíritu hace que la diversidad de lenguas no sea un obstáculo para que todos reciban el Mensaje de Cristo. Todas las lenguas reciben al mismo tiempo y de la misma forma el Mensaje. El Espíritu no hizo grupitos para que cada cual oyera los suyo. La diversidad de lenguas no es un don del Espíritu, sino la consecuencia del pecado del ser humano. Entonces ¿Por qué miramos la diversificación eclesial como algo positivo?

Ya sabemos que el enemigo, el diablo (el que separa), siempre está buscando palancas para separarnos y dispersarnos. ¿Por qué no nos damos cuenta de que el enemigo actúa?

Quizás porque nos da la oportunidad de que nuestra iglesita personal se haga realidad. Se reedita el pecado original en pleno siglo XXI. Quizás porque estas iglesias adaptadas a nosotros nos resultan más familiares y cercanas. Ahora, la diversificación tiene dos efectos muy peligrosos:

  • Cristo se aleja, ya que la comunidad va ocupando el sitio que el alejamiento de Cristo ofrece. Suelo contar la anécdota de una feligresa que me comentaba que como cambiaran al párroco, ella no volvía a misa más. ¿Quién es el centro de su vida de fe? Lo malo es que no es un caso aislado.
  • Los otros hermanos se alejan. Aquí nos encontramos con comunidades que, a fuerza de particularizarse, pierden la capacidad de vivir la fe fuera de ellas.

Unas comunidades son tradis de tipo A, otros de tipo B o de tipo C, otros progres de cualquiera de los tipos que se dan hoy en día. Cuando uno “cae” por una parroquia “diferente”, difícilmente se siente cómodo y acogido, ya que lo primero que te exigen es que te ajustes a ellos. El Espíritu Santo debería permitir que cada cual tiene se integre sin cambio alguno, aportando los dones que ese carisma ofrece a la comunidad.


En estos días que estamos escuchando los Evangelios relacionados con el Buen Pastor y su capacidad de ser reconocido por las ovejas. Es especialmente interesante reflexionar sobre la Iglesia que vivimos en la actualidad y la capacidad de reconocer la voz del Pastor de forma unitaria. Seguramente no seamos capaces de reconocer la voz del Supremo Pastor, ya que estamos acostumbrados a escuchar la de aquellos que nos separan de los demás.

Separar lo diferente es fácil, unir es lo complicado. No basta con nuestra voluntad y fuerzas, ya que el pegamento eficaz no lo tenemos nosotros. Sólo la Gracia de Dios puede ayudarnos. La gran pregunta es si estamos dispuestos a que la Gracia actúe

domingo, 10 de noviembre de 2013

¿A quien pertenece el mundo? ¿Quién abrirá el sepulcro?

En la tierra se difunde un susurro. Se extiende un interrogante:¿A quien pertenece el mundo? ¿Al Dios-hombre a hombre que se hace Dios? ¿Cristo o anticristo? […] Toda la fuerza del mal, de la herejía y de la incredulidad se concentra hoy en torno a esta mentira, como tras un baluarte ¡El mundo no pertenece a Cristo, sino a sí mismo! Pero aquellos cuya fe en Cristo, que viene en poder y gloria, no ha sido definitivamente asfixiada por la mentira imperante, tienen el corazón agitado por la angustia incesante de una pregunta: ¿Quién quitará la piedra de la entrada del sepulcro? […]El creyente sabe que la Divina-humanidad es el milagro de Dios en el mundo y que la piedra la quita el Ángel con la fuerza de Cristo. […] En el cristianismo nace un sentido de la vida nueva, es decir, que el hombre no debe escapar del mundo, pues Cristo viene al mundo, al convite de Bodas del Cordero, a la fiesta de la Divina-humanidad (L’Agnello di Dio, S. Bulgakov)

Estoy leyendo el libro “Teología de la Evangelización desde la Belleza” del Card. Tomas Spidlik y Marko Rupnik. Entre las interesantes citas qu utiliza, está este párrafo del sacerdote ortodoxo, Sergei Bulgakov. El párrafo muestra una realidad que impregna todo el siglo XX y se traslada hacia el siglo XXI con fuerza renovada: la desaparición de Dios. ¿A quien pertenece el mundo? Ante esa aparente desaparición, podemos tomar varias actitudes:

·         Festejar la autonomía del ser humano. Ya no importa si Dios existe o no. No está presente. Aparentemente somos libres. El vacío de Dios se llena con nosotros mismos.
·         Sufrir la aparente desaparición. Este sufrimiento nos lleva a escapar de un mundo que no hace posible la presencia de Dios. El vacío de Dios se llena con las apariencias que nos transportan al momento en que Dios estaba presente.

La Iglesia no es inmune a estas posturas. Posturas que hacen entender el cristianismo desde puntos de vista difícilmente conciliables.

  • En el primer caso, la aparente ausencia de Dios se rellena con la exaltación de la comunidad o del activismo. La comunidad/activismo se convierte en el eje de la fe y el sentido de nuestra actividad religiosa. Los cultos/las actividades se olvidan de Dios, dejándolo en un distante segundo plano. Ya Dios no nos reúne ni cambia el mundo, tenemos que ser nosotros quienes tomemos el relevo de la acción de Dios.
  • En el segundo caso, el "horror vacui" nos lleva a volcamos hacia las apariencias sagradas, buscando que la presencia de Dios vuelva a ser central. Las formas se convierten en el eje de la fe y la única manera de que hacer de nuevo presente a Dios entre nosotros. Esperamos que las apariencias atraigan a Dios y que eso haga cambiar al mundo.  

La gran pregunta es ¿Realmente Dios ha desaparecido del mundo? A lo mejor somos nosotros quienes nos hemos vuelto incapaces de verlo entre nosotros. El enemigo es muy astuto y sabe engañarnos con facilidad.

