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sábado, 20 de abril de 2024

Buscando el Símbolo perdido, pero en silencio


Las sociedad se burla de los cristianos y sobre todo, de quienes tenemos un sentido profundamente tradicional de la vida y de la fe. Les parecemos personas de "otra época". Personas que siguen una línea ideológica diferente a la que está instaurada y bien vista por la sociedad. Por eso, cuando señalamos que el "rey está desnudo", nos atacan, se rasgan las túnicas y hasta abren causas judiciales. Cada vez es más complicado llevar la Buena Noticia sin que las susceptibilidades de cristal griten desesperadas.

Uno de los elementos más importantes de la fe, son los signos que Dios nos ha dejado para que comprendamos su Voluntad y sigamos el Camino hacia Él. No lo digo yo, se puede leer en el Evangelio muy claramente:

"Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello" (Jn 6, 26-27).

¿Nos hemos dado cuenta de todos estos signos? Posiblemente nunca hemos llegado a pensar en ello. Nos han enseñado un Evangelio tipo comic. Un Evangelio que reduce la fe a sentimentalismo social. Por eso ignoramos estos signos, aunque sean referenciados en los Evangelios y por la Tradición Apostólica:

La naturaleza de los signos lleva consigo la propiedad de explicar la especie impresa en ellos, sin que pierdan nada de sí en el acto de sellar, porque a la vez que reciben cuanto en ellos se imprime, comunican también todo lo impreso. Este ejemplo no tiene suficiente capacidad para poder explicar la generación divina, porque en los signos hay materia previa, diversidad e impresión, por medio de las que se imprimen ciertas semejanzas de otras cosas superiores. Más el Unigénito de Dios, que se hizo Hijo del hombre por el Misterio de nuestra salvación, queriendo dar a conocer que posee en sí mismo la imagen del Padre, dice que ha sido sellado por Él. Y por esto puede entenderse que le fue dado poder para que nos preparase el alimento adecuado para conseguir la vida eterna, puesto que llevaba en sí toda la plenitud de la forma del Padre. (San Hilario de Poitiers. De Trin., 1, 8)

Nada de esto es nuevo. Ya pasó hace siglos cuando hubo que cuidar que el Mensaje y el Misterio Cristiano, no degeneraran para adaptarse a la sociedad. En los siglos II y II, se instituyó una regla de cuidado de la fe. Aunque se difundía el Evangelio, lo más importante y profundo, era cuidado especialmente. A este comportamiento lo llamamos modernamente: disciplina del arcano. No se trataba de crear una sociedad secreta para "elegidos". Lo que se buca es opacar lo más importante de nuestra fe para que no se corrompa ni sea despreciada. Se buscaba que no se viera en constante lucha y desprestigio social. Hoy en día hay voces diversas que reclaman retomar esta visión, sin que lleve consigo secretismo alguno. Lo cierto, es que ya en el siglo VI, se vió que era innecesaria esta práctica y desapareció. Creo que en la actualidad sería oportuno reflexionar sobre esto. Por ejemplo, pueden leer este texto del Card. Carlo María Martini: "Reflexiones sobre el sentido oscuro de Dios" (1997). 

Señalemos uno de los síntomas más preocupantes de esta persecución social de lo Trascendente. En nuestro tiempo hemos perdido la capacidad de ver más allá de lo aparente y obvio. No entendemos las palabras que Cristo cuando decía: No deis a los perros lo que es santo; no echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen” (Mt 7, 6). Tampoco entendemos que San Pablo dijera que él mismo alimentó a los fieles de Corinto “como... niños en Cristo” dándoles “leche para beber, no carne”, porque no eran capaces de soportarlo (1Cor., 3, 1-2). Queriendo imitar a San Pablo, reducimos la Buena Noticia a viñetas tipo cómic o a "cuentos de niños" y se nos olvida continuar con las catequesis mistagógicas que ayudan a ver la Fe de forma completa y profunda. Lo peligroso es quedarnos en esa simplicidad que ignora todo lo que trascendente. Juan Manuel de Prada cita a Castellani, que indica precisamente la conveniencia de reencontrarnos con el profundo Misterio de la fe por medio de signos y símbolos, siempre utilizados con cuidado y discreción. En otro artículo más actual (ABC 2023), Juan Manuel de Prada retoma este tema.

En la homilía de este pasado domingo de Resurrección, mi párroco, que es estupendo religioso, nos decía que las iglesias estaban llenas de cruces, pero no de resucitados. Me pregunté si este sacerdote y religioso, sabe que el altar es un símbolo de Cristo presente entre nosotros (Catecismo 1383). Este olvido se evidencia también en la forma en que se suele mover y utilizar el altar durante la misa. La reverencia que según se practique, explique y se viva, muestra nuestra capacidad de ver más allá de lo evidente y cotidiano. 

¿Cuál es entonces el símbolo perdido? Yo diría que es Cristo, que lo vamos reduciendo a un personaje a la medida de cada uno de nosotros.

sábado, 29 de julio de 2023

La Sagrada Sangre del Señor


 La Sagrada Sangre del Señor

La fe actual es principalmente vivencial y emotivista. Somos reacios ver más allá de las emociones que nos mueven o paralizan. Los símbolos, han dejado de ser algo que alimente la fe que tanto necesitamos. El problema del emotivismo es que es fluido, líquido. No es capaz de soportar cambios y desalientos. NO olvidemos los símbolos y profundicemos en ellos para ganar esperanza y confianza en Dios. Hoy comparto algunas reflexiones sobre un símbolo muy importante y profundo: la Sangre del Señor. 

¿Qué nos dice la Sagrada Sangre del Señor? La Sangre es un profundo símbolo de redención y salvación. La Sangre del Señor fue ofrecida por nuestros pecados. Además, es cada Eucaristía se consagran pan y vino, como Carne y Sangre de Cristo. Nuestra cultura religiosa da gran importancia al Cuerpo del Señor, que se nos ofrece por medio del pan eucarístico. Pero la Sangre parece que la tenemos algo olvidada. 

La Sangre del Señor es un tema sobre el que debemos meditar profundamente.  ¿Meditar, pensar, profundizar? ¿No se basa nuestra fe en sentir, hacer y en todo caso, divertirnos? Seguro que muchas personas se quedan en la cuarta parte de la mitad del Mandamiento principal. ¿Mandamiento principal? No crean, Cristo lo dejó muy claro:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mt 22,34-40)

¿A qué me refiero con la cuarta parte de la mitad? La sociedad actual nos reclama ser dóciles con lo que las estructuras sociales nos indican. Para ello es necesario vender un simulacro de "buenismo solidario" y filantrópico. Esta es la cuarta parte de la mitad a la que me refería. Solemos olvidar lo principal: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. ¿Con toda mi mente? ¿No se trataba de centrarnos en el emocionalismo y nada más? Leamos lo que nos dice San Agustín sobre el asunto:

Pues ¿Quién no ve que primero es pensar que creer? Nadie, en efecto, cree si antes no piensa que se debe creer. Y aunque a veces el pensamiento precede de una manera tan instantánea y vertiginosa a la voluntad de creer, y ésta le sigue tan rápidamente que parece que ambas cosas son simultáneas, no obstante, es preciso que todo lo que se cree se crea después de haberlo pensado. Y eso, aunque el mismo acto de fe no sea otra cosa que el pensar con el asentimiento de la voluntad. Porque no todo el que piensa cree, como quiera que muchos piensan y, sin embargo, no creen. Pero todo el que cree, piensa; piensa creyendo y cree pensando. (San Agustín. Tratado de la Predestinación de los santos, 2, 5)

Entonces, meditemos un poquito sobre la Sagrada Sangre de Cristo. Empecemos por tener claro la razón de que sea sagrada. ¿Qué es lo sagrado? Aquello que no muestra a Dios como por medio de una imagen y semejanza. Imagen, porque no podemos ver a Dios directamente. Semejanza, porque una realidad material sólo puede contener un reflejo de Dios. La Sagrada Sangre del Señor es un símbolo Sagrado que nos habla y nos colma de entendimiento. Un entendimiento que supera las limitaciones humanas y sociales, que nos rodean.

