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sábado, 20 de abril de 2024

Buscando el Símbolo perdido, pero en silencio


Las sociedad se burla de los cristianos y sobre todo, de quienes tenemos un sentido profundamente tradicional de la vida y de la fe. Les parecemos personas de "otra época". Personas que siguen una línea ideológica diferente a la que está instaurada y bien vista por la sociedad. Por eso, cuando señalamos que el "rey está desnudo", nos atacan, se rasgan las túnicas y hasta abren causas judiciales. Cada vez es más complicado llevar la Buena Noticia sin que las susceptibilidades de cristal griten desesperadas.

Uno de los elementos más importantes de la fe, son los signos que Dios nos ha dejado para que comprendamos su Voluntad y sigamos el Camino hacia Él. No lo digo yo, se puede leer en el Evangelio muy claramente:

"Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello" (Jn 6, 26-27).

¿Nos hemos dado cuenta de todos estos signos? Posiblemente nunca hemos llegado a pensar en ello. Nos han enseñado un Evangelio tipo comic. Un Evangelio que reduce la fe a sentimentalismo social. Por eso ignoramos estos signos, aunque sean referenciados en los Evangelios y por la Tradición Apostólica:

La naturaleza de los signos lleva consigo la propiedad de explicar la especie impresa en ellos, sin que pierdan nada de sí en el acto de sellar, porque a la vez que reciben cuanto en ellos se imprime, comunican también todo lo impreso. Este ejemplo no tiene suficiente capacidad para poder explicar la generación divina, porque en los signos hay materia previa, diversidad e impresión, por medio de las que se imprimen ciertas semejanzas de otras cosas superiores. Más el Unigénito de Dios, que se hizo Hijo del hombre por el Misterio de nuestra salvación, queriendo dar a conocer que posee en sí mismo la imagen del Padre, dice que ha sido sellado por Él. Y por esto puede entenderse que le fue dado poder para que nos preparase el alimento adecuado para conseguir la vida eterna, puesto que llevaba en sí toda la plenitud de la forma del Padre. (San Hilario de Poitiers. De Trin., 1, 8)

Nada de esto es nuevo. Ya pasó hace siglos cuando hubo que cuidar que el Mensaje y el Misterio Cristiano, no degeneraran para adaptarse a la sociedad. En los siglos II y II, se instituyó una regla de cuidado de la fe. Aunque se difundía el Evangelio, lo más importante y profundo, era cuidado especialmente. A este comportamiento lo llamamos modernamente: disciplina del arcano. No se trataba de crear una sociedad secreta para "elegidos". Lo que se buca es opacar lo más importante de nuestra fe para que no se corrompa ni sea despreciada. Se buscaba que no se viera en constante lucha y desprestigio social. Hoy en día hay voces diversas que reclaman retomar esta visión, sin que lleve consigo secretismo alguno. Lo cierto, es que ya en el siglo VI, se vió que era innecesaria esta práctica y desapareció. Creo que en la actualidad sería oportuno reflexionar sobre esto. Por ejemplo, pueden leer este texto del Card. Carlo María Martini: "Reflexiones sobre el sentido oscuro de Dios" (1997). 

Señalemos uno de los síntomas más preocupantes de esta persecución social de lo Trascendente. En nuestro tiempo hemos perdido la capacidad de ver más allá de lo aparente y obvio. No entendemos las palabras que Cristo cuando decía: No deis a los perros lo que es santo; no echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen” (Mt 7, 6). Tampoco entendemos que San Pablo dijera que él mismo alimentó a los fieles de Corinto “como... niños en Cristo” dándoles “leche para beber, no carne”, porque no eran capaces de soportarlo (1Cor., 3, 1-2). Queriendo imitar a San Pablo, reducimos la Buena Noticia a viñetas tipo cómic o a "cuentos de niños" y se nos olvida continuar con las catequesis mistagógicas que ayudan a ver la Fe de forma completa y profunda. Lo peligroso es quedarnos en esa simplicidad que ignora todo lo que trascendente. Juan Manuel de Prada cita a Castellani, que indica precisamente la conveniencia de reencontrarnos con el profundo Misterio de la fe por medio de signos y símbolos, siempre utilizados con cuidado y discreción. En otro artículo más actual (ABC 2023), Juan Manuel de Prada retoma este tema.

En la homilía de este pasado domingo de Resurrección, mi párroco, que es estupendo religioso, nos decía que las iglesias estaban llenas de cruces, pero no de resucitados. Me pregunté si este sacerdote y religioso, sabe que el altar es un símbolo de Cristo presente entre nosotros (Catecismo 1383). Este olvido se evidencia también en la forma en que se suele mover y utilizar el altar durante la misa. La reverencia que según se practique, explique y se viva, muestra nuestra capacidad de ver más allá de lo evidente y cotidiano. 

¿Cuál es entonces el símbolo perdido? Yo diría que es Cristo, que lo vamos reduciendo a un personaje a la medida de cada uno de nosotros.

sábado, 2 de marzo de 2024

Oremos para ver más allá de nosotros mismos.

Leamos un texto del maravilloso libro, El Iconostasio, de Pavel Florensky:

Lo mismo ocurre con los iconos: son representaciones visibles de espectáculos misteriosos y sobrenaturales», según la definición de san Dionisio Areopagita. El icono es siempre más de lo que él mismo es, cuando es una visión celestial; o menos, si el icono no le abre a una conciencia el mundo suprasensible, en cuyo caso solo se le puede llamar una tabla pintada. 

Es profundamente falsa esa corriente contemporánea según la cual el arte de los iconos se debe entender como un arte antiguo, como pintura. Es falsa sobre todo porque en ese caso se le niega a la pintura su fuerza particular: también la pintura en general es o bien más o bien menos que sí misma. Toda pintura tiene la finalidad de llevar al espectador, más allá del límite de los colores y de la tela perceptibles por los sentidos, a una determinada realidad. Y entonces la obra pictórica tiene en común con todos los símbolos en general su característica ontológica básica: ser aquello que simbolizan. Pero si el pintor no ha conseguido alcanzar sus objetivos, tanto en general como en el caso de un espectador en concreto, y la obra no conduce más allá de si misma a ningún lugar, entonces no se puede ni siquiera hablar de ella como de una obra de arte. En este caso decimos que no son más que garabatos, un fracaso, y cosas por el estilo. 

Ahora bien, el icono tiene como fin conducir la conciencia al mundo espiritual, de mostrar "espectáculos misteriosos y sobrenaturales". Si según la apreciación y, más precisamente, la intuición del espectador este objetivo no se consigue y en él no se despierta ni siquiera una vaga sensación de la realidad de otro mundo, del mismo modo que el olor a yodo con el que las algas impregnan el aire nos avisa de la presencia de mar, en ese caso solo podríamos decir de este icono que no forma parte de las obras de la cultura y que su único valor es material, y en el mejor de los casos, arqueológico. (Pavel Florensky. El Iconostasio. El templo, altar y el iconostasio)


Pavel Florensky fue un sacerdote ortodoxo, que vivió la entrada del comunismo en su país: Rusia. Fue matemático, profesor de universidad y predicador de una fe que casi ha desaparecido en la actualidad. Le propongo que piense en lo que Pavel nos indica, que generalizando su mensaje en toda obra que hagamos para mayor gloria de Dios. Sólo pensemos en un icono sagrado, sino en lo que escribimos, decimos o vivimos. Este mismo blog, aunque sea profundamente humilde y pequeño, intenta señalar la presencia de Dios en todo y todos. Una presencia trascendente que intenta ser imagen de Cristo mismo. Quiera el Señor ayudarnos a reflejar su imagen a los demás, porque esa sería la mejor de todas las evangelizaciones que podemos hacer.

