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martes, 18 de junio de 2019

El Sagrado Corazón de Jesús. Brujula para navegar en tiempos de tormenta.


Cada mes de junio nos reencontramos con el Sagrado Corazón de Jesús. Hoy en día estamos tan llenos de efemérides, días especiales y fiestas diversas, que es complicado pararnos a reflexionar sobre todo lo que el Sagrado Corazón de Cristo nos ofrece. Tengo que confesar que antes, hace algunas décadas, me parecía una de muchas devociones de tiempos de mis abuelos. De joven es complicado acercarse a una devoción sin sentir repulsa de la apariencia emotivista que el romanticismo dio a la mayoría de las devociones. Gracias a Dios tuve la gracia de encontrar un libro que trataba del Sagrado Corazón de Jesús de manera diferente. Su autor Jean Hanni, fue católico tradicional francés, filósofo y profesor de civilización y literatura griegas en la Universidad de Amiens. Fue uno de las personas que más investigó y profundizó en la mística cognitiva que posee nuestra fe. Jean Hani nos indica que al hablar de corazón tenemos que superar le visión romántica que lo reduce y encasilla. Al hablar del Sagrado Corazón de Jesús,...

...habría que referirse al menos al sentido que esta palabra tiene en el contexto bíblico, pues es el que rige el sentido que hay que darle en el contexto bíblico, pues es el que rige el sentido que hay que darle en el contexto cristiano. Para los hebreos, el corazón es el centro de toda la vida del hombre en todos los planos; es el centro metafísico del hombre, que integra todas sus facultades: razón, intuición y voluntad, pero es ante todo y en primerísimo lugar el órgano de la inteligencia pura, intuitiva, y el sentimiento y la afectividad sólo tienen que ver con él secundariamente, con el mismo título que las demás facultades. Esta es la concepción que heredaron los Padres de la Iglesia, especialmente los Padres orientales. Añadamos enseguida que esta concepción no es exclusiva de la tradición judeocristiana, sino que por el contrario es común a todas las tradiciones regulares, por la simplísima razón de que se trata de una verdad de origen ontológico y metafísico. (Jean Hani - Mitos, Ritos y Símbolos)

El Sagrado Corazón de Jesús es una devoción mucho más antigua de lo que se suele creer. Se conocen referencias en los primeros Padres de la Iglesia y representaciones que nos llevan hasta el medievo. Ahora, es a través de Santa Margarita María de Alacoque (1671) cuando la Iglesia se hace consciente de la trascendencia simbólica que contiene el Corazón de Cristo. Aunque Santa Margarita María recibe una serie de revelaciones privadas de Cristo a partir  del 27 de diciembre de 1673, tenemos que esperar hasta finales del siglo XIX, principios del siglo XX, para que la devoción llegue a su mayor apogeo. La época de apogeo coincide con el romanticismo y el auge de los nacionalismos, lo que hizo que el entendimiento de esta devoción se centrara en aspectos emotivistas y que además, se mezclara con aspiraciones autodefinitoras de muchos pueblos. Tras el auge romántico-nacionalista vino una fuerte caída. El modernismo y posterior el cientifismo, olvidaron y menos preciaronal Sagrado Corazón. Otro autor francés, François Chenique, comenta este problema de forma muy clara:

La decadencia se ha producido sobre todo en el siglo XIX cuando la devoción se ha vuelto demasiado sentimental, demasiado dolorista con pretensiones sociales exageradas. Una tímida reacción se dibujó en Francia en los años que siguieron a la Primera guerra mundial, pero fue de corta duración; hablaremos de eso en razón de su importancia doctrinal: será la tercera parte de esta exposición. Antes, hay que volver a trazar brevemente la historia de la devoción al Sagrado Corazón e intentar responder a algunas cuestiones difíciles. (François Chenique - Sagesse chrétienne et mystique orientale) 

El resultado de la caída fue el rechazo, desafecto y hasta desprecio hacia todo lo que tiene que ver con la devoción. Podríamos decir que el maligno ha sabido hacer su trabajo de forma muy eficiente. Jean Hani nos indica que:

Las causas de este desafecto actual son evidentes; fueron muy bien analizadas en una encuesta realizada en la década de los 50 [del siglo XX] pero cuyos resultados siguen siendo válidos todavía. De ella se desprendía que lo que aleja de esta devoción es el estrecho pietismo y el sentimentalismo en el que pronto se sumió y cuyo origen debe buscarse en un desconocimiento de la mística de tipo afectivo de los santos que han tenido revelaciones al respecto; mística que en realidad ocultaba una doctrina y una experiencia de orden totalmente teologal e intelectual en el verdadero sentido de la palabra. La deformación de esta mística y su «estereotipado», por decirlo así, originó manifestaciones devocionales privadas, de naturaleza totalmente superficial, libros piadosos que se aplicaban ante todo, o únicamente, a aspectos secundarios del culto en cuestión, además de una confusión fundamental que hacía que no se viese en el «corazón» otra cosa que un símbolo afectivo; y por último, y tal vez sobre todo, originó toda aquella masa de cantos amanerados, dulzarrones o ñoños, aquella proliferación de imágenes y estatuas pintarrajeadas del peor gusto, y la representación del Corazón divino en la forma extremadamente realista de víscera sanguinolenta, cosa que únicamente podía provocar repulsión y desacreditar indirectamente a un culto que naturalmente no tiene nada que ver con ese pietismo repulsivo. 

