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lunes, 24 de junio de 2024

Danos el Pan super sustancial de cada día


Orar es cada día más complicado. En la fe que profesamos, Dios se va alejando día a día. Nos quedamos con lo cotidiano y olvidamos lo trascendente. Es una fe que se vuelve práctica y atea, centrándose en el ser humano como motor del sentido de todos y todo. Si perdemos el sentido trascendente de la fe, el Evangelio deja de ser necesario y sólo nos quedan las consignas ideológicas de cada momento. Esto no lo digo yo. Lo pueden leer en el discurso que el Cardenal Sarah impartió hace unos días en los Estados Unidos:

Por ateísmo práctico entiendo una pérdida del sentido del Evangelio y de la centralidad de Jesucristo. La Escritura se convierte en una herramienta para objetivos seculares en vez de ser una llamada a la conversión. No creo que esto esté muy extendido entre vuestros obispos y sacerdotes aquí en Estados Unidos, gracias a Dios, pero cada vez es más común en otras regiones de Occidente. Demasiados no se toman en serio la fe y la tratan como un obstáculo para el diálogo. (Card. Sarah, Discurso en la Universidad Católica de América. Junio 2024)

¿Cómo es posible orar cuando Dios parece que está ausente? Es complicado y muchas veces imposible. La Liturgia se convierte en una ocasión festiva de tipo social. Una oportunidad de auto alabarnos, con Dios como excusa. Pero Cristo mismo nos dejó claro que la oración es más que una "cantinela" a repetir. Benedicto XVI lo dejó también muy claro:

"Siempre es fuerte la tentación de reducir la oración a momentos superficiales y apresurados, dejándose arrastrar por las actividades y por las preocupaciones terrenales. Cuando, dentro de poco, recemos el Padrenuestro, la oración por excelencia, diremos: "Danos hoy nuestro pan de cada día", pensando naturalmente en el pan de cada día para nosotros y para todos los hombres. Sin embargo, esta petición contiene algo más profundo. El término griego epioúsios, que traducimos como "diario", podría aludir también al pan "super-sustancial", al pan "del mundo futuro". Algunos Padres de la Iglesia vieron aquí una referencia a la Eucaristía, el pan de la vida eterna, del nuevo mundo, que ya se nos da hoy en la Santa Misa, para que desde ahora el mundo futuro comience en nosotros. Por tanto, con la Eucaristía el cielo viene a la tierra, el mañana de Dios desciende al presente, y en cierto modo el tiempo es abrazado por la eternidad divina." (Benedicto XVI. Homilía de la Solemnidad del Corpus Christi. 11-6-2009

¿Cómo orar cuando dentro de la Iglesia, donde hay tantas rencillas, desconfianzas, rencores y malestar de fondo? Lo trascendente de la oración es que no es algo totalmente individual. Al orar, nos unimos al coro de orantes que alaban a Dios y se ofrecen para que Su Voluntad sea lo que prevalezca. Estamos dentro de una fuerte tormenta y Cristo parece dormir. Pero llegará el momento que despierte y deje claro que nuestra fe se resquebraja sin casi darnos cuenta. Dios nos ayude a seguir confiando en su presencia entre nosotros.

jueves, 23 de marzo de 2017

La señal de la cruz. Persignarse

Persignarse significa hacer el signo de la cruz sobre nosotros. Un signo debe tener significado para que el signo sea algo más que una apariencia o un acto casi mágico. Cuando nos persignamos estamos escribiendo la cruz en nosotros. La cruz que cada cual lleva consigo es el dolor humano que todos portamos a lo largo de nuestra vida. Dolor que puede ser profundo y lacerante, pero si lo unimos al dolor de Cristo en la Cruz, no debería hacernos sufrir. Él cargó con nuestras culpas y las ofreció para que vivamos en plenitud.

Cuando trazamos la cruz sobre nosotros, ofrecemos nuestra cruz a Cristo, uniéndonos en oración de ofrecimiento, por medio de la Comunión de los Santos. Nuestro dolor cobra sentido en Cristo, por eso no persignamos y al hacerlo, nos hacemos símbolos de Cristo sobre la tierra. 

Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Cruz en la que la redención tuvo lugar, esperando que Cristo transforme la oscuridad y las sombras, en luz radiante. Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Voluntad de Dios, para que no sea yo quien imponga mi voluntad. Al trazar la cruz sobre mi, me uno a Cristo en su pasión, esperando la resurrección prometida por el Señor.

jueves, 16 de marzo de 2017

Orar en todo momento. Que vuestra vida sea oración

Orar en todo momento es tanto como decir, que nuestra vida sea oración. Que todo instante que vivamos, todo latido del corazón, toda circunstancia, sea presentada ante Dios de forma humilde y esperanzada.

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Lc 11, 9-10)

Orar es comunicarnos con Dios y esta comunicación puede ser mediante palabras, sentimiento y acciones. Todo lo que somos, debería se oración constante a Dios. Cada vez que actuamos con virtud, la caridad de nuestras acciones es oración a Dios. Cada vez que sintamos con esperanza, nuestro sentimiento es oración a Dios. Cada vez que haya Verdad en nuestra boca, estamos orando con fe a Dios. Nuestra vida, al completo, es una oración que busca llegar a Dios y unirnos a Él.

Aunque las distracciones sean muchas y nos golpeen constantemente la cara, Dios debería estar presente al menos en intención y confianza. Dentro, en nuestro corazón, en nuestro ser, en nuestro Templo Interior, oraremos ofreciendo cada instante al Señor, para que llene de su Espíritu todo lo que salga de nosotros y todo lo que quede dentro. Bien sabemos que el ser humano no ha sido creado para el Sábado, pero el Sábado ha sido creado para nosotros. El Sábado simboliza la consagración a Dios en cada instante. Por eso es importante que la oración sea mucho más que una salmodia repetitiva y superficial. Nuestro ser debe estar en cada palabra, sentimiento y acción que ofrezcamos a Dios.

Al levantarnos, ofrecer todo lo que va a acontecer en ese día y pedir por quienes ya no verán un nuevo día. Al comer, dar gracias a Dios por los alimentos y pedir por todos aquellos que les falta el alimento. Al saludar a toda persona, ofrecer ese momento a Dios para que se haga presente y nos transforme. La despedirnos, hacer que ese "adiós" sea realmente una plegaria al Señor y no una simple palabra que soltamos sin darnos cuenta. Cuando nos encontramos un problema, bendecir al Señor por darnos una oportunidad de transformar la realidad en su Reino. Cuando sentimos que se nos rechaza e insulta, ofrecer ese momento por todos los cristianos que son perseguidos y maltratados. Cuando nos acostemos, dar gracias a Dios por el día y ofrecerle nuestro sueño para que Él siga siendo nuestro dueño durante este tiempo reparador.

Orar sin parar y sin dejar de tener a Dios presente con nosotros.

domingo, 17 de mayo de 2015

Los frutos de la oración. San Bernardo


 En nuestra sociedad actual, la oración resulta algo incomprensible. Pararse a realizar monólogo parece una perdida de tiempo colosal. En todo caso, lo que se nos dice es que tenemos que ser activistas que tomen las calles o llenen las redes de hashtags. Hoy domingo se celebra la Jornada Mundial para las Comunicaciones Sociales, en las que la Iglesia tiene mucho que aportar. 