Habla de lo sagrado y de la trascendencia de nuestras humildes obras, es similar a pintar un icono que muestre el Misterio de Dios entre nosotros. No porque quien pinta, escribe o actúa, tenga la Revelación completa y profunda de Dios. Es imposible tenerla, sino porque hacemos presente a Dios, como Misterio profundo, en medio del un mundo cada día más desquiciado y destrozado. Confieso que desde hace meses, me cuesta mucho escribir en este y otros blogs. Me cuesta porque veo que lo que muestro no es capaz de impactar en el mundo, como lo hizo en los primeros días. Es como si un iconógrafo ve que su humilde obra no es capaz de mostrar a Dios a los demás. Ya nadie mira su obra y se arrodilla. Lo mismo pasa con el mejor y más maravilloso icono.

Todo se ha convertido en piezas de museo que se miran y se admiran, sin que impacten profundamente en quienes las ven. Es como un poeta que se da cuenta que la poesía ya no llega a quienes la leen. Nadie comprende el lenguaje que empleamos para mostrar el Lenguaje de Dios con nosotros. Cristo ya no es el Logos, palabra que llena de sentido. Sin duda el enemigo ha trabajado bien en rápido con nuestra sociedad. La ha hecho sorda y ciega a la presencia trascendente de Dios. Nosotros nos hemos dejado cegar y taponar los oidos. Los hemos hecho a cambio de apariencias huecas, simulacros sin sentido y ruido mediático que nos aturde.

Lo más triste de todo esto, es que nos hemos ido alejando unos de otros. Ya casi no nos reconocemos y hasta tememos ser reconocidos. ¿Cómo vamos a amarnos unos a otros como Cristo nos amó? Es imposible porque desconfiamos y recelamos. Nos está sucediendo algo similar a la Torre de Babel, en la que la soberbia de llegar a Dios con nuestras fuerzas humanas, nos destrozó. ¿Qué podemos hacer? Sin dudarlo, trabajar la unidad entre nosotros. ¿Cómo hacer que los iconos sean de nuevo comprendidos? Esto sólo puede hacerlo el Espíritu Santo, como en Pentecostés. Recemos para que vuelva a darnos la gracia de ver más allá de nosotros mismos.


martes, 8 de agosto de 2023

Sentido del Misterio en este siglo XXI que vivimos.

Puerta lateral de la Iglesia de Santiago, Torun, Polonia.

"Yo estoy a la puerta y llamo; si alguien oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20)

Es verano y el calor nos ayuda a reflexionar con tranquilidad sobre lo que, durante el resto del año, casi no nos fijamos. ¿Por qué el Misterio Cristiano va perdiendo relevancia según pasan los años? Durante el Pontificado de BXVI, que Dios lo tenga en su gloria, el Misterio pareció revivir de forma milagrosa. Al menos se detuvo la caída que padecía desde los tiempos de la Revolución Francesa. 

En un sentido trascendente, el término "Misterio" se refiere a aquellas realidades que están más allá de la comprensión superficial, cotidiana y puramente evidente. El Misterio está asociado con aspectos profundos y ocultos de la existencia, la espiritualidad, la fe y la realidad. Para darnos cuenta del sentido del Misterio en el contexto actual, es necesario atender a las siguientes consideraciones:

Revelación personal: Los misterios a menudo están relacionados con experiencias de revelación personal y espiritual. Aquí, el individuo puede sentir que ha obtenido una comprensión directa e íntima de una verdad profunda que trasciende el conocimiento convencional.

Profundidad de conocimiento: Los misterios representan un nivel más profundo de conocimiento que no puede ser completamente capturado o explicado por las formas tradicionales de pensamiento o lógica. Estos conocimientos a menudo se transmiten a través de enseñanzas secretas, simbolismo y experiencias personales de revelación.

Simbolismo y alegoría: Los misterios a menudo se expresan a través de símbolos, analogías y alegorías que requieren una interpretación más allá de su significado literal. Un ejemplo son las parábolas. "El Reino de los Cielo es como..." nos permite entender de forma simbólica y alegórica, aquello que se nos hace imposible de entender por evidencias. Los Sacramento también se denominaban antes como Misterios, ya que exceden nuestra capacidad de comprensión y nos religan con Dios. Los símbolos pueden ayudar a hacer vivo aquello que es difícil de comunicar de manera directa.

Unión con Dios: En la Tradición Apostólica encontramos que los Misterios están relacionados con el deseo de unión con lo Divino, lo Trascendente. Acercarnos a los Misterios nos ayuda a tener más conciencia de lo que conecta, religa, con lo que está más allá de la realidad cotidiana.

Transformación personal: La exploración de los misterios a menudo conlleva un proceso de conversión profunda. Se trata de dejar que la Gracia de Dios haga el milagro de la transformación personal y espiritual. Al comprender y experimentar aspectos lo trascendente, las personas pueden experimentar cambios en su percepción, valores y sentido de propósito. Pero esto no ocurre por la "fuerza" personal, sino por la Gracia del Espíritu.

Exploración de la naturaleza de la realidad: Los Misterios también pueden involucrar preguntas profundas sobre la naturaleza de la realidad, la existencia y el propósito de la vida. Estas cuestiones a menudo desafían los paradigmas convencionales y pueden llevar a una comprensión más amplia de la realidad. Una realidad que padecemos sin llegar a comprender lo que hay tras ella.

Dicho todo esto, es necesario indicar que es complicado encontrar grupos o personas, que cultiven esta profunda devoción por los Misterios Cristianos. Lo normal es que seamos ignorados por las dos tendencias extremas: el tradicionalismo y el progresismo. No somos útiles para sus intereses humanos, por lo que no le llegamos a importar. Como pocos, casi nadie. No representamos peligro para el "status quo" del poder estructural eclesial.

En resumen, los Misterios representan conocimientos y experiencias que van más allá de lo superficial, cotidiano y lo evidente. Estos Misterios pueden estar relacionados con aspectos profundos de la existencia, la espiritualidad, la fe y la conciencia, y su búsqueda puede llevar a una mayor comprensión de la naturaleza de la realidad y la conexión con Dios. Nos ayudan a estar en "sintonía" con la melodía de la creación. Somos pocos, pero no dejamos que la llama de la lámpara se apague. 

sábado, 6 de mayo de 2023

Clemente de Alejandría. ¿Qué es el Misterio Cristiano?


¿Qué es el Misterio Cristiano? Sin duda no es algo que haya sido ocultado por el ser humano. Tampoco es un conocimiento que unos pocos conozcan. ¿Por qué tan pocas personas han recibido catequesis sobre ello?