Es importante por lo tanto, rechazar estos errores y desterrar todo ese batiburrillo pseudomístico para descubrir la verdad profunda de esa devoción, que no apunta a otra cosa que a hacernos penetrar en la esencia misma de la espiritualidad cristiana. (Jean Hani - Mitos, Ritos y Símbolos)

Entonces, ¿Qué hemos olvidado del Sagrado Corazón de Jesús? Hemos olvidado muchas aspectos que darían nuevas fuerzas a esta maravillosa devoción. Primeramente deberíamos redimensionar los aspectos emotivistas y culturales que se han superpuesto a lo esencial. Esto es no es nada fácil. Todavía hay pequeños grupos que utilizan la devoción para sostener sus aspiraciones socio-culturales y se sienten atacados cuando se intenta recobrar el verdadero sentido del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Dónde encontrar este sentido? Tenemos fuentes provenientes de cuatro periodos diferentes:
  • Fuentes previas. Como ya hemos nombrado, tanto los Evangelios como los Primeros Padres de la Iglesia nos señalan claramente los cimientos de la devoción.
  • Fuentes medievales. Estas fuentes son básicamente iconográficas, pero no por ello dejan de ser reveladores e importantes. Dice el refrán que una imagen vale más que mil palabras.
  • Santa Margarita María Alacoque, que escribe y describe las revelaciones de forma muy interesante. De igual forma, están los escritos de San Juan de Eudes y todo el movimiento nacido en el entorno de Paray le Monial.
  • Fuentes posteriores, de las que es necesario hacer una aproximación crítica para dejar a un lado el emocionalismo y el nacionalismo adheridos.
¿Es posible hacer un resumen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? Sí es posible y podemos dar gracias a Jean Hani, entre otros autores, la mayoría franceses. Los puntos esenciales de la devoción serían los siguientes:
  1. El culto al Sagrado Corazón proviene de lo más profundo del cristianismo. 
  2. Su objetivo es enderezar y renovar toda la tradición cristiana. 
  3. El Sagrado Corazón representa a Cristo en su totalidad: «Templo santo de Dios», «Tabernáculo del Altísimo», «Casa de Dios y Puerta del Cielo», «Hoguera ardiente de caridad», «Santuario de la Justicia y del Amor», «Rey y Centro de todos los corazones», «Corazón donde reside la Plenitud de la Divinidad», «Fuente de vida y de santidad», «Corazón cuya plenitud se derrama sobre nosotros», «Corazón en el que se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia». (letanías del Sagrado Corazón de Jesús)
  4. En 1981, el Decreto de la Congregación de los Ritos proclamaba que la Fiesta del Sagrado Corazón, que este mismo decreto instituía, no era una novedad, sino «la síntesis de todas las fiestas en las que se celebran diferentes misterios de nuestra salvación». Es una recapitulación y, podría decirse, una condensación de todo el Misterio Cristiano.
  5. El Sagrado Corazón se propone al cristiano como una de las vías espirituales más elevadas, simples y directas: la contemplación asidua del Corazón irradiante, Sol espiritual, hace que el contemplativo se vaya volviendo poco a poco apto para recibir la revelación de la Luz trascendente que arranca del salmista este grito asombroso: «En Tu luz vemos la Luz» (Sal. 35, 10). 
El sentido del Corazón de Jesús cobra todo su esplendor cuando  pensamos en que hemos sido llamados a unirnos a Él de forma sacramental, sagrada, trascendente. El sentido unitivo que nos propone el Señor conlleva una profunda conversión. Conversión que no es más que llegar a ser símbolos vivos de Cristo y por lo tanto, encarnar en nuestro corazón, el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso es tan importante el Sagrado Corazón de Jesús. Es el mapa que nos ayuda a andar el camino de la santidad, que nos lleva a Cristo.

lunes, 21 de marzo de 2011

Renunciar a si mismo.

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". (Mt 16,24)

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Renunciar a si mismo. Menudo desafío. Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, por lo que tenemos que seguirlo para llegar al Padre. No hay otro camino alternativo a la renuncia, al desprendimiento de si mismo. Este fragmento de Jean Hani nos conduce magistralmente hacia el Camino que es Cristo.

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Renunciar a sí mismo: esa es la condición que puso Cristo a quien quiere entrar en la vía: «El que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo (aparnisasthô héafton) » (Mt., 16, 24) . El verbo empleado tiene un sentido muy claro: aparnisthai significa «negar», «rechazar»; la orden de Cristo, por tanto, equivale a decir que hay que «negarse a sí mismo», «reducirse a nada». «Es absolutamente imprescindible –dice el anónimo de "La nube del no saber"– que el hombre pierda toda idea y toda sensación de su propio ser». «Cuanto más puedes expulsarte y huir de ti mismo -escribe por otra parte Angelus Silesius-, tanto más debe derramarse Dios en ti con su divinidad»

De lo que se trata es de «perderse» para «encontrarse», conforme a las palabras evangélicas: «El que quiera salvar su vida la perderá; y el que por mi causa pierda su vida la hallará» (Mt., 16, 25). Hay que desnudarse, en cierto modo, no sólo de todo lo creado, exterior a sí mismo, sino también, y sobre todo, hay que desnudarse del yo, pues esta desnudez atrae el descenso de Dios: «El alma tiene que permanecer en su desnudez, sin sentir ninguna necesidad; así es como, con ayuda de la igualdad, consigue el alma llegar a Dios. Porque nada une mejor que la igualdad, pues también Dios permanece en Su desnudez y sin ninguna necesidad... El alma sólo alcanza su perfecta beatitud arrojándose al desierto de Dios, allí donde ya no hay ni operaciones ni formas, para sumirse en ella y perderse en el desierto en el que se aniquila su yo y en el que ella no se preocupa de nada, como cuando todavía no existía (como criatura separada)» . La desnudez del alma coincide con la desnudez de Dios y Su simplicidad, que también es, por decirlo así, Su Pobreza, pues «Dios es la más pobre de las cosas, totalmente desnudo y libre: por eso digo con razón que la pobreza es divina» . La Simplicidad, en Dios, es la otra cara de la unidad; y, en el alma, es la unificación de todas las potencias del ser para regresar primero al estado primordial, que es el «estado de infancia» y la «pequeñez» (Lc., 18, 17, 10-21; Mt., 11, 25 y 10 21; Mt., 11, 25), la unidad del punto primordial adonde regresa el movimiento de la multiplicidad, el punto central y la «puerta estrecha», por donde se pasa luego al «reino de los cielos», lugar de la beatitud suprema: «El círculo de las cosas debe reducirse y anonadarse para que el de la Desnudez, ampliado y dilatado, abarque lo Infinito... Los pobres en espíritu deben permanecer sin ideas en la vasta Simplicidad que no tiene ni fin, ni comienzo, ni forma, ni modo, ni razón, ni sentido, ni opinión, ni pensamiento, ni intención, ni ciencia, que no tiene orbe ni límite. Esta simplicidad desierta y salvaje es el lugar donde habitan, en la Unidad, los pobres en espíritu; allí no encuentra nada, sólo el Silencio libre que responde siempre a la Eternidad».