La comunicación social está íntimamente relacionada con la evangelización y también con la oración. La oración es más fuerte que la mejor campaña de marketing eclesial que podamos planear y financiar. La oración nos acerca a la Voluntad de Dios, de manera que nuestras acciones estén en línea con lo que Él quiere de nosotros.
 
Cada vez que hablo de la oración, me parece escuchar dentro de vuestro corazón ciertas reflexiones humanas que he escuchado a menudo, incluso en mi propio corazón. Siendo así que nunca cesamos de orar ¿cómo es que tan raramente nos parece experimentar el fruto de la oración? Tenemos la impresión de que salimos de la oración igual que hemos entrado, nadie nos responde una palabra, ni nos da lo que sea, tenemos la sensación de haber trabajado en vano. (seguir leyendo)

domingo, 2 de febrero de 2014

¿Es difícil orar? San Juan de la Cruz nos ayuda

Esta semana he tenido rondando por la cabeza el tema de la oración. El pasado jueves estuve conversando sobre el tema con un grupo de personas y en las reflexiones que hicimos, encontré un hilo que creo interesante compartir con usted.

Cristo nos pide que oremos de forma continua y para ello nos pone el ejemplo del Juez Injusto. San Agustín señala que esta oración continua no puede estar basada en el recogimiento, ya que es imposible estar en las tareas cotidianas orando de rodillas. Habla de orar en el deseo; el deseo de Dios.

Entonces, podemos pensar en orar mediante la inteligencia, emoción y voluntad. La oración vocal, explícita, necesita de nuestra inteligencia para crear un “discurso” que nos comunique con el Señor. Pero también existe la posibilidad de orar emocionalmente, sin palabras, de manera que la comunicación provenga de aquello que sentimos en nuestro interior. También es posible la oración volitiva, que no necesite ni de palabras ni de sentimientos. Una oración que sea acción práctica en nuestra propia vida.

He estado buscando referencias y la más clara que he encontrado es de San Juan de la Cruz:

Para de veras encontrar a Dios no es suficiente orar con el corazón y con las palabras, ni aprovecharse de ayudas ajenas. Esto hay que hacer, pero, además, esforzarse lo que pueda en la práctica de las virtudes. En efecto, aprecia más Dios una acción que haga la propia persona, que otras muchas que otras personas hagan en su favor (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 3, 2).

La práctica de las virtudes es también una forma de encontrar a Dios. Es una forma de orar con nuestra voluntad y perseverancia. Esta reflexión da un mayor sentido al esfuerzo que realizamos para obrar bien. No se trata de un lucha en que buscamos hacer la Voluntad de Dios, sino un forma de dialogar con el Señor.

Tenemos claro que nuestra voluntad es limitada y nuestra perseverancia siempre tiene un límite. Necesitamos de la Gracia del Señor para seguir adelante. San Pablo nos dijo que: “nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26) Cuando las palabras no son capaces de expresar y comunicarnos con el Señor, los sentimientos y la voluntad toman el relevo. El Espíritu Santo recoge esa oración no verbal y la traslada al Señor. Los gemidos inefables del Espíritu son el medio de comunicación más directo y certero, por lo que no nos sintamos mal si no somos capaces de orar vocalmente con soltura y nos distraemos a la primera de cambio. Si no salen las palabras, ofrezcamos nuestras emociones y nuestras acciones como oración al Señor.

Clemente de Alejandría también incide en esta necesidad de orar como y cuando no sea posible:

Se nos ha mandado venerar y honrar al Logos [Cristo], a nosotros, persuadidos por medio de la fe de que Él es Salvador y Guía, y por Él al Padre, no en días elegidos, como hacen otros, sino continuamente, durante toda la vida y de todas las formas posibles (...). De ahí que no en un lugar señalado, ni en un templo determinado, ni en fiestas y días prefijados, sino en toda la vida, el cristiano, ya esté él a solas, ya con otros de su misma fe, honra a Dios, es decir, le da gracias por el Conocimiento y por su forma de vida. ” (Stromata VII, 7, 35, 1. 3).

En la vida cotidiana, los espacios y momentos propicios para la oración, son a veces muy escasos. Cuando encontramos un momento, a veces, nos sentimos incapaces de hilar más de una frase de agradecimiento y/o de petición. Estas dificultades nos frenan y nos desalientan muy a menudo. Dejemos el desaliento a un lado y pensemos en que Cristo nos mira y acepta que oremos de todas las formas posibles y en todos los lugares posibles. El desea ser “importunado” por nuestras oraciones, como nos lo hizo saber en la parábola del juez injusto.


Oremos sin palabras, Dios sabe lo que necesitamos mejor que nosotros. Dejemos que el Espíritu Santo interceda por nosotros en el lenguaje que sólo Dios conoce y comprende totalmente: el Amor.

domingo, 20 de octubre de 2013

¿Cómo orar sin cesar en pleno siglo XXI? San Agustín

El evangelio de hoy nos da una pista muy importante para nuestra vida: orad sin cesar, pero ¿Cómo podemos orar todo el día? Si la sociedad moderna nos deja pocos espacios y momentos adecuados para orar ¿Cómo vamos a hacerlo de forma continua? Pareciera que el Señor nos requiere un imposible. ¿Cómo puede un trabajador dejar su trabajo y orar, sin parar, toda su jornada? San Agustín nos ayuda a comprender que la oración que no cesa, trasciende los clichés que tenemos de la oración:

Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua es la oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. Pero ¿acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos ininterrumpidamente, y por eso se dice: Orad sin cesar?

Si decimos que oramos así, creo que no podemos hacer esto sin interrupción. Existe otra oración interior y continua, cual es el deseo. Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel sábado, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo; tu deseo continuo es tu voz, o sea tu oración continua.

Callas si dejas de amar. ¿Quiénes callaron? Aquellos de quienes se dijo: Porque se acrecentó la iniquidad se enfrió la caridad de muchos. El frío de la caridad es el silencio del corazón, y el fuego del amor, el clamor del corazón. Si la caridad permanece continuamente, siempre clamas; si clamas siempre, siempre deseas; si deseas, te acuerdas del descanso. Pero es conveniente que sepas delante de quién debe estar el gemido del corazón. Considera ya qué deseo debes tener delante de la presencia de Dios.

