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domingo, 9 de octubre de 2011

La Trascendente Proporción


Advierto que hoy traigo un texto un poco más difícil que de costumbre. De vez en cuando me gusta compartir este tipo de reflexiones, a fin de enlazar con otras personas que puedan compartir este tipo de inquietudes místicas. A lo mejor se sorprenden de la existencia de una mística científica, ya que tras el renacimiento ha sido casi totalmente olvidada. La irrupción del nominalismo hizo que la vía mística de la ciencia quedara detenida. 

Su autor, Nicolás de Cusa, fue cardenal y obispo de Bresanona, ciudad del norte de Italia. Nació en Cusa en el año 1401 y muere en Todi en año 1464. Fue uno de los teólogos que iniciaron la transición del medievo al renacimiento por medio de un entendimiento unitario de todo lo que existe. Este fragmento de su obra “La Docta Ignorancia” nos da una clave para entender el misterio de los paradigmas que nos hablan de Dios en todo lo que existe.

Todos nuestros más sabios, más divinos y más santos docto­res están de acuerdo en que realmente las cosas visibles son imágenes de las invisibles, y que nuestro creador puede verse de modo cognoscible a través de las criaturas, casi como en un espejo o en un enigma. Y el que las cosas espirituales, que para nosotros son por sí mismas intan­gibles, puedan ser investigadas simbólicamente, tiene su raíz en las cosas que antes se han dicho. Puesto que todas las cosas guardan entre sí cierta proporción (que para nos­otros, sin embargo, es oculta e incomprensible), de tal manera que el universo surge uno de todas las cosas y todas las cosas en el máximo uno son el mismo uno. Y aunque toda la imagen parezca acercarse a la semejanza del ejem­plar, sin embargo, excepto la imagen máxima, que es lo mismo que el ejemplar en la unidad de la naturaleza, no hay una imagen de tal modo similar, o igual, al ejemplar que no pueda hacerse más semejante y más igual infinita­mente, como ya hemos visto antes que es evidente.

Cuando se haga una investigación a partir de una imagen, es necesario que no haya nada dudoso sobre la imagen en cuya trascendente proporción se investiga lo desconocido, no pudiendo dirigirse el camino hacia lo in­cierto, sino a través de lo presupuesto y cierto. Todas las cosas sensibles están en cierta continua inestabilidad a causa de su potencialidad material, abundante en ellas. Lo que es más abstracto que esto, cuando se reflexiona sobre las co­sas (no en cuanto que carecen de raíz de elementos natu­rales, sin los cuales no pueden ser imaginadas, ni en cuanto yacen bajo la fluctuante potencialidad) vemos que es muy firme y muy cierto para nosotros, como ocurre con los ob­jetos matemáticos; por lo cual los sabios buscaron hábil­mente en ellos, por medio del entendimiento, ejemplos para la indagación de las cosas. Y ninguno de los antiguos, a quien se considere importante, buscó otra semejanza que la matemática para las cosas difíciles. (Nicolás de Cusa. La Docta Ignorancia, fragmento C. XI)

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 En una conversación en Facebook apareció la palabra “proporción”. Mi interlocutor me pregunto qué tenía que ver esa palabra en lo que estábamos dialogando. ¿Tienen que ver el cristianismo con la proporción? Es complicado encontrar mejor referencia de este concepto que la frase bíblica que se refiere a Cristo: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.” (Salmo 117, 22-23).

La piedra angular o clave de bóveda es aquella que se coloca en la parte superior de los arcos y que reparte proporcionalmente los empujes para dar estabilidad a la construcción. Entender qué es esta piedra angular nos permite entender qué función tiene Cristo en nosotros y la Iglesia.

Hay otros muchos aspectos de nuestra Fe que se iluminan cuando los abordamos por medio de la semejanza. Las proporciones trascendentes se hacen evidentes ante nuestros ojos si sabemos mirar con limpieza de corazón. Ya nos lo Cristo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8).