El Señor no reveló a muchos lo que no estaba al alcance de muchos, sino a unos pocos, a los que sabía que estaban preparados para ello, a los que sabía que podían recibir la palabra y configurarse con ella. Los Misterios, como el mismo Dios, se confían a la palabra (viva), no a la letra. Y si alguno objeta que está escrito que «nada hay oculto que no haya de manifestarse, ni escondido que no haya de revelarse» (Mt 10, 20), le diremos que la misma palabra divina anuncia que el secreto será revelado al que lo escucha en secreto, y que lo oculto será hecho manifiesto al que es capaz de recibir la tradición transmitida de una manera oculta, como la verdad. De esta suerte, lo que es oculto para la gran masa, será manifiesto para unos pocos. ¿Por qué no todos conocen la verdad? ¿Por qué no es amada la justicia, si ella está en todo el mundo? Es que los Misterios se comunican de manera misteriosa, para que estén en los labios del que habla y de aquel a quien se habla; o, mejor dicho, no en el sonido de la voz, sino en la inteligencia de la misma. Dios concedió, en efecto, a la Iglesia, «que unos fueran apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros, para perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4, 14) 21. (Clemente de Alejandría. Stromata. I, 1, 13, 2)

El Misterio Cristiano es la misma Gracia de Dios que nos transforma para ser bienaventurados. Nos transforma según el designio de Dios. Cada cual con su carisma y talentos. Todos, unidos y reunidos en Nombre del Señor, conformamos un maravilloso mosaico. Pero no nos podemos quedar como elementos pasivos e indiferentes. Dios llama a nuestra puerta y espera a que le abramos. ¿Por qué ignoramos que espera a que nosotros le invitemos a entrar?

Tenemos que rogar a Dios que haga posible para que abramos la Puerta cuando Él llama. Sólo Él tiene Palabras de Vida Eterna. Él es el Logos de Dios. No le dejemos esperando fuera.

sábado, 8 de abril de 2023

¡Christos anesti! ¡Cristo ha resucitado!


Según nos relata San Lucas, María Magdalena y Juana, y María, madre de Santiago, fueron al sepulcro y se encontraron a dos ángeles que les indicaron que no buscaran allí a Quien ha resucitado. Beda el Venerable, uno de los Primeros Padres de la Iglesia, nos habla de ello y del significado de cada elemento del relato de San Lucas.


En sentido místico puede decirse que las mujeres vinieron muy temprano al sepulcro, dándonos un ejemplo, para que vengamos a recibir el cuerpo del Señor tan pronto como desaparezcan las tinieblas de los pecados. Porque aquel sepulcro es figura del altar del Señor, en que los misterios del Cuerpo de Cristo deben consagrarse no en seda ni en paño teñido, sino en hilo puro, imagen de la sábana con la que José lo envolvió; porque el lienzo puro debe consagrarse. Y así como El ofreció a la muerte todo lo que tenía de humano, por testimonio de gratitud debemos ofrecerle sobre su altar, lo más puro de cuanto produce la tierra, lo más inocente y mortificado por medio de la penitencia, así ofreceremos el lino sobre el altar. Los aromas que llevaron las mujeres significan el olor que deben producir nuestras virtudes y la suavidad de nuestra oración, con las que debemos aproximarnos al altar. La separación de la losa representa la resiembra de los misterios que estaban encubiertos con el velo de la letra de la Ley, escrita en piedra. Pero una vez quitada la piedra que cubría el cuerpo del Señor no se le encuentra muerto sino que se le anuncia vivo, porque aun cuando hemos visto vivir a Jesús en carne mortal, ahora ya no lo vemos. "Si conocimos a Cristo según la carne, mas ahora ya no le conocemos" (2 Cor 5,16). Como vemos que los ángeles se encuentran rodeando el cuerpo del Señor en el sepulcro, así debemos creer que también se encuentran tributándole homenaje en la consagración. Por lo tanto nosotros, a imitación de las santas mujeres, cuantas veces nos acerquemos a los Sagrados Misterios, debemos inclinar nuestra frente al suelo por respeto a los ángeles y reverencia a la Santa Ofrenda, recordando que somos tierra y ceniza (Beda el Venerable. Catena Aurea Lc 24, 12)

¡ Christos anesti. Alithos anesti !
¡ Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado ¡

jueves, 21 de febrero de 2019

Ver a Dios


El espíritu que se vuelve hacia Dios suspende todos los conceptos y ve entonces a Dios sin imagen y sin forma; y en la incognoscibilidad suprema, en la gloria inaccesible, Él ilumina su mirada. No comprende -pues su objeto es incomprensible- y sin embargo conoce, en verdad, a Aquél que es, en esencia, el único que posee aquello que sobrepasa al ser. En la desbordante beatitud que brota de este conocimiento alimenta su amor y conoce así un reposo bienaventurado y sin límites. Tales son los caracteres del verdadero recuerdo de Dios.Teolepto de Filadelfia

Al llegar al monte de Dios, el Horeb, el profeta Elías entró en una cueva y permaneció allí. El Señor le dijo: "Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar". Así lo hizo Elías, y al acercarse el Señor, vino primero un viento huracanado, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Se produjo después un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se escuchó el murmullo de una brisa suave. (1 Re 19, 9)


¿Aún queremos ver a Dios? No se trata de querer, sino de ser. Si no lo vemos es que tenemos cerrados los ojos del espíritu y nuestro entendimiento cierra las puertas del alma. Quien cierra su ser a Dios, sólo acumula suciedad, pecado y desesperación. Quien vive en la desesperanza, teme abrir los ojos a Dios.

Dios está en la brisa tenue que mueve el universo. No puede ser visto de forma directa, pero a través del orden y la belleza, tenemos constancia de su presencia constante. Para ver a Dios hay que ser, porque la mentira, lo que no es, siempre nos intenta engañar por medio de apariencias y contrasentidos. Un corazón limpio ve a Dios en todo lo que le rodea. Sobre todo, en la brisa tenue que pasa desapercibida por la mayoría de de nosotros

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

(Mt 5,8).

jueves, 23 de agosto de 2018

Los Misterios nos hablan del camino hacia Dios



San Ambrosio de Milán tiene una breve obra llamada "Los Misterios". Es un resumen de las catequesis mistagógicas que se recogen una obra más extensa, llamada "Los Sacramentos". Hoy en día nos parece innecesario andar con "misterios", ya que nos parece que lo conocemos todo. ¿Qué son los Misterios? Podríamos decir que son la profundidad de la Revelación de Dios. Una profundidad que pasa desapercibida para la mayoría de los católicos. Leamos lo que San Ambrosio nos dice:

1. Cada día hemos tenido una instrucción moral cuando se hizo lectura de los hechos de los Patriarcas o de las máximas de los Proverbios, a fin de que instruidos y educados con ellos os acostumbréis a entrar en las vías de nuestros antepasados, a seguir su camino y a obedecer los oráculos divinos, y, así, renovados por el bautismo, viváis como corresponde a los que han sido purificados.

2. Ahora el tiempo nos invita a hablar acerca de los Misterios y a daros la explicación misma de los sacramentos. Si hubiésemos pensado insinuároslo antes del bautismo, cuando aún no estabais iniciados, se hubiera considerado esto como traición de nuestra parte, más que como tradición. Además, la Luz de los Misterios penetra mejor en aquellos que no se lo esperan, que si se lo hiciera preceder de alguna disertación.

3. Abrid, pues, los oídos, y aspirad el buen olor de la vida eterna que os ha sido derramado mediante el don de los sacramentos. Es lo que os hicimos notar cuando dijimos, al celebrar el misterio de la “apertura”: “¡Effeta!, es decir, ábrete" , para que todos los que iban a venir a la gracia supieran lo que se les preguntaría y se acordaran de lo que debían responder.

