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sábado, 15 de octubre de 2011

Haz brillar sobre nosotros la Luz de Tu rostro


De la misma manera que esta moneda de plata lleva la imagen del César, igualmente nuestra alma es imagen de la Santa Trinidad, según lo que se dice en el salmo: «La luz de tu rostro está impresa en nosotros, Señor» (Salmo LXX). Señor, la luz de tu rostro, es decir, la luz de tu gracia que establece en nosotros tu imagen y nos hace semejantes a ti, está impresa en nosotros, es decir, impresa en nuestra razón, que es el poder más alto de nuestra alma y recibe esta luz de la misma manera que la cera recibe la marca del sello. El rostro de Dios es nuestra razón; porque de la misma manera que se conoce a alguien por su rostro, así conocemos a Dios por el espejo de la razón. Pero esta razón ha sido deformada por el pecado del hombre, porque el pecado hace que el hombre se oponga a Dios. La gracia de Cristo ha reparado nuestra razón. Por esto el apóstol Pablo dice a los Efesios: «Renovad vuestro espíritu» (4, 23). La luz de la que trata este salmo es, pues, la gracia que restaura la imagen de Dios impresa en nuestra naturaleza...

Toda la Trinidad ha hecho al hombre según su semejanza. Por la memoria se asemeja al Padre; por la inteligencia, se asemeja al Hijo; por el amor se asemeja al Espíritu... En la creación el hombre fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). Imagen en el conocimiento de la verdad; semejanza en el amor de la virtud. La luz del rostro de Dios es, pues, la gracia que nos justifica y que revela de nuevo la imagen creada. Esta luz constituye todo el bien del hombre, su verdadero bien, y le marca igual que la imagen del emperador está impresa en la moneda de plata.

Por eso el Señor añade: «Dad al César lo que es del César». Como si dijera: De la misma manera que devolvéis al César su imagen, así también devolved a Dios vuestra alma revestida y señalada con la luz de su rostro. (San Antonio de Padua)

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Este texto de San Antonio nos recuerda que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Imagen que no es igualdad, semejanza que no es equivalencia. Sucede igual que con una imagen pintada de nosotros en un cuadro. El artista plasma en el cuadro una imagen que no es idéntica a nosotros, no tiene la misma naturaleza humana, aunque encontremos una semejanza que nos permita reconocernos en la obra.

San Antonio nos muestra como la semejanza con Dios conlleva también una semejanza con la Santísima Trinidad. La Luz, que es Cristo, ilumina esta semejanza y le da todo su sentido. Somos inteligencia, memoria y amor. Sentimos, pensamos y actuamos. La Fe, Esperanza y Caridad habitan en nosotros cuando Dios nos las regala. La Luz actúa en nosotros y nos transforma “La luz de la que trata este salmo es, pues, la gracia que restaura la imagen de Dios impresa en nuestra naturaleza...


¿Podía ser de otra forma? Dios nos ha donado el ser. Qué podemos hacer nosotros que ofrecer nuestro Ser a Dios, su auténtico dueño. Sería lo lógico tras leer los Evangelios con tranquilidad. Cristo nos dice de diversas formas que sin El nada podemos, que tenemos que negarnos a nosotros mismos, que el mundo nos detesta, que Dios es quien pone las palabras en nuestra Boca, que debemos renacer del Agua y del Espíritu, etc. ¿Por qué no dejar que la Luz nos transforme?

A partir de esta reflexión, San antonio pasa a una frase importante dentro de los Evangelios: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt. 22, 15-21) Una maravillosa expresión que nos recuerda la diferencia entre lo que somos y lo que tenemos. Lo que tenemos puede ser dado al Cesar si es justo hacerlo, pero lo que somos, sólo puede ser donado a Dios.

Demos al Cesar lo que es de ley darle, pero no olvidemos dar a Dios lo que es de Dios.

domingo, 30 de mayo de 2010

De Trinitate

El que no confiesa la comunidad de la esencia en la Divinidad cae en el politeísmo; la naturaleza del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo es una e idéntica. Sin embargo, en la Divinidad una, la identidad de la naturaleza está diversificada en tres Hipóstasis, de tal manera que la individualidad de las Personas se encuentra en una esencia, y la única Divinidad se reconoce en tres Hipóstasis perfectas. (Epístola II, 10, San Basilio)

El Padre existe y posee el ser perfecto, raíz y fuente del Hijo y del Espíritu Santo. El Hijo existe, en plenitud de divinidad, Verbo viviente e Hijo sin defecto del Padre. El Espíritu es también pleno, perfecto y completo, considerado en Sí mismo. (Homilía 24, Contra los Sabelianos, 4, San Basilio)

Es imposible ver la Imagen del Dios invisible, salvo en la iluminación del Espíritu. Quien fija los ojos en la Imagen no puede separar de ella la luz, pues lo que causa la visión es visto necesariamente con lo que se ve. Así, propiamente hablando, por la iluminación del Espíritu, discernimos el esplendor de la gloria de Dios (el Hijo: Hb 1:3), y por la Impronta (el Hijo) somos conducidos a la gloria de Aquél (el Padre) a quien pertenecen la Impronta y el sello de la misma forma (el Espíritu Santo) (Sobre el Espíritu Santo, 26, San Basilio)

San Basilio de Cesarea (ca. 330 -1 de enero, 379), llamado Basilio el Magno, fue obispo de Cesarea, y preeminente clérigo del siglo IV. Es santo de la Iglesia Ortodoxa y uno de los cuatro Padres de la Iglesia Griega, junto con San Atanasio, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. Basilio, Gregorio Nacianceno, y Gregorio de Nisa (hermano de Basilio) son denominados Padres Capadocios. Es santo y doctor de la Iglesia Católica.