En este anonadamiento operado por la pobreza y la simplicidad, el ser descubre su propia esencia increada: «Hay algo en el alma que está por encima de la esencia creada... Es un parentesco de especie divina, una unidad en sí mismo, sin relación ni vínculo con cosa alguna... Si pudieses anonadarte a ti mismo, aunque fuese sólo un instante... te pertenecería entonces en propiedad todo eso que reside en ese misterio increado del interior de ti mismo... Mientras sigues preocupándote de ti mismo, o de lo que sea, ignoras el Ser de Dios». (Jean Hani, "Mitos, Ritos y Símbolos")

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Unidad Señor.
Danos el don de la unidad en Ti
Amén.

sábado, 20 de junio de 2009

Sagrado Corazón de Jesús. Oración y devociones.

En un mundo tan moderno y bien comunicado como en el que vivimos ¿Qué razón tenemos para orar? ¿Qué razón podríamos tener para adoptar una devoción particular?

Podemos clasificar las oraciones que realicemos puede enfocarse de tres formas diferentes:

a) Aquellas que piden los bienes y gracias cotidianas necesarias para poder vivir y desarrollar la actividad cotidiana
b) Aquellas que se realizan para alabar y dar gracias por lo recibido.
c) Aquellas en las que el orante se somete, todo humildad, a la inescrutable voluntad de Dios. Son oraciones contemplativas que buscan alcanzar un punto de contacto que nos una a Dios.

Todas estas formas son respetables y necesarias para los creyentes. Todas ellas reflejan el sometimiento a la voluntad divina. Todas permiten expresar nuestros sentimientos y anhelos a Aquel que está más allá de nuestra finitud y nuestras limitaciones. Pero la tercera opción es la que nos permite elevarnos un peldaño y acercarnos un poco más a Dios. No se pide nada, solo se contempla y se siente la sacralidad que nos une a Dios. Pero ¿Cómo comprender este tipo de oración? ¿Cómo enfocarlo en la práctica?

En un breve tratado anónimo sobre la oración nos podemos encontrar con algunas pistas para responder a nuestras preguntas:


“En la oración no se trata de pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Bondad, Belleza, Amor ...

No se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades.

Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el espíritu de Dios.

Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la Alegría que proporciona el contacto con lo Absoluto y con lo Sagrado a través de la oración en su calidad más contemplativa.

Sumergirse en el "acto orante" es el síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría (habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la caridad (al abrazar en nuestra oración a toda la creación), y a todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración.

Orar es un acto simple de colocación ante la presencia de lo Sagrado.”


(Breve tratado sobre la oración . Anonimo)


La oración es parte imprescindible de nuestro camino hacia Dios ya que es un acto donde nos sumergimos en la sacralidad de forma voluntaria y consciente.

Las oraciones se pueden estructurar en rituales más completos y ricos dando lugar a devociones más o menos tradicionales. Tenemos el Rosario, las Novenas, Octavas, etc… que nos permiten acceder de forma colectiva a los beneficios de la oración contemplativa. Dentro de las devociones podemos citar al Rosario y la devoción del Sagrado corazón como dos de las más importantes y profundas


Jean Hani nos habla de estas dos devociones capitales para el creyente católico.

“Quisiera recordar tan sólo dos de estas intervenciones celestiales, que se encuentran entre las más importantes y de las que cabía esperar los mayores efectos para la cristiandad: la solemne institución del Rosario y la introducción del culto al Sagrado Corazón.

No es que estas dos «devociones» se encuentren totalmente olvidadas, pero sí es verdad que han pasado a segundo plano; además, y esto es más grave, la mayoría de quienes las practican, sean clérigos o laicos, no conocen más que su significado más exterior, de tal suerte que no constituyen más que meros ejercicios de piedad, lo cual es mejor que nada, desde luego, pero que sin embargo hace que se ignore su más profundo significado, valor, y por tanto eficacia, que son precisamente lo que hubiera podido repercutir en el destino del catolicismo. A mostrar este significado esencial van destinadas las reflexiones que siguen, pues la «devociones» siguen conservando naturalmente intactas sus secretas riquezas a disposición de quienes aspiren a ellas.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

No es ninguna novedad que se diga que las devociones se toman actualmente como elementos de piedad sentimental carentes de utilidad. Por lo tanto son rechazadas por el “creyente moderno” por la apariencia de dulzona y sentimental que han creado entorno suya. Para este nuevo creyente practicar las devociones supone una perdida de tiempo y un aburrimiento inaceptable. Jean Hani, en el mismo capítulo dedicado al culto de Sagrado Corazón, muestra su discrepancia con este punto de vista contemporáneo:

“Si bien, como hemos dicho ya y como se verá más adelante, la doctrina del Sagrado Corazón hunde sus raíces en los propios orígenes del cristianismo, su formulación expresa fue ante todo objeto de revelaciones privadas. Lo cual se explica por el hecho mismo de su importancia, debida a su carácter totalmente «interior», como señala justamente H. Montaigu en su excelente libro sobre Paray. El cristianismo tiene por dogmas oficiales los misterios, que, por otra parte, son también los arcanos de la vida contemplativa; Cristo desveló algunos desde el comienzo; los demás, poco a poco, en el transcurso de la historia de la salvación. Este es el caso del «misterio del Corazón». Y así se explica su carácter escatológico: la revelación de este misterio, que es el centro más interior de todo el misterio crístico, estaba reservada al período del «Fin de los tiempos», o dicho de otro modo, al fin del ciclo de nuestra humanidad. Eso es lo que se desprende de una revelación recibida del apóstol San Juan por Santa Gertrudis (siglo XVI). La santa le preguntó por qué no había escrito nada sobre el corazón de Cristo; San Juan le respondió: «Mi misión era anunciar a la Iglesia naciente la doctrina del Verbo increado de Dios Padre; pero, por lo que se refiere a este Corazón sagrado, Dios se reservó hacerlo conocer en los últimos tiempos, cuando el mundo comenzase a caer en la decrepitud, para reavivar la llama de la caridad ya enfriada»