4. Cristo celebró este Misterio en el Evangelio -como leemos- cuando curó al sordomudo. Pero El tocó la boca porque curaba no sólo a uno que era mudo, sino también a uno que era varón: por una parte, porque quería abrirle la boca para el sonido de la voz que en ella infundía, y, por la otra, porque este tacto que convenía a un varón, no hubiera sido conveniente hacerlo a una mujer  (Los Misterios. I, 1-4)

¿Por qué los Misterios? Porque Dios desea soplar sobre nuestros oídos y tocar nuestra lengua. De esa forma, entenderemos lo que nos Revela y sabremos señalar a otros el mismo camino que estamos andando nosotros. Desgraciadamente, hoy en día entendemos la fe de forma únicamente emotiva y vivencial. Nos han hecho creer que en los primeros tiempos todo era emoción y nada era entendimiento. Por eso la Liturgia actual se ha convertido en algo que casi nadie llega a entender. Por eso la fe ya no es algo sólido y sustancial. Hoy cada cual cree lo que le gusta o siente y lo que es peor, nadie se atreve a buscar los verdaderos fundamentos de lo que creemos, esperamos y realizamos.

¿Para qué los Misterios? Para que la Gracia de Dios nos permita abrir el corazón a Cristo y nos sentemos a escuchar al Logos.

Pd. Gracias a Arantza por su amable y reconfortante comentario. Que Dios le bendiga.

sábado, 30 de enero de 2016

Secreto, sigilo y prudencia.


Ojalá me sea concedido esto, y tú amigo Teófilo, con un continuo ejercicio de la contemplación mística abandona las sensaciones y las potencias intelectivas, todo lo sensible e inteligible y todo lo que es lo que no es, y, en la medida posible, dejando tu entender esfuérzate por subir a unirte con aquel que está más allá de todo ser y conocer. En efecto, si te enajenas puramente de ti mismo y de todas las cosas con enajenación libre y absoluta, habiendo dejado todo y libre de todo serás elevado hasta el rayo supraesencial de las divinas tinieblas.

Pero procura que no escuche estas cosas ningún profano; me refiero a quienes se contentan con los seres y no se imaginan que hay algo superior supraesencialmente a los seres, sino que creen que con su razón natural pueden conocer al que puso «la oscuridad por tienda suya» (Sal 17,12). Y si la iniciación en los misterios divinos les supera a éstos, ¿qué podríamos decir de los que son aún más ignorantes, aquellos que describen a la Causa suprema de todos los seres valiéndose de los seres más bajos que existen, y afirman que Ella no es superior en nada a los impíos y multiformes ídolos que ellos se inventan? (Pseudo Dionisio Areopagita. Teología Mística)

Para el ser humano del siglo XXI es sorprendente la indicación al secreto-sigilo que se incluye en este texto del Pseudo Dionisio Areopagita. Hoy en día, que todo ha sido develado y todo es conocido ¿Qué sentido tiene un secreto ante quienes se acercan a la fe desde la prepotencia o desde la idolatría? Podríamos decir que no tiene sentido como guardar ningún secreto, ya que "... no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz" (Lc 8, 17). Lo que sí tiene sentido es guardar prudencia tal como indica este consejo evangélico: "No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose os despedacen." (Mt 7, 6). No se trata de ocultar, sino de saber transmitir al nivel que cada persona pueda entender los Misterios que conforman nuestra fe.

Si una persona sólo cree en sus ídolos e ideologías, de nada vale que le hablemos de nuestra fe, porque será imposible comunicar. Nada podrá sacar de ello y siempre puede enfadarse y atacarnos. Tenemos que ser prudentes sin por ello guardar secreto alguno. La evangelización es una llamado, una reclamo, un ofrecimiento para que quienes sufren y desean consuelo, sepan donde pueden ir, pero las "perlas" nunca pueden ser entregadas a quienes husmean y desconfían. Los Misterios que conforman nuestra fe deben esperar a que la persona haya encontrado la confianza en el Señor. Entonces se puede hablar de ellos y mostrar el esplendor que traen consigo. Hoy en día estamos viviendo la triste evidencia de la continua profanación de lo sagrado. Los Misterios se banalizan y se reinventan desde puntos de vista ideológicos. Los Sacramentos se han convertido en un campo de lucha social, mientras que la oración ha desaparecido de la vida cotidiana del cristiano.

Un claro ejemplo de esta lucha la podemos encontrar en el Sínodo de la Familia, donde se han planteado las bases para despojar a los Sacramentos de su sentido y su forma. Se ha puesto en cuestión la validez del Signo Sacramental, dando lugar a que ahora nadie sepa si los Sacramentos recibidos han sido válidos. Hace unos días leía un comentario postmodernos a la exclamación: "Hemos perdido el norte" que me puso los vellos de punta. Decía que: "¿Hemos perdido el norte?, no pasa nada. Así podemos encontrar nuevos caminos". Una gran cantidad de personas que se dicen cristianas y católicas, han perdido el norte y lo peor, están contentos de haberlo hecho. Quiera el Señor que no estrellen sus naves contra las rocas de la costa ni se pierdan para siempre en el mar de lo profano. Quiera el Señor que su temeridad no afecte a la Barca de la Iglesia.

sábado, 9 de enero de 2016

Misterio Cristiano cumple 7 años


Tal día como hoy, pero en el año 2009, publicaba mi primer post. Han pasado 7 años y esta cantidad de tiempo merece celebrarse. El número siete indica una cantidad de tiempo que da plenitud y tiene sentido para nosotros.  Cristo nos dijo que perdonáramos hasta setenta veces siete. Además, el blog está cercano a las 100.000 visitas. 

El post más visitado es: ¿Qué es lo sagrado? con más de 9000 visitas y uno de los primeros puestos en las búsquedas de google. Si buscan ¿Qué es lo sagrado en google? se darán cuenta de la relevancia del post. Le siguen De lo Divino y lo humano. De lo Sagrado y lo profano. con más de 3000 y El tiempo sagrado con más de 2000. 

En el primer post del blog hacía referencia a una de las frases de Cristo que mejor definen qué es el Misterio Cristiano:

“Los discípulos se acercaron y le preguntaron: ¿Por qué le hablas a la gente en parábolas? Él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los Misterios del Reino de los Cielos; mas a ellos no les es dado. Al que tiene, se le dará más y tendrá en abundancia. Al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará”. (Mt 13,10-12)

A unos se les da en abundancia, a otros se le quita hasta lo que tienen. A unos se le habla directamente de los Misterios del Reino y a otros no les es posible acceder a ellos porque se enuncian mediante parábolas, símiles o símbolos. Hoy en día nos rasgamos las vestiduras por lo poco igualitario que parece ser Dios. Tengo que señalar que la Iglesia ha dado unos cuantos pasos atrás desde ese año 2009. En aquel momento algunas personas nos dedicamos a ahondar en el Misterio y difundirlo como parte sustancia de la fe cristiana apostólica. Hoy en día muchos de estas personas, desgraciadamente, han tirado la toalla. Unos pocos pertinaces y obstinados seguimos adelante. ¿Por qué seguimos? Lo contesto con una frase del mismo Cristo:

Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse, ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un celemín, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. (Mt 5, 14-15)

Cuando una persona tiene esa Luz viva en el corazón, es difícil que decida esconderla debajo de un cajón de medidas (Celemín). La medida es la ley irracional creada discrecionalmente por el se humano. La Luz no se puede medir, cuantizar o retener por el ser humano. La Luz se pone en un candelero para que alumbre y evidencia lo que está en orden y en desorden dentro de la casa. Quiera el Señor que esta Luz no se extinga en mi corazón y siga escribiendo de vez en cuando sobre estos temas.

Aunque la situación eclesial es preocupante, la esperanza nunca desaparece. ¿Cuándo no ha estado perseguida la fe y la Verdad? No es posible quejarse cuando Cristo nos ha dado la respuesta a nuestras dudas:

¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? (1Co 6, 19

Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. (Jn 4, 21-24)

martes, 25 de diciembre de 2012

¡Feliz Navidad!

