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miércoles, 11 de agosto de 2010

Yo soy la puerta

Y Jesús les dijo otra vez: "En verdad, en verdad os digo que yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos vinieron, ladrones son y salteadores, y no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta: quien por mí entrare será salvo, y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y para matar y para destruir. Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en más abundancia. (Jn 10,7)

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Realmente se echa de menos el sentido simbólico en la construcción de los templos contemporáneos. El tímpano de muchas portadas románicas y góticas, Cristo aparecía en el centro de las portadas, recordándonos que el El es la puerta y que solo a través suya podemos acceder a la salvación.

Únicamente quienes hubieran sido bautizados podían traspasar la portada. Los catecúmenos y penitentes debían quedarse en el nartex (espacio previo) sin traspasar la portada, hasta el momento en que fuesen bautizados o cumplieran la penitencia. Desde el nartex podían contemplar la portada, reflexionar sobre su significado y escuchar las catequesis preparatorias. Quien traspasaba el nartex, ya era consciente de qué significaba la figura de Cristo como Puerta de nuestra salvación.

Hoy en día traspasamos el nartex de estas antiguas iglesias sin llegar a imaginarnos qué sentido tenía ese maravilloso sinsetido vestido de arte. Las portadas se han convertido en obras admiradas estéticamente y al mismo tiempo, algo sin más sentido que el disfrute estético.

¿Cómo era posible que en la edad media las personas iletradas supieran leer lo que el artista les comunicaba y hoy en día muy pocas personas son capaces de hacerlo?

La respuesta es fácil: la formación. Curiosamente, en el pasado se enseñaba a los fieles a entender el universo simbólico que conforma nuestra religión... mientras que hoy en día parece darnos vergüenza ir más allá de la practicidad caritativa. Caridad que es crucial e importantísima... siempre que se entienda y se viva desde los fundamentos cristianos.

En una sociedad que desprecia el lenguaje simbólico y se atiene a la practicidad como regla de diseño... es lógico entender porque nuestros templos que no son más que estéticas salas de reunión. Nos hemos acostumbrado a celebrar los sacramentos en recintos funcionales desprovistos de elementos sagrados. Tras terminar la celebración, la sala se transforma en lugar de charla y reunión social. Me pregunto si en el futuro podremos transformar estas infraestructuras funcionales en verdaderos lugares sagrados.

Si este verano visitamos algún templo antiguo... esforcémonos por entender el mensaje con que fue escrito. Si hay algo que no entendemos o que nos parece que es pura estética... quiere decir que nos falta la llave para abrir la puerta que da acceso a su mensaje. Busquemos la llave y nos sorprenderemos.

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Gracias Señor por darnos tiempo para buscarte en todo lo que existe
Gracias Señor por darnos la oportunidad de escribir tu Nombre en todo lugar
Amén



lunes, 10 de agosto de 2009

Si los tiempos cambian… ¿Por qué la tradición debe permanecer inmutable?


No es raro escuchar esta pregunta referida a todos y cada uno de los aspectos de la vida cristiana. Los tiempos cambian… ¿Por qué la música no debe cambiar en nuestras iglesias? ¿Por qué las ceremonias deben permanecer inmutables? ¿Por qué el arte sagrado debe seguir siendo igual que hace 15 siglos? ¿Por qué nuestra moral debe ser la misma que hace 30 años?... así hasta el infinito.

Lo primero que se debería hacer es delimitar de lo que estamos hablando. Los tiempos cambian… cierto. Cambian continuamente desde que el ser humano apareció, como tal, sobre la tierra. La sociedad humana se comporta como un fluido hirviendo y en constante movimiento. Pero el universo a nuestro alrededor ha cambiado poco el los últimos 100.000 años. El universo se mueve de forma constante y siguiendo las leyes que le dan sentido. Detrás de cualquier suceso casual existen razones y leyes que hacen que las causas se conviertan en efectos. Pero… ¿De qué tiempo estamos hablando? Del tiempo humano o del tiempo no humano. Al decir que “los tiempos cambian” estamos hablando invariablemente del tiempo profano, del tiempo como una hermenéutica que permite a los seres humanos relacionarse con su cotidianidad. Lo profano cambia y además lo hace cada vez más rápido.