Por eso, muy al contrario de no ser más que una devoción entre otras, el culto al Sagrado Corazón, que viene de lo más profundo del cristianismo, aparece como la tentativa, por parte del Cielo de enderezar y renovar toda la tradición cristiana, en el campo de la espiritualidad individual, por supuesto, pero también –cosa que suele olvidarse, o incluso ignorarse– en el campo intelectual y en el campo social.” (Jean Hani.
El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

Quizás no sea evidente para el católico actual, pero el Corazón de Jesús contiene su Bendita Sangre, lo que nos lleva directamente al misterio eucarístico y está en consonancia con tradiciones que se hunden en la antigüedad, como es la leyenda del Santo Grial.
“Todo el simbolismo y todo el significado del Sagrado Corazón está sintética y maravillosamente resumido en algunas invocaciones de las letanías que le están consagradas. El Corazón de Cristo es llamado «Templo santo de Dios», «Tabernáculo del Altísimo», «Casa de Dios y Puerta del Cielo», «Hoguera ardiente de caridad», «Santuario de la Justicia y del Amor», «Rey y Centro de todos los corazones», «Corazón donde reside la Plenitud de la Divinidad», «Fuente de vida y de santidad», «Corazón cuya plenitud se derrama sobre nosotros», «Corazón en el que se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Se ve de inmediato que tales denominaciones no pueden aplicarse al corazón tal como lo concibe el mundo moderno, o sea únicamente como centro emocional y sede de los sentimientos.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

En esta semana en la que se celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no está de más que intentemos hundirnos un poco más en el significado y el simbolismo de la devoción, ya que si no hacemos este esfuerzo la devoción se nos presentará como una costumbre anacrónica y prescindible para el católico contemporáneo.

Para conocer más sobre la devoción pueden consultar en esta dirección: http://www.revelacionesmarianas.com/paray_le_monial.htm 
 (Página tristemente borrada)


Cor Iesu Christi,
plenum veritatis,
plenum sanctitatis,
plenum pietatis.
Infinitum sapientia,
infinitum potentia,
infinitum clementia,
Cor Iesu Christi.

Cor Filii Dei,
Cor Agni Dei,
Verum Cor Dei,
Cor Regis magni,
Cor Regis sancti,
Cor Iesu mei.

Oración tomada del estupendo blog: http://laudetur-iesus.blogspot.com/ 
(Blog tristemente cerrado)

domingo, 19 de abril de 2009

Fides quaerens intellectum. La fe busca entender

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.”Este mandamiento es el principal y primero. (Mateo 22, 34-39)

Cuando un ama, busca el objeto de su amor. Amar a Dios requiere de una afinidad que supera el simple sentimiento, requiere una postura activa de ir en busca de Dios… Pero ¿Cómo hacerlo? San Clemente de Alejandría viene a ayudarnos: 
«Fides quaerens intellectum.» (La Fe que busca comprender)


Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: «Busca y encontrarás» (cf. Mt 7, 7; Lc 12, 9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre... Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito en David: «Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabarán al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos» (Sal 21, 27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la Verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá. Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida, pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos indistintamente a todos los que hablan o escriben... «Dios es amor» (1 Jn 4, 16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. «Dios es fiel» (I Cor 1, 9; 10, 13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes... «Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad... (Clemente de Alejandría. Stromata. V, 11, 1ss.)

Seguramente en este texto de Clemente encontréis muchos ecos de las entradas anteriores de este humilde blog. Tal como nos indica Clemente, es necesario que nos familiaricemos con el amor de Dios, que busquemos semejanzas, analogías ya que por medio de ellas podemos llegar a cimentar nuestra Fe. No se trata de creer algo que no se ve, … se trata de creer en aquello que se nos revela. Para contemplar y comprender nos hace falta abajarnos hasta nuestra verdadera naturaleza y mediante la humildad de sabernos limitados y falibles, actuar con la pureza de los niños. Solo actuando como niños podremos ver a Dios en todo lo que nos rodea.

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. (Mateo 5,8)

Tan simple y tan complicado para el ser humano de nuestros días. El ser humano se siente poseedor de todo el poder y el conocimiento, además se siente capaz de delimitar por si mismo qué es el bien y el mal. En la sociedad actual, más que negar a Dios, nos afanamos en olvidarle o recluirle de manera controlada en espacios y momentos delimitados. Cuanto más profanos mejor, a fin de evitar sentirnos fuera de lugar. El tiempo y el espacio sagrado ya no son fuentes de vida que se expande a todo el mundo profano… todo lo contrario. El mundo profano penetra en la sacralidad para alejarla de nosotros y de su verdadero objetivo. Al olvidar a Dios hacemos imposible su búsqueda. Si le preguntamos a un creyente medio qué significa el primero de los mandamientos… seguramente lo pondremos en un apuro sin salida. Pero a lo mejor podemos dar algunas pistas para comprender, en la medida de lo posible, este mandamiento.

Amar a Dios con todo nuestro corazón. El corazón no es el centro de la emotividad tal como se estima hoy en día. El corazón al que se refiere Jesús es el centro de nosotros mismos. Por lo tanto se trata de amar poniendo nuestra centralidad en Dios, colocando a Dios como elemento indispensable para cada paso y elección que realicemos. Jean Hani comenta el concepto de corazón como centralidad al hablarnos del Corazón de Jesús [1].

Amar a Dios con toda nuestra alma. El alma es la chispa divina origen de la vida, sensibilidad y espiritualidad en cada uno de nosotros. En el alma tradicionalmente se recoge la capacidad de actuar, por lo que amar a Dios con el alma es poner nuestra vida al servicio de Dios en todo momento.

Amar a Dios con todo nuestro ser. Somos gracias a que Dios comparte el ser con nosotros. Si amamos a Dios con todo nuestro ser, estaremos sincronizándonos con Dios y con sus objetivos. Seremos entonces realmente íconos de Dios en el mundo. Símbolos que permitan al Ser Divino manifestarse en la realidad que nos rodea. Amar a Dios con todo nuestro ser es unirnos a Dios y al mismo tiempo unirnos a los demás.

Tras el apuro de explicar este mandamiento, eso si, seguro que la segunda parte del texto evangélico resulta más evidente:

El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas (Mateo. 22, 40)

Pero… ¿Cómo nos amamos a nosotros mismos? ¿Nos buscamos a nosotros mismos para amarnos? ¿Cómo amarnos sin comprendernos? ¿Nos amamos realmente o más bien nos soportamos? Sin amar-buscar a Dios ¿Qué referencia de amor tenemos para ofrecer al prójimo?