¿Qué sucederá si el deseo está delante de Dios y no está el gemido? Pero ¿cómo puede acontecer esto, siendo así que el gemido es la voz del deseo? Por esto añade el salmo: Y mi gemido no se te oculta. Para ti no está oculto, para muchos hombres lo está. Pero alguna vez se advierte que el siervo humilde de Dios dice: Y mi gemido no se te oculta. También se observa que de vez en cuando ríe el siervo de Dios; ¿acaso por esto murió en su corazón aquel deseo? Si allí se halla el deseo, también el gemido; no siempre llega a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios. (Comentario al Salmo 37, 14)

El texto merece que lo leamos y reflexionemos varias veces. Resumiendo lo que nos dice San Agustín, podemos decir que la oración continua no tiene que ser oración una oración reglada, ya que es imposible. Nos habla de tres elementos cruciales para esta oración:

  1. Deseo. Deseo que parte de un anhelo de nuestro ser. El anhelo de estar en contacto continuo y permanente con Dios. Este deseo es lo que desencadena la oración continua. El deseo de cumplir la Voluntad de Dios en cada uno de nuestros actos.
  2. Amor: El amor es el fuego que da vida a nuestro corazón. Un corazón frío, aséptico y funcional, no puede orar. No sabe como hacerlo, ya que el corazón es la boca que pronuncia la verdadera oración que hacemos llegar al Señor.
  3. Gemido: ¿Gemido? Un corazón que siente deseo y arde de amor, necesita gemir. Gemir es sentir y desahogar el ansia de nos abraza nuestro ser. “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque El intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.” (Rm 8, 26-27) El Espíritu Santo es el que genera el gemido, como el soplo de aire que hace vibrar los tubos de los órganos o el aliento que hace sonar las flautas.
Dicho todo esto ¿Tenemos que estar en estado éxtasis continuo todo el día? No sería posible. El Señor sabe que tenemos de ganar el alimento y vivir nuestra vida dentro de las circunstancias socio-laborales que cada cual tiene. ¿Cómo orar continuamente entonces?

Primero deseando la unión con Dios, después abriendo el corazón para que el Espíritu lo llene de caridad y dejando que sea el Espíritu Santo el que haga resonar nuestro ser en cada acción, gesto, actitud, que realicemos durante el día.

Esto no excluye que busquemos momentos para la oración convencional. La oración de rodillas, que se expresa mediante las palabras que traducen deseo, amor y gemido al lenguaje humano. Incluso, cantando cuando sea posible. ¿Por qué no?


"yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz distino en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33)  

domingo, 17 de marzo de 2013

Misericordia Señor...


Dios decía a Santa Catalina: El pecado imperdonable, en este mundo y en el otro, es aquel que despreciando mi misericordia no quiere ser perdonado. Por esto lo tengo por el más grave, porque el desespero de Judas me entristeció más a mí mismo y fue más doloroso para mi hijo que su misma traición. Los hombres serán condenados por este falso juicio que les hace creer que su pecado es más grande que mi misericordia. Serán condenados por su injusticia cuando se lamentan de su suerte más que de la ofensa que me hacen a mí.

Porque esta es su injusticia: no me devuelven lo que me pertenece ni se conceden a ellos mismos lo que les pertenece. A mí me deben amor, el arrepentimiento de su falta y la contrición; me los han de ofrecer a causa de sus faltas, pero hacen justo lo contrario. No tiene amor y compasión más que por ellos mismos ya que no saben más que lamentarse sobre los castigos que los esperan. Ya ves, cometen una injusticia y por esto se descubren doblemente castigados por haber menospreciado mi misericordia. (Santa Catalina de Siena, Diálogo 37)

Este pasaje de los diálogos de Santa Catalina de Siena me lleva a recordar la parábola del publicano y el fariseo. Quien no reconoce que comete errores, no se deja perdonar por el Señor. Es fuerte el desprecio de la misericordia divina que tan frecuente vemos en nuestra sociedad actual.

Reconocer las debilidades propias puede resultar extraño en el mundo actual, pero es algo resulta ser maravilloso. Comunicar a nuestros hermanos que nos sabemos falibles, que nos equivocamos y que además lo hacemos muchas veces, nos sirve para establecer un vínculo de empatía que es imposible desde la presunción de perfección a la que estamos acostumbrados a ver. No podemos sentirnos cercanos a los demás si nuestras relaciones parten de la prepotencia de quien se siente perfecto. Dos personas se presenten como “seres perfectos” nunca llegarán a amararse y aceptarse.

Hoy en día es impensable ir a una entrevista de trabajo y decir que uno es tan falible como todos los demás seres humanos. ¿Quién nos querría contratar si empezamos diciendo que somos humanos llenos de errores? Vivimos en una sociedad repleta de apariencias y engaños ocultos. Una sociedad que se vende como perfecta, pero que está llena de problemas que no queremos aceptar.

Acercarse al Señor aceptando ser lo que uno es, nos permite abrir las puertas del corazón para que la Gracia del Señor nos transforme. ¿Qué sentido tiene acercamos al Señor despreciando su misericordia? Recordemos la parábola de los invitados al banquete. Los invitados rechazar la comida y esta se ofrece a quienes vagan por los caminos. Pero el Señor sabe que quien llega sin estar preparado para recibir su Gracia, no es mejor que quienes rechazan acercarse al banquete de forma directa.

A veces rechazamos la misericordia de Dios porque vemos que no nos satisface ni nos da beneficios terrenales. Es como el tarro cerrado que rechaza en agua, porque tendría que abrir el tapón y dejarse llenar. Lo que el tarro desconoce es que su dueño lo tirará a la basura por ser inservible.

El momento actual de la Iglesia es extraordinario. La elección del Papa Francisco nos ha llenado gozo, también de sorpresa. Algunas personas todavía no han salido de su asombro y se sienten incapaces de acercarse al banquete que el Señor nos está ofreciendo. Nos hace falta abrir el corazón y confiar en que el Espíritu sabe lo que hace, aunque nosotros no encontremos, a veces, coherencia.

Cuando los planes de Dios se alejan de nuestros planes personales, es fácil que nos demos cuenta que hay cosas que no cuadran dentro de nosotros. En ese momento de incertidumbre sólo podemos abrir el corazón y suplicar al Señor misericordia.

Dice Santa Catalina de Siena que a Dios le debemos “amor, el arrepentimiento de su falta y la contrición”. ¿Qué hacer si nuestro interior está vacío de estos tres elementos? ¿Qué hacer cuando sentimos la sequedad espiritual en nuestro interior? Suplicar misericordia a Dios.

miércoles, 27 de febrero de 2013

¿Cómo relacionamos el Cónclave y la oración?


El pasado domingo, Benedicto XVI nos ofreció su último Ángelus como Pontífice y nos lo hizo con una acertada reflexión sobre la oración:

Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción. “La existencia cristiana – he escrito en el Mensaje para esta Cuaresma – consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios”
 