«Salten de júbilo los hombres, salten de júbilo las mujeres; Cristo nació varón y nació de mujer, y ambos sexos son honrados en Él. Retozad de placer, niños santos, que elegisteis principalmente a Cristo para imitarle en el camino de la pureza; brincad de alegría, vírgenes santas; la Virgen ha dado a luz para vosotras para desposaros con Él sin corrupción. Dad muestras de júbilo, justos, porque es el natalicio del Justificador. Haced fiestas vosotros los débiles y enfermos, porque es el nacimiento del Salvador. Alegraos, cautivos; ha nacido vuestro redentor. Alborozaos, siervos, porque ha nacido el Señor. Alegraos, libres, porque es el nacimiento del Libertador. Alégrense los cristianos, porque ha nacido Cristo» (San Agustín, Sermón 184)

En verdad hemos de alegrarnos, porque Cristo nace esta noche. ¿Dónde nace? Nace en nuestros corazones. Nació en los que nos precedieron llenándoles de esperanza y nacerá en los corazones de todos aquellos que le esperarán en el futuro. Nuestro corazón es como aquella cueva-establo de Belén, que esperaba ver nacer al Señor. Cristo no nació en una estancia rica, ni limpia, ni noble, sino en un establo, con la sencillez y la suciedad que se puede esperar de un sitio así. De la misma forma, el Señor no espera que nuestro corazón sea rico, limpio ni refulgente. El, al nacer, lo transformará en un lugar nuevo. Un lugar digno del hijo de Dios mismo.

Esto nos hace llenarnos de esperanza y de júbilo. Pero la alegría no debe ser flor de un día, sino que debe acompañarnos todo el año hasta la próxima Navidad. Seguramente habrá personas que frunzan el seño y piensen que festejamos al que nunca llegó y que nunca volverá. No se lo tengamos en cuenta. En nuestra alegría, seamos humildes y sinceros.

«Es la misma humildad la que da en rostro a los paganos. Por eso nos insultan y dicen: ¿Qué Dios es ése que adoráis vosotros, un Dios que ha nacido? ¿Qué Dios adoráis vosotros, un Dios que ha sido crucificado? La humildad de Cristo desagrada a los soberbios; pero si a ti, cristiano, te agrada, imítala; si le imitas, no trabajarás, porque Él dijo: Venid a mí todos los que estáis cargados». (San Agustín. Comentario al Salmo 93)

¿Cómo podemos encontrar al Niño si no los buscamos? ¿Cómo podemos conocer a quien no deseamos? Benedicto XVI, en el Ángelus de este pasado lunes, nos pide que “imitemos también a Isabel que recibe al huésped como Dios mismo: sin desearlo, no conoceremos nunca al Señor, sin esperarlo no lo hallaremos, sin buscarlo no lo encontraremos” (Benedicto XVI, Ángelus 24-12-12) Hay quien no busca a Dios, pero también hay quien huye de El. Son los que nos preguntan con sorna por aquel que nos salvado y que nace en nuestro corazones. Hablan de nosotros diciendo que actuamos con soberbia al no aceptar que puede ser que no haya existido Cristo, pero quien lo ha sentido nacer en su corazón, tiene la certeza de su existencia. Quien no ha sentido nunca el calor del pesebre en su corazón, no podrá aceptar que Cristo haya nacido, nazca y nacerá en cada uno de nosotros.

«Yacía en el pesebre, y atraía a los Magos del Oriente; se ocultaba en un establo, y era dado a conocer en el cielo, para que por medio de él fuera manifestado en el establo, y así este día se llamase Epifanía, que quiere decir manifestación; con lo que recomienda su grandeza y su humildad, para que quien era indicado con claras señales en el cielo abierto, fuese buscado y hallado en la angostura del establo, y el impotente de miembros infantiles, envuelto en pañales infantiles, fuera adorado por los Magos, temido por los malos» (San Agustín. Sermón 220,1)

La Epifanía es la manifestación de lo Alto, que nos llena de sentido y de esperanza. Ojalá fuesen Epifanía todos y cada uno de los días de nuestra vida.  Feliz Navidad

domingo, 23 de diciembre de 2012

«Viene el que puede más que yo»

Juan no tan sólo habló en su tiempo anunciando el Señor a los fariseos, diciendo: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (Mt 3,3). También hoy clama en nosotros, y su voz de trueno estremece el desierto de nuestros pecados. Incluso enterrado en el sueño del martirio, todavía resuena su voz. Hoy nos sigue diciendo: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».

Juan Bautista ordenó preparar el camino al Señor. Veamos cuál es ese camino preparado al Salvador. De un cabo al otro ha trazado y ordenado perfectamente su camino para la llegada de Cristo, porque en todo fue sobrio, humilde, austero y virgen. Por eso al narrar éstas virtudes suyas, el evangelista dice: «Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero en la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre» (Mt 3,4). ¿Hay signo más grande de humildad en un profeta que el desprecio de sus vestidos mullidos y vestirse con pelos ásperos? ¿Hay una señal más profunda de fe que estar siempre a punto para cualquier servicio, con un simple taparrabo atado a la cintura? ¿Hay una señal más esplendorosa de abstinencia que renunciar a las delicias de esta vida y alimentarse de saltamontes y miel silvestre?

Según mi parecer, todas estas actitudes del profeta eran proféticas en sí mismas. Cuando el mensajero de Cristo llevaba un vestido áspero, de piel de camello, ¿no significaba todo ello simplemente que Cristo, en su venida, se revestiría de nuestro cuerpo humano, hecho de un tejido espeso, áspero por sus pecados?... El cinturón de piel significa que nuestra frágil carne, que antes de la venida de Cristo estaba orientada hacia el vicio, él la conduciría a la virtud. (San Máximo de Turín. Sermón 88)

Juan el Bautista puede ser, en cierto sentido, un modelo para los evangelizadores. El no se preocupó de hacer llegar el Mensaje de Dios, sino de anunciar a quien lo iba a difundir. «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos»

Los evangelizadores deberíamos ser personas austeras, que evidenciáramos que no somos más que simples recipientes del kerigma. Juan fue una persona capaz de llevar la Esperanza a quien le quisiera escuchar y lo hacia sin miedo a lo que le pudieran acarrear sus palabras

Es interesante detenernos a pensar en cómo anunciamos la venida de Cristo, fijándonos en cómo anunciamos la navidad.

La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el Año litúrgico: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador" (...). Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado —Dios ha venido— ni el futuro, —Dios vendrá—, sino el presente: “Dios viene". Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento "Dios viene". (Benedicto XVI, Homilia 1º domingo de Adviento 2006)

¿La Navidad ocurre? ¿Ocurrió u ocurrirá? La Navidad ocurre en cada momento de nuestra vida, aunque la festejemos el 25 de diciembre. De ahí procede la Esperanza que todo cristiano lleva con el. Por eso Juan el Bautista habla en presente al llamar a que allanemos y preparemos el camino al Señor. La Navidad es un tiempo presente que nos da sentido todo el año y con especial relevancia, en el tiempo de Adviento.

Si han seguido las noticias, seguramente sabrán que en las felicitaciones del Parlamento Europeo no existe la menor referencia a la Navidad y el cristianismo. Europa nació como cristiandad y es triste que nuestros políticos intenten borrar el sustrato cristiano de las fechas que vivimos. Sin duda buscan ser “políticamente correctos” para no “ofender” a colectivos anticristianos diversos. Lo que si es evidente es que olvidan la Esperanza que significa el Nacimiento del Hijo de Dios. ¿Qué esperanza tendríamos si únicamente tuviéramos que confiar en estos políticos?