La pregunta es ¿Cómo amarnos a nosotros mismos correctamente?... pero para contestar esta pregunta hace falta buscar a Dios, ya que solo en El podemos comprendernos. Sin Dios no tenemos objetivo ni razón de ser… Sin objetivos… qué otra cosa podemos hacer más que darnos pena y buscar colmar nuestras necesidades y deseos como único alivio a tanto vacío.

¿Dónde buscar a Dios entonces? Ya que resulta que el segundo mandamiento también implica cumplir el primero. La respuesta sería en la sacralidad, que es el camino que nos une y religa a El. Sin sacralidad nada tiene sentido más allá de lo aparente, contingente, operativo o placentero-agradable.

[1] Mitos, ritos y símbolos (1999). Jean Hani. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca.

sábado, 14 de marzo de 2009

El Mensaje Sagrado

Ya hemos visto que la revelación de la Divinidad se puede vivir directamente en el espacio y el tiempo sagrado. Hemos visto que esta sacralidad es solo perceptible si se conoce el lenguaje especial en que la expresa, ya que necesita de una hermenéutica especializada para ser comprendida. Esta hermenéutica es un lenguaje y por lo tanto un mensaje que recibimos. Un Mensaje que es Cristo mismo que se manifiesta en el Evangelio, la Buena Noticia. Según vayamos comprendiendo el lenguaje en que está expresada la sacralidad, iremos asimilando toda la plenitud de al revelación contenida en todo y todos los que nos rodean. Sin no disponemos de las claves para comprender lo que se nos revela siempre es posible acceder a nivel intuitivo a la sacralidad que se nos presenta ante nosotros. Si no tenemos ni el conocimiento ni la intuición necesarias, lo que se nos presente como sagrado carecerá de todo significado y perderemos el hilo que nos une con Dios.

No es raro hoy en día oír y ver a personas hablar sobre el carácter pagano de determinados símbolos, rito o escritos considerados sagrados por las Iglesias cristianas tradicionales (occidental y oriental). Por ejemplo, se oye decir que los católicos adoramos a un supuesto "dios sol", basándose en que hacemos al sol símbolo de Cristo. De igual forma, se suele oír que creer que el pan consagrado es el mismo Cristo es una evidente idolatría. Cuando alguien se expresa de esta manera, solo demuestra que desconoce el lenguaje sagrado y la revelación que Dios hace de Su propia naturaleza; además de ignorar la revelación contenida en las sagradas escrituras. Las existencia de simbologías asimilables solo indica que se utiliza un lenguaje simbólico común, que además es el utilizado por Dios para revelarse a los hombres desde el inicio de los tiempos.

Fijémonos en las Sagradas Escrituras ¿por qué les llamamos sagradas? Son sagradas debido a que las consideramos Palabra de Dios y Mensaje Divino. Las consideramos como una revelación debido a que nos comunica aspectos de Dios que no podríamos conocer si no se desvelan. El ejemplo más claro que apoya esto lo encontramos en las parábolas que nos legó Jesús por medio de los Evangelios. Por medio de unas narraciones aparentemente simples, Jesús nos comunica aspectos sobre Dios, el Reino de Dios, la Verdad, etc, que son todo menos simples y evidentes.

Es interesante reseñar que el Mensaje Sagrado se comunica por los mismos medios y lenguajes que se consideran vehículos artísticos: palabra, pintura, escultura, música, etc. Podemos hacer un rápido repaso sobre cómo se comunica la revelación utilizando estos lenguajes artísticos, apoyándonos en citas de diversos autores.

Empezamos por el arte sagrado de la pintura, donde el mejor exponente de su función sagrada es el Icono. Un icono es sagrado en cuanto nos revela a Dios mediante el arte del escritor de iconos. Jean Hani nos habla sobre qué es un icono y cómo debe ser entendido el mensaje contenido en el:

El ícono es el perfecto ejemplo de arte sagrado. En su campo, realiza perfectamente la representación de las realidades celestiales, de los arquetipos eternos; de este modo es un soporte de influencia espiritual y desempeña un papel que las autoridades eclesiásticas competentes no dudan en llamar sacramental. Es fuente de bendición e instrumento de contemplación; de bendición por el tema sobrenatural que representa según una regla canónica y que irradia su fuerza de bendición; de contemplación porque conduce de lo sensible a lo inteligible, de lo terrenal a lo celestial, a las verdades eternas, pues el icono es una visión del Cielo.

Porque el tema fundamental de todo icono, ya sea un retrato o un tema con varios personajes, es el hombre; pero precisemos enseguida: no el hombre terreno, en su estado terreno y su apariencia física, sino el hombre redimido y ya resucitado que vive en el Paraíso en la contemplación de Dios. Si esto es así, es porque todo icono deriva del icono primordial que sirve de modelo a todos los demás: el de Cristo. Como precisaron los Padres de Nicea, este icono es una prolongación de la Encarnación, es la imagen del Dios Hombre, que a su vez es imagen arquetípica del Hombre Dios, o sea el modelo de lo que tiene que ser el hombre creado «a imagen de Dios» cuando «se convierte en lo que él mismo es».” [1]

El canto como unión perfecta de música y oración nos ayuda a focalizar el ánimo, espiritualidad y la atención durante las celebraciones litúrgicas. En el diario de Raissa Maritain, una admirable mujer, poeta y contemplativa (1883-1960) podemos encontrar la siguiente cita:

"Necesidad de los cantos en la iglesia: canto del coro, canto de los fieles, canto de los mundos. La palabra es demasiado seca, demasiado limitada para expresar tal Amor. Es preciso el canto esplendido o el silencio que es otro lirismo, el del amor unificador que une al propio Júbilo divino." [2]

El amor al que se refiere Raissa es un amor revelado mediante el canto litúrgico, ya que no es algo a lo que podamos acceder por nosotros mismos.

En al arquitectura o escultura sucede lo mismo. Las estructuras espaciales incorporan niveles de significado y simbolismo que permiten ser leídos por aquellos que están preparados para ello. Quienes no lo están pueden disfrutar de la revelación por medios intuitivos.