Pero el tiempo sagrado no cambia ya que es inmutable. Fue inmutable para un egipcio del siglo XV antes de Cristo, para un cristiano del siglo II y para un desconcertado habitante del Londres de nuestros días. Para todos ellos resultaba y resulta evidente que el tiempo profano no se ajustaba, ni se ajusta, al tiempo sagrado. El tiempo sagrado siempre ha parecido viejo e incomprensible para quien vive en la superficie del fluido en ebullición que conforma la sociedad.

Siempre las religiones han estado en desventaja a la hora de dar respuestas a lo que acontece minuto a minuto en nuestras vidas. Esto se debe a que las religiones se desarrollan en otro tiempo diferente. Es decir, utilizando una hermenéutica diferente para entender lo que nos rodea. No buscan controlar la realidad ni rehacerla a nuestro antojo. Tampoco necesitan de la inmediatez para explicar la profundidad de lo que somos. Las religiones buscan comprender lo inmutable que se esconde detrás de la apariencia de cambio continuo que nos rodea. La esencia de las religiones es el inmutable sentido que une todo y a todos.

Tomemos por ejemplo la música. No es la primera vez que alguien me dice con la vehemencia que conlleva lo evidente: 

-- ¿Cómo vas a atraer a la Iglesia a un adolescente bailón con el “Veni Creatur Spiritus” gregoriano? ¡"Los tiempos cambian” muchacho!, Debemos emplear cantos a base de ritmos modernos para que estos bailones se sientan en su casa. Los primeros cristianos lo hicieron así y así sucedió en todas la épocas.

Lo que evidencia este razonamiento es que mi interlocutor tiene una seria confusión de conceptos y objetivos.
A ver… tomemos a un despierto y mundano estudiante universitario del siglo XII (goliardillo para más señas). ¿Lo vemos en su salsa dentro de la Iglesia cantado y disfrutando con el “Veni Creator Spiritus”? Seguramente donde si sentiría inspirado sería cantando de taberna en taberna sus profanos y picantes cantos.

Tomemos un campesino que a duras penas entendía una de cada 4 palabras en latín. Tomemos a los primeros mercaderes preocupados por los problemas de cambio de moneda o los soldados que rumiaban una inminente guerra. ¿Cantar el “Veni Creator Spiritus” les divertía? Yo creo que no. Sus preocupaciones, gustos y diversiones estabn en otros sitios.

Si nos vamos a los primeros cantos cristianos, nunca nos encontraremos con canciones de moda preparadas para bailotear en medio de los oficios religiosos. Los cantos mozárabes o ambrosianos son evidentemente sagrados y alejados de los cantos populares con los que la gente se divertía de manera profana. La música sagrada guarda relación con el tiempo y el espacio sagrado donde se desarrolla, no con el factor divertido de su uso.

Nunca la música sagrada ha sido divertida ni ese ha sido su objetivo. La música o canto sagrado llena y da sentido a la liturgia confiriéndole un nivel de belleza superior al de las palabras dichas sin más. La belleza no es divertida, es sagrada, inmutable, paradigmática… llena de significado y penetra en el simbolismo inherente al cristianismo.

¿Qué sentido tiene traer a un adolescente bailón a una Liturgia llena de sacralidad desarrollada en un Templo antiguo, donde se cantan temas gregorianos o ambrosianos? Para mi , mientras el adolescente bailón no lo necesite, no tiene sentido obligarlo a vivir este tipo de vivencias.