Pero estas proporciones no solo nos hablan de Dios desde fuera y hacia fuera de nosotros. También nos hablan desde y hacia dentro de nosotros. En el Tratado sobre el Orden, San Agustín nos dice: “Luego yo soy superior (a los animales), no por fabricar cosas bien proporcionadas, sino por conocer las proporciones” (Tratado Sobre el Orden 2,19,49)

Estimado lector, seguramente se esté preguntando si es necesario entrar en el laberinto que intento dibujar. Ciertamente no es necesario. La Fe es un don de Dios que sólo necesita de nuestra aceptación para que la Gracia de Dios la haga crecer en nosotros. Ahora, también es cierto que la Fe se robustece por medio de los dones de entendimiento, ciencia y sabiduría. Roguemos a Dios para que recibamos estos dones y que la Fe se vaya afianzando en nosotros, día a día, por medio de la Gracia de Dios.

jueves, 20 de enero de 2011

Dios se refleja en la geometría

El Cristiano sigue a Cristo y lo sigue en la totalidad de su persona: inteligencia,  emotividad y voluntad. Debemos seguir a cristo con todo nuestro corazón, entendiendo corazón como nuestra centralidad,  naturaleza y ser.

"Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas."(Deu 6:5 )

Es frecuente acercarnos a Dios desde un amor emotivo o en un amor activo. Pero rara vez utilizamos la tercera pata de la mesa de nuestro propio ser: la inteligencia. Pero, ¿Cómo podemos amar a Dios con nuestra inteligencia?

Comparto un texto de un gran matemático renacentista. Amigo y colaborador de Leonardo D'Vinci y divulgador del reflejo de Dios en la geometría: Fray Luca Pacioli ¿Cómo es esto posible? Es posible porque Dios se refleja en todo lo creado y queda de nuestra parte intentar verlo en todo lugar.

En concreto trata sobre la divina proporción el celébre número Phi. Si quiere leer y ver algo más de esto, pulse AQUÍ
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El título que conviene a nuestro tratado debe ser La divina proporción. Y esto por muchas correspondencias que encuentro en nuestra proporción y que en este nuestro utilísimo discurso entendemos que corresponden, por semejanza, para nuestro propósito, considerar cuatro. 

La primera es que ella es una y nada más que una; y no es posible asignarle otras especies ni diferencias. Y esta unidad es el supremo epíteto de Dios mismo, según toda la escuela teológica y también filosófica. 

La segunda correspondencia es la de la Santa Trinidad. Es decir, así como in divinis hay una misma sustancia entre tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de la misma manera una misma proporción de esta suerte siempre se encontrará entre tres términos, y jamás se puede encontrar algo de más o de menos, según se dirá.

La tercera correspondencia es que así como Dios, propiamente, no se puede definir, ni puede ser entendido por nosotros con palabras, de igual manera esta nuestra proporción no puede jamás determinarse con número inteligente ni expresarse con cantidad racional alguna sino que siempre es oculta y secreta, y los matemáticos la llaman irracional. 

La cuarta correspondencia es que, así como Dios jamás puede cambiar, y es todo en todo y está todo en todas partes, de la misma manera nuestra presente proporción siempre, en toda cantidad continua y discreta, sea grande o pequeña, es la misma siempre invariable y de ninguna manera puede cambiarse, ni tampoco puede aprehenderla de otro modo el intelecto, según nuestras explicaciones demostrarán. (Fray Luca Paccioli. La divina Proporción, fragmento del Cap. V, Parte I)

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En la antigüedad diversos de autores nos señalaron la perfecta conjunción entre Fe y ciencia, Fe y conocimiento. Fe que ilumina el conocimiento y conocimiento de da consistencia a la Fe. Fides quaerens intellectum. El conocimiento tiene su mística. Sería interesante recobrar el espacio místico de la ciencia en los tiempos que corren. Así podríamos dialogar de tú a tú, con quienes nos recriminan como ignorantes o anticientíficos.