La sangre es lo que nos da la vida al circular por nuestro cuerpo. A través de ella se difunde el oxígeno y los nutrientes que cada célula de nuestro cuerpo necesita. La Sangre de Cristo es la Sangre que da sentido y fuerza al mundo. Se derramó en la Cruz, para que fuésemos sanados de nuestro pecado y pudiéramos reencontrar el Camino, Verdad y Vida, que Adán perdió en su momento. La Sangre del Señor cayó a la tierra y la misma tierra se revivificó con ella. Recordemos que la tierra tembló y hubo muertos que se levantaron de sus tumbas (Mt 27,52-54). Hasta uno de los centuriones que estaban en el Gólgota, viendo lo que sucedía, creyó.

Quizás hoy en día esto nos suene a película de terror de Hollywood, pero no olvidemos que fue escrito en los Evangelios y que todo lo escrito en ellos es Palabra de Dios. Tengo claro que actualmente los Evangelios se diseccionan para entresacar lo que conviene, desechar lo que va contra el buenismo de moda u olvidar aquello que no se sabe qué hacer con ello. Es el signo de los tiempos y debemos ser capaces de leer en este signo para discernir.

¿Qué simboliza la sagrada Sangre del Señor? Nos muestra que sólo en Cristo está la redención, el perdón y la santificación. Nos muestra que la Eucaristía es fundamental, porque nos acerca a Cristo sin otro mediador que el Espíritu Santo. Nos recuerda que podemos esperar en Dios y descansar en Él. El mundo tiembla cuando la Sangre del Señor cae en él. ¿Y todas las maravillas que nos ofrece el mundo actual? Son sólo apariencias vacías. Simulacros que nos distraen de lo esencial: Cristo como único Camino, Verdad y Vida.





martes, 18 de agosto de 2020

La verdadera fraternidad cristiana

 

Cuando nos acercamos a ruinas de edificios antiguos, es frecuente ver que la estructura más estable son los arcos, que permanecen firmes aunque otras ya se hayan derrumbado. ¿Qué hace que los arcos tengan este comportamiento? Están compuestos por piedras que reposan unas sobre otras, siendo la clave de la solidez el peso de cada una de ellas. Para que el arco sea estable, el elemento crucial es la piedra más alta, que suele llamar "Clave de Bóveda" o "Piedra Angular". Su peso se transmite a todas las restantes y se suma al peso de cada una de ellas. Si la Piedra Angular permanece estable, el arco no se derrumbará. 

Podemos tomar el arco como símbolo de la Fraternidad Cristiana. La Piedra Angular es Cristo, cuyo peso (Gracia) recae sobre todas las piedras, empezando por las que están más altas. Si una de las piedras deja de aceptar el peso de las previas, el arco se derrumbará rápidamente. Si todas las piedras son capaces de dar y recibir la Gracia de Cristo, a la que suman su voluntad unívoca, el arco permanecerá en pié desafiando la gravedad de la sociedad que le rodea.

Es interesante seguir sacando analogías del símbolo del arco, ya que nos enseña muchos aspectos que no llegamos a tener en cuenta en nuestros intentos de comunidad. Podemos leer un breve texto que escribió el entonces teólogo Joseph Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI:

Es importante observar que ni Pablo ni ningún otro autor neotestamentario funda la fraternidad cristiana en el nuevo nacimiento, en contraste con lo que pensaban las religiones mistéricas. Esta es ciertamente una perspectiva posible en la configuración global de la forma de pensar del Nuevo Testamento, que luego encontraremos también en los Padres, pero que el Nuevo Testamento en cuanto tal no formula. Puede considerarse una casualidad, mas el juicio que tiene el Nuevo Testamento sobre el modelo de religión no es irrelevante. Esto significa, por tanto, que ni Pablo ni ninguna otra tradición neotestamentaria comprendió la como unidad cristiana naciente en analogía con una asociación mistérica. Ella no se entiende a sí misma en analogía con las asociaciones mistéricas más o menos privadas, sino en analogía con el pueblo de Israel y con la humanidad. Pretende ser el verdadero Israel y el germen de la nueva humanidad. A partir de esta pretensión es desde donde hay que entender su nueva fraternidad.

Con lo que hemos dicho hasta ahora queda ya claro que el viejo problema de la idea de fraternidad, a saber, el de los dos ámbitos de la conducta ética, se plantea de nuevo a partir de Pablo. Como ya hemos visto, a pesar de la supresión de barreras y del universalismo, el concepto de fraternidad no se generaliza por completo. Todos los hombres pueden ser cristianos, pero sólo es hermano el que realmente lo es. La repercusión de esta situación se observa en la terminología ética del Apóstol. La actitud de amor ha de ser para con todos los hombres, pero el "amor fraternal" sólo para con el hermano, para con el cristiano que es como uno. (Joseph Ratzinger. La Fraternidad de los Cristianos.  Hermano» en el cristianismo. P. 53)

A veces me he encontrado con personas a las que no les gusta nada la palabra "fraternidad". Me dicen que les suena a masonería y que prefieren la palabra comunidad. Yo les he comentado que pueden existir y existen, muchas comunidades donde no existe amor fraterno. Comunidades que tienen en común intereses que no se adecuan a lo que Cristo nos señala. En estas pseudo-comunidades, la unidad se fundamenta en la complicidad, no en una verdadera amistad fraterna. Toda fraternidad es comunidad, pero no toda comunidad es fraternidad.

En el texto anterior podemos leer que el modelo de fraternidad cristiana no se ajusta un modelo mistérico. El modelo de fraternidad de las religiones mistéricas es diferente, ya que tiene un sentido exclusivista, secreto y cómplice. La fraternidad cristiana es abierta, transparente y fundada en el amor (caridad) mutuo. Si un "hermano" se equivoca y hace algo indebido, se busca entender su postura y sanar lo que haya podido suceder. No nos rechazamos porque hayamos "infringido" una norma escrita o no escrita. Se parte del conocimiento y convencimiento de que todos fallamos y en el error necesitamos aún más caridad. La comunidad que señala la puerta a un hermano, tiene más de gueto que de fraternidad. Los guetos terminan por desaparecer, ya que Cristo no es la Clave de Bóveda.

Pero como indica con clarividencia Joseph Ratzinger, lo que nos une es la hermandad que procede del bautismo que todos hemos recibido. La caridad fraterna supera con creces la caridad humana que tanto valoramos actualmente. ¿Puede equivocarse una comunidad cristiana? Sí, lo puede hacer. Pero siempre está a tiempo de volver a acercarse a quien ha herido y ofrecer una mano a quien necesita de ella. En esto vemos claramente la diferencia entre las fraternidades mistéricas y la verdadera Fraternidad Cristiana. ¿Por qué? Porque la Piedra Angular que sostiene el arco debe ser Cristo y no los intereses sociales, políticos o grupales. Todas las piedras deben aceptar el peso (Gracia) que genera solidez desde Cristo hasta las piedras que cimientan el arco.

viernes, 22 de junio de 2018

¿Qué es el Símbolo? ¿Cuál es su función?


Actualmente confundimos símbolo con signo o alegoría. Tenemos serios problemas para llegar a adorar a Dios en Espíritu y Verdad (Jn 4, 23). Si no nacemos de nuevo del Agua y del Espíritu (Jn 3, 5) no podremos entrar en el Reino de Dios. ¿Por qué? Porque seremos como aquellos que fueron invitados al banquete y rechazaron la invitación porque no era relevante.