Se acerca la Navidad, así que no nos privemos de felicitar la Navidad a quienes nos rodean. Feliz Navidad estimado lector.

domingo, 9 de diciembre de 2012

¡Hoy hemos visto cosas extraordinarias!


Dulce es la luz, y qué bueno es contemplar el sol con los ojos de la carne...; por eso ya dijo Moisés: «Y Dios vio la luz, y dijo que era buena» (Gn 1,4)...

Cuán bueno es pensar en la grande, verdadera e indefectible luz «que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9), es decir, Cristo, el Salvador y libertador del mundo. Después de haberse desvelado a los ojos de los profetas, se ha hecho hombre y ha penetrado hasta las profundidades más hondas de la condición humana. Es de él que habla el profeta David: «Cantad a Dios, tocad en su honor, alfombrad el camino del que avanza por el desierto; su nombre es el Señor: alegraos en su presencia» (Sl 67, 5.6). Y también Isaías, con su potente voz: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9,1)...

Así pues, la luz del sol vista por nuestros ojos de carne anuncia al Sol espiritual de justicia (Ml 3,20), el más bello de cuantos se han levantado para aquellos que han tenido el gozo de ser instruidos por él y de mirarle con sus ojos de carne, mientras vivía entre los hombres como un hombre cualquiera. Y, sin embargo, él no era un hombre cualquiera, puesto que había nacido verdadero Dios, capaz de devolver la vista a los ciegos, de hacer caminar a los tullidos, de hacer oír a los sordos, de purificar a los leprosos y, con una sola palabra, devolver a los muertos, la vida. (Lc 7,22). (San Gregorio de Agrigento, Sobre el Eclesiastes, libro 10,2; PG 98, 1138)

¿Hemos visto nosotros la Luz? Tal vez, pero nunca hemos podido contemplarla en todo su esplendor. Siempre interponemos algo para que el resplandor no nos deje ciegos todo lo que nos ata a este mundo. Muchos no alcanzamos a ver más que tenues luces entre la oscuridad, a la que nos lleva nuestra ceguera. Pero tenemos Esperanza, “nacido verdadero Dios, capaz de devolver la vista a los ciegos” e incluso “devolver a los muertos, la vida”. ¿Qué podemos temer? Sin duda lo que tenemos que temer es nuestra propia ceguera, porque la podemos utilizar como escusa para negar la existencia de la Luz.

Estamos ciegos y no deseamos perder la cómoda oscuridad que nos protege del compromiso. No somos como el pueblo que indica Isaías “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló”. A nuestra sociedad no le gusta la Luz, la teme y la rechaza. ¿Qué podemos hacer? Nada por nosotros mismos. Cristo es el único capaz de curar la ceguera que padecemos, pero hemos de acércanos e implorar su ayuda. Dos siglos de avances de la ciencia y la técnica, nos han hecho olvidar que las herramientas nunca pueden sustituir al artista. Ahora adoramos las herramientas como si, por si solas, pudieran salvarnos.

Los cristianos no debemos idolatrar las herramientas que Dios nos ha dado ni poner nuestra esperanza en el desarrollo del conocimiento humano. Podemos ver que los problemas de la sociedad nunca disminuyen y si parecen desaparecer, tras unos años aparecen de nuevo. La ciencia y la técnica no son la respuesta final que necesita el ser humano.

Decía Benedicto, ayer día 8, en el tradicional mensaje en el día de la Inmaculada:

Hay una segunda cosa, aún más importante, que la Inmaculada nos dice cuando estamos aquí, y es que la salvación del mundo no es obra del hombre - de la ciencia, de la tecnología, de la ideología -, sino es por la gracia.

A  veces ponemos nuestras esperanzas en planes, programas e iniciativas humanas. Cierto es que estas estructuras son necesarias, pero por si solas no pueden nada. Son incapaces desde el mismo momento que las ideamos. Sólo la Gracia del Señor puede dotar a estas estructuras de vida. Sólo el Artista, puede tomar las herramientas y dar lugar a la obra de arte que sólo El puede crear.

Muchas veces esperamos que los proyectos den fruto por ellos mismos y no nos damos cuenta que es Dios quien se hace cargo de llenar de sentido y vida aquello que nosotros humildemente proponemos. La Esperanza está en Cristo y por ello hemos de aceptarlo y ponernos a su disposición.

domingo, 11 de noviembre de 2012

No pueden coexistir el Reino de Dios y el reino del pecado.

No pueden coexistir el Reino de Dios y el reino del pecado. Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo «el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal» antes bien, mortifiquemos «todo lo terreno que hay en nosotros» y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos «por estrado de sus pies», y sean reducidos a la nada en nosotros todos «los principados, todos los poderes y todas las fuerzas».

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y «el último enemigo, la muerte», puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» Ya desde ahora este nuestro ser «corruptible», debe revestirse de santidad y de «incorrupción», y este nuestro ser, «mortal», debe revestirse de la «inmortalidad» del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios sobre nosotros, comencemos ya a disfrutar de los bienes del nuevo nacimiento y de la resurrección. (Orígenes. La oración, 25; GCS 3, 356)

Orígenes nos muestra una realidad incontestable, no pueden coexistir en un mismo acto pecado y virtud. El Reino de Dios con lleva la virtud y la reino del pecado, conlleva la muerte, el dolor y el sufrimiento. Incluso si utilizamos la semántica y la ideología para desdibujar u ocultar el pecado, el sufrimiento no desaparece.

Orígenes no indica que “mortifiquemos «todo lo terreno que hay en nosotros»”. ¿Qué significa esto? No se trata de demoler la naturaleza humana que portamos con nosotros, sino depurarla del pecado que corrompe y destruye la propia naturaleza. Hay que saber discernir bien y no intentar destruirnos como personas. Esto se ve mucho más claro en la siguiente frase, que dice lo mismo, pero en formato positivo: “fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual

Es interesante la indicación sobre el destino de la fructificación del Espíritu en nosotros “todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos «por estrado de sus pies», y sean reducidos a la nada en nosotros todos «los principados, todos los poderes y todas las fuerzas».” Ya no reinará el relativismo y el conformismo que nos lleva a arrodillarnos ante los poderes políticos que nos imponen modelos de ser humano y sociedad, contrarios a nuestra naturaleza. Pero para ello hemos de rebelarnos a los poderes y principados que dominan el mundo. Rebelarnos internamente, ya que “todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y «el último enemigo, la muerte», puede ser reducido a la nada”.

Si cada uno de nosotros cambia y se convierte el mundo se convertirá en el Reino de Dios y dejará de ser el “reino del pecado”. Para ello “este nuestro ser, «mortal», debe revestirse de la «inmortalidad» del Padre”, es decir, debe ser transformado por la Gracia del Señor para que podamos fructificar por el Espíritu. De esta forma, “reinando Dios sobre nosotros, [comenzaremos] ya a disfrutar de los bienes del nuevo nacimiento y de la resurrección

Es maravilloso entender el mensaje que nos hace llegar Orígenes. Es un mensaje lleno de Esperanza y Caridad. Dejarnos transformar por el Espíritu es  conseguir ser seres humanos completos y perfectos. Conformarnos con nuestros defectos y pecados, sólo nos trae más sufrimientos y desdichas.

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y «el último enemigo, la muerte», puede ser reducido a la nada.