El libro del Card. Tomas Spidlik y Marko Rupnik, hace una revisión de la evolución del arte y cómo la ausencia de Dios termina por hacer desaparecer también el sentido de la belleza y por último, el sentido mismo del lenguaje artístico. Parece que no tenemos nada relevante que transmitir a través de la creación. Pero ¿Ha desaparecido la belleza el mundo? ¿Por qué la belleza del mundo no se refleja en el arte? Hemos olvidado la belleza y la tenemos delante de nosotros constantemente.

Cuando el ser humano pasa de la niñez a la adolescencia, se da cuenta de todas sus potencialidades y se revela contra las formas que aprisionaban su creatividad y libertad. En la medida que rompe con lo que le recuerda la niñez, podemos sentirnos más libres y felices o atrapados y llenos de incertidumbres. El ser humano tiene limitaciones que debe aceptar para madurar. Ese es el momento en que nos encontramos en el mundo y dentro de la Iglesia. La Iglesia está compuesta por seres humanos idénticos a los que están fuera de Ella.

Dios no puede desaparece, está siempre presente, pero nosotros hemos perdido la capacidad de sentir y verlo junto a nosotros. En este sentido, es maravilloso reseñar el redescubrimiento de la sacralidad. Lo sagrado es el vínculo que nos une a Dios y nos permite ver que está a nuestro lado. Lo sagrado impregna todo lo que nos rodea y lo vivifica. El mundo es la manifestación de Dios.

Si nos dejamos engañar y aceptamos que todo lo que nos rodea es profano, terminamos por encerrar la presencia de Dios en formalismos que repetimos, alejados del mundo, para hacer a Dios presente en nuestras vidas. Como cristianos no podemos aceptar que ¡El mundo no pertenece a Cristo, sino a sí mismo! La comunidad cristiana pertenece a Cristo, no a si misma. El cristianismo conlleva un sentido de la vida nueva, es decir, que el hombre no debe escapar del mundo, pues Cristo viene al mundo, al convite de Bodas del Cordero. La vivencia cristiana no consiste en escapar del mundo que nos rodea, encerrándonos La vivencia cristiana tampoco puede olvidar a Dios y concentrarse en la comunidad y/o el activismo. Cristo ha venido al mundo y está presente, por eso nos invitado al banquete de bodas.

Nuestro problema conlleva la Torre de Babel y su solución se muestra en Pentecostés: aquellos cuya fe en Cristo, que viene en poder y gloria, no ha sido definitivamente asfixiada por la mentira imperante, tienen el corazón agitado por la angustia incesante de una pregunta: ¿Quién quitará la piedra de la entrada del sepulcro? En ese momento estamos ¿Quién y cómo podremos evidenciar la presencia de Cristo entre nosotros? ¿Nosotros solos? ¿Dios solo? ¿Quién hizo que el discurso del Kerigma fuese entendido en todos los idiomas? ¿Qué fue necesario para que la acción del Espíritu se realizara? La piedra la quita el Ángel con la fuerza de Cristo.

El Espíritu Santo es la respuesta y nosotros, la herramienta de su acción. No se trata de cambiar las apariencias para convertirnos a través de nuestras propias acciones. Tampoco se trata de agarrarnos a las apariencias para “atrapar” a Dios entre ellas.

Se trata de dejarnos atrapar por el Espíritu Santo para que, a través de nosotros, Cristo se haga presente en el mundo. Al menos esta es mi humilde reflexión.


Les recomiendo leer del libro “Teología de la Evangelización desde la Belleza”, ya que ofrece muchos espacios de reflexión para esta etapa de postmodernidad en que vivimos.

viernes, 28 de junio de 2013

Nadie es inútil o secundario en la Iglesia. Papa Francisco

En sus tradicionales homilías en la Casa de Santa Marta, El Papa Francisco nos ha hablado sobre el papel que cada uno de los cristianos dentro de la Iglesia: «Si alguien dice: “Pero, oiga, Papa, usted no es igual a nosotros”. No, no es cierto, todos somos iguales, todos hermanos. Todos estamos en la Iglesia, contribuimos para construirla y esto nos debe hacer reflexionar, porque si falta un ladrillo, hay algo que falta en esta casa»

¿Somos todos iguales? ¿En qué sentido? Miremos la estructura de una catedral. Todas y cada una de las piedras es necesaria, pero cada una de ellas tiene una función particular. Ninguna piedra es inútil, ya que cada una de ellas tiene que realizar la misión para la que fue creada. Todos los católicos somos Iglesia y el Santo Padre es tan Iglesia como el último bautizado.

Ahora, lo que no es lógico es que todos nos dediquemos a hacer lo que queramos en momento que creamos conveniente. Cada persona, cada católico, tiene un espacio donde desarrollarse y colaborar activamente dentro de un orden lógico y razonable. Por eso no tenemos que tener miedo a que alguien nos diga que sobramos o que no servimos para nada.

«Nadie es inútil en la Iglesia. Si alguien, por casualidad, dice: “vete a tu casa, eres inútil”, no es cierto. Todos somos necesarios para ser Templo del Señor. Nadie es secundario, todos somos iguales a los ojos de Dios»

Este entendimiento de la Iglesia es algo que muchas personas alejadas o enfrentadas con nosotros, no lo terminan de comprender.