Para el cristiano del siglo XXI es imprescindible tener muy claro qué es y qué no es símbolo. Para dar un paso hacia la comprensión, leamos lo que Marie-Madeleine Davy nos indica:

¿Qué es el símbolo y, también, cuál es su uso? Y ¿cómo diferenciarlo de la alegoría? Las Etimologías de Isidoro de Sevilla a las que los autores y escultores de la Edad Media recurrían gustosamente, precisan ambos términos. Así la alegoría es extraña al lenguaje habitual, y se llama  alieniloquium, pues otro es el sonido y otro el sentido que conviene  captar. Como una piedra preciosa, la alegoría posee diferente significado de la forma que reviste .En efecto, según Isidoro de Sevilla, el sonido o la forma no se corresponden con la realidad. En cuanto al símbolo, Isidoro, interpretando la etimología griega del término, lo toma como un signo (signum) que da acceso a un conocimiento. En griego la palabra δúμβολον (symbolum) significa también la tesera (tableta), cuya mitad se entregaba a los huéspedes con el fin de poder reconocerlos siempre. Las ciudades la empleaban con sus visitantes y los primeros cristianos también se sirvieron de ella como símbolo de unión. Esta interpretación no se aleja mucho de Yámblico que define el símbolo mostrando que presenta un signo, y que este signo establece una relación. También especifica que este término designa normalmente una secreta convención de los Pitagóricos. Para Juan Escoto Erígena, el símbolo es un signo sensible que ofrece semejanzas con las realidades inmateriales. Dichas semejanzas puedes ser puras o confusas. Las puras son exactas, y las confusas están plagadas de diferencias. (Maria-Madeleine Davy. Iniciación a la Simbología Románica)

Quizás nos ayude a entender a qué nos enfrentamos si pensamos en la etimología de la palabra: "diablo". Diablo proviene del griego dia-bolos, por lo tanto significa lo que separa. El símbolo une, da sentido, mientras que el diablo hace justamente lo contrario. Puede haber símbolo verdaderos o falsos. Son verdaderos cuando hacen su función perfectamente. Pero ¿Cuál es su función? Volvamos al texto de Marie-Madeleine Davy:

La función del símbolo consiste en religar lo alto con lo bajo, creando entre lo divino y lo humano una forma de comunicación que deje conjuntados uno a otro. No se trata de celebrar «el matrimonio del cielo y del infierno» según la expresión de William Blake, sino las nupcias de lo divino y de lo humano. Mircea Eliade ha mostrado que el símbolo no sólo « prolonga una hierofanía o actúa como sustituto», sino que su importancia proviene de «que pueda continuar el proceso de hierofanización, y sobre todo, porque, si llega el caso, él mismo es una hierofanía, es decir, que revela una realidad sagrada o cosmológica que ninguna otra "manifestación" está en condiciones de revelar».

De esta manera el símbolo, en su realidad profunda, da testimonio de la presencia de lo divino, traza un círculo en torno a lo sagrado y por este hecho es comparable a una revelación. El hombre siente así una experiencia más o menos inefable de lo divino que adopta formas diversas, dependiendo del punto de la trayectoria sobre la que los símbolos se sitúan y del nivel espiritual del hombre que deviene sujeto de dicha experiencia. (Maria-Madeleine Davy. Iniciación a la Simbología Románica)

El símbolo es mucho más que un signo, aunque ambos comuniquen un significado. El Símbolo representa y sustituye a lo representado. El signo tan sólo comunica algo entre un emisor y un receptor. El símbolo, como indica Marie-Madeleine Davy, re-liga una realidad superior con una inferior. Por ejemplo, si en química utilizamos el símbolo Na, estamos representando al elemento sodio en todas sus dimensiones y en toda su profundidad. En el caso de la religión, los símbolos enlazan en entendimiento limitado del ser humano, con una realidad sobrenatural que excede a la representación de la misma. Podemos decir el símbolo muestra el Misterio y nos permite llegar a entender parte de lo que hay dentro de la profundidad del mismo. 

Como indicaba antes, hay símbolos falsos, que mienten con ello, destrozan toda comunicación fiable. Estos símbolos son el arma del diablo, del maligno, para embaucarnos o hacernos pelear entre nosotros. Son fuente de divergencia y lucha, además hacernos perder la fe, esperanza y la caridad. Pero los símbolos hay que comprenderlos para acercarnos al Misterio que llevan consigo. No debemos quedarnos en la estética o en su sentido social, porque estaremos encallando la nave de nuestro entendimiento en bancos de arena superficiales. La superficialidad, la racionalismo limitativo y las estéticas, destrozan la comunicación entre nuestro ser y el símbolo que tenemos delante.

Por otra parte, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda cuando necesitamos comprender y profundizar en el entendimiento del símbolo. La Gracia de Dios hace posible que nuestra limitada inteligencia y cerrado raciocinio, supere sus limitaciones y profundice en aspectos imposibles de entender y vivir por nosotros mismos. De nada vale saber el significado de un símbolo, porque nos estaríamos quedando en la superficie del mismo. Adentrarse en el símbolo es lo que hacen los místicos. El conocimiento se expande en todas las dimensiones cuando el Espíritu Santo habla directamente a nuestro ser, nuestro corazón. Entonces aprehenderemos aquello que va más allá de lo visible, entendible y razonable, pero, posiblemente no seamos capaces de comunicar a los demás esa revelación que hemos recibido. Tan sólo podremos vivir la revelación, encontrando el símbolo en nosotros mismo y dándole vida en la plenitud que Dios ha estimado conveniente. Esta es la razón por la que el lenguaje místico es imposible de comprender en su totalidad. El lenguaje místico intenta comunicar con palabras el Misterio que no puede ser explicado con nuestras limitadas capacidades.

Leamos otro fragmento esclarecedor del mismo libro que ante he citado:

¿Cómo manifestar la naturaleza o la presencia de Dios, si no es por símbolos? En este aspecto, un texto de Máximo de Tiro evoca perfectamente lo que queremos expresar: «Dios Padre de todas las cosas y su Creador, es anterior al sol y más antiguo que el cielo; más fuerte que el tiempo y la eternidad, y más fuerte que la naturaleza entera que transcurre... Su nombre es indecible, y los ojos no podrían verlo. Entonces, al no poder captar su esencia, buscamos ayuda en las palabras, en los nombres, en las formas animales, en las figuras... en los árboles y en las flores, en las cimas y en las fuentes. Con el deseo de comprenderlo, en nuestra debilidad, préstamos a su naturaleza las bellezas que nos son accesibles... Es una pasión similar a la del amante, para el cual es tan dulce ver un retrato del ser amado, o incluso su lira, su jabalina... (Maria-Madeleine Davy. Iniciación a la Simbología Románica)

Seguramente nos planteemos qué hacer con los símbolos. ¿Qué tendríamos que hacer? Si lo usamos como objetos de poder, estaríamos dando peligroso pasos hacia la magia. Magia que sabemos que es falsa en sí misma. Sí los admiramos desde la estética o la culturalidad, estaríamos quedando sólo en la superficie del Misterio que representan. Los símbolos hay que contemplarlos más allá de sí mismos, mientras rogamos al Espíritu que nos revele aquello que nos cambiará, nos convertirá, nos transformará por medio de la Gracia de Dios. Como cristianos, nuestro fin es llegar a ser símbolos vivos de Cristo. Símbolos que reflejen al Señor a los demás. Símbolos que les desafíen a no permanecer que actitud quietista o pelagiana, racionalista o emotivista. Símbolos que contagien una pasión similar a la del amante, para el cual es tan dulce ver un retrato del ser amado, o incluso su lira, su jabalina... Esto sí es evangelizar y parece que se nos ha olvidado complemente.

sábado, 16 de junio de 2018

Elementos del Símbolo del Sagrado Corazón de Jesús



Celebramos el mes del Sagrado Corazón de Jesús y por ello no viene mal recodar los elementos que componen su iconografía. Para muchos católicos actuales, el Sagrado Corazón de Jesús es poco más que una imagen más dentro de la infinidad de imágenes que se veneran dentro de la Iglesia. Pero el Sagrado Corazón es algo más que “una imagen más”. Por otra parte, el culto al Sagrado Corazón de Jesús derivó en el siglo XIX hacia un emocionalismo irracional que ha llevado a que muchos lo vean como algo pasado de fecha y totalmente prescindible. Desgraciadamente, cuando dejamos que las emociones suplanten el entendimiento, cualquier manifestación sagrada queda convertida en un elemento cultural más. Veamos entonces los elementos que componen la iconografía y reflexionemos brevemente sobre ellos:

  1. El Corazón. Se encuentra en el centro del símbolo, representando la centralidad, el ser de Cristo, Hijo de Dios. No se trata de una representación de emoción alguna. En todo caso, lo que entendemos al ver el Corazón es la fuente de Agua Viva que se nos ofrece para beber.
  2. La Cruz. La Cruz que se muestra sobre el Sagrado Corazón representa el sacrifico del Señor, la redención que Dios planeó para todo aquel que acepte a Cristo. En la Cruz Dios es elevado como fue elevado la serpiente de bronce por Moisés. “…Y como Moisés, levantó la serpiente (de bronce) en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:14). La Cruz nos habla de la vida como sacrificio a Dios y del camino para ser discípulos fieles.
  3. La corona de espinas. La corona de espinas tiene dos entendimientos unidos: la realeza de Cristo y el sufrimiento que conlleva hacer la Voluntad de Dios. No existe corona espiritual sin el sufrimiento que transforma y convierte. La corona de espinas nos muestra que el camino a la santidad es la única jerarquía verdadera para Dios.
  4. Las llamas. Las llamas que salen del Sagrado Corazón representan la Caridad. Dios es Amor-Caridad. No se trata de amorcillo o querencia humana, tal como muchas personas lo quieren entender hoy en día. La Caridad es donación de sí mismo a Dios, para servir a Su Voluntad.
  5. La llaga. Representa la herida abierta por la punta de hierro en el costado del Señor. San Agustín dice que el divino Corazón se abre para acogernos en vida y en la hora de la muerte. La herida en el costado produce que salga del cuerpo de nuestro Señor sangre y agua dando final a la agonía que representa la vida humana.
  6. Sangre y agua. Representan la materia sagrada que Dios nos ofrece a los seres humanos. La materia que nos re-liga, nos conecta, nos re-une con su Voluntad. Hablamos de los Sacramentos, aunque la sacralidad se extiende mucho más allá. El mismo símbolo del Sagrado Corazón forma parte de esta materia sagrada que Dios nos ofrece. Agua, que nos muestra la conversión. Sangre, que nos muestra el final que nos llegará con la muerte. Entre una y otra, se eleva Cristo, como símbolo vivo de la Eucaristía.
  7. La luz, que sale del Corazón y se expande hasta el infinito. Representa los efectos de la redención y también el llamado a todos los seres humanos. Dios ha nacido entre nosotros y nos ha dicho que todo y todos, tenemos sentido en Él. Esta luz muestra la acción del Espíritu Santo en todas las acciones del cristiano. La evangelización no es una acción que tengamos que realizar, sino una realidad viva que se desprende de cada corazón humano que se ha unido con el Divino Corazón del Señor.
El símbolo del Sagrado Corazón de Jesús no aparece de repente a finales del siglo XVII cuando Santa Margarita María de Alacoque recibió las apariciones del Señor. Santa Margarita María de Alacoque actúa como recordatorio y potenciador de esta maravillosa devoción. El Símbolo del Sagrado Corazón de Jesús ha estado presente entre nosotros desde mucho antes. De hecho hay referencias escritas desde el siglo XIII y contamos con imágenes muy anteriores. Dios no nos olvida.

Ahora, los católicos del siglo XXI somos los que casi nos hemos olvidado de la importancia del Símbolo del Sagrado Corazón en nuestra fe. Nuestra fe necesita del Símbolo, porque nos ayuda a ver más allá de lo puramente cotidiano. Este olvido ha dado lugar a que el Sagrado Corazón haya dejado de ser una inmensa fuente de devoción y luz en el camino espiritual de la Iglesia. Pero no nos desesperemos, Dios sabe escribir recto con renglones torcidos. El hecho de que recordemos este símbolo en este humilde blog y que usted haya leído estas reflexiones, indica que el Sagrado Corazón sigue vivo en nosotros. Dios no nos olvida y hace llegar su Luz cuando menos lo esperamos. Tengamos esperanza y sobre todo, vivamos la esperanza que nos permite seguir adelante. Oremos teniendo al Sagrado Corazón frente a nosotros.

jueves, 9 de marzo de 2017

Cristo es la única Estructura para el cristiano



Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. (Carta a Diogneto)


Los cristianos no somos de este mundo, no somos sociedad, aunque estemos inmensos en ella. No participamos de las estructuras del mundo, porque nuestra única estructura es Cristo. Formamos parte de la Iglesia, entendida como la unidad de aquellos que adoran a Dios en Espíritu y Verdad. Para nosotros la Tradición no cambia porque es Revelación de Dios, pero la Tradición se hace vida en nuestra vida en todo lo que hacemos. Cristo es la Piedra Angular que sostiene con su peso el arco de la Salvación. Esta Piedra es rechazada porque no se deja adaptar a las circunstancias y gustos.

Actualmente nos encontramos en medio de la lucha de dos extremos: uno que absolutiza las formas antiguas. Otro que relativiza todo y a todos, para generar formas más agradables y adaptadas al mundo. Ambos ponen el énfasis en las apariencias, las formas y se olvidan del Espíritu y de la Verdad. Ambos bandos buscan exterminar al contrario utilizando las más diversas estrategias. Ninguno es capaz de negarse a sí mismo, para dejar que sea Cristo el que prevalezca. Todos quieren poder, dominio y satisfacciones personales. La lucha del cristiano no contra otros hermanos, sino contra el afán de dominio que lleva imponernos estructuras eclesiales que no son Cristo.


Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. (Ef 6, 12)


Los cristianos estamos dispersos, no es fácil que no reunamos en un mismo momento y lugar, porque somos pocos. Somos el resto fiel que asiste al banquete al que fueron llamados muchos. Somos quienes asistimos al banquete revestidos de humildad y sencillez. Hoy en día es más fácil encontrarse gracias a los medios de comunicación que nos acercan, aunque estemos a miles de Km de distancia. Pero aún así, somos pocos, dispersos y en continua lucha. Lucha para permanecer fieles a Cristo, en medio de la guerra de apariencias que acontece alrededor de nosotros.

 ¿Qué puede hacer un cristiano en medio de la actual guerra eclesial? Orar en silencio y lleno de esperanza. Es triste ver cómo se caen las Torres de Babel que tanto esfuerzo ha costado construir. Es triste ver cuantos hermanos quedan destrozados espíritualmente por este derrumbe. Es triste ver que, mientras todo se derrumba, hay quienes intentar construir nuevas Torres de Babel con los restos caídos de las anteriores. No nos dejemos engañar, sólo Cristo es la Piedra Angular que sostiene el arco del Templo del corazón. El Templo donde la Estrella Interior brilla para guiarnos y dar luz a los demás.

Es importante orar con fe, esperanza y caridad. Encarnar en nosotros la Tradición para quienes no vean puedan darse cuenta que sólo Cristo tiene Palabras de Vida Eterna. Dejar que el Espíritu Santo nos transforme en símbolos vivos de Cristo, para que Él esté presente en medio de nosotros cada vez que nos reunamos en Su Nombre.

jueves, 12 de enero de 2017

Misterio es símbolo y el símbolo no se inventa, nos es dado.


Para la inmensa mayoría de nosotros, un símbolo es algo aparente que carece de realidad. Tampoco tenemos claro qué significa actuar de forma simbólica. Cuando se hace algo para aparentar, se dice que se actúa de forma simbólica, cuando lo que se hace realmente es un simulacro.


Símbolo y simulacro son antitéticos. Se simula lo que no es cierto, pero queremos hacerlo aparecer como real. Se simboliza lo que es profundamente real, pero es imposible de mostrar por sí mismo. Suelo poner el ejemplo de un símbolo de circulación que todos conocemos: peligro. Seguro que todas las personas responsables se detienen delante del símbolo y se preparan para los posibles problemas que puedan encontrar. La pregunta que nos podrían hacer cuando nos detenemos ante el símbolo de peligro: ¿Te da miedo una forma abstracta pintada y puesta sobre un palo? La respuesta es evidente. Responderemos que a nosotros no nos asusta la señal, sino lo que simboliza, la realidad que señala, el peligro del que nos informa. Lo simbólico es totalmente real, aunque no se pueda ver, tocar y comunicar por sí mismo y por ello necesita de un medio que lo muestre. Ese medio es lo que llamamos símbolo.

El Credo que rezamos todos los domingos se denomina también el Símbolo de la Fe. ¿Por qué? Porque al proclamarlo en público, se evidencia la fe que tenemos y nos permite reconocernos como hijos de Dios y hermanos en Cristo. Por desgracia, pocas personas saben que no rezamos el Credo, sino que lo profesamos. Cuando el Credo se recita como una salmodia ininteligible más dentro de la Liturgia, estamos creando un simulacro. Estamos aparentando lo que no tenemos. Al recitar el Credo de esta forma, estamos profanando y despreciando la Fe que debería dar vida. ¿Alguien nos ha dicho esto? Pocos o nadie. Hasta dudo que muchos sacerdotes sepan esto. Los que lo saben prefieren no ahondar mucho en esto, ya que es meter el dedo en la herida que nos destroza como cristianos.