“No olvidemos que el arte románico está lleno de símbolos y que, como decía Plotinio, el hombre sabio es aquel que en una cosa lee otra. Por todo ello, sugeriría que el arte románico- y más concretamente su percepción simbólica anagógica- actuara como tal anzuelo para personas hambrientas de un significado más profundo. A partir de allí pueden comenzar a elaborar una actitud de concientización que les capacitará para moverse en un proceso de interiorización, de modo que puedan integrar el significado de un símbolo, revolucionando los presupuestos ortodoxos que separan actualmente el conocimiento del observador de la concepción de la realidad de su experiencia.[3] (Malvis)

El mensaje sagrado difícilmente puede mostrarse de manera pragmática y científicamente analítica, ya que significado excede al capacidad de comunicación de evidencias. Pero es admirable que el mensaje se exprese de manera especialmente fidedigna utilizando cualquiera de los medios artísticos antes citados.

También es interesante la opinión que el cardenal Tomas Spidlík da sobre lo el mensaje sagrado que es transmitido por el arte:

“El arte que se manifiesta en los iconos, en la imagen sagrada y en la liturgia. Cuando se enseña la doctrina sólo con los conceptos racionales, evidentemente el misterio es muy limitado. En cambio, el símbolo mantiene la plena riqueza de significados. No hay que entender el símbolo como atributo decorativo. La palabra símbolo hay que entenderla a la letra, como signo visible e inmediatamente perceptible de la realidad que indica. Por eso Jesús habló siempre con parábolas, con símbolos; y la liturgia oriental está llena de símbolos, es un icono vivo.” [4]


San Juan dice que Cristo es el Logos, es decir lo que expresa y da sentido a todo lo creado. Por eso Cristo es el Evangelio, la Buena Noticia que se manifiesta y comunica a nosotros. Cristo nos dice que todo y todos tenemos sentido en Él y que ha venido al mundo para comunicarlo. El Mensaje Sagrado no es más que Cristo manifestado a los seres humanos, el Logos. No se trata de nada oculto, aunque comprender este Misterio sea imposible para el ser humano. 

[1] Mitos, ritos y símbolos (1999). Jean Hani. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca.
[2] El diario de Raissa.(2009) Maritain, Raissa p60. Jaques Maritain Editor.
[3] La nueva percepción simbólica. Cada símbolo posee niveles de interpretación diferentes. (2005) Malvis. http://www.circuloromanico.com/index.php?menu_id=5&jera_id=65&page_id=59&cont_id=70
[4] Entrevista al Cardenal Tomás Spidlík. (2003). 
http://www.30giorni.it/articoli_id_2220_l2.htm

domingo, 8 de marzo de 2009

El tiempo sagrado

Tan sublime y perfecta es la inmensa montaña, imperturbable frente a nosotros, como el sutil y perfecto es el canto del pájaro en la mañana.

El espacio sagrado muestra la armonía estática del universo. El tiempo sagrado muestra la armonía dinámica de la creación.

El segundo eje sobre el que se construye nuestra realidad es el tiempo. El tiempo es una percepción que solo podemos ponderar por medio de la percepción de cambios externos a nosotros. La intuición del “Panta Rhei” de Heráclito, “todo fluye”, no es más que una constatación de la existencia de la existencia del tiempo como factor de cambio permanente a nuestro alrededor. Podemos diferenciar entre tiempo “físico” o científico y tiempo vivencial o “humano”. El tiempo físico es una magnitud cuantizable, medible, comparable, mientras que el tiempo humano es una percepción personal. Esta percepción personal se basa en los eventos que suceden y en nuestra relación con ellos.

Pasemos al concepto de tiempo sagrado. Podemos definir tiempo sagrado como cualquier sucesión de eventos por medio de los cuales nos acercarnos a la Divinidad, a Dios. En este punto nos encontramos con una incongruencia… si Dios es inmutable, ¿Cómo podemos acercarnos o unirnos a El mediante el tiempo? Esta aparente incongruencia se desvela si lo comparamos con el concepto de espacio sagrado. Si Dios es absoluto ¿Cómo se desvela o une a nosotros por medio de un espacio limitado? En el espacio sagrado, decíamos que la armonía que encontramos en el universo se transfiere mediante analogías a un espacio físico. Mediante estas analogías estáticas y la armonía implícita en ellas, damos pasos para acercarnos a Dios. Con el tiempo pasa lo mismo: todo lo que nos rodea acontece secuencialmente en cadenas de causas y efectos. Si recreamos estos ciclos mediante la sucesión de acciones personales y/o colectivas, nos sentimos formar parte del universo. En esta sincronización hombre-universo hacemos nuestros los ciclos universales y mediante estos ciclos, nos acercamos a Dios.


En el Prefacio al volumen XI de su obra "Opera Omnia", Benedicto XVI nos ilustra el sentido cósmico de la Liturgia con esta certera frase:  “el carácter cósmico de la Liturgia representa algo más que la simple reunión de un grupo más o menos grande de seres humanos; la Liturgia se celebra en la amplitud del cosmos, abraza creación e historia al mismo tiempo". El cristiano sabe que en el cosmos Dios ha dejado su huella creadora y que esa huella es sagrada. Es decir, el cosmos nos acerca a Dios, porque es obra de su amor inifito.

En lo ciclos universales encontramos todo el sustrato de orden dinámico que sostiene el universo. Orden no tiene un único aspecto ligado a lo inmutable. Existe orden en toda causa que da lugar a un efecto. Este efecto puede ser causa que dará lugar al siguiente efecto y así hasta el infinito. Causa y efecto están ligados en un orden inmutable representado por las leyes universales. Este orden excede el primario concepto de inmutabilidad que solemos tener y plasmar en el concepto de Divinidad. Contemplando el orden cíclico y las leyes que lo mantienen, nos acercamos mediante analogías o símbolos a la perfección divina.