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miércoles, 22 de mayo de 2013

Necesitamos la Hermandad del Paráclito


Volvamos al tema de la unidad y la hermandad de nuestras comunidades y de la Iglesia en general. No cabe duda que el Espíritu Santo, el Consolador, el Paráclito nos hermana y nos une. A veces esta unidad se desarrolla de una forma que no es fácilmente comprensible, ya que es un misterio que nos rebasa en todos los sentidos. Nacemos como seres individuales, aunque anhelamos ser parte de algo superior a nosotros mismos. De igual forma, sentimos miedo a perder nuestra independencia y particularidades personales. Si primamos nuestra individualidad, nos volvemos solitarios y recelosos. Si primamos nuestro instinto gregario, perdemos nuestra personalidad y nos convertimos en seres manipulables, esclavizados y tristes. En ambas situaciones perdemos nuestro sentido como seres humanos. Dios quiere para nosotros una dimensión diferente que reúna libertad e interdependencia y que potencie ambas para que nuestra naturaleza se perfeccione. Como siempre, en este tipo de misterios, la Gracia de Dios se hace imprescindible.

El Papa Francisco, en la Homilía que pronunció por la Vigilia de la Víspera de la Solemnidad de Pentecostés trató el tema:

El Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo.

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domingo, 15 de abril de 2012

La luz verdadera ha venido al mundo.

Yo, que soy la luz, he venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en las tinieblas” (Jn 12,46).     

Todos nosotros que honramos y veneramos el misterio de Cristo con fervor, salgamos a su  encuentro, avancemos hacia él con todo nuestro corazón. Que todos sin excepción, participen en este encuentro, que todos lleven sus candelas encendidas. Si nuestros cirios dan tal esplendor es, primeramente, para mostrarnos el resplandor divino de aquel que viene, de aquel que hace brillar el universo y lo inunda con una luz eterna que ahuyenta las tinieblas del mal. Es así sobre todo para manifestar que es también  con el esplendor de nuestra alma que debemos salir al encuentro de Cristo. En efecto, de la misma manera que la Madre de Dios, la purísima Virgen, es llevando en sus brazos a la luz verdadera que va al encuentro de “los que yacen en las tinieblas” (Is 9,1; Lc 1,79), así también nosotros, iluminados por sus rayos y teniendo en nuestras manos una luz visible a todos, apresurémonos a salir al encuentro de Cristo.

Es evidente: puesto que “la luz verdadera ha venido al mundo” (Jn 1,9) y lo ha iluminado cuando estaba en tinieblas, porque que “nos ha visitado el Sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), este misterio es nuestro… Corramos, pues, todos juntos, salgamos todos al encuentro de Dios… Seamos todos iluminados por él, hermanos, que él nos haga resplandecientes a todos. Que ninguno de entre nosotros no quede fuera de esta luz, como si fuera un extranjero; que nadie se obstine en permanecer en la noche. Avancemos hacia la claridad; caminemos, iluminados, hacia su encuentro y junto con el viejo Simeón, recibamos esta luz gloriosa y eterna. Junto con él exultemos con todo nuestro corazón y cantemos un himno de acción de gracias a Dios, Padre de las luces (Jm 1,17), que nos ha enviado la visible claridad para sacarnos de las tinieblas y con ella, hacernos resplandecientes. (San Sofronio, Homilía para la fiesta de las luces)


Este texto de San Sofronio se complementa bastante bien con el evangelio de hoy domingo. “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.” (Jn 20,21-22)

Tras la Pascua la Luz verdadera ha venido al mundo y resplandece como un sol que nace de lo alto. Ilumina nuestra Fe llenándonos de esperanza. ¿Qué podemos hacer? ¿Quedarnos quietos mirando la Luz? San Sofronio nos invita a que cojamos nuestros cirios y que caminemos juntos hacia la fuente de la Luz. Unidos la Luz de nuestra Fe atraerá a más personas con su resplandor. Si nuestros cirios dan tal esplendor es, primeramente, para mostrarnos el resplandor divino de aquel que viene, de aquel que hace brillar el universo y lo inunda con una luz eterna que ahuyenta las tinieblas del mal.

Aunque deberíamos de  correr hacia Cristo para que nos haga resplandecientes. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Qué nos falta? Nos falta el Espíritu de Dios, al igual que les sucedió a los Apóstoles tras la resurrección. Nos escondemos cada uno por nuestra parte, esperando que suceda algo que nos mueva. Por eso Cristo sopló a sus discípulos para que recibieran el soplo del Espíritu. Cuando llegue Pentecostés nos daremos cuenta del resultado que produce que el Espíritu viva en nosotros. Mientras unamos los  cirios de nuestra Fe e imploremos al Señor que el soplo llegue también a nosotros y nos libere de nuestros temores y vergüenzas.

Todos nosotros que honramos y veneramos el Misterio de Cristo con fervor, salgamos a su  encuentro, avancemos hacia él con todo nuestro corazón.” Avanzar hacia el Señor con todo nuestro corazón conlleva poner nuestro ser al servicio de Dios. Nos dice San Agustín que “La condición para que Dios quiera dar, es que tú dispongas la voluntad para recibir” (Sermón 165,2). Quizás deberíamos preguntarnos si realmente estamos dispuestos a recibir los dones que Dios no ofrece. Quien llama a la puerta es el Señor, pero  espera que abramos la puerta para entrar. ¿No es maravillosa su misericordia?

[Señor] de tal modo otorgaste la misericordia, que mantuviste la verdad (San Agustín. Comentario al Salmo 50,11)

viernes, 10 de junio de 2011

¿Somos Olivos o acebuches? Pentecostés práctico.