En nuestra sociedad actual, llena de ruidos, prisas, responsabilidades y horarios, la oración queda relegada a los momentos de liturgia semanal del domingo. Eso, si no nos ocurre que tengamos la mente llena de cotidianidad incluso en al misa dominical. ¿Dónde encontrarnos con la oración? 
La oración parte de un alma que siente necesidad de Dios. Un alma que se reconoce como incapaz, por si misma, para seguir adelante y busca dónde agarrarse. 
En estas tinieblas de la vida presente, en las que "peregrinamos lejos del Señor" mientras "caminamos por la fe y no por la visión", debe el alma cristiana considerarse desolada, para no cesar de orar (San Agustin, Carta 130, 2) 
No es frecuente que evidenciemos la desolación que nos señala San Agustín. ¿Quién en nuestra sociedad se atrevería evidenciar que necesita de Dios? Por ello, ocultamos esta desolación y preferimos no orar. Tal vez podamos hacer más orando que con todos los activismos que reunamos en torno nuestra. Los activismos nos llevan a crear Torres de Bable, con las que queremos llegar a Dios por nuestros medios. La oración nos permite llegar a Dios de una manera humilde, sentida y profunda. Una vez estemos delante Dios, El no señalará el camino a tomar. 
Tal como nos indica Benedicto XVI, se trata de subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. No tenemos que quedarnos en lo alto del monte construyendo las cabañas para Moises y Elias. La oración nos lleva ante Dios, pero después tenemos de volver a bajar y seguir lo que Dios nos ha indicado para servir a nuestros hermanos con el mismo amor que Dios nos ha legado. 
Pero ¿Necesitamos orar? Diría que cuanto menos confiemos en Dios y más desconfianza tengamos de nuestros hermanos, más oración necesitamos. Estos días de preconclave es posible detectar en nosotros, en comentaristas, amigos y/o conocidos, si nos falta oración. Si pensamos que todo depende de los cardenales, reuniones secretas, maniobras de “poderes” internos o sentimos desesperanza por la misma Iglesia es evidente que no confiamos en Dios. La desconfianza en el Señor señala que necesitamos mucha más oración. 
Pero, no se trata de quedarnos en la oración. Ahora mismo y cuando tengamos un nuevo Santo Padre, todos y cada uno debemos trabajar en línea con el Ministerio Petrino. Incluso si el Espíritu Santo elige a una persona que nos parezca inadecuada, veremos que el Señor actúa sobre el, transformando sus desventajas en oportunidades para la Iglesia. 
Muchos vieron a Juan Pablo II o a Benedicto XVI como personas equivocadas que traerían sufrimiento a la Iglesia y ya hemos visto todo lo que nos han legado. Si con la evidencia de estos Papas maravillosos, seguimos viendo todo negro, es que nos ciega el deseo de que la Iglesia ajuste a nuestros deseos personales. Si encima somos profetas de la destrucción y hablamos del fin catastrófico de la Iglesia, estamos haciendo el juego al enemigo. 
Estemos esperanzados y alegres. Dios no nos ha dejado y sostiene el timón de la Barca con mano firme y certera. Aunque las tempestades arrecien, el rumbo seguirá siendo el mismo.

domingo, 17 de febrero de 2013

La oración nos une con Dios


La fuerza de la oración se encuentra en el sentimiento del alma y las obras virtuosas de toda nuestra vida. San Pablo habla: "En resumen, sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios" (1 Co. 10:31). Entonces cuando te sientas a la mesa, reza, cuando tomas el pan, agradece al Dador. Cuando refuerzas tu débil cuerpo con vino, entonces piensa en Aquel, que te concede estos dones para alegrarte y reforzarte en las debilidades. Y a pesar de tu poco tiempo para alimento, siempre recuerda al Bienhechor, jamás te olvides. Cuando te vistes agradece a Aquel que te dio el vestido. Si paso el día, agradece al Señor que nos dio el Sol para trabajar; y en la noche ala luna para iluminar. La noche también tiene su motivo de oración. Cuando contemplas el cielo y admiras su hermosura, entonces ora al Señor de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo…

Y que puede dar mas suerte, sino en la tierra, imitar los coros de los ángeles! Cuando a cada ocupación precede la oración, cuando con cantos, como sal condimentamos las ocupaciones, los cantos hermosos y espirituales dan al alma alegría y esperanzada tranquilidad. Ir a la madrugada a la oración, con cantos e himnos, alabando al Creador y luego, cuando el Sol más claramente, volver al trabajo. Los salmos son tranquilidad para el alma, principio de paz, que tranquiliza los atormentados e inquietos pensamientos, que no solamente dominan la turbulenta ira, la despertada cólera espiritual, sino que la conduce a la misericordia. Los salmos fortifican a los consagrados, reconcilian a los ofendidos, y entre amigos, inducen al amor. (San Basilio el Grande, El tesoro Espiritual, fragmento)

La oración, junto con el ayuno y la caridad, es parte sustancial de la Cuaresma en la que ya hemos entrado. ¿Oración? ¿Para qué tenemos que orar? ¿Se gana algo orando?

Dice San Basilio que oremos siempre y en todo lo que hacemos. Orar al Señor da alegría, esperanza y tranquilidad. La oración trae paz a los atormentados y conduce a la misericordia a los iracundos. La oración fortifica a los consagrados, reconcilia a los ofendidos e induce al amor. Pero qué tiene la oración para generar tantos bienes.

La oración es una visita que hacemos al Señor y un momento de conversación intima entre nosotros y Dios. A través de la oración penetramos en nosotros mismos para ofrecer a Dios nuestras infidelidades y limitaciones. En este diálogo, se encuentra la oportunidad de darnos cuenta que compartimos la misma naturaleza con nuestros hermanos, al mismo tiempo que somos imagen de Dios.

Bueno, y si tantos beneficios trae la oración, ¿Por qué no estamos orando todos a todas horas? La respuesta es sencilla: no lo impide nuestra soberbia y la envidia. Soberbia que nos predispone a creer que Dios no es necesario. Envidia, que nos hace sentir celos y rencor de nuestros hermanos. La mezcla de soberbia y envidia genera rencor y odio. ¿Quién puede acercarse a Dios con esos sentimientos? Nadie que no sea consciente de ello y no decida andar el camino de la conversión.

Y en nuestro vida moderna ¿Dónde y cuando orar? Tendríamos que pensar en qué momentos tenemos de recogimiento. Los más sencillos serían los que preceden a acostarnos, pero no despreciemos otros como la sobremesa o por la mañana temprano. Radio María tiene en programación varios momentos de oración por la mañana, por lo que es posible unirse a las oraciones que miles de personas realizan al mismo tiempo.

Antes de acostarnos es un buen momento para revisar lo hecho durante el día, dar gracias a Dios y hacer propósito de mejora en aquello que podríamos haber actuado de mejor forma. Otra oportunidad nos lo dan los lectores de mp3 y móviles que todos tenemos. Estos dispositivos no sólo pueden contener música, también pueden almacenar audio de oraciones diversas. En Internet podemos encontrar muchos audios del rosario y otras oraciones diversas. Si viajamos en metro o en autobús, no es complicado orar mientras realizamos el trayecto. Si lo hacemos en automóvil, podemos grabar las oraciones en CD u otro soporte de audio.  

Lo que no podemos olvidar es que acercarnos a un tempo y orar allí de rodillas es también muy recomendable. Buscar un momento adecuado y un templo cercano puede ser complicado, pero a veces podemos encontrarnos con que es más fácil de lo que nos parece.

De todas formas, no olvidemos que: " Añadamos  a  nuestras  oraciones  la  limosna  y  el  ayuno, cual  alas  de  la piedad  con las que  puedan  llegar  más  fácilmente hasta  Dios. " (San Agustín, Sermón 206,2). 

domingo, 14 de octubre de 2012

Cómo y para qué orar. Orígenes y San Agustín nos ayudan.


Me parece que el que se prepara para orar debe antes recogerse y prepararse un poco, para estar más predispuesto, más atento al conjunto de su oración. Debe igualmente alejar de su pensamiento todas las ansiedades y todas las turbaciones, y esforzarse para acordarse de la grandeza de  quién se le acerca, pensar cuan impío es si se presenta ante Dios sin  prestar atención, sin esfuerzo, con una especie de desenfado nocivo, en fin, rechazar todos los pensamientos extraños.