De igual forma que un templo muestra la armonía estática del universo, en los ritos recreamos por analogía y simbolismo, el orden dinámico universal. Hablar de tiempo sagrado es hablar de ritos y rituales. Ritos que van desde un sencillo gesto hasta los grandes ciclos litúrgicos que se desarrollan durante uno o más años… o durante toda una vida. Participar en los ritos nos permite unirnos simbólicamente a la Voluntad de Dios por medio de nuestra participación en estos ciclos. Los simbólico es real como la vida misma, siempre que se haga vida en nosotros. Jean Hani [2] en su libro “Simbolismo del templo cristiano nos indica”:

… el año litúrgico es una reactualización siempre repetida de la vida de cristo y, por ello mismo, una regeneración individual del individuo. Por la repetición cada año del ritual, nos convertimos, de algún modo, en contemporáneos de Cristo y nos incorporamos, poco a poco sus misterios, hasta que El se «haya formado en nosotros (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Otro pasaje interesante del mismo libro indica que:

La liturgia anual se nos presenta como un «sacramento del tiempo»; ella integra el tiempo, el cual, si no, significa pura dispersión, en una perspectiva espiritual, mostrando que él es una de las formas que reviste la manifestación cósmica del Verbo Divino, y ella nos permite así «redimir el tiempo», según al viva expresión de San Pablo (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Pero debemos ser conscientes que los ciclos se integran en la liturgia por medio de los simbolismos. Podemos tomar como ejemplo el siguiente texto de Mons. Klaus Gamber[2]:
En la breve descripción litúrgica del segundo libro de las Constituciones apostólicas, que son unas instrucciones del Siglo IV, se menciona igualmente que hay que ponerse de pie para rezar y volverse hacia el Oriente. El libro octavo nos aporta la apelación del diácono: "¡Poneos de pie hacia el Señor!". Como se ve, aquí también hay un paralelismo entre el hecho de mirar hacia el Oriente y el de volverse hacia el Señor.

La costumbre de rezar en dirección al sol naciente es inmemorial, como igualmente lo ha demostrado Dólger; se la encuentra tanto entre los judíos como entre los romanos.

Por ello el romano Vitrubio, en su tratado sobre arquitectura, escribe: "Los templos de los dioses deben estar orientados de tal forma que la imagen que se encuentre dentro del templo mire hacia el ocaso, para que los que vayan a hacer sacrificios estén vueltos hacia el Oriente y hacia la imagen; y así al hacer sus oraciones vean todo el conjunto, el templo y la parte del cielo que está a levante, y que las estatuas parezcan levantarse con el sol para mirar a los que rezan durante los sacrificios.


Para Tertuliano (hacia el 200 D.C.) la oración hacia Oriente es cosa evidente. En su librito "Apologética ", menciona que los cristianos "rezan en dirección al sol naciente" (c.16). Esta orientación de la plegaria se señaló muy pronto en las casas por medio de una cruz en el muro (
Mons. Klaus Gamber. El altar católico)

Podríamos pensar que la Liturgia que puede ser creada sin más, a voluntad de las personas que tienen la capacidad de ello. Pero no se trata de esto. La Liturgia y las tradiciones asociadas tardan siglos en ir madurando, incorporando elementos y sintonizando con las personas que la viven. Una vez creada es necesario instruir a los fieles para que sean capaces de entender y vivir la Liturgia. Vivirla sin que la participación tenga que ser intervención. Es decir, que puedan hacerse parte integrante del tiempo sagrado y vivilo en su interior.

Cuando un los creyentes pierden la noción y el entendimiento del tiempo sagrado, olvidan el significado de los símbolos empleados y trasladan el centro de gravedad de su Fe desde la sacralidad al pragmatismo inmanente. Cuando se pierde el sentido del rito, se pierde uno de los dos ejes que liga nuestra realidad con Dios a través de la sacralidad. Si también se ha perdido el eje espacial, solo nos queda un vínculo con la Divinidad: nuestro interior. Si perdemos el lazo interior, se rompe todo puente hacia Dios, que es lo que está pasando en estos momentos. Roto el puente, la Divinidad y el ser humano se separan irremisiblemente. Todo lo que nos rodea pierde su capacidad de darnos muestras de Dios, con lo cual nos veremos arrastrados al infierno de lo inmediato, práctico y pragmático. Nos convertimos la agnosticismo socio-cultural que nos venden como cristianismo actual.


[1] Simbolismo del templo cristiano (1978). Hani, Jean. José Olañeta editor.
[2] El altar católico. Mons. Klaus Gamber. Tomado del la web: http://www.unavocecadiz.org/pdf/vueltoshaciaelsenor.pdf

sábado, 28 de febrero de 2009

El espacio sagrado

Hagamos un breve resumen de las anteriores entradas. Lo sagrado, lo que no re-une con Dios, es el sustrato de las religiones. Todo lo que comunica con Dioses, en si mismo, sagrado. Objetos, espacios, rituales, actitudes, etc, pueden ser entendidas como sagradas según seamos capaces de ver en ello un reflejo de unión con Dios. Lo sagrado dentro del cristianismo se conforma en torno al Misterio. Este Misterio lejos de ser algo inaccesible u oculto, es objeto de la participación obtenida por medio de la gracia de Dios.

Es interesante detenernos en el primero de los ejes en donde se manifiesta Dios entre nosotros: el espacio. El espacio forma parte de la realidad en que vivimos e interpretamos según nuestros modelos de universo y ser humano. De esta interpretación obtenemos el sentido sagrado de todo lo que nos rodea y la capacidad penetrar en el sentido u objetivo de la realidad. Aunque esto parezca que puede ser generalizado a todos los seres humanos, tenemos que tener en cuenta que cada persona cuenta con su propia capacidad de comprender lo que vive y de referenciarlo a los modelos antes indicados.

Si empezamos a hablar sobre el espacio sagrado, la imaginación nos lleva rápidamente a pensar en el templo. El templo es el espacio sagrado por antonomasia, pero podríamos generalizarlo a todo lugar o construcción que predispone reunirnos con Dios. En términos físicos sería un sitio en el que podemos sintonizarnos con Dios, la creación y con las demás personas que estén a nuestro lado con idéntica voluntad de unidad. Para todo creyente, el cosmos, la creación ordenada, representa la máxima analogía (símbolo) de Dios y el templo es un lugar donde todo el cosmos está representado en su totalidad [1].

Jean Hani indica: “Todo Edificio Sagrado es cósmico, pues está hecho a imitación del mundo. La Iglesia, indica San Pedro Damián es la imagen del mundo. … El templo no es solo una imagen realista del mundo, sino más aún, una imagen estructural, es decir, que reproduce la estructura íntima y matemática del universo. En ello reside el origen de su sublime belleza” [1]

Podríamos hablar de dos ámbitos espaciales sagrados: uno externo, constituido en un lugar y otro constituido dentro del espacio interior de cada persona. San Pablo nos dice que somos Templo del Espíritu Santo. ¿Qué mejor templo que el corazón, el ser, la centralidad, de lo que somos.