El olivo, si no se cuida y se abandona a que fructifique espontáneamente, se convierte en acebuche u olivo silvestre; por el contrario, si se cuida al acebuche y se le injerta, vuelve a su primitiva naturaleza fructífera. Así sucede también con los hombres: cuando se abandonan y dan como fruto silvestre lo que su carne les apetece, se convierten en estériles por naturaleza en lo que se refiere a frutos de justicia. Porque mientras los hombres duermen, el enemigo siembra la semilla de cizaña: por esto mandaba el Señor a sus discípulos que anduvieran vigilantes. Al contrario los hombres estériles en frutos de justicia y como ahogados entre espinos, si se cuidan diligentemente y reciben a modo de injerto la palabra de Dios, recobran la naturaleza original del hombre, hecha a imagen y semejanza de Dios. Ahora bien, el acebuche cuando es injertado no pierde su condición de árbol, pero si cambia la calidad de su fruto, recibiendo un nombre nuevo y llamándose, no ya acebuche, sino olivo fructífero: de la misma manera el hombre que recibe el injerto de la fe y acoge al Espíritu de Dios, no pierde su condición carnal, pero cambia la calidad del fruto de sus obras y recibe un nombre nuevo que expresa su cambio en mejor, llamándose, ya no carne y sangre, sino hombre espiritual. Más aún, así corno el acebuche, si no es injertado, siendo silvestre es inútil para su señor, y es arrancado como árbol inútil y arrojado al fuego, así el hombre que no acoge con la fe el injerto del Espíritu, sigue siendo lo que antes era, es decir, carne y sangre, y no puede recibir en herencia el Reino de Dios. Con razón dice el Apóstol: «La carne y la sangre no pueden poseer el Reino de Dios» (I Cor 15, 50); y «los que viven en la carne no pueden agradar a Dios» (Rm 8, 8): no es que haya que rechazar la sustancia de la carne, pero hay que atraer sobre ella efusión del Espíritu… (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, V, 10:1)

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El símil utilizado por San Ireneo es muy adecuado y evidente. El acebuche cuidado e injertado se transforma en olivo. El ser humano, cuando vive dentro de la Iglesia y recibe en su corazón la palabra de Dios, se convierte en un nuevo ser nacido del Espíritu.

Siempre me he preguntado la razón para que la efusión del Espíritu, que vivió la Iglesia en sus primeros tiempos, se fuera atenuando y transformándo en un soplo más suave y personal. Leyendo este texto de San Ireneo he encontrado una razón interesante para ello. En los primeros tiempo no existían textos que recogieran la Palabra de Dios. Evangelio y Tradición se comunicaban oralmente. Es evidente la necesidad de una capacidad adicional de discernimiento y animación para que la Palabra de Dios se transmitiera. Cuando esta Palabra se puso por escrito y fue accesible a todos, el Espíritu dejó de soplar como huracán y se volvió brisa leve que susurra al oído.

Los efectos sobre el corazón del ser humano también son diferentes. En los primeros tiempos las evidencias de nuestra Fe eran pocas y necesitaban de un combustible especial para prender nuestra alma. Hoy en día las evidencias son muchas y depende de nuestra voluntad aceptarlas.

Lo cierto, tal como indica San Ireneo: “así el hombre que no acoge con la fe el injerto del Espíritu, sigue siendo lo que antes era […] no puede recibir en herencia el Reino de Dios.

Pocas veces nos preguntamos a nosotros mismos si dejamos que el Espíritu injerte en nosotros la Gracia proveniente de Dios. Nos cuesta aceptar que la conversión es un proceso continuo que dura toda nuestra vida y no una cómoda estación Termini.

Este domingo celebramos Pentecostés, que se marca como el momento en que la Iglesia se manifestó por primera vez. Entonces se realizó por medio del Espíritu Santo. Hoy en día, también debería seguir siendo el Espíritu quien nos animara a dar testimonio y actuar. Que Dios nos envié su defensor y nos ayude a transformar nuestra agrietada naturaleza.

miércoles, 8 de junio de 2011

Pentecostés y unidad eclesial


Volvamos al relato de Pentecostés. El Espíritu penetra en una comunidad congregada en torno a los apóstoles, una comunidad que perseveraba en la oración. Encontramos aquí la segunda nota de la Iglesia: la Iglesia es santa santidad, y esta santidad no es el resultado de su propia fuerza; esta santidad brota de su conversión al Señor. La Iglesia mira al Señor y de este modo se transforma, haciéndose conforme a la figura de Cristo. «Fijemos firmemente la mirada en el Padre y Creador del universo mundo», escribe San Clemente Romano en su Carta a los Corintios (19,2), y en otro significativo pasaje de esta misma carta dice: «Mantengamos fijos los ojos en la sangre de Cristo» (7,4). Fijar la mirada en el Padre, fijar los ojos en la sangre de Cristo: esta perseverancia es la condición esencial de la estabilidad de la Iglesia, de su fecundidad y de su vida misma.

 Este rasgo de la imagen de la Iglesia se repite y profundiza en la descripción que de la Iglesia se hace al final del segundo capítulo de los Hechos: «Eran asiduos -dice San Lucas- en la fracción del pan y en la oración». Al celebrar la Eucaristía, tengamos fijos los ojos en la sangre de Cristo. Comprenderemos así que la celebración de la Eucaristía no ha de limitarse a la esfera de lo puramente litúrgico, sino que ha de constituir el eje de nuestra vida personal. A partir de este eje, nos hacemos «conformes con la imagen de su Hijo» (Rom 8,29). De esta suerte se hace santa la Iglesia, y con la santidad se hace también una. El pensamiento «fijemos la mirada en la sangre de Cristo» lo expresa también San Clemente con estas otras palabras: «Convirtámonos sinceramente a su amor». Fijar la vista en la sangre de Cristo es clavar los ojos en el amor y transformarse en amante.
(Joseph Ratzinger, El Camino Pascual)

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Pentecostés nos ayuda a entender a la Iglesia como comunidad que unida mediante dos elementos esenciales: sacramentos y oración.

¿Qué peso tienen en nuestra comunidad eclesial estos dos factores? Ciertamente la organización es importante, al igual que la intendencia y la proyección externa. No seré quien quite un ápice de importancia a todo esto, pero el centro de la comunidad son los sacramentos y la oración compartida

Se puede objetar que una Iglesia dispensadora de sacramentos es una Iglesia inoperante y quienes lo dicen llevan toda la razón. Es evidente que dispensar sacramentos como quien reparte fichas de dominó, no nos lleva a ninguna parte. La acción del Espíritu Santo no vivifica lo mecánico e inanimado, vivifica a quienes están en camino el camino de la conversión.