Cuando se va a orar es necesario presentarse, por decirlo de alguna manera, con el alma entre las manos, el espíritu levantado con la mirada puesta en Dios, antes de levantarse apartará el espíritu de la tierra para ofrecerlo al Señor del universo, y por fin, si deseamos que Dios se olvide del mal que hemos cometido contra él mismo, contra los prójimos o contra la recta razón, hemos de dejar todo resentimiento causado por alguna ofensa que creamos haber recibido.

Puesto que son innumerables las actitudes corporales, hemos de preferir sobre todas las demás, aquellas que consisten en extender las manos y aquellas en que elevamos los ojos al cielo, para expresar con el cuerpo actitudes que son imagen de las disposiciones del alma durante la oración, pero las circunstancias pueden llevarnos a veces a orar sentados o incluso acostados. La oración de rodillas es necesaria cuando alguien se acusa ante Dios de sus propios pecados, suplicándole que le cure y que le absuelva. Estar de rodillas es símbolo de este prosternarse y someterse del cual habla Pablo cuando escribe: “Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda la familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15). Esto es arrodillarse espiritualmente, llamado así porque toda criatura adora a Dios en nombre de Jesús y humildemente se somete a él. El apóstol Pablo parece hacer alusión a ello cuando dice: “Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo” (Fl 2,10). (Orígenes. Tratado sobre la Oración, 31)

La oración es un ejercicio que no es nada sencillo de realizar. Puede parecer fácil y hasta sentirnos llamados a ella, pero no siempre llegamos a materializar el ansia que nos induce a realizarla. Tal vez nos falte preparación, costumbre o simplemente, nuestra voluble voluntad la termina dejando siempre en segundo plano. Nuestra mentalidad moderna y postmoderna, no lleva a primar la acción sobre la oración.

Orígenes no da algunas interesantes pautas para acercarnos a la oración:

  • Recogimiento
  • Alejar el pensamiento de nuestras ansiedades
  • Presentarse con el “alma en las manos”: humildad y contrición
  • Elegir una postura adecuada y coherente.

Pero esto no nos impide orar en cualquier situación cotidiana. Siempre es momento de alabar al Señor, darle gracias o pedirle perdón. Pero ¿Por qué oramos? ¿Qué nos mueve a hacerlo? Leamos lo que nos dice San Agustín

¿Qué necesidad hay de la misma oración, si Dios sabe ya antes lo que necesitamos, a no ser que la misma intención de la oración serena y purifica nuestro corazón y lo hace más apto para recibir los dones divinos que nos son dados espiritualmente? En efecto, Dios no nos oye porque ambicione nuestras plegarias, pues siempre está pronto para darnos su luz no visible, sino inteligible y espiritual; pero nosotros no siempre estamos dispuestos a recibirla, porque estamos inclinados a otras cosas y entenebrecidos por la codicia de los bienes temporales. En la oración acontece la conversión de nuestro corazón a Dios, que está siempre dispuesto a darse a sí mismo, si recibimos lo que nos va dando y en la misma conversión se purifica el ojo interior, al excluir las cosas temporales que se apetecían para que el ojo del corazón sencillo pueda acoger la luz pura que irradia con el poder divino sin ocaso ni mutación alguna y no solo recibirla, sino también permanecer en ella, no solo sin molestia alguna, sino también con gozo inefable, en el cual se realiza verdadera y sinceramente la vida bienaventurada (San Agustín, tratado sobre el Sermón de la Montaña. Libro 2, Cap 2, 14)

Es evidente que Dios no necesita de nuestra oración. El lo sabe todo y conoce lo que acontece en nuestro interior antes que nosotros mismos nos demos cuenta de ello. Si oramos no es para informarle o para pedirle algo que El desconozca. Oramos, como dice San Agustín, por necesidad propia. Oramos para sintonizarnos con la Voluntad de Dios y hacer posible que recibamos lo que Dios nos ofrece. Oramos como ejercicio de conversión, de transformación de nosotros mismos. Por eso es tan importante preparar la oración mediante los consejos que nos da Orígenes. Si somos capaces de separarnos del mundo, dejar nuestros afanes a un lado, encontrar dentro nuestra la humildad y contrición y hacerlo con una postura corporal coherente, estamos empezando a transformarnos. Si esta preparación abre el paso a la Gracia de Dios, entonces empezará a actuar en nosotros.

Pero, toda esta reflexión nos lleva a pensar en el sentido de las oraciones superficiales, repetitivas y aparentes. Aquellas que se hacen para que los demás nos vean y cumplir con el “protocolo” que nos piden realizar. Sin duda, estas oraciones se pueden contemplar desde la parábola del Publicano y Fariseo para darnos cuenta de qué actitud tiene que movernos a orar al Señor.

Quiera el Señor ayudarnos a andar por el camino de la oración, que tanto necesitamos.

domingo, 1 de julio de 2012

Orar por quienes desean apostatar.

Santa Catalina oyó que Dios le decía: «Toda criatura dotada de razón posee en sí misma una viña, la viña de su alma. La voluntad, a través del libre albedrío, es el viñador durante el tiempo de su vida; pasado este tiempo no puede hacer en su viña ya ningún trabajo, sea bueno o sea malo, sino que es durante la vida que puede cultivar su viña a la que yo mismo la he enviado. Este cultivador de su alma ha recibido de mí una fuerza tal que no hay demonio ni otra criatura alguna que se la pueda quitar si él mismo se opone a ello. Es en el bautismo que ha recibido esta fuerza, al mismo tiempo que la espada del amor a la virtud y del odio al pecado. Es por este amor y este odio, por amor a vosotros y por odio al pecado que ha muerto mi Hijo único, derramando por vosotros toda su sangre. Y es este amor a la virtud y este odio al pecado que encontráis en el santo bautismo que os devuelve la vida por la fuerza de su sangre...

«Arrancad, pues, las malas hierbas de los pecados mortales y plantad virtudes..., arrepentíos, tened repugnancia del pecado y coged el amor a la virtud; es entonces cuando recibiréis los frutos de la sangre de mi Hijo. No podréis recibirlos si no os disponéis para llegar a ser buenos sarmientos unidos a la vid, pues mi Hijo ha dicho: «Yo soy la verdadera vid, mi Padre es el viñador, y vosotros los sarmientos» (Jn 15, .5). Esto es verdad. Soy yo mismo que soy el viñador, puesto que toda cosa que posee el ser ha venido y viene de mí. Mi poder es insondable y es a través de mi poder y mi fuerza que gobierno todo el universo, de tal manera que no se hace ni se ordena nada que no sea por mí. Sí, yo soy el viñador; soy yo quien ha plantado la verdadera vid, mi Hijo único, en la tierra de vuestra humanidad para que vosotros, los sarmientos, unidos a esta vid, deis mucho fruto». (Santa Catalina de Siena)

¿Qué puede anidar en el corazón de un ser humano para rechazar el bautismo y desear apostatar? En su interior debe existir una herida de tal magnitud que busque en el olvido de la redención la desaparición del dolor.