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Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

Amén.

miércoles, 20 de enero de 2010

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean una cosa...

Estamos celebrando la semana de oración por la unidad de los cristianos. En un principio la unidad se enfoca hacia las distintas confesiones o Iglesias... pero podríamos llevarla también a todos los ámbitos internos a cada una de las Iglesias. Literalmente, nos falta unidad en todos los sentidos. Pero ¿Qué entendemos por unidad?

Para escudriñar algo el tema podemos empezar por uno de los textos más utilizados y que está contenido en el evangelio de San Juan. En este texto, Cristo pide al Padre por nosotros y lo hace con el objetivo de que estuviéramos unidos. Cristo nos conoce y sabía que no tardaríamos en iniciar la carrera de diferenciarnos y después imponernos unos a otros.

"Mas no ruego tan solamente por ellos [quienes le han conocido y han creído], sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que sean todos una misma cosa; así como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que también sean ellos una cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean una cosa, como también nosotros somos una cosa. Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en una cosa, y que conozca el mundo que tú me has enviado y que los has amado, como también me has amado a mí" (Jn 17,20)

El tema de la unidad de los cristianos se relaciona directamente con la Trinidad (circumincesión de las tres personas), ya que ésta muestra cómo aspectos diferentes se unen de manera perfecta, en la unidad plena. Hemos de ser conscientes que nuestra naturaleza humana nos impide conformar una Iglesia única, unida y homogénea... pero aceptar esta evidencia no excluye que seamos capaces de entender lo qué significa la unidad...

¿Qué quiere decir "Para que el mundo crea que tú me enviaste"? ¿Acaso creerá el mundo cuando todos seamos una misma cosa en el Padre y el Hijo? ¿Por ventura no es ésta aquella eterna paz que es más bien el premio de la fe que la misma fe? Pues si en esta vida todos los que profesamos una misma fe somos una misma cosa, por consecuencia somos uno, no para que creamos sino porque creemos. ¿Qué quiere decir, pues: "Todos sean uno, para que el mundo crea"? Ciertamente cuando habla de todos se refiere al mundo creyente. De éstos dirá lo mismo que había dicho en aquellas palabras: "No ruego sólo por ellos, sino por los que han de creer en mí por su palabra" ¿Cómo, pues, lo hemos de entender sino diciendo que no puso como causa, "Para que el mundo crea que son una misma cosa", sino que orando dijo: "Para que el mundo crea", como había dicho "Para que sean uno mismo"? Finalmente, la exposición de esta sentencia será más clara si añadimos la palabra Ruego en todas sus cláusulas: "Ruego que todos sean uno; ruego que ellos sean una misma cosa en nosotros; ruego que el mundo crea por que tú me enviaste". (San Agustín, De Trinitate)

Cristo ruega al Padre para que entendamos qué es la unidad y así podamos buscarla. Dios sabe que, en nuestras imperfecciones y limitaciones, siempre necesitaremos espacios particulares donde nuestros carismas no se sientan limitados. Sabiendo que la diversidad es evidencia de nosotros mismos,... ¿Cómo podríamos pensar en un Iglesia unida? San Pablo dio a los efesios algunas pistas:

"Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.

Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?

El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor." (Carta a los efesios 4, 1-16)

Pablo era consciente de que Dios no nos puede llenar con la plenitud de la unidad… ya que somos imperfectos. Nos romperíamos. Sabía que a cada cual le ha dado lo suyo y que precisamente Dios espera que compartamos nuestras debilidades y capacidades para conformar unidos el Reino de Dios.

A cada uno de nosotros se nos ha dado diferente capacidad de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios… Solo si nos unimos podremos tener la plenitud de todos los dones del Espíritu Santo. Entonces conformamos un espléndido puzzle, que completo es capaz de mostrar su verdadera naturaleza: la Iglesia.

Por eso es tan importante que nos reconozcamos como hermanos y trabajemos unidos en lo que cada cual es mejor. Esta es una lección a aprender dentro y fuera de la Iglesia católica… ya que tanto internamente como externamente tendemos a conformarnos en grupos aislados y poco dados a trabajar en unidad. Oremos a Dios para que podamos reconocernos y amarnos los unos a otros… como Dios nos reconoce y nos ama.

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Señor nuestro Jesucristo, que momentos antes de la Pasión oraste por los que iban a ser tus discípulos hasta el fin del mundo, para que todos fueran uno, como tú estás en el Padre y el Padre en ti; compadécete de tanta división como existe entre quienes profesan tu fe.. .
Derriba los muros de separación que divide hoy a los cristianos...

Mira con ojos de misericordia las almas que han nacido en una u otra comunión cristiana, obra de los hombres, que no tuya...

Atráelos a todos a esta única comunión que implantaste desde el principio: a la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica...

Como en el cielo solamente existe una sociedad santa, que no exista en la tierra más que una comunión que confiese y glorifique tu santo nombre.

Amén.

(Oración: Cardenal John Henry Newman)

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