"…la acción del Espíritu Santo está limitada a los que se van orientando hacia las cosas mejores y andan en los caminos de Cristo Jesús, a saber, los que se ocupan de las buenas obras y permanecen en Dios(Orígenes – De Principis, 1305). 


Personalmente pienso que lo importante no es repartir sacramentos, sino propiciar la conversión necesaria para recibir verdaderamente los sacramentos. Incluso alabo la valentía de reservar los sacramentos cuando quien los solicita no esté preparado o predispuesto a recibirlos adecuadamente. En un mundo de derechos mecánicamente adquiridos, preservar el sentido de los sagrado es heroico.

Por otra parte, este texto también nos ayuda a entender que la comunidad eclesial no es, por si misma, un factor de unidad, ni un factor que nos permita ser más santos. La comunidad es el resultado de la vida sacramental común y la oración común. ¿Cómo podemos hace a la Iglesia más santa y más unida? La única manera es a través de la conversión personal. Tenemos que mirar la Sangre de Cristo y convertirnos sinceramente a su Amor.

Este breve texto promueve muchas reflexiones ante la próxima celebración de Pentecostés. Estimado lector, espero que disfrute tanto como yo de estas reflexiones. No dude en compartir sus reflexiones con nosotros. Es maravilloso compartirse en comunidad.


domingo, 2 de enero de 2011

Discernir entre Roca y la Arena

¿Es una cosa sorprendente que el Señor haya cambiado el nombre de Simón por el de Pedro? (Jn 1,42). «Pedro» quiere decir «roca»; el nombre de Pedro es, pues, símbolo de la Iglesia. ¿Quién está seguro sino el que construye sobre roca? Y ¿qué es lo que dice el mismo Señor? «Todo el que escucha las palabras que yo digo y las pone en práctica es comparable a un hombre sensato que construye su casa sobre roca. Cae la lluvia, bajan los torrentes, los vientos soplan contra esta casa, pero ella no se ha hundido, porque estaba cimentada sobre la roca... »

¿De qué le sirve entrar en la Iglesia al que quiere construir sobre arena? Escucha la palabra de Dios pero no la pone en práctica; así es que construye sobre arena. Si no escuchara no construiría, escucha pues, y edifica. Pero ¿sobre qué fundamento? Si escucha la palabra de Dios y la pone en práctica, es sobre roca; si la escucha y no la pone en práctica, es sobre arena. Se puede, pues, construir de dos maneras distintas... Si te contentas con escuchar sin poner por obra lo que has escuchado, construyes una ruina... Si, por el contrario, no escuchas, te quedas a la intemperie, y serás arrastrado por el torrente de las tribulaciones...

Estad seguros, hermanos míos: el que escucha la palabra sin obrar en consecuencia, no edifica sobra roca; no tiene ninguna relación con este gran nombre de Pedro al cual el Señor ha dado tanta importancia. (San Agustín, Sermón sobre San Juan, nº 7)

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La parábola de la construcción sobre roca siempre me ha hecho preguntarme qué es la roca y qué es la arena. A veces lo que interpretamos como roca no es más que arena compactada por nuestras circunstancias personales. Es evidente que Dios es roca y la Iglesia es roca, pero nuestro entendimiento nos juega malas pasadas muy a menudo. Construir sobre arena es mucho más fácil. Somos capaces de patear con fuerza la arena para hacernos creer que es dura roca. Después, incluso, somos capaces de vender a otras personas la "solida roca" que no es más que arena.

¿Cómo diferenciar entonces, roca y arena? Discernir tiene que ver, primeramente, con nuestro ser y nuestra naturaleza, pero también hay más detrás de ello.

Actuar, entender y sentir nos conducen a los tres atributos que nos hacen seres humanos: intelecto, voluntad y emoción. En la medida que la roca se discierna con todo nuestro ser podremos diferenciar mejor si la roca es más roca y menos arena. Si nuestro cristianismo es puramente volitivo, la acción es el fin de lo que hacemos. Si nuestro cristianismo es solo conocimiento, la realidad termina por pasar a un segundo plano. Si nuestro cristianismo es solo sentimiento y emoción, nos encerramos en nosotros, creando una realidad alternativa a medida de lo que necesitamos sentir. Las parcialidades de nuestro ser tienden a engañarnos a menudo. Sobre todo porque nos ofrecen caminos más rápidos y sencillos.

Siguiendo juicios parciales, tarde o temprano evidenciaremos que nuestro cristianismo pierde sentido. También nos podemos ver incapacitados enmendar el camino por nosotros mismos. La libertad es un don peculiar. Cuando se sustancia en la Verdad, se nos devuelve con beneficios. Seremos más libres. Si la sustanciamos en medias verdades o mentiras, perdemos el don invertido. Nos hacemos más esclavos.

Demos un paso más allá. Aunque los discernimientos plenos son más seguros que los discernimientos parciales, no tienen porque ser infalibles ni tienen porqué estar en consonancia con la voluntad de Dios. ¿Por qué? Porque nuestra naturaleza humana no es perfecta al estar herida por el pecado.  Entonces ¿Cómo discernir?

San Agustín nos habla de la necesidad de construir según la Palabra de Dios y dentro de la Iglesia. Entiéndase Iglesia como Una y no como parcialidades inclusivas o revelaciones personales. No es raro encontrar a cristianos que sustituyen la Voz de la Palabra de Dios por el propio entendimiento personal o el carisma de determinado líder. No hablaré de que esto nos lleve a fines malvados, pero si indicaré humildemente que es sumamente peligroso desentendernos de nuestro pleno ser y de la Revelación de Dios.