Por desgracia, el cristianismo sociocultural (aparente) es lo más habitual hoy en día. Esto no es una enfermedad espiritual moderna, ya ocurría en tiempos de Cristo (1). A nadie le extraña que pasemos nuestra vida de simulacro en simulacro, aunque después nos preguntemos las razones por las que cada vez hay menos personas en las parroquias y en las misas, catequesis o celebraciones diversas. Cuando vivimos de simulacris terminamos replanteándonos si estos shows son necesarios y nos alejamos poco a poco de una fe que no entendemos. Una Fe que no se comprende no puede llenarnos de esperanza. Esperanza, que es imprescindible para la caridad. Caridad que tampoco debería de ser una simulacro o un show. Debería ser constante y secreta, porque nos lleva a una profunda experiencia de conversión. La caridad existe cuando dejamos que Dios actúe a través de nosotros y rogamos para ser capaces de ver la imagen de Dios en la persona necesitada.

Actualmente se da gran importancia al simulacro de la filantropía y la solidaridad. Un simulacro que sólo nos satisface a nosotros mismos y nos deja vacíos de trascendencia. Para el cristiano es esencial entender y vivir cada momento de la vida como una oportunidad de ver a Dios y dejar que actúe a través de nosotros. No es algo sencillo, ya que es necesario el discernimiento:
Existe la necesidad de un discernimiento continuo para individualizar los caminos de la consumación de todo en Dios. Pero dicho discernimiento sólo es posible en el interior de un horizonte único, que se nos haya hecho inteligible a través de la Sabiduría divina, memoria del origen y del estado definitivo de la creación, manifestación de lo divino y forma sacramental de lo creado, para lo cual hemos sido educados por la revelación bíblica y por la Tradición de la Iglesia. Nosotros no damos el significado a lo creado, como tampoco podemos darle sentido a los acontecimientos que tienen lugar en la historia. Si nos consideramos los protagonistas absolutos del conocimiento, entonces los significados que demos a las cosas o a los sucesos estarán casi siempre sometidos a la idea general o al interés que tengamos. Los límites de dicho enfoque los testimonia un simbolismo idealista o romántico, donde el vínculo, entre símbolo y realidad expresada, es convencional, artificial. En el simbolismo verdadero, en cambio, el símbolo expresa una  realidad que va más allá de si misma, que manifiesta en sí misma lo que es más que ella, que se revela también a través de ella porque es el reflejo de un doble orden de lo real fenoménico y ontológico. En esta perspectiva, el símbolo no se inventa, se encuentra dado. En este sentido, el pensamiento simbólico es un pensamiento religioso, precisamente porque es la percepción del vínculo de toda forma de vida con un principio superior. (Card. T. Spidlik, M. Rupnik, El Conocimiento Integral. La vía del Símbolo. Cap VI: El Símbolo da acceso al conocimiento del mundo)

Permítanme dar un paso más allá de lo que Marko Rupnik nos indica. Necesitamos vivir la vida como un símbolo constante de la presencia de Dios en nosotros, en los demás y en el mundo que nos rodea. Vivir de esta forma es dar pasos hacia la santidad. La santidad no es un ideal al que nadie pueda llegar, como algunas veces quieren hacernos pensar. Los santos nos atestiguan que la Voluntad de Dios es que la Gracia nos transforme de forma continua. La santidad no es recluirse para vivir alejados del mundo, sino vivir en el mundo como si no perteneciéramos a él (3).

Tampoco se trata sólo de pensamiento simbólico, aunque sea imprescindible. Se trata de ser símbolo vivo de Cristo cada segundo de nuestras existencia. Por eso hemos recibido los sacramentos y por eso accedemos a ellos siempre que los necesitamos. Ser símbolos de trascendencia en un mundo inmanente, es un escándalo para quienes viven aferrados a los cotidiano, funcional y relativo. Marko Rupnik nos dice algo que debería ser, pero que por desgracia no es frecuente: "haber sido educados en la Revelación Bíblica y en la Tradición de la Iglesia". El cristiano medio vive su fe de forma asilvestrada, personal, emotivista y en demasiadas ocasiones, trufada de continuos simulacros. Me acuerdo de cuando leí por primera vez el “Tratado sobre los Sacramentos” de San Ambrosio de Milán. En esa obra encontré un entendimiento que nunca me había imaginado. Si una persona en el siglo IV hablaba así a otras que seguramente ni sabían leer ni escribir, ¿a qué tememos para no hacerlo ahora a las personas actuales, teóricamente más formadas y capaces?

La respuesta es simple. Las personas del siglo IV tenían nociones y entendimiento de los que ahora carecemos. Entendían la relación entre el ser humano y Dios, porque la tecnología y las ideologías no la habían distorsionado todavía. Entendían que Dios se manifestaba en torno a ellos a través de todo lo creado. Es verdad que era un entendimiento inicialmente mágico, que el cristianismo reconducía hasta la religiosidad. Tenían a Dios como centro y motor de todo. Ahora creemos en una magia diferente, la tecnología. Es magia porque detrás del poder que posee está el ser humano, no Dios. La tecnología hace shows milagrosos cuando la política y el dinero lo necesitan.

El ser humano del siglo XXI, no ve más allá de su entorno sociopolítico-cultural y busca soluciones a través de otros seres humanos, administraciones e instituciones humanas. El marketing es una máquina de esclavización maravillosa y cada vez lo es más. En una sociedad dominada por apariencias, simulacros y espejismos sociales, los símbolos se convierten en un problema, porque nos devuelven a la Verdad e impiden que seamos engañados. Por eso los símbolos son rechazados y despreciados. Por eso vivimos en una sociedad centrada en lo que la tecnología nos llega.

Como dice Marko Rupnik, el símbolo no es inventado por el ser humano. El símbolo existe "por sí mismo" y es donado por Dios. Todo lo creado tiene impresa la huella dactilar de Dios. Esta huella nos habla de Dios a través de la Revelación Natural y Sobrenatural. Mediante esta huella encontramos lo verdadero que hay detrás de las apariencias que nos rodean. Pero, claro, siempre que decidamos seguir a Cristo: negándonos a nosotros mismos, tomando nuestra cruz y siguiendo sus pisadas. Este es el camino de la santidad.


(1)    No todo el que me dice: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 7, 21)
(2)    Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6, 3)
(3)    Carta a Diogneto: " Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida"

martes, 5 de enero de 2016

Epifanía, Dios manifestado y ser humano.

La Epifanía es primicia del sacramento eucarístico. Los Magos de Oriente llegaron de muy lejos guiados por la Estrella de Belén. Pasaron por la tentación de la visita al Rey Herodes y continuaron su camino hasta encontrar a Dios encarnado en un Niño que había nacido en un resguardo provisional e improvisado. Los Magos no se dejaron engañar por lo que veían, ya que si hubieran visto sólo con los ojos, se hubieran dado la vuelta, decepcionados.

Los Magos admiraron el milagro porque fueron capaces de ver con el corazón y el entendimiento. Dios estaba presente, pero detrás de unos profundisimos símbolos. Nadie puede ver a Dios de forma directa, pero Dios si puede manifestarse por medio de símbolos y comunicarse a través del entendimiento de los mismos. Los Magos se arrodillaron y adoraron al Niño Dios. Le entregaron los presentes con gran reverencia y humildad: oro, signo de realeza, incienso, signo de divinidad y mirra, signo de sufrimiento y pasión. Sin duda el corazón de  los Magos estaba limpio y radiante después de su larga peregrinación y las pruebas a las que se vieron sometidos.