Es evidente que la apostasía no borra la Gracia que se ha recibido, por mucho que legalmente sea borrado el nombre del bautizado del libro de bautismos. El dolor interior que nos lleva a rechazar la vía de que nos ha sido dada para acercarnos a Dios, sólo puede partir de la pérdida total de la esperanza. Un corazón sin esperanza, se siente indigno de ser redimido y de merecer la dignidad de ser imagen de Dios. Rechaza la luz, porque le causa dolor que llene la oscuridad autoasumida.

Como dice Santa Catalina de Siena, hemos recibido del Señor tal fuerza que nada ni nadie podrá entrar en nuestro corazón, si no le dejamos pasar. El problema es que una vez abierta la puerta al enemigo, este entra y se hace dueño de la situación. Después de ese momento, el dolor irá aumentando y junto con el dolor, el convencimiento que la causa de ese dolor viene de fuera. Es lógico que cuando se acerque la Palabra de Dios, el corazón se cierre con toda la fuerza posible. La persona teme que el dolor aumente y se haga inaguantable.

Cuando el Enemigo se hace dueño del corazón, la vista y el entendimiento se distorsionan. La vista se fija en todo aquello que es negativo y se relaciona con Cristo y la Iglesia. Se resaltan los errores y las bondades desaparecen completamente. En entendimiento se satura de imágenes grotescas que se relacionan con la Iglesia, por lo que se aparta la vista cuando se espera que estas imágenes se repitan.

Tal vez sea imposible llegar al corazón de estas personas, pero no por ello debemos dejarlas indefensas ante el enemigo. Mostremos el amor que Cristo nos ha enviado, démosles afecto y cercanía.

Decía el Padre Pio: “Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar, te enseña a que hagas cuanto puedes, y a que pidas lo que no puedes”. Sin duda nosotros solos no podemos llegar a abrir el corazón de estas personas, pero si podemos mostrarles cariño, respeto y sobre todo, comunicarles que son dignas y maravillosas. Intentemos resolver sus dudas y dejemos al Espíritu que actúe.

Oremos por quienes desean rechazar el bautismo, porque a través de la Comunión de los Santos podemos ser llamados a ayudarles. Los caminos del Señor son misteriosos.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Tened encendidas las lámparas

La oración hecha durante la noche tiene un gran poder, mayor que la que se hace durante el día. Es por eso que todos los santos han tenido la costumbre de orar de noche, combatiendo el amodorramiento del cuerpo y la dulzura del sueño, sobreponiéndose a su naturaleza corporal. El mismo profeta decía: «Estoy agotado de gemir: de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas» (Sl 6,7) mientras suspiraba desde lo hondo de su corazón con una plegaria apasionada. Y en otra parte dice: «Me levanto a medianoche a darte gracias por tus justos juicios.» (Sl 118, 62). Por cada una de las peticiones que los santos querían dirigir a Dios con fuerza, se armaban con la oración durante la noche y así recibían lo que pedían.

El mismo Satanás nada teme tanto como la oración que se hace durante las vigilias. Aunque estén acompañadas de distracciones, no dejan de dar fruto, a no ser que se pida lo que no es conveniente. Por eso entabla severos combates contra los que velan para hacerles desdecir, tanto como sea posible, de esta práctica, sobre todo si se mantienen perseverantes. Pero los que se ven fortificados contra estas astucias perniciosas y han saboreado los dones de Dios concedidos durante las vigilias, y han experimentado personalmente la grandeza de la ayuda que Dios les concede, le desprecian enteramente a él y a todas sus estratagemas. (San Isaac de Siria. Sermones ascéticos)


San Isaac nos habla de orar de noche, en vigilias que se adentran en la madrugada y que se extienden hasta las primeras luces de la mañana. ¿Tenemos hoy en día la capacidad de entender este tipo de oración? Seguramente nos parezca un esfuerzo inútil. Ciertamente la oración nocturna es beneficiosa, pero hay noches que no son la ausencia de sol.  

La oración es como una vela encendida en la noche. La noche interna que todos vivimos mientras vivimos en este mundo. La oración es una vela que nos ilumina y nos permite contemplar lo que nos rodea y en lo que nos rodea encontramos a Dios. Si oramos en todo momento, la oscuridad del mal se encuentra una luz que no les es fácil superar.

¿Cuáles son los beneficios que nos indica San Isaac? ¿Serán aquellos que queramos y que incorporemos a modo de súplica? San Isaac nos dice que podemos tener esperanza “a no ser que se pida lo que no [sea] conveniente

Los beneficios que Dios nos ofrece son dones y virtudes. Dones y virtudes que nos transforman por medio de la Gracia de Dios. Una vez transformados, veremos las necesidades y caprichos del mundo, como innecesarios. Lo que sentiremos será el llamado de la santidad que es lo que realmente deberíamos pedir en todo momento: “”Por cada una de las peticiones que los santos querían dirigir a Dios con fuerza, se armaban con la oración durante la noche y así recibían lo que pedían”. Los santos saben qué pedir y Dios sabe como darles aquello que piden.

Roguemos a Dios para que nos ayude a saber pedir de corazón sus dones y virtudes. 

domingo, 30 de octubre de 2011

Sobre la oración en la vida del cristiano

Es preciso que no restrinjas tu oración a la sola petición en palabras. En efecto, Dios no necesita que se le hagan discursos; sabe, aunque no le pidamos nada, lo que nos hace falta. ¿Qué hay que decir a esto? La oración no consiste en fórmulas: engloba toda la vida. «Por tanto, ya comáis, ya bebáis, dice el apóstol Pablo, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios.» (1C 10,31). ¿Estás en la mesa? Ora: al tomar el pan, agradece a quien te lo ha concedido; bebiendo el vino, acuérdate del que te ha hecho este don para alegrar tu corazón y solazar tus miserias. Acabada la comida, no te olvides de tu bienhechor. Cuando te pones la túnica, agradece al que te la ha dado; cuando te pones tu manto, muestra tu afecto a Dios que nos provee de vestidos adecuados para el invierno y para el verano, y para proteger nuestra vida.

Acabado el día, agradece a aquel que te ha dado el sol para trabajar durante el día y el fuego para iluminar la noche y proveer nuestras necesidades. La noche te da motivos para la acción de gracias; mirando el cielo y contemplando la belleza de las estrellas, ora al Señor del universo que ha hecho todas las cosas con tanta sabiduría. Cuando contemplas a la naturaleza dormida, adora a aquel que con el sueño nos alivia de todas nuestras fatigas y, a través de un poco de descanso, devuelve el vigor a nuestras fuerzas.

Así orarás sin descanso, si tu oración no se contenta con fórmulas y si, por el contrario, te mantienes unido a Dios a lo largo de toda tu existencia, de manera que hagas de tu vida una incesante oración. (San Basilio, Homilía 5)

Nos dice San Basilio que la oración no consiste en emitir un conjunto de frases de manera automática, sino que engloba toda nuestra vida. En cierto sentido este texto de San Basilio me hace pensar en el testimonio vital de todo cristiano. Ser cristiano en todo momento es orar con nuestra propia vida a Dios. Si cada acción, intención y pensamiento tiene como origen poner nuestra voluntad en manos de Dios, es como si orásemos de forma activa.