¿Qué sentido tiene traer a una persona que busca acercarse a Dios y vivir esta unión sagrada, a una celebración llena de cantos, risas, bailes y aplausos? Tampoco tiene el más mínimo sentido. Cada nivel de vivencia de la Fe necesita de un lugar y un tiempo diferente donde y cuando desarrollarse.

Lo que nos podríamos preguntar es ¿Por qué en nuestras celebraciones católicas hemos olvidado este hecho? Intentamos mezclar pastoral, Liturgia, diversión y sacralidad en un mismo acto. Hemos convertido las celebraciones litúrgicas en celebraciones extrañas e inconexas. Hemos confundido los momentos de acceso a lo sagrado con los momentos de alegría comunitaria.

No deseo decir que esto sea malo o que no sea necesario hacerlo. Es bueno y estupendo reunirse a alabar a Dios y cantar felizmente lo que sentimos. Cantar, reírnos, aplaudir, bailar, etc… pero esto no es liturgia, no es sacralidad. Son celebraciones, más o menos profanas de nuestra Fe, que evidencian de la alegría que llevamos dentro por creer en Dios. Grande es el Señor y digno de alabarlo en todo momento.

Evidentemente el lugar para estas celebraciones no es un Templo. Los Templos resultan inadecuados e incómodos. Por eso nuestros Templos están desapareciendo convertidos en salas de reunión comunitaria. Ante la inutilidad de los antiguos templos para las celebraciones actuales, éstos se ceden o se venden a las administraciones públicas para que los utilicen como museos y sedes oficiales. Mientras, la arquitectura religiosa actual se acerca a la arquitectura multifuncional que nos llegó a partir de los años 70. Todo un contrasentido.

En este contexto la liturgia se banaliza y hasta estorba para el desenvolvimiento de las celebraciones actuales. Por eso en las misas actuales se intenta incrementar los tiempos para cantar, bailar, abrazarse y hasta aplaudir a quien dice algo ocurrente a la pregunta del sacerdote-entrevistador. Se canta el cumpleaños feliz o se baila en honor de quien toque ese día. Esto no son invenciones, son cosas que muchos católicos vivimos en las misas dominicales.

Es evidente que estas celebraciones festivas atraen a más personas que las viejas liturgias y que las canciones guitarreras divierten más que el canto gregoriano. El sacerdote ve que su feligresía crece y siente el éxito de su proceder. Es indudable que ofreciendo diversión e inmediatez, tendremos a más personas interesadas en recoger el Mensaje Cristiano que se explicita dentro de las ceremonias. Pero lo malo es que este éxito se logra profanando (hacer profano) la Liturgia y el Templo, reduciendo el Misterio cristiano a algo arcaico y casi olvidado en los libros. Una pieza de museo que carece de vida.

Este planteamiento hace que mucho de lo dicho por Cristo y transmitido por los Apóstoles, quede en segundo plano, sospechoso de ser algo imaginario e inservible para el ser humano actual. Fijémonos como se pasa de puntillas y corriendo en episodios como la transfiguración o los mismos milagros de Cristo.

Hoy he recibido por email, un escrito de un teólogo que defiende que la muerte de Cristo en la cruz fue algo accidental. Para algunos católicos hasta la cruz deja de tener sentido (1).


(1) La cruz no era necesaria. Luis Alemán Mur http://www.feadulta.com/aleman-23.htm

sábado, 28 de febrero de 2009

El espacio sagrado

Hagamos un breve resumen de las anteriores entradas. Lo sagrado, lo que no re-une con Dios, es el sustrato de las religiones. Todo lo que comunica con Dioses, en si mismo, sagrado. Objetos, espacios, rituales, actitudes, etc, pueden ser entendidas como sagradas según seamos capaces de ver en ello un reflejo de unión con Dios. Lo sagrado dentro del cristianismo se conforma en torno al Misterio. Este Misterio lejos de ser algo inaccesible u oculto, es objeto de la participación obtenida por medio de la gracia de Dios.