Alguno se preguntará ... ¿No eran despreciados los sabios por parte de Dios? No. Son despreciados quienes se creen sabios y su soberbia les hace sordos a la voz de Dios.

Pensemos en la Epifanía. Cristo se reveló primero a los pastores y lo hizo por medio de la llamada del Ángel: "No temáis, porque he aquí os doy buenas nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor. Y esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre." (Lc 2, 10-12). Es evidente que Dios se revela a los pequeños antes que a nadie. Los pastores fueron los primeros en llegar, pero no fueron lo únicos. El primer puesto es para los pequeños y eso es un inmenso don de Dios.

Pero también hay personas que adoran a Dios con sencillez y limpio corazón, conociendo, estudiando y entendiendo su obra creadora. ¿Desprecia Dios la ciencia? ¿A quien más llamó Dios a su Epifanía? Vivieron los Magos de oriente ¿Cómo llamó Dios a estos Magos? No lo hizo un ángel, lo hizo por medio de una estrella. Una señal en el cielo que hablo a los Magos igual que el ángel a los pastores. ¿Se dan cuenta dónde estaba la voz de Dios? Los Magos lo oyeron perfectamente y no perdieron tiempo. Dejaron sus cómodos lugares y peregrinaron en pos de la revelación de Dios y la encontraron: "¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido para adorarle." (Mt 2,2)

Es complicado decir este tipo de cosas hoy en día. Decir que Dios habla por medio del la ciencia y el conocimiento parece imposible para creyentes y no creyentes.  Pero creo necesario indicar que la sencillez y limpieza de corazón son lo que permiten escuchar la llamada de Dios. Dios nos llama en el lenguaje que conocemos. ¿Seremos capaces de escucharlo? Esa es la pregunta crucial.


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Señor líbranos de toda soberbia. 
Danos la capacidad de entender a la Luz 
 que aleja toda tiniebla.
 Amén 

domingo, 28 de marzo de 2010

La divina proporción


Estamos entrando de la Semana Santa. Semana en que recordamos la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, desembocando en la Pascua de resurrección… la fiesta más importante de todo cristiano. 

La Semana Santa aparece actualmente distorsionada por la cultura del reclamo turístico y vacacional, pero aún así, se nos presenta como un signo que nos interpela comprensión más allá de de todos los velos profanos con que se nos oculta. Ante nosotros se presenta el memorial con visiones contradictorias, gozo – sufrimiento,  desesperanza y gloria, pecado – perfección, que tenemos de desentrañar con cuidado para no quedarnos en la parcialidad de lo aparente.

Quedándonos en lo puramente religioso, comprender la armonía existente entre el memorial del sufrimiento, muerte y el desenlace de la resurrección de Cristo, resulta imprescindible. Quizás esta semana sea la más propicia para ahondar en la proporcionalidad entre sufrimiento, gloria y esperanza.

Las casualidades nada casuales de la vida, me han dado noticia de un insigne matemático y fraile franciscano: Lucca Pacioli (1445-1517). Este matemático renacentista fue amigo y maestro nada menos que de Leonardo Da Vinci y su influencia se nota en los cuadros de este. Luca escribió su obra “De Divina Proportione” y Leonardo la ilustró.

Proporción, armonía y belleza, son palabras que en el mundo postmoderno y en proceso de deconstrucción permanente, resultan extrañas y hasta artificiales. Se habla de la plenitud del vacío con tanta ligereza como se habla de la armonía de la unidad. El término proporción ha sido relegado al desafectado formato del porcentaje.

Luca Pacioli dedicó su vida a estudiar la proporción divina (áurea o número Phi). Fue el primero que divulgó la existencia de esta proporción y de las diversas implicaciones geométricas, místicas y teológicas de este famoso número. La proporción o sección divina aparece cuando la proporción entre los subsegmentos que resultan de dividir un segmento (AB) por un punto intermedio (X), es tal que AB/AX sea igual que AX/BX. Lo que parece un trabalenguas resulta ser una proposición de hondas analogías teológicas.