Pero también nos hace falta hablar a Dios con palabras. Las palabras nos comunican con Dios de una forma especialmente cercana. Tampoco podemos desdeñar orar utilizando formulas, siempre que la oración no sea una formula, sino que cada palabra brote del alma.

"Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26)

Incluso si nos somos capaces de articular palabra alguna, el Espíritu intercede por nosotros a Dios. 

martes, 11 de enero de 2011

Dos tipos de campos

Hermanos, hay dos clases de campos: uno es el campo de Dios, el otro el del hombre. Tú tienes tu propio dominio; también Dios tiene el suyo. Tu dominio es la tierra; el dominio de Dios es tu alma. ¿Es justo que cultives tu dominio y dejes sin cultivar el de Dios? Si tú cultivas tu tierra y no cultivas tu alma, ¿es porqué quieres poner en orden tu propiedad y dejar sin cultivar la de Dios? ¿Esto es justo? ¿Acaso merece Dios que seamos negligentes con nuestra alma a la que Dios tanto ama? Te alegras viendo tu dominio bien cultivado, ¿por qué no lloras viendo tu alma sin cultivar? Nuestros campos nos darán para vivir en este mundo un cierto número de días; el cuidado de nuestra alma nos hará vivir sin fin en el cielo 

Dios se ha dignado confiarnos su dominio, que es nuestra alma; con su ayuda pongámonos a trabajar con todas nuestras fuerzas, para que en el momento en que él vendrá a visitar su dominio lo encuentre bien cultivado y en perfecto orden. Que encuentre en él una cosecha y no zarzas; vino y no vinagre; más trigo que cizaña. Si en él encuentra todo lo que le complace, nos dará a cambio las recompensas eternas, y las zarzas serán consumidas por el fuego. (San Cesáreo de Arlés)

--oOo--

El mundo nos deja pocos huecos para cuidar del campo de Dios. Los afanes y necesidades nos atenazan y no nos dejan espacio para poner un poco de orden dentro de nosotros mismos. La oración debería de ser el mínimo de dedicación al campo de Dios. Cuantos esfuerzos nos cuesta tener ese rato cercanía con Dios. Después decimos que Dios parece desafectado de nosotros, pero somos nosotros quienes huimos de Él constantemente.

 --oOo--

Señor, tu que todo lo puedes
y que todo lo que nos das es bueno
Ilumina nuestro entendimiento para
buscar y encontrar momentos 
de cercanía Contigo.
Amén

domingo, 5 de septiembre de 2010

Tu rostro buscaré, oh Jehová


Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo;
ten misericordia de mí, y respóndeme.
Mi corazón ha dicho de ti:
buscad mi rostro.
Tu rostro buscaré, oh Jehová;
No escondas tu rostro de mí.
No apartes con ira a tu siervo;
mi ayuda has sido.
No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación.
Aunque mi padre y mi madre me dejaran,
con todo, Jehová me recogerá.
Enséñame, oh Jehová, tu camino,
Y guíame por senda de rectitud.
(Salmo 27,7-11)

lunes, 2 de noviembre de 2009

Ten misericodia Señor..

Hoy celebramos la festividad de los fieles difuntos, por lo que debemos recordar, honrar y rezar por nuestros familiares, amigos y conocidos que han dejado la vida terrena, para entrar en el Reino que Dios ha establecido para recogernos tras la muerte.

-oOo-

Dios misericordioso, que nos perdonas y
quieres la salvación de todos los hombres,
imploramos tu clemencia para que, por la intercesión
de María Santísima y de todos los santos,
concedas a las almas de nuestros padres, hermanos, parientes,
amigos y conocidos, que han salido de este mundo, la gracia de llegar a la
reunión de la eterna felicidad.

Te ruego también por todos aquellos a los que nadie recuerda
y necesitan de tu misericordia.

Santísima Virgen María, Reina del Purgatorio;
vengo a depositar en tu Corazón Inmaculado una
oración en favor de las almas benditas que sufren en el lugar de expiación.
Dígnate escucharla, clementísima Señora,
si es ésta tu voluntad y la de tu misericordioso Hijo.
Amén.

-oOo-

Algunas personas objetan la visión del sufrimiento que el infierno y el purgatorio conllevan. Pero si meditamos en el sentido simbólico de las imágenes que se nos dan de estos estados de purificación, nos daremos cuenta de lo certeras que son.

El fuego es símbolo de purificación y de transformación. Con el fuego se templa el hierro para convertirlo en acero. Con el fuego se destila la esencia de aceites, líquidos y perfumes. Con el fuego se purifican minerales y metales.

El sufrimiento es consecuente a la transformación, ya que se muere al estado previo y se nace al nuevo estado. Sufrimiento no es inútil y sinsentido cuando se convierte en sacrificio. Es decir, medio de sacralizarse, medio de acercarnos a Dios.

Por ello rogamos a Dios para que ayude a que nuestros seres queridos transformarse para formar parte de la muchedumbre de 144.000 vestidos de blanco.

viernes, 2 de octubre de 2009

Acerca de la Oración ininterrumpida

El Hermano dijo: Padre mío, enséñame, os lo ruego, de qué manera la oración extirpa los conceptos en el espíritu.

El anciano respondió: Los conceptos son conceptos de objetos. Entre tales objetos algunos se dirigen a los sentidos, otros al espíritu. El espíritu que se demora entre ellos queda enredado en esos conceptos, pero la gracia de la oración une al espíritu a Dios y, mediante esa unión, lo separa de todos los conceptos. El espíritu, así desnudo, se hace familiar y semejante a Dios. Como tal, le pide lo que necesita y tal demanda jamás es frustrada. Por ello el apóstol prescribe "orar sin interrupción" para que uniendo asiduamente nuestro espíritu a Dios, lo liberemos poco a poco de las ataduras con los objetos materiales.

El hermano le dijo: ¿Cómo puede el espíritu "orar sin interrupción" puesto que, salmodiando, leyendo, conversando, consagrándonos a nuestros oficios, lo desviamos hacia numerosos pensamientos y consideraciones?

El anciano respondió: La divina Escritura no ordena nada imposible. El apóstol también salmodiaba, leía, servía y, sin embargo, oraba sin interrupción. La oración ininterrumpida consiste en mantener el espíritu sometido a Dios con una gran reverencia y un gran amor, sostenerlo en la esperanza de Dios; realizar en Dios todas nuestras acciones y vivir en él todo lo que nos sucede. El apóstol, puesto que se encontraba en tal disposición, oraba sin tregua.

San Máximo el Confesor (580-662)


Orar en todo momento y lugar nos lleva a pensar que la vida es en si misma una oración a Dios. Lo complicado es no olvidarse de esta realidad en medio de todas las distracciones y contradicciones cotidianas.

sábado, 20 de junio de 2009

Sagrado Corazón de Jesús. Oración y devociones.

En un mundo tan moderno y bien comunicado como en el que vivimos ¿Qué razón tenemos para orar? ¿Qué razón podríamos tener para adoptar una devoción particular?

Podemos clasificar las oraciones que realicemos puede enfocarse de tres formas diferentes:

a) Aquellas que piden los bienes y gracias cotidianas necesarias para poder vivir y desarrollar la actividad cotidiana
b) Aquellas que se realizan para alabar y dar gracias por lo recibido.
c) Aquellas en las que el orante se somete, todo humildad, a la inescrutable voluntad de Dios. Son oraciones contemplativas que buscan alcanzar un punto de contacto que nos una a Dios.