El espacio sagrado no puede establecerse en cualquier sitio, ya que es obvio que necesitamos ordenar y preparar el espacio para que la unión armónica de Dios y el ser humano se dé de manera más evidente. En la medida que el templo se sienta y entienda como representación del cosmos, propiciaremos la sintonía con la Divinidad. Esta evidencia ha impulsado al ser humano a crear espacios especiales dotados de la forma y significado necesarios para ser considerados como espacio sagrado. Estos espacios están construidos desde sus cimientos utilizando analogías que pueden ser leídas por las personas preparadas para ello, pero también permiten que quienes no tengan el conocimiento necesario puedan sentir que la armonía universal les rodea. El entorno predispondrá al individuo para que traspase el umbral de lo profano hacia lo sagrado, cuando esté dentro del templo.

Para ello tanto el artista y el arquitecto se afanan por crear un conjunto lleno de armonía trascendente, plena de significados y analogías. Un lugar donde sea posible sentir a Dios en todo lo que nos rodea. Desgraciadamente en occidente, tanto la arquitectura como el arte han dejado de entender, construir y representar lo sagrado en los lugares de culto. Se ha perdido el concepto de sacralidad de la obra artística. La sacralidad que ha sido sustituida el concepto de obra religiosa. Hablar de obra religiosa es hablar de una obra funcional, útil, sin que tenga como objetivo la trascendencia. Se entiende obra religiosa como aquella que sirve al culto o devoción de manera práctica y evidente, pero que no tiene razón de guardar ningún significado-simbolismo o analogía adicional. Los templos modernos son postmodernidad hecha espacio. Son espacios utilitarios y funcionales transformados para el uso funcional-ceremonial. En el caso de los templos católicos modernos, únicamente el sagrario se llega a entender como sagrado en algunas ocasiones. Pero incluso el mismo sagrario suele perder su significado y su simbolismo, ya que pasa desapercibido e ignorado por cuantos transitan por delante sin llegar a darse cuenta de su presencia. El templo se ha convertido en una sala de reuniones dominicales, catequéticas y hasta un espacio donde realizar reuniones de comunidades de vecinos.

No nos sorprende que el mundo moderno entienda como innecesarias las creencias religiosas, cuando las propias creencias son capaces de despreciar todo el legado de sacralidad que han atesorado durante siglos. Hoy en día los templos antiguos se miran como obras de arte a preservar por su antigüedad, valor monetario y estética. Aunque las preservemos son incapaces de comunicarnos todo lo que tienen en su interior, ya que hemos olvidado que detrás de la estética y la armonía, está el supremo Creador del cosmos. [1]

Dicho todo esto, también es importante tener en cuenta que el espacio sagrado no tiene porqué reducirse al templo. En nuestro hogar podemos consagrar un rinconcito a para representar la unión con Dios. Este rincón puede ser permanente o compartido. Antiguamente algunas casa disponían de una habitación-capilla que incluso llegaba a tener privilegio para decir misa. En los hogares de las familias menos pudientes no era raro disponer de un armarito a modo de altar-capilla doméstica. Al abrir las puertas de este altar doméstico, el espacio profano se transformaba en sagrado, lo que permitía a la familia disponer de un espacio sagrado siempre que fuese necesario. Otras casas, con menos recursos disponían de algún reclinatorio o un simple cojín que se situaba delante de la mesilla de noche. En la mesilla se desplegaban las estampitas religiosas custodiadas en el misal o en el cajón. Delante de este improvisado altar se rezaba el rosario, devociones, novenas, etc.

Hemos utilizado la palabra consagrar. Consagrar es un verbo que podemos entender con dos acepciones: hacer algo sagrado o dedicar algo a un uso sagrado. Toda consagración es en si misma una bendición y por lo tanto, es considerada por la Iglesia como un elemento sacramental: “Los sacramentales comunican la gracia "ex opere operantis ecclesiae". Literalmente del latín: "por la acción de la Iglesia que obra” [2]. Los sacramentales reciben "su eficacia" de los méritos de la persona que reza y de los méritos y oraciones de La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo.[2] Tal como indica el catecismo de la Iglesia Católica: “#1669 Los sacramentales proceden del sacerdocio bautismal: todo bautizado es llamado a ser una "bendición" (Cf. Gn 12:2) y a bendecir. (Cf. Lc 6:28; Rm 12:14; 1P3:9). [2] ¿Qué nos impide crear un pequeño espacio sagrado en nuestra casa? Sin duda, lo que nos impide hacerlo es principalmente la ignorancia y los prejuicios en los que hemos sido educados.

Hoy en día nos resulta raro disponer de un espacio sagrado comunitario, doméstico o personal preparado para unirnos a Dios. Esta realidad no debería impedirnos aspirar a “construir” este lugar donde sea posible. Este lugar, por muy pequeño y sencillo que sea, abre nuestra sensibilidad hasta la infinitud del cosmos. Todo lo que vemos es reflejo de Dios, si sabemos entenderlo como tal.

Llevando el concepto de espacio sagrado al límite, también podríamos considerar los espacios virtuales que nos ofrece Internet como susceptibles de ser considerados como sagrados. Estos espacios nos permiten religarnos con la Divinidad con tanta eficacia como algunos espacios físicos. Aunque no se podrían considerar templos de manera formal, no podemos dejar de pensar que nos permite reunirnos en Nombre de Cristo. No es fácil evadir la pregunta de hasta qué medida es posible construir estos nuevos espacios según al tradición e cómo incorporarlos a nuestra vida espiritual. Tenemos una indicación que Cristo nos hace: "Donde dos o tres estén reunidos en mi Nombre, Yo estoy en medio de ellos". Si el corazón de cada uno de nosotros es Templo del Espíritu Santo, uniendo todos estos templos tendríamos uno mayor que cualquier catedral del mundo físico.

[1] Simbolismo del templo cristiano (1978). Hani, Jean. José Olañeta editor.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica (1997-2005). Asociación de coeditores del catecismo.
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