Miremos el ejemplo de los santos y nos daremos cuenta que es posible.

domingo, 21 de octubre de 2012

Los argumentos de los que rechazan al Espíritu


Que se acaben pues los argumentos de los que rechazan al Espíritu. El Espíritu Santo es uno, derramado por todas partes, iluminando a todos los patriarcas, los profetas y a todo el coro de aquellos que han participado en la redacción de la Ley. Fue él quien inspiró a Juan el Bautista ya desde el seno de su madre; fue, en fin, derramado sobre los apóstoles y todos los creyentes  para que conozcan la verdad que les es dada gratuitamente.

¿Cuál es la acción del Espíritu en nosotros? Escuchemos las palabras del mismo Señor: “Tengo todavía muchas cosas por deciros, pero ahora no las podríais soportar. Os conviene que yo me vaya, porque si me voy os enviaré un defensor, el Espíritu de la verdad que os hará conocer la verdad entera” (Jn 16,7-13). En estas palabras se nos revelan tanto la voluntad del dador, como la naturaleza y el papel a desempeñar de aquel que nos va a dar. Porque nuestra flaqueza no nos permite conocer ni al Padre ni al Hijo; el misterio de la encarnación de Dios es difícil de comprender. El don del Espíritu Santo, que por su intercesión se hace nuestro aliado, nos ilumina…

Ahora bien, este don único que está en Cristo se nos ofrece a todos en plenitud. No falta en ninguna parte, pero se da a cada uno según la medida del deseo del que lo quiere recibir. Este Espíritu Santo permanece en nosotros hasta la consumación de los siglos, es nuestra consolación en la espera, nos es garantía de los bienes de la esperanza que ha de venir, es la luz de nuestros espíritus y el esplendor de nuestras almas. (San Hilario de Poitiers, La Trinidad, 2, 31-35) 
San Hilario de Poitiers nos habla del Defensor, el Paráclito, el Espíritu Santo que Cristo envió a los Apóstoles y que inundó la primera cristiandad. ¿Dónde está el Espíritu hoy en día? Para muchos parece que no existiera y que hubiera desaparecido de la tierra, pero no es así. 
Cristo nos indica se comunicará nos nosotros a través del Espíritu Santo y que esa comunicación será, además, la que nos permita conocer la Verdad y la Voluntad de Dios. Pero ¿Cómo es que no lo tenemos todos los cristianos? San Hilario nos dice que el Espíritu actúa en nosotros en la medida que nosotros le permitimos actuar. Por ejemplo, nos gustaría ser buenos evangelizadores pero nos aterra que nos señalen con un dedo y nos menosprecien. Esto nos hace dar un paso atrás y cerramos las puertas al Espíritu. Entonces aparece un efecto en nuestro corazón: perdemos la Esperanza y nos sentimos incapaces. 

A veces pienso que la desesperanza en la medida de lo cerrado que tenemos el corazón al Espíritu. A le memoria me viene la carta a la Iglesia de Laodicea: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20) 

Dice San Hilario “El don del Espíritu Santo, que por su intercesión se hace nuestro aliado, nos ilumina” Que gran verdad, ya que de otra manera vivimos en la oscuridad causada por nuestro egoísmo y ceguera. Nuestra sociedad es una sociedad cerrada al Espíritu y por lo tanto desesperanzada. Una sociedad que mata a sus propios hijos y los hijos que sobreviven, ya mayores, salen a las calles gritando que quieren quemar a los curas, no es una sociedad feliz. 

Tal vez suene repetitivo, pero una sociedad tan llena de sufrimientos es una sociedad necesitada de Cristo. Nosotros tenemos la misión de acercar a Cristo a tantos sufrientes. Que el Espíritu no ilumine para llevar a cabo esta misión. “Que se acaben pues los argumentos de los que rechazan al Espíritu.

domingo, 14 de octubre de 2012

Cómo y para qué orar. Orígenes y San Agustín nos ayudan.


Me parece que el que se prepara para orar debe antes recogerse y prepararse un poco, para estar más predispuesto, más atento al conjunto de su oración. Debe igualmente alejar de su pensamiento todas las ansiedades y todas las turbaciones, y esforzarse para acordarse de la grandeza de  quién se le acerca, pensar cuan impío es si se presenta ante Dios sin  prestar atención, sin esfuerzo, con una especie de desenfado nocivo, en fin, rechazar todos los pensamientos extraños.

Cuando se va a orar es necesario presentarse, por decirlo de alguna manera, con el alma entre las manos, el espíritu levantado con la mirada puesta en Dios, antes de levantarse apartará el espíritu de la tierra para ofrecerlo al Señor del universo, y por fin, si deseamos que Dios se olvide del mal que hemos cometido contra él mismo, contra los prójimos o contra la recta razón, hemos de dejar todo resentimiento causado por alguna ofensa que creamos haber recibido.

Puesto que son innumerables las actitudes corporales, hemos de preferir sobre todas las demás, aquellas que consisten en extender las manos y aquellas en que elevamos los ojos al cielo, para expresar con el cuerpo actitudes que son imagen de las disposiciones del alma durante la oración, pero las circunstancias pueden llevarnos a veces a orar sentados o incluso acostados. La oración de rodillas es necesaria cuando alguien se acusa ante Dios de sus propios pecados, suplicándole que le cure y que le absuelva. Estar de rodillas es símbolo de este prosternarse y someterse del cual habla Pablo cuando escribe: “Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda la familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15). Esto es arrodillarse espiritualmente, llamado así porque toda criatura adora a Dios en nombre de Jesús y humildemente se somete a él. El apóstol Pablo parece hacer alusión a ello cuando dice: “Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo” (Fl 2,10). (Orígenes. Tratado sobre la Oración, 31)

La oración es un ejercicio que no es nada sencillo de realizar. Puede parecer fácil y hasta sentirnos llamados a ella, pero no siempre llegamos a materializar el ansia que nos induce a realizarla. Tal vez nos falte preparación, costumbre o simplemente, nuestra voluble voluntad la termina dejando siempre en segundo plano. Nuestra mentalidad moderna y postmoderna, no lleva a primar la acción sobre la oración.

Orígenes no da algunas interesantes pautas para acercarnos a la oración:

  • Recogimiento
  • Alejar el pensamiento de nuestras ansiedades
  • Presentarse con el “alma en las manos”: humildad y contrición
  • Elegir una postura adecuada y coherente.

Pero esto no nos impide orar en cualquier situación cotidiana. Siempre es momento de alabar al Señor, darle gracias o pedirle perdón. Pero ¿Por qué oramos? ¿Qué nos mueve a hacerlo? Leamos lo que nos dice San Agustín

¿Qué necesidad hay de la misma oración, si Dios sabe ya antes lo que necesitamos, a no ser que la misma intención de la oración serena y purifica nuestro corazón y lo hace más apto para recibir los dones divinos que nos son dados espiritualmente? En efecto, Dios no nos oye porque ambicione nuestras plegarias, pues siempre está pronto para darnos su luz no visible, sino inteligible y espiritual; pero nosotros no siempre estamos dispuestos a recibirla, porque estamos inclinados a otras cosas y entenebrecidos por la codicia de los bienes temporales. En la oración acontece la conversión de nuestro corazón a Dios, que está siempre dispuesto a darse a sí mismo, si recibimos lo que nos va dando y en la misma conversión se purifica el ojo interior, al excluir las cosas temporales que se apetecían para que el ojo del corazón sencillo pueda acoger la luz pura que irradia con el poder divino sin ocaso ni mutación alguna y no solo recibirla, sino también permanecer en ella, no solo sin molestia alguna, sino también con gozo inefable, en el cual se realiza verdadera y sinceramente la vida bienaventurada (San Agustín, tratado sobre el Sermón de la Montaña. Libro 2, Cap 2, 14)

Es evidente que Dios no necesita de nuestra oración. El lo sabe todo y conoce lo que acontece en nuestro interior antes que nosotros mismos nos demos cuenta de ello. Si oramos no es para informarle o para pedirle algo que El desconozca. Oramos, como dice San Agustín, por necesidad propia. Oramos para sintonizarnos con la Voluntad de Dios y hacer posible que recibamos lo que Dios nos ofrece. Oramos como ejercicio de conversión, de transformación de nosotros mismos. Por eso es tan importante preparar la oración mediante los consejos que nos da Orígenes. Si somos capaces de separarnos del mundo, dejar nuestros afanes a un lado, encontrar dentro nuestra la humildad y contrición y hacerlo con una postura corporal coherente, estamos empezando a transformarnos. Si esta preparación abre el paso a la Gracia de Dios, entonces empezará a actuar en nosotros.