Es interesante detenernos en el primero de los ejes en donde se manifiesta Dios entre nosotros: el espacio. El espacio forma parte de la realidad en que vivimos e interpretamos según nuestros modelos de universo y ser humano. De esta interpretación obtenemos el sentido sagrado de todo lo que nos rodea y la capacidad penetrar en el sentido u objetivo de la realidad. Aunque esto parezca que puede ser generalizado a todos los seres humanos, tenemos que tener en cuenta que cada persona cuenta con su propia capacidad de comprender lo que vive y de referenciarlo a los modelos antes indicados.

Si empezamos a hablar sobre el espacio sagrado, la imaginación nos lleva rápidamente a pensar en el templo. El templo es el espacio sagrado por antonomasia, pero podríamos generalizarlo a todo lugar o construcción que predispone reunirnos con Dios. En términos físicos sería un sitio en el que podemos sintonizarnos con Dios, la creación y con las demás personas que estén a nuestro lado con idéntica voluntad de unidad. Para todo creyente, el cosmos, la creación ordenada, representa la máxima analogía (símbolo) de Dios y el templo es un lugar donde todo el cosmos está representado en su totalidad [1].

Jean Hani indica: “Todo Edificio Sagrado es cósmico, pues está hecho a imitación del mundo. La Iglesia, indica San Pedro Damián es la imagen del mundo. … El templo no es solo una imagen realista del mundo, sino más aún, una imagen estructural, es decir, que reproduce la estructura íntima y matemática del universo. En ello reside el origen de su sublime belleza” [1]

Podríamos hablar de dos ámbitos espaciales sagrados: uno externo, constituido en un lugar y otro constituido dentro del espacio interior de cada persona. San Pablo nos dice que somos Templo del Espíritu Santo. ¿Qué mejor templo que el corazón, el ser, la centralidad, de lo que somos.

El espacio sagrado no puede establecerse en cualquier sitio, ya que es obvio que necesitamos ordenar y preparar el espacio para que la unión armónica de Dios y el ser humano se dé de manera más evidente. En la medida que el templo se sienta y entienda como representación del cosmos, propiciaremos la sintonía con la Divinidad. Esta evidencia ha impulsado al ser humano a crear espacios especiales dotados de la forma y significado necesarios para ser considerados como espacio sagrado. Estos espacios están construidos desde sus cimientos utilizando analogías que pueden ser leídas por las personas preparadas para ello, pero también permiten que quienes no tengan el conocimiento necesario puedan sentir que la armonía universal les rodea. El entorno predispondrá al individuo para que traspase el umbral de lo profano hacia lo sagrado, cuando esté dentro del templo.

Para ello tanto el artista y el arquitecto se afanan por crear un conjunto lleno de armonía trascendente, plena de significados y analogías. Un lugar donde sea posible sentir a Dios en todo lo que nos rodea. Desgraciadamente en occidente, tanto la arquitectura como el arte han dejado de entender, construir y representar lo sagrado en los lugares de culto. Se ha perdido el concepto de sacralidad de la obra artística. La sacralidad que ha sido sustituida el concepto de obra religiosa. Hablar de obra religiosa es hablar de una obra funcional, útil, sin que tenga como objetivo la trascendencia. Se entiende obra religiosa como aquella que sirve al culto o devoción de manera práctica y evidente, pero que no tiene razón de guardar ningún significado-simbolismo o analogía adicional. Los templos modernos son postmodernidad hecha espacio. Son espacios utilitarios y funcionales transformados para el uso funcional-ceremonial. En el caso de los templos católicos modernos, únicamente el sagrario se llega a entender como sagrado en algunas ocasiones. Pero incluso el mismo sagrario suele perder su significado y su simbolismo, ya que pasa desapercibido e ignorado por cuantos transitan por delante sin llegar a darse cuenta de su presencia. El templo se ha convertido en una sala de reuniones dominicales, catequéticas y hasta un espacio donde realizar reuniones de comunidades de vecinos.