¿Eso es todo? No. Nos falta el principal escalón en la búsqueda de la roca. "Sin mí, no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Sin Cristo no podemos hacer nada y por lo tanto, la oración debe ser ingrediente imprescindible en todo discernimiento. Sin la Gracia de Dios, nuestra libertad nos puede jugar malas pasadas. Sin la Gracia que enmienda nuestra naturaleza rota, somos como vasijas rotas incapaces de contener nada.

"Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios. Por lo demas, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio." (Romanos 8: 26, 28).

Pero no debemos desentendernos de nosotros mismos y de nuestra responsabilidad.  Pensar que orando y orando no tendremos que esforzarnos para entender y actuar, es demasiado fácil y denota el sutil engaño del enemigo. No se trata de pasar de una postura pelagiana a una quietista. Se trata de utilizar los talentos que nos ha regalado Dios, sin dejar de rogar para que El nos guíe en nuestra labor.

"Entonces, ¿qué hacer? Oraré con el espíritu, pero oraré también con entendimiento. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con entendimiento." (1Corintios 14:15)

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Señor, ayúdanos a discernir
levanta las nieblas de nuestro pecado
para que podamos entender Tu voluntad
y actuar según Tu designio.

Porque sólo Tu eres Santo
Sólo Tu Señor
Sólo Tu altísimo Jesucristo
Con el Espíritu Santo,
en la Gloria de Dios Padre,
Amén


jueves, 9 de septiembre de 2010

Renovación carismática


"Así pues, cuando el Espíritu se movía, la creación no tenía gracia alguna. Pero después que también la creación de este mundo recibió la actividad del Espíritu, mereció toda esta belleza de gracia con la que el mundo resplandeció. Y que sin el Espíritu Santo no puede permanecer la gracia del universo, lo declara el profeta diciendo: 'Les quitas su Espíritu y expiran y se convierten en el polvo que eran. Envías tu Espíritu y serán creados y renovarás la faz de la tierra' (Salm 103,20-30). No sólo, pues. Enseñó que sin el Espíritu no puede mantenerse en pie la creación, sino también (enseñó) que el Espíritu es creador de toda la creación.... Por tanto, el parto de la Virgen es obra del Espíritu, el fruto del vientre es obra del Espíritu, según lo que está escrito: 'Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre (Lc 1,42).



La flor de la raíz es obra del Espíritu. Me refiero a aquella flor de la que bien se profetizó: 'Brotará un retoño de la raíz de Jesé y una flor surgirá de su raíz' (Is 11,1). La raíz de Jesé son los patriarcas de los judíos, el retoño María, la flor de María Cristo que habiendo de esparcir por todo el mundo el buen olor de la fe germinó del seno virginal,... la flor aun cortada conserva su olor, y machacada lo aumenta y ni arrancada lo pierde. Así también el Señor Jesús en aquel patíbulo de la cruz ni estando contrito se marchitó, ni arrancado se perdió (su perfume), y herido con aquella punción de la lanza refloreció más hermoso con el color sagrado de su sangre derramada, sin saber en qué consiste el morir y exhalando para los muertos el don de la vida eterna. En esta flor de retoño descansó el Espíritu Santo". (S. Ambrosio de Milán, Tratado sobre el Espíritu Santo II,33.38-39)

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De pequeño viví los inicios del movimiento carismático dentro de la Iglesia Católica. Allá por 1972-73, una vecina (evangélica) nos invitó a sus oficios y a un grupo de oración pentecostal. Dentro de esa comunidad tuvimos el primer contacto con las manifestaciones del Espíritu Santo. Mi madre, que era una católica convencida, le pareció interesante todo lo que esas gentes vivían y se informó sobre la existencia de ese movimiento dentro de la Iglesia.

En una iglesia cercana a nuestro domicilio, concretamente en San Francisco de Dos Ríos (Costa Rica) asistimos durante un tiempo a las reuniones del grupo carismático, recién formado. El movimiento carismático católico nació en el Estados unidos tan solo 5 años antes. Recuerdo como yo asistía, con sorpresa, a las reuniones. Con 7 años, eso de hablar en lenguas, trances, curaciones y otras manifestaciones, me parecían algo mágico y alejado de la normalidad eclesial. El tiempo pasó y con diez años cumplidos, vine a vivir a España y dejamos de tener contacto con la renovación carismática.

Los años han pasado y de vez en cuando retomo mis recuerdos de lo vivido en aquellos años. Me pregunto principalmente por qué la maravillosa renovación carismática no ha llegado a integrarse de la vida de la Iglesia. Si el Espíritu Santo actúa en ella, ¿qué sucede?

Según lo que he ido preguntando e indagando por los mundos virtuales… la renovación carismática está presente en muchas parroquias, pero es minoritaria con frecuencia. Por ejemplo, en ninguna de las parroquias en las que he vivido (3) he encontrado a estos grupos.

Me pregunto por qué se esconde el Espíritu Santo en determinados reductos.

Retomando el texto de San Ambrosio, podemos hacer una breve descripción de cómo actúa el Espíritu. El Espíritu Santo es creador y vivificador. No se detiene ante las murallas ni se deja recluir en espacios cerrados. La creación es bella por naturaleza y capaz de conmover profundamente. El Espíritu es “flor que surge de la raíz”… es decir, toma como base la Tradición para dar vigor hasta a la rama más seca. Los frutos del Espíritu no se marchitan y se difunden a través de sus obras.

¿Entonces? Me parece que algo falla. No logro entender qué sucede.

Buscando sobre el tema, localicé una página web de una comunidad de oración en Argentina, que me pareció especialmente interesante, ya que trataban este tema y daban la posibilidad de descargar un libro que analiza qué sucede dentro de la renovación carismática. La comunidad es la "Escuela de Oración y Crecimiento Espiritual Contempladores del Sagrado Corazón de Jesús" y el libro se titula “Renovar la renovación carismática católica” de Juan Franco Benedetto.