Decía Luca Pacioli: “el segmento es uno sólo como Dios pero que se halla en tres términos como la Santísima Trinidad, no admite una expresión de cantidad racional como tampoco se puede definir a Dios con palabras humanas, no se puede cambiar como tampoco se puede cambiar a Dios, que es inmutable y, finalmente, es necesaria para la construcción del dodecaedro, que corresponde a los cuerpos celestes igual que Dios da el ser a los cielos.”

Dando un paso más. Entendemos por armonía el perfecto equilibro o proporción entre elementos diferentes. La armonía no se obtiene mediante proporciones finitas y sencillas… ya que su máximo exponente es precisamente el número Phi: 1,61802339887… con sus infinitos decimales. La armonía nunca aparece como razón finita y abarcable. Más bien es todo lo contrario. La armonía nos supera, nos admira y nos crea en nosotros la voluntad de unirnos a ella.

Volviendo a la pasión de Cristo, nuestra Fe nos debería llevar a entenderla como un todo armónico y trascendente. Tanto si pensamos en la pasión y solo vemos en ella la resurrección, como si solo vemos en ella su cruenta muerte, estamos destrozando la proporción existente entre ambas y al mismo tiempo destruyendo la inmensa y cósmica armonía que está presente en los sagrados acontecimientos. 

Si ignoramos esta armónica proporción, no seremos capaces de entender el memorial de la pasión, muerte y resurrección que se renueva en cada Eucaristía. Tampoco entenderemos la necesidad de encontrar la armonía de nuestros gozos y sufrimientos cotidianos. 

¿Qué sentido tiene sufrir? Sufrimos cuando avanzamos en al vida y esto se hace patente cuando nacemos y morimos. Los gozos se cimientan en los sufrimientos y la esperanza liga ambos en un todo armónico. Se desespera quien sufre sin esperar que haya sentido en el dolor que padece. Pero sufrimiento, gozo y esperanza actúan como los tres segmentos que definen la proporción divina. 

Una tendencia muy difundida entre los cristianos actuales defiende que Cristo nos salvó a pesar de la cruz. Pero Cristo nos salvó gracias a la cruz, ya sin ella no hubiera habido resurrección. Sin muerte no hubiera habido resurrección. Sin el extremo sufrimiento no hubiera aparecido el gozo tremendo de volver a la vida. El antiguo testamento atestigua y señala que únicamente un Mesías sufriente sería el verdadero enviado de Dios. Isaías lo deja claro en diversidad de ocasiones.

¿A que viene entonces desechar la proporción como inservible para el ser humano “moderno”? Simplemente nos encontramos con el trabajo del  gran disgregador que nos intenta enseñar que la armonía es unidad, que el vacío es plenitud, que el sufrimiento es innecesario y que la belleza no está en la proporción… sino en nuestra subjetividad. Hasta osa ofrecernos a Dios mismo como algo subjetivo de cada cual. Pero Dios es uno, unidad y unicidad. Dios es belleza trascendida y extrema. 

La belleza no es mera casualidad, ya que la encontramos cuando la armonía se basa en la proporción perfecta. Nada unitario puede reflejar la belleza en la tierra… ya que no existe nada unitario en el universo. Solo Dios es Uno y su unidad excede todo. Si queremos unidad, solo la encontraremos en Dios, no en nosotros ni en nada material o emotivo que nos rodee. Nosotros, en nuestras limitaciones y naturaleza imperfecta, solo podemos luchar por alcanzar la divina proporción … que nos proyecta hacia Dios.

Os dejo unos videos interesantes sobre el tema de Luca Pacioli y la proporción divina:




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Dios Santo e Inmortal
Ten compasión de nosotros
Ten misericordia de nosotros
Ilumina nuestros pasos hasta Cristo mismo, 
Palabra revelada, Logos dador de sentido a todo lo que existe.
Amén
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