No nos sorprende que el mundo moderno entienda como innecesarias las creencias religiosas, cuando las propias creencias son capaces de despreciar todo el legado de sacralidad que han atesorado durante siglos. Hoy en día los templos antiguos se miran como obras de arte a preservar por su antigüedad, valor monetario y estética. Aunque las preservemos son incapaces de comunicarnos todo lo que tienen en su interior, ya que hemos olvidado que detrás de la estética y la armonía, está el supremo Creador del cosmos. [1]

Dicho todo esto, también es importante tener en cuenta que el espacio sagrado no tiene porqué reducirse al templo. En nuestro hogar podemos consagrar un rinconcito a para representar la unión con Dios. Este rincón puede ser permanente o compartido. Antiguamente algunas casa disponían de una habitación-capilla que incluso llegaba a tener privilegio para decir misa. En los hogares de las familias menos pudientes no era raro disponer de un armarito a modo de altar-capilla doméstica. Al abrir las puertas de este altar doméstico, el espacio profano se transformaba en sagrado, lo que permitía a la familia disponer de un espacio sagrado siempre que fuese necesario. Otras casas, con menos recursos disponían de algún reclinatorio o un simple cojín que se situaba delante de la mesilla de noche. En la mesilla se desplegaban las estampitas religiosas custodiadas en el misal o en el cajón. Delante de este improvisado altar se rezaba el rosario, devociones, novenas, etc.

Hemos utilizado la palabra consagrar. Consagrar es un verbo que podemos entender con dos acepciones: hacer algo sagrado o dedicar algo a un uso sagrado. Toda consagración es en si misma una bendición y por lo tanto, es considerada por la Iglesia como un elemento sacramental: “Los sacramentales comunican la gracia "ex opere operantis ecclesiae". Literalmente del latín: "por la acción de la Iglesia que obra” [2]. Los sacramentales reciben "su eficacia" de los méritos de la persona que reza y de los méritos y oraciones de La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo.[2] Tal como indica el catecismo de la Iglesia Católica: “#1669 Los sacramentales proceden del sacerdocio bautismal: todo bautizado es llamado a ser una "bendición" (Cf. Gn 12:2) y a bendecir. (Cf. Lc 6:28; Rm 12:14; 1P3:9). [2] ¿Qué nos impide crear un pequeño espacio sagrado en nuestra casa? Sin duda, lo que nos impide hacerlo es principalmente la ignorancia y los prejuicios en los que hemos sido educados.

Hoy en día nos resulta raro disponer de un espacio sagrado comunitario, doméstico o personal preparado para unirnos a Dios. Esta realidad no debería impedirnos aspirar a “construir” este lugar donde sea posible. Este lugar, por muy pequeño y sencillo que sea, abre nuestra sensibilidad hasta la infinitud del cosmos. Todo lo que vemos es reflejo de Dios, si sabemos entenderlo como tal.

Llevando el concepto de espacio sagrado al límite, también podríamos considerar los espacios virtuales que nos ofrece Internet como susceptibles de ser considerados como sagrados. Estos espacios nos permiten religarnos con la Divinidad con tanta eficacia como algunos espacios físicos. Aunque no se podrían considerar templos de manera formal, no podemos dejar de pensar que nos permite reunirnos en Nombre de Cristo. No es fácil evadir la pregunta de hasta qué medida es posible construir estos nuevos espacios según al tradición e cómo incorporarlos a nuestra vida espiritual. Tenemos una indicación que Cristo nos hace: "Donde dos o tres estén reunidos en mi Nombre, Yo estoy en medio de ellos". Si el corazón de cada uno de nosotros es Templo del Espíritu Santo, uniendo todos estos templos tendríamos uno mayor que cualquier catedral del mundo físico.

[1] Simbolismo del templo cristiano (1978). Hani, Jean. José Olañeta editor.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica (1997-2005). Asociación de coeditores del catecismo.
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