Allí encontré la siguiente reflexión:



Por lo tanto resulta muy evidente que la dificultad que hoy subsiste en la Renovación Carismática para avanzar más en la búsqueda de la santidad tiene su raíz en el divorcio que existe entra la “nueva” experiencia carismática y el gran tesoro tradicional de la Iglesia, en cuanto a la “vieja” teología mística y todo lo que ella enseña respecto al camino de la perfección cristiana.

Sin embargo, este alejamiento de la R.C.C. de considerar el “viejo” camino tradicional de la vida espiritual, básicamente por un desconocimiento y falta de interés en el mismo, no es privativo de la Renovación, sino que es algo inherente a gran parte de los diversos estamentos y realidades que conforman nuestra Iglesia Católica contemporánea. (J.F. Bendetto, Renovar la renovación carismática católica)


En resumidas cuentas, la experiencia de la Renovación carismática católica y de otros grupos y corrientes, demuestra que el Espíritu Santo está dispuesto a manifestarse en quienes con Fe y sinceridad le llaman. Pero no logramos llamarlo más allá de el plano vivencia y emotivo. Las dimensiones cognitivas y de compromiso también necesitan de la labor de Espíritu y no nos sentimos capaces de llamarlo y aceptarlo. Encima no nos desarrollamos como cristianos plenos y nuestra Fe se queda enquistada en dimensiones determinadas.

¿Se puede llamar al Espíritu cantando gregoriano? ¿Se puede llamar al Espíritu para escribir sobre la Tradición? ¿Se puede llamar al Espíritu para ayudar comprometidamente a quienes sufren? ¿Podremos alabar a Dios en todo lo que hacemos y en todo momento? ¿Qué nos impide colaborar con esta nueva renovación? ¿A qué esperamos?

--oOo--

Veni, Sancte Spiritus,
Veni, nostri cordium,
Et emitte caelitus
Lucis tuae radium.
Veni, pater pauperum,
Veni, dator munerum,
Veni, lumen cordium.
Consolator optime,
Dulcis hospes animae,
Dulce refrigerium.
In labore requies,
In aestu temperies,
In fletu solatium.
O lux beatissima,
Reple cordis intima
Tuorum fidelium.
Sine tuo numine
Nihil est in homine,
Nihil est innoxium.
Lava quod est sordidum,
Riga quod est aridum,
Sana quod est saucium.
Flecte quod est rigidum,
Fove quod est frigidum,
Rege quod est devium.
Da tuis fidelibus
In te confidentibus
Sacrum septenarium.
Da virtutis meritum,
Da salutis exitum,
Da perenne gaudium.
Amen. Alleluia.

jueves, 20 de mayo de 2010

Veni Creator Spiritus


De la catequesis XV de San Cirilo de Jerusalén, tomo estos párrafos que hablan del Espíritu Santo:

Diversos sentidos de la palabra «espíritu»

13. Pero puesto que acerca del Espíritu Santo, con un nombre único y común, se han dicho muchas cosas diversas en la Sagrada Escritura y puede temerse que alguien las confunda por ignorancia por no saber a qué espíritu se refiere lo que allí está escrito, es preciso señalar ciertas características seguras del Espíritu al que la Escritura llama Santo. Pues así como Aarón es llamado «cristo» y también David, Saúl y otros son llamados «cristos», y sin embargo es único el verdadero Cristo, así también, una vez que se atribuye la denominación de «espíritu» a diversas realidades, es estupendo ver a quién se llama, por algún motivo peculiar, Espíritu Santo. Pues son muchas las cosas que se llaman «espíritu», pues un ángel es llamado «espíritu», se llama «espíritu» a nuestra alma y al viento que sopla se le llama «espíritu». También una gran virtud es llamada «espíritu» y es denominada «espíritu» una acción impura. Incluso el Demonio, el Adversario, es llamado «espíritu». Cuídate, pues, cuando oigas estas cosas, de que, por la semejanza de la denominación, no confundas una cosa con otra. Pues de nuestra alma dice la Escritura: «Su soplo exhala, a su barro retorna», y del alma dice a su vez: «Que modela el espíritu del hombre en su interior» (Zac 12, 1). Y de los ángeles dice en los Salmos: «Que hace a sus ángeles espíritus y llama de fuego a sus servidores». Y del viento dice: «Tal el viento del Este que destroza los navíos de Tarsis» (Sal 48, 8). Y además: «Como el árbol es agitado por el viento en el bosque». Y: «Fuego y granizo, nieve y bruma, viento tempestuoso, ejecutor de su palabra» (Sal 148, 8). Y de la buena doctrina dice el Señor mismo: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida» Un 6, 63), es decir, son espirituales. Pero el Espíritu Santo no es algo que se exhala hablando con la lengua, sino alguien vivo, que nos concede hablar con sabiduría, siendo él mismo el que se expresa y habla.

El Espíritu Santo sugiere, habla y enseña

14. ¿Quieres darte cuenta de cómo crea palabras y habla? Felipe, por revelación de un ángel, bajó por el camino que llevaba hasta Gaza, cuando llegaba el eunuco. Y dijo el Espíritu a Felipe: «Acércate y ponte junto a ese carro» (Hech 8, 29). ¿Ves cómo el Espíritu habla al que le oye? Y Ezequiel dice así: «El espíritu de Yahvé irrumpió en mí y me dijo: "Di: Así dice Yahvé"» (Ez 11, 5). Por otra parte, «dijo el Espíritu Santo» a los apóstoles, que estaban en Antioquía: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado» (Hech 13, 2). Ves al Espíritu que está vivo, que segrega y que llama, y que envía con poder. Y Pablo dice: «Solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones» (20, 23). El es el que santifica a la Iglesia, su auxiliador y su maestro, el Espíritu Santo maestro, del que dijo el Salvador: «Os lo enseñará todo», y no dijo sólo «os lo enseñará», sino también «os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). Pues no son unas las enseñanzas de Cristo y otras las del Espíritu Santo, sino claramente las mismas. De las cosas que habían de suceder dio Pablo testimonio con anterioridad, para que, mediante un conocimiento previo, el ánimo se sintiese más firme. Y estas cosas se os han dicho por aquella sentencia: «Las palabras que os he dicho son espíritu» (Jn 6, 63), de modo que no pienses que éste (el Espíritu) es sólo algo que nosotros decimos, sino doctrina sólida.