Todas estas formas son respetables y necesarias para los creyentes. Todas ellas reflejan el sometimiento a la voluntad divina. Todas permiten expresar nuestros sentimientos y anhelos a Aquel que está más allá de nuestra finitud y nuestras limitaciones. Pero la tercera opción es la que nos permite elevarnos un peldaño y acercarnos un poco más a Dios. No se pide nada, solo se contempla y se siente la sacralidad que nos une a Dios. Pero ¿Cómo comprender este tipo de oración? ¿Cómo enfocarlo en la práctica?

En un breve tratado anónimo sobre la oración nos podemos encontrar con algunas pistas para responder a nuestras preguntas:


“En la oración no se trata de pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Bondad, Belleza, Amor ...

No se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades.

Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el espíritu de Dios.

Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la Alegría que proporciona el contacto con lo Absoluto y con lo Sagrado a través de la oración en su calidad más contemplativa.

Sumergirse en el "acto orante" es el síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría (habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la caridad (al abrazar en nuestra oración a toda la creación), y a todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración.

Orar es un acto simple de colocación ante la presencia de lo Sagrado.”


(Breve tratado sobre la oración . Anonimo)


La oración es parte imprescindible de nuestro camino hacia Dios ya que es un acto donde nos sumergimos en la sacralidad de forma voluntaria y consciente.

Las oraciones se pueden estructurar en rituales más completos y ricos dando lugar a devociones más o menos tradicionales. Tenemos el Rosario, las Novenas, Octavas, etc… que nos permiten acceder de forma colectiva a los beneficios de la oración contemplativa. Dentro de las devociones podemos citar al Rosario y la devoción del Sagrado corazón como dos de las más importantes y profundas


Jean Hani nos habla de estas dos devociones capitales para el creyente católico.

“Quisiera recordar tan sólo dos de estas intervenciones celestiales, que se encuentran entre las más importantes y de las que cabía esperar los mayores efectos para la cristiandad: la solemne institución del Rosario y la introducción del culto al Sagrado Corazón.

No es que estas dos «devociones» se encuentren totalmente olvidadas, pero sí es verdad que han pasado a segundo plano; además, y esto es más grave, la mayoría de quienes las practican, sean clérigos o laicos, no conocen más que su significado más exterior, de tal suerte que no constituyen más que meros ejercicios de piedad, lo cual es mejor que nada, desde luego, pero que sin embargo hace que se ignore su más profundo significado, valor, y por tanto eficacia, que son precisamente lo que hubiera podido repercutir en el destino del catolicismo. A mostrar este significado esencial van destinadas las reflexiones que siguen, pues la «devociones» siguen conservando naturalmente intactas sus secretas riquezas a disposición de quienes aspiren a ellas.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

No es ninguna novedad que se diga que las devociones se toman actualmente como elementos de piedad sentimental carentes de utilidad. Por lo tanto son rechazadas por el “creyente moderno” por la apariencia de dulzona y sentimental que han creado entorno suya. Para este nuevo creyente practicar las devociones supone una perdida de tiempo y un aburrimiento inaceptable. Jean Hani, en el mismo capítulo dedicado al culto de Sagrado Corazón, muestra su discrepancia con este punto de vista contemporáneo:

“Si bien, como hemos dicho ya y como se verá más adelante, la doctrina del Sagrado Corazón hunde sus raíces en los propios orígenes del cristianismo, su formulación expresa fue ante todo objeto de revelaciones privadas. Lo cual se explica por el hecho mismo de su importancia, debida a su carácter totalmente «interior», como señala justamente H. Montaigu en su excelente libro sobre Paray. El cristianismo tiene por dogmas oficiales los misterios, que, por otra parte, son también los arcanos de la vida contemplativa; Cristo desveló algunos desde el comienzo; los demás, poco a poco, en el transcurso de la historia de la salvación. Este es el caso del «misterio del Corazón». Y así se explica su carácter escatológico: la revelación de este misterio, que es el centro más interior de todo el misterio crístico, estaba reservada al período del «Fin de los tiempos», o dicho de otro modo, al fin del ciclo de nuestra humanidad. Eso es lo que se desprende de una revelación recibida del apóstol San Juan por Santa Gertrudis (siglo XVI). La santa le preguntó por qué no había escrito nada sobre el corazón de Cristo; San Juan le respondió: «Mi misión era anunciar a la Iglesia naciente la doctrina del Verbo increado de Dios Padre; pero, por lo que se refiere a este Corazón sagrado, Dios se reservó hacerlo conocer en los últimos tiempos, cuando el mundo comenzase a caer en la decrepitud, para reavivar la llama de la caridad ya enfriada»

Por eso, muy al contrario de no ser más que una devoción entre otras, el culto al Sagrado Corazón, que viene de lo más profundo del cristianismo, aparece como la tentativa, por parte del Cielo de enderezar y renovar toda la tradición cristiana, en el campo de la espiritualidad individual, por supuesto, pero también –cosa que suele olvidarse, o incluso ignorarse– en el campo intelectual y en el campo social.” (Jean Hani.
El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

Quizás no sea evidente para el católico actual, pero el Corazón de Jesús contiene su Bendita Sangre, lo que nos lleva directamente al misterio eucarístico y está en consonancia con tradiciones que se hunden en la antigüedad, como es la leyenda del Santo Grial.
“Todo el simbolismo y todo el significado del Sagrado Corazón está sintética y maravillosamente resumido en algunas invocaciones de las letanías que le están consagradas. El Corazón de Cristo es llamado «Templo santo de Dios», «Tabernáculo del Altísimo», «Casa de Dios y Puerta del Cielo», «Hoguera ardiente de caridad», «Santuario de la Justicia y del Amor», «Rey y Centro de todos los corazones», «Corazón donde reside la Plenitud de la Divinidad», «Fuente de vida y de santidad», «Corazón cuya plenitud se derrama sobre nosotros», «Corazón en el que se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Se ve de inmediato que tales denominaciones no pueden aplicarse al corazón tal como lo concibe el mundo moderno, o sea únicamente como centro emocional y sede de los sentimientos.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

En esta semana en la que se celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no está de más que intentemos hundirnos un poco más en el significado y el simbolismo de la devoción, ya que si no hacemos este esfuerzo la devoción se nos presentará como una costumbre anacrónica y prescindible para el católico contemporáneo.

Para conocer más sobre la devoción pueden consultar en esta dirección: http://www.revelacionesmarianas.com/paray_le_monial.htm 
 (Página tristemente borrada)


Cor Iesu Christi,
plenum veritatis,
plenum sanctitatis,
plenum pietatis.
Infinitum sapientia,
infinitum potentia,
infinitum clementia,
Cor Iesu Christi.

Cor Filii Dei,
Cor Agni Dei,
Verum Cor Dei,
Cor Regis magni,
Cor Regis sancti,
Cor Iesu mei.

Oración tomada del estupendo blog: http://laudetur-iesus.blogspot.com/ 
(Blog tristemente cerrado)
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