Y si alguien nos pregunta por qué está dicho: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8), nuestra posición, a mi juicio, se afirmará mucho más con esto, pues ¿qué otra cosa es ver a Dios con el corazón, sino entenderle y conocerle con la mente, según lo que antes hemos expuesto? En efecto, muchas veces los nombres de los miembros sensibles se refieren al alma, de modo que se dice que ve con los ojos del corazón esto es, que comprende algo intelectual con la facultad de la inteligencia. Así se dice también que oye con los oídos cuando advierte el sentido de la inteligencia más profunda. Así decimos que el alma se sirve de dientes cuando come, y que come el pan de vida que descendió del cielo (Orígenes de Alejandría. Los Principios)

En la Eucaristía sucede algo similar. Dios está presente, pero nosotros sólo vemos un trozo de pan en manos de un ser humano, el sacerdote, que nos ofrece comerlo. Si miramos la escena con superficialidad postmoderna, sólo veríamos a un hombre vestido de forma extraña que entrega una galleta de pan a quienes se acercan. Por desgracia los propios católicos ya no somos capaces de ver en la Eucaristía a Dios que se manifiesta. La misa y el tiempo que dedicamos a ir a ella, nos parece tiempo perdido. Lo que acontece dentro del templo, nos parece incomprensible e innecesario. Por ello no dejamos de recrear la Liturgia intentando convertir un acto sagrado (incomprensible por naturaleza) en un acto social (cercano, divertido y amigable). Transformamos la misa en un encuentro social y la Eucaristía en un signo de pertenencia al grupo que se reúne. De esta visión social de los sacramentos proviene la reclamación del derecho a que todos puedan comulgar para no sentirse excluidos y de sentirse de “segunda clase”. Hemos perdido la capacidad de ver a Dios en los signos sagrados. Hemos perdido la capacidad de entender más allá de lo que vemos.

Nos pasa como a Parsifal, protagonista de las epopeyas medievales del Santo Grial. Cuando se presenta ante él una procesión con una serie de signos sagrados, es incapaz de preguntar el significado de todo ello. La consecuencia es que el mundo sigue siendo un páramo seco y el Rey Pescador, no sana su herida. Nosotros somos como Parsifal, incapaces de pararnos a ver más allá de las apariencias y darnos cuenta que Dios está presente y nos llam. En resumidas cuentas, ignoramos la maravillosa y terrible manifestación de Dios que acontece delante de nosotros.

El símbolo (El que une y da sentido) es lo que nos dice que hay una realidad invisible tras de él. Lo contrario al símbolo es el diablo (el que separa signo, significado y realidad, genera ignorancia e indiferencia). El diablo nos dice que nada tiene sentido y que sólo las apariencias son importantes para nosotros. Los Magos vieron el Logos, la Luz que vino al mundo y se arrodillaron ante Él. Herodes se quedó en su magnifico Palacio, indiferente a lo que acontecía a pocos kilómetros, aunque los Magos le hubieran advertido de ello. Quedó tramando intrigas y crímenes para que su poder no se viera amenazado. ¿Qué elegimos?

domingo, 29 de junio de 2014

El misterio del Sagrado Corazón de Jesús. San Buenaventura

El pasado viernes celebramos la festividad del Sagrado Corazón de Jesús. La revelación personal que Santa Margarita de Alacoque recibió, nos lleva al Corazón de Jesús, un símbolo que hasta ese momento había pasado bastante desapercibido.

Los símbolos son de gran importancia en el cristianismo, ya que a través de ellos podemos acercarnos a los misterios que Dios nos ha revelado. San Buenaventura, un visionario santo franciscano, ya se acercó a este símbolo cuatro siglos antes de Santa Margarita y nos dejó este maravilloso texto:

Tu corazón, ¡oh buen Jesús!, es un verdadero tesoro, una perla preciosa, que hemos encontrado profundizando en el conocimiento de tu cuerpo (Mt 13,44-45). ¿Quién la rechazaría? Más bien, lo daría todo; a cambio, entregaré todos mis pensamientos y todos mis deseos para obtenerla, depositando todas mis preocupaciones en el corazón del Señor Jesús, y sin duda este corazón me alimentará.

En este templo, en este «santa santorum», ante esta arca de la alianza (1R 6,19), adoraré y alabaré el nombre del Señor, diciendo con David: "He encontrado mi corazón para pedir al Señor» (2S 7,27). Y yo, he encontrado el corazón de Jesús, mi Rey, mi hermano y mi tierno amigo. Y yo ¿no rezaré? Ciertamente rezaré. Porque Su Corazón está conmigo, le diré con audacia, e incluso más: porque Cristo está verdaderamente a mi lado, como mi jefe, mi cabeza (Col 1,18), ¿no estará conmigo?... Este corazón divino es mi corazón; está verdaderamente en mí. Realmente, con Jesús dispongo mi corazón. ¿Qué tiene de extraño esto? La «multitud de creyentes" formaban «un solo corazón" (Hch. 4,32).

Habiendo encontrado, muy dulce Jesús, este corazón, que es el tuyo y el mío, te rezaré a ti que eres mi Dios. Recibe mis oraciones en este santuario donde te nos escuchas, o más bien, atráeme enteramente hacia tu corazón... Tú puedes hacerme pasar por el agujero de una aguja, después de haberme hecho depositar el peso de esta carga que llevo sobre los hombros (Mt 19,24; 11,28). Jesús, el más hermoso de toda la belleza humana, lávame aún más de mi inequidad y purifícame de mis pecados (Sal 44,3; 50,4) para que, purificado por ti, me pueda me acercar a ti que eres más puro, que merezca «habitar todos los días de mi vida» en tu corazón y pueda siempre ver y realizar tu voluntad (Sal. 26,4 ss). (San Buenaventura La Viña mística, 8-9)

El texto de San Buenaventura se adentra en la mística del Corazón de Cristo de forma certera y profunda. Intentaré resumir y traducir este párrafo, dentro de lo posible, a un leguaje más actual: El Corazón de Jesús se encuentra ahondando el conocimiento de Cristo. Es la Perla que merece que entreguemos, confiadamente, nuestros pensamientos y deseos para obtenerla... (seguir leyendo)

sábado, 23 de mayo de 2009

Las definiciones que se dan de Dios son inadecuadas. Sacramentos.

Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno de Dios: «A Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, éste lo explicó» (Jn 1, 18ss).

Por eso algunos lo llamaron abismo, pues aunque abarca y contiene en su seno todas las cosas, es ininvestigable e interminable. Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso siguiente: Si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de describir. Porque ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o sujeto de accidentes? No se le puede llamar adecuadamente «el Todo», porque el todo se aplica a lo extenso, y él es más bien el Padre del todo. Ni se puede decir que tenga partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene extensión o limites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le demos nombres, éstos no se aplican en sentido estricto: cuando le llamemos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo otra cosa, hemos de usar estas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en algo que no ande errante en cualquier cosa.

Cada una de estas denominaciones no es capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la potencia del Omnipotente. Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras: pero nada de esto puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa, porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al que es inengendrado. Sólo resta que el Desconocido llegue a conocerse por gracia divina y por la Palabra que de él procede. Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, recuerda que Pablo habló de este modo: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23). (
Clemente de Alejandría, Stromata, 5, 81,2-82,4)

Dios solo puede ser conocido por medio de la Gracia Divina y de la Palabra que de Él procede. Esta afirmación de Clemente define sin duda que todo intento de acceder a Dios por nosotros mismos está condenado al fracaso. Solo Dios puede revelarse a nosotros.

Dios excluye cualquier demostración o definición que provenga de nosotros. Pero Dios se manifiesta en la creación y esa manifestación nos permite conocerle. La naturaleza forma parte del domino sagrado cuando nos da noticia de Dios. Dios también se manifiesta por medio de la Palabra, de Jesús, por lo que podemos también obtener noticia de Dios gracias a todo lo que Jesús nos legó. Las escrituras se muestran como parte importante de lo sagrado.

¿Dónde más podemos buscar a Dios? Lo podemos buscar en la Gracia que nos dona a cada uno de nosotros. Esta gracia constituye en si misma una impresionante teofanía, una manifestación de Dios. La gracia se recibe de muchas formas pero es mediante los sacramentos como más fácilmente anida en nosotros:

Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu (San Ambrosio de Milán, Los Misterios. 7,42)


¿Pero qué es un sacramento y cómo nos comunica con Dios?