Pero, toda esta reflexión nos lleva a pensar en el sentido de las oraciones superficiales, repetitivas y aparentes. Aquellas que se hacen para que los demás nos vean y cumplir con el “protocolo” que nos piden realizar. Sin duda, estas oraciones se pueden contemplar desde la parábola del Publicano y Fariseo para darnos cuenta de qué actitud tiene que movernos a orar al Señor.

Quiera el Señor ayudarnos a andar por el camino de la oración, que tanto necesitamos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Esperar, con esperanza, nuestro Efettá


Es preciso que examinemos de cerca qué es lo que hace que el hombre sea sordo. Por haber escuchado las insinuaciones del Enemigo y sus palabras, la primera pareja de nuestros antepasados han sido los primeros sordos. Y nosotros también, detrás de ellos, de tal manera que somos incapaces de escuchar y comprender las amables inspiraciones del Verbo eterno. Sin embargo, sabemos bien que el Verbo eterno reside en el fondo de nuestro ser, tan inefablemente cerca de nosotros y en nosotros que nuestro mismo ser, nuestra misma naturaleza, nuestros pensamientos, todo lo que podemos nombrar, decir o comprender, está tan cerca de nosotros y nos es tan íntimamente presente como lo es y está el Verbo eterno. Y el Verbo habla sin cesar al hombre. Pero el hombre no puede escuchar ni entender todo lo que se le dice, a causa de la sordera de la que está afectado... Del mismo modo ha sido de tal manera golpeado en todas sus demás facultades que es también mudo, y no se conoce a sí mismo. Si quisiera hablar de su interior, no lo podría hacer por no saber dónde está y no conociendo su propia manera de ser.

¿En qué consiste, pues, este cuchicheo dañino del Enemigo? Es todo este desorden que él te hace ver y te seduce y te persuade que aceptes, sirviéndose, para ello, del amor, o de la búsqueda de las cosas creadas de este mundo y de todo lo que va ligado a él: bienes, honores, incluso amigos y parientes, es decir, tu propia naturaleza, y todo lo que te trae el gusto de los bienes de este mundo caído. En todo esto consiste su cuchicheo.

Pero viene Nuestro Señor: mete su dedo sagrado en la oreja el hombre, y la saliva en su lengua, y el hombre encuentra de nuevo la palabra. (Juan Taulero, Sermón 49)

Leyendo el evangelio de hoy domingo y esta reflexión de Juan Taulero, dominico que vivió allá por el siglo XIV, me llama la atención lo ajustada que resulta para entender la actualidad que nos rodea.

Vamos por la vida sin ver lo que tenemos delante y sin capacidad para comunicar lo que tenemos dentro. La sordera y la incapacidad de hablar tienen mucho que ver con la soledad que nos impide acercarnos a los demás. Nos cuesta acercarnos unos a otros. Nos cuesta aceptar compromisos que impliquen estar unidos a otras personas. Los problemas de divorcio, malos tratos, violencia doméstica, también tienen su causa en que vivimos incomunicados.

Leía hace un par de días una artículo interesante: KeKaKo: una evangelización que funciona pero ¿también en España? Que habla de lo complicado que resulta en España crear comunidades cristianas. No es fácil encontrar un soporte institucional y si lo hay, actúa con cierta desgana. En América parece que es un poco más fácil, porque existe un sentimiento menos individualista de la vida. Eso que ganan los hermanos americanos y deben conservarlo. Pero de todas formas, ya se va notando que también allá aumenta la soledad y el individualismo.

Nos dice Juan Taulero que “el Verbo habla sin cesar al hombre. Pero el hombre no puede escuchar ni entender todo lo que se le dice, a causa de la sordera de la que está afectado”  Pero no todo es sordera. El ser humano es “también mudo, y no se conoce a sí mismo. Si quisiera hablar de su interior, no lo podría hacer por no saber dónde está y no conociendo su propia manera de ser

¿Podemos evangelizar a aquellas personas que no oyen y que tampoco saben lo que anhelan en su interior? Es complicado, casi imposible. Es necesario que aparezca una chispa de entendimiento y que el corazón se abra al “Verbo habla sin cesar al hombre”. ¿Podemos formar una comunidad vida si somos sordomudos con quienes nos rodean y con Dios?

Juan Taulero nos comenta que esto nos sucede “Por haber escuchado las insinuaciones del Enemigo y sus palabras”. ¿Qué es lo que nos dice el enemigo? “Es todo este desorden que él te hace ver y te seduce y te persuade que aceptes, sirviéndose, para ello, del amor, o de la búsqueda de las cosas creadas de este mundo y de todo lo que va ligado a él”. Es decir, si el enemigo satura nuestros sentidos no seremos capaces de entender que existe mucho más que esta saturación sensorial. Pero el corazón no puede vivir de lo sensorial. Necesita aquello que transciende y que nos da sentido como seres creados por Dios. Por eso nuestra sociedad hay tanta tristeza humana rodeada de opulencia y sensualidad. Por eso los suicidios son cada vez más frecuentes.

Pero el episodio evangélico es todo menos pesimista o melancólico. Cristo se apiada del sordomudo y para sanarle obra un milagro de una manera peculiar.

Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: ‘Efettá’, que significa: ‘Abrete’” (Mc 7, 33-34) Veamos que hizo:

  1. Le separo de lo demás, lo que evidencia un encuentro personal entre el sordomudo y el Señor. Además lo aleja de la multitud, que no es más que el mundo que le rodea y le impide acercarse a Dios.
  2. Toca sus oídos, simbolizando que es la acción de Dios la que actúa sobre nuestro entendimiento.
  3. Cristo utiliza su saliva para tocar la lengua del sordomudo. ¿No es una maravillosa prefiguración de los sacramentos? La Eucaristía.
  4. Pero el milagro no se obra con todos estos preámbulos. Se obra cuando existe una orden directa de Cristo: “Ábrete”. Se evidencia que es la Voluntad de Dios la que hace posible lo imposible.
¿Podemos llevar a nuestra vida cotidiana este esquema? ¿Por qué no? Alejarnos de lo cotidiano, escuchar la Palabra de Dios, recibir los sacramentos y esperar que la Voluntad de Dios haga el resto. Esperar con esperanza nuestro Efettá

Oremos para que en nosotros resuene la maravillosa palabra “Effetá”. Entonces oiremos la Verdad y podremos transmitir a los demás. Podremos conocer lo que el Verbo nos dice al oído y podremos dar a conocer a Cristo.
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