--oOo--

La doctrina es la manera recta y ajustada de entender las verdades de nuestra Fe. Sin esta doctrina, estaríamos a merced de la subjetividad de cada uno de nosotros. Las enseñanzas de Cristo no pueden contradecirse con las del Espíritu Santo. Nunca podremos encontrar revelaciones particulares que pongan en cuestión la Palabra de Cristo y la Doctrina que le da consistencia.

--oOo--


Veni, creator Spiritus
mentes tuorum visita,
imple superna gratia,
quae tu creasti pectora.

Qui diceris Paraclitus,
altissimi donum Dei,
fons vivus, ignis, caritas
et spiritalis unctio.

Amén


domingo, 29 de noviembre de 2009

Veni Creator Spiritus


Sin embargo, parece apropiado preguntarse por qué cuando un hombre viene a renacer para la salvación que viene de Dios hay necesidad de invocar al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, de suerte que no quedaría asegurada su salvación sin la cooperación de toda la Trinidad; y por qué es imposible participar del Padre o del Hijo sin el Espíritu Santo. Para contestar esto será necesario, sin duda, definir las particulares operaciones del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. En mi opinión, las operaciones del Padre y del Hijo se extienden no sólo a los santos, sino también a los pecadores, y no sólo a los hombres racionales, sino también a los animales y a las cosas inanimadas; es decir, a todo lo que tiene existencia. Pero la operación del Espíritu Santo de ninguna manera alcanza a las cosas inanimadas, ni a los animales que no tienen habla; ni siquiera puede discernirse en los que, aunque dotados de razón, se entregan a la maldad y no están orientados hacia las cosas mejores. En suma, la acción del Espíritu Santo está limitada a los que se van orientando hacia las cosas mejores y andan en los caminos de Cristo Jesús, a saber, los que se ocupan de las buenas obras y permanecen en Dios. (Orígenes – De Principis, 1305)

Hace unos días reflexionaba sobre el adviento y me convencía de que en este tiempo deberíamos rogar a Dios para que derrame su gracia sobre nosotros. Esperamos la Navidad y esta espera supone más que una conmemoración histórica, costumbrista o incluso tradicional. La Navidad es la esperanza de que Cristo nazca de nuevo y que lo haga dentro de nosotros y de todos los seres humanos. Pero... ¿Cómo nace en nosotros Cristo?

Para responderme esta pregunta recordaba los siete dones del Espíritu Santo y lo necesitados que estamos de ellos [1]:

Temor de Dios, que no es miedo. Es asombro, respeto y adoración. Sin temor de Dios estamos a merced de creernos con capacidad de caminar por nosotros mismos. Pero sin la gracia de Dios nada podemos hacer. Roguemos para que junto con Cristo, nazca en nosotros este temor tan olvidado en el soberbio mundo en que vivimos.

Fortaleza, que no es fuerza física. Es la fuerza de Dios que se manifiesta por medio nuestra. Sin fortaleza no somos más que títeres guiados por las imposiciones sociales.

Piedad. Es la capacidad de reconocernos como adoradores activos de Dios. Ser capaces de orar a Dios más allá de nuestras necesidades personales. Es la necesidad entender la vida como hecho sagrado que se hace oración en cada acción o inacción.

Consejo. El consejo no es una simple opinión o idea particular; es la transmisión directa de la gracia de Dios a quienes necesitan ayuda en su camino. Comunicar a Dios es un Don y una inmensa responsabilidad.

Entendimiento. Capacidad de introducirnos en la Verdad y recibir de Ella comprensión de la revelación de Dios. Sin entendimiento andaríamos ciegos por este mundo.

Ciencia. En este caso el Don es más que simple entendimiento; es capacidad de relacionar la Verdad, ser capaces de discernir el Orden de Dios y reconocer las causas segundas. Mediante la ciencia seremos capaces de ver a Dios por medio de todo lo creado.

Sabiduría. Es la cumbre de los Dones del Espíritu. Capacidad de vivir en equilibrio con los Dones antes descritos. Sabemos que la sabiduría es verdadera cuando lleve implícita el amor. El Don de Sabiduría conduce al alma a llenarse y rodearse de Dios. El conocimiento simbólico se convierte en conocimiento real que conlleva la adoración a Dios. Entonces el símbolo se funde con la Verdad y se revela como Dios con nosotros: Emmanuel.

Lo que es evidente, tal como indica Orígenes, "la acción del Espíritu Santo está limitada a los que se van orientando hacia las cosas mejores y andan en los caminos de Cristo Jesús, a saber, los que se ocupan de las buenas obras y permanecen en Dios". Que el Espíritu de Dios haga renacer la gracia de nuestro bautismo, en este adviento que se nos ofrece.



Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fíeles
y llena de la divina gracia los corazones,
que Tú mismo creaste.

Tú eres nuestro Consolador,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.

Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne,

Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé Tú mismo nuestro guía,
y puestos bajo tu dirección,
evitaremos todo lo nocivo.

Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti, Espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.,

Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos infinitos.

Amén.

[1] Para profundizar en lo que significan los dones de Espíritu recomiendo este texto: PULSA
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