La dimensión simbólica es la puerta de acceso a la sacramentalidad cristiana: "El simbolismo sacramental, al menos en su estado rudimentario, se remonta en definitiva a los orígenes de la Iglesia. Su aparición, muy primitiva, explica en gran medida el uso de la palabra mysterion que sirve para designar los ritos cristianos". Estos "ritos cristianos" tienen por finalidad la celebración del misterio de Cristo y, en concreto, el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús, Señor, dentro de la Fe cristiana. Estos ritos consisten en oraciones, lecturas y acciones litúrgicas simbólicas, las cuales sólo llegan a conocer ya comprender los iniciados. (Josep M Rovira Belloso, Los sacramentos, símbolos del espíritu)

Por medio de esa gracia conocemos personalmente a Dios y nos unimos a El… unir y conformar una unidad trascendente es la principal característica que define al símbolo sagrado, por lo tanto los sacramentos son símbolos sustanciales de Dios. Además, si ampliamos el símbolo hasta nosotros mismos, nos hacemos también símbolos de Dios.

Quizás sea San Ireneo de Lyon el Padre de la Iglesia que más ha profundizado en el sentido de comunicación y unión con Dios que contienen los sacramentos:

Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina.

Dios, que "habita una luz inaccesible" (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.

El designio divino de la revelación se realiza a la vez "mediante acciones y palabras", íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente. Este designio comporta una "pedagogía divina" particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo
. (
Sobre San Ireneo de Lyón, tomado de la web: http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=5105 )


Aunque para muchos, los sacramentos son solo signos que dan noticia de la presencia de Dios, es necesario ser conscientes de que contienen algo más la información de esta presencia. Mediante los sacramentos podemos “sintonizamos” con Dios y así predisponernos a actuar en sinergia con todo lo que nos rodea, para beneficio del plan de Dios.

Por esta razón la confesión y la eucaristía han sido la columna de apoyo de gran cantidad de santos y virtuosos en la historia de la Iglesia. Y por la misma razón, estos sacramentos deberían ser columna de apoyo para cada uno de nosotros.

sábado, 9 de mayo de 2009

¿Qué es adorar?


Un certero comentario a la entrada anterior del blog me ha hecho reflexionar sobre la necesidad de dar una definición clara a la acción de adorar. Gracias Amador. Entre lo hermanos evangélicos y nosotros los católicos y ortodoxos existe una interminable controversia sobre este tema, lo que denota que aunque utilizamos la misma palabra, pensamos en diferentes cosas.

Podríamos hacer una revisión integral de las palabras hebreas y griegas que terminaron por traducirse por adorar en nuestra versión latina de la Biblia. Por si alguien desea tener esta información le recomiendo el texto: "El significado de la palabra adorar": Pulsa


Personalmente creo que es más constructivo revisar diferentes textos de las Sagradas Escrituras y reflexionar sobre ellos.

Partiendo de los textos del antiguo testamento se puede entender que en los tiempos antiguos la adoración presuponía una cierta actitud corporal. Adoraba quien realizaba genuflexiones, se ponía de rodillas, se agachaba hasta colocar la cabeza en el suelo, etc. En este pasaje del Éxodo podemos claramente esta actitud en Moisés:

"Entonces Moisés dijo: Por favor, muéstrame tu gloria... Jehová paso frente a Moisés y proclamo: ¡Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad, que conserva su misericordia por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que de ninguna manera dará por inocente al culpable; que castiga la maldad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación! Entonces Moisés apresurándose, bajo la cabeza hacia el suelo y adoro" (Ex. 33:18; 34:6-8).

Para Moisés adorar se ajustaba a una actitud corporal que mostraba su actitud interna. Pero ¿Qué actitud interna tenía Moisés?

Mircea Eliade hace una perfecta descripción del sentimiento que tiene el ser humano ante al Divinidad ya que ante nosotros se presenta como la majestad suprema (magestas) [1]. En ese sentimiento de majestad se esconde también el “mysterium tremens” de aquello que es otra cosa, que nos supera nos impresiona y desborda en toda nuestra naturaleza, tal como Rudolf Otto [2] tan certeramente indica. La combinación de majestad y misterio tremendo y fascinante, da lugar al miedo, al temor reverencial que nos hace taparnos el rostro, cerrar los ojos, arrodillarnos o caer a tierra en signo de total sumisión.

De nuevo Moisés nos sirve de ejemplo de esta actitud:

“Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
— ¡Moisés, Moisés!
— Aquí me tienes —respondió.
— No te acerques más — le dijo Dios —. Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa. Yo soy el Dios de tu padre. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Al oír esto, Moisés se cubrió el rostro, pues tuvo miedo de mirar a Dios.”
(Ex 3, 4-6)


Adorar desde el temor reverente nos lleva a explicitar claramente nuestra actitud de manera corporal. El terror incontenible nos rompe física y mentalmente, lo que explica que caigamos de rodillas y solo podamos pedir clemencia. Pero la adoración no es lo mismo que sumisión, que caer de rodillas o bajar la cabeza hasta el suelo. Si me arrodillo para orar junto a la cama… evidentemente no estoy adorando a la cama. En los tiempos de Jesús ya eran normales comportamientos cínicos que reproducían físicamente el patrón de la adoración por temor reverente, únicamente para mostrarse como seres piadosos y ser considerados, por los que los vieren, como personas dignas de santidad.

Por eso en el nuevo testamento Jesús nos presenta de una nueva manera de entender la adoración a Dios donde las expresiones físicas pasan a segundo plano. Podemos recordar el pasaje de la Samaritana:

Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". (Jn 4,21-24)

Ahora la adoración deja de presentarse de manera corporal para adecuarse a un nuevo paradigma, más auténtico y profundo. El temor no es el sentimiento que aparece al contemplar de cerca de Dios. Frente a Jesús las personas no demuestran el temor reverencial que hasta entonces se asimilaba a la adoración. Ahora aparece el amor y la misericordia como motivos principales de admiración hacia Dios. Jesús se acerca a la Samaritana y esta le interpela desde la confianza y la cercanía. Habla de Dios como algo diferente a una potencia inconmensurable. Jesús nos dice que nuestra actitud deberá pasar de ser corporal a ser espiritual de forma inminente, al desaparecer el Templo de Jerusalén.
El sentimiento de temor reverencial, producido por la inmensa e insondable majestad, se transforma en inmenso amor y misericordia, tal como Jesús muestra. El misterio de Dios concebido como poder, en el tiempo de Moisés, se transforma en un nuevo misterio revelado tal como es revelado por Cristo. Ambos misterios son igual de tremendos, majestuosos. Revelan igualmente el inabarcable poder de Dios. Ambos revelan al mismo Dios, pero el primero lo hace por medio de la cultura y la concepción de Dios de su tiempo y el segundo directamente por gracia de la Palabra Divina. De la transformación de la revelación de Dios a nosotros proviene la diferencia del icono que podemos crear para entender la revelación.

Del icono de Dios destructor de los enemigos, sediento de sangre de quien le desobedece se pasa a un icono repleto de bondad y misericordia. Dios es el mismo pero el vehículo de al revelación es diferente.

Hay otro pasaje interesante en el Nuevo Testamento, esta vez tomado del relato de las tentaciones de Jesús:

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme". Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto". (Mt. 4, 8-10)

El diablo quiere regalar el mundo a Jesús con la sola condición de que le adore y se postre ante el. Jesús dice que solo se debe adorar a Dios y solo a El hay que dar culto. Rechaza al diablo y a su mundo.

Jesús no reconoce al diablo como objeto de adoración. No puede adorarlo ya que no es Dios. Dios une, el diablo separa. El mundo como lugar lleno de roturas, divergencias y disputas es el reino del diablo y como tal se lo ofrece a Jesús. Jesús, que vino a recrear el Reino de Dios en al tierra, sabe que lo que se le ofrece no es unidad, sintonía y concordia entre lo Dios y los hombres, y entre los seres humanos. No puede aceptar el ofrecimiento ya que lo que se le ofrece es una inmensa mentira.

Adorar es primeramente reconocer quien es Dios y colocarlo en el centro de lo que somos. No es necesario postrarse para adorar. El solo reconocimiento de qué simboliza Dios y qué es su imagen, representa la mejor y más indiscutible adoración. Es cierto que tras el reconocimiento puede venir la sumisión, correspondiente a postrarse ante Dios. Pero esta sumisión no es algo pasivo, precisamente es todo lo contrario. Es una actitud activa frente al desorden y rotura. Una actitud de cura y unión de lo fragmentado.

Podemos traer otro texto más del Nuevo testamento.

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas. (Mc. 12,28-34)

En este caso Jesús vuelve a hacer prevalecer lo espiritual sobre las actitudes y ritos. Los ritos y por lo tanto la liturgia, parten de una actitud, un conocimiento y un reconocimiento previo. Sin esa actitud vital, conocimiento y reconocimiento de lo que se representa, todo lo que hacemos estará hueco y sin sentido. En el fondo lo que haríamos sería adorar al diablo por medio de la aceptación de la apariencia desprovista de fondo y profundidad. Adoraríamos al sinsentido que nos separa y nos rompe. Quizás ganaríamos aparentemente el mundo, pero nos perderíamos a nosotros mismos.

Adorar es amar a Dios sobre todas las cosas y además amar al prójimo a uno mismo. Las posturas corporales solo tienen sentido tras el amor entregado a Dios y a nuestro hermanos.

Tal como dijimos en una entrada anterior amar a Dios es conocer y comprender a Dios por medio de la revelación. Adorar es aceptar que Dios existe y luchar por entender su revelación e incluso pedir humildemente llegar ser nosotros mismos revelación de lo Eterno.



[1] Lo sagrado y lo profano, (1998) Eliade, Mircea. Editorial Kairos
[2] Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, (1980) Otto, Rudolf. Editorial Alianza.

viernes, 1 de mayo de 2009

La Verdad de Dios. Rechaza la idolatría.


Jeremías, ese profeta tan sabio, o mejor, el Espíritu Santo por Jeremías, nos muestra a Dios. Dice:


"Yo soy un Dios cercano, no un Dios lejano. Si un hombre hiciera algo en un escondrijo, ¿no lo veré Yo? ¿No lleno los cielos y la tierra? Dice el Señor."


Por otra parte, de nuevo nos dice por Isaías: "¿Quién medirá el cielo con la palma y toda la tierra con el cuenco de su mano?". Mira la grandeza de Dios y conmuévete. Adoremos a este de quien afirma el profeta: "Ante tu faz se derretirán las montañas como la cera se derrite ante la faz del fuego".


Éste es Dios, dice, "el que tiene como trono el cielo y la tierra como escabel". "Si abriera el cielo se apoderaría de ti el temor".

¿Quieres también oír lo que dice este profeta sobre los ídolos? Se colocarán ante el sol y sus cadáveres servirán de alimento a las aves del cielo y las fieras de la tierra. Se corromperán bajo el sol y la luna los que les amaron y sirvieron. Y su ciudad será arrasada.


Dice que los elementos y el cosmos perecerán con ellos también: "La tierra –afirma– envejecerá y el cielo pasará", "pero la palabra del Señor permanece para siempre".


¿Y cuando, en otra ocasión, Dios quiso manifestarse a sí mismo por medio de Moisés? "Ved, ved que soy Yo, y no hay otro Dios fuera de mí". "Yo daré la muerte y la vida. Heriré y sanaré. No hay nadie que se libre de mis manos".



Pero ¿quieres oír otro oráculo? Tienes todo el coro de profetas, los compañeros de Moisés. ¿Qué dice el Espíritu Santo por Oseas? No dudaré en decirlo: "Ved que Yo he dado fuerza a la tormenta y he creado el viento". Sus manos establecieron el ejército del cielo.


Y también por Isaías (te recordaré esta palabra): "Yo soy, Yo soy, afirma, el Señor, que proclama la justicia y anuncia la verdad. Reuniros y venid. Deliberad a la vez los que estáis salvados de todas las naciones. No me han conocido los que erigen un trozo de madera como su ídolo y suplican a dioses que no les salvan". A continuación prosigue: "Yo soy Dios y no hay otro justo fuera de mí, y no hay otro salvador fuera de mí. Volveos a mí y seréis salvos los del confín de la tierra. Yo soy Dios y no hay otro. Lo juro por mi nombre".



Rechaza a los idólatras diciéndoles: "¿Con quién compararéis al Señor? ¿A qué imagen haréis que se asemeje?" "¿No fabricó el artesano una imagen y el orfebre fundió el oro y la doró?". Lo mismo ocurre en esto.


¿No sois vosotros aún idólatras? ¡Venga, tened miedo de sus amenazas! No se quejan las esculturas y las obras hechas por hombres, sino más bien los que confiaban en ellas, pues la materia es insensible. Incluso afirma: "El Señor hará temblar las ciudades habitadas y tomará en su mano toda la tierra habitada como si fuera un nido".

¿Por qué te anuncio los misterios de la sabiduría y las sentencias de un niño hebreo, totalmente instruido? "El Señor me estableció al comienzo de sus caminos con vistas a su creación"; y "el Señor otorga la sabiduría y de su boca brota ciencia e inteligencia".


"Perezoso, ¿hasta cuándo estarás acostado? ¿Cuándo despertarás de tu sueño? Si fueras diligente, te llegaría tu cosecha como una fuente". Es el Logos del Padre, la buena luz, el Señor que nos trae la luz, la fe y la salvación para todos. "El Señor que hizo la tierra con su poder, restableció la parte habitada con su sabiduría", como dice Jeremías. Pues nosotros habíamos caído en los ídolos, pero la Sabiduría, que es su Logos, nos encamina hacia la verdad.


Ésta es la primera resurrección de la caída. Por eso el admirable Moisés, alejándonos de toda idolatría, grita con hermosas palabras: "Escucha, Israel, el Señor es tu Dios, el Señor es uno solo". "Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás".


Ahora, pues, hombres, comprended según aquel bienaventurado salmista David: "Aprended la lección, no sea que el Señor se irrite y perezcáis fuera del camino justo, pues su cólera se inflama de repente. ¡Venturosos los que a Él se acogen!". (Clemente de Alejandría. Protréptico título VIII)



¿Quiénes son los idólatras a los que se refiere Clemente? Podemos fijarnos lo que Dios dijo por medio de Moisés: “Escucha, Israel, el Señor es tu Dios, el Señor es uno solo"



Dios es Uno solo, no es multiplicidad. En Dios, en la Divinidad, todo se integra, se une y tiene significado. Fuera de la Divinidad aparece la multiplicidad, la dispersión y la ausencia de razones comunes. Dios se manifiesta a nosotros por medio de lo sagrado, que al ser reflejo de la Divinidad, esta sacralidad integra, une y da significado a todo. Por eso la sacralidad es ante todo simbólica, entendiendo simbólica como la propiedad de representar de forma unitaria e integrada tanto lo representado como todo lo que depende de ello.



¿Cuándo actuaremos de forma idólatra? Cuando demos carácter de verdad a aquello que separa, rompe y disgrega. Los ídolos tienen un significado que se puede calificar como diabólico, ya que nos separa de un entendimiento y unión con todo lo que nos rodea.



Las representaciones sagradas hacen referencia a al Divinidad utilizando el sentido simbólico que las convierte en iconos. Los iconos reflejan y conducen a Dios. Por lo tanto adorar, un icono es idolatría. ¿Por qué? Si en un icono se pierde “Lo Representado” se pierde el carácter y sentido de mediador simbólico con la Divinidad.



¿Cómo saber si nuestra actitud frente a lo sagrado es idólatra? Si utilizamos lo sagrado para separar, atacar o romper, estamos cometiendo idolatría, ya que estamos poniendo la representación sobre lo representado. La representación de lo Divino se puede respetar, venerar y hasta admirar… pero nunca adorar.



Por ejemplo, cuando se utilizan las sagradas escrituras para atacarnos unos a otros, estamos poniendo la revelación sobre el revelado. Esto se hace más patente si somos conscientes de que estamos incumpliendo el mandato expreso de Cristo: Amaos los unos a lo otros como yo os he amado. Amad a vuestros enemigos. Este hecho se relata perfectamente en primera epístola de San Juan:


“Quien dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la Palabra que habéis escuchado. Y sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo - lo cual es verdadero en él y en vosotros - pues las tinieblas pasan y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.” (1 Jn 2, 4-11)


Dios une, nunca separa. Si nuestro 'dios' es un 'dios separador', lo que realmente adoramos en un ídolo creado a nuestra medida.
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