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sábado, 22 de agosto de 2026

Mirando hacia dentro, encontramos al Señor

 


En una época dominada por el ruido digital, el marketing y la constante exposición pública, cultivar la sacralidad interior no es un mero adorno espiritual, sino una necesidad vital de resistencia y autenticidad. Frente a la "cultura del escaparate", que nos empuja a convertir la vida en un producto diseñado para ser juzgado y validado por los demás, el templo interior se erige como un espacio inaccesible a la mirada ajena: el lugar de la Verdad donde el valor personal no depende de lo que se aparenta o de lo que se produce, sino de lo que se es en lo más profundo.

Habitar este espacio exige recuperar el silencio y el recogimiento para proteger la atención frente a la sobreestimulación constante. Desde esta calma es posible discernir lo esencial de lo accesorio, superando la ansiedad por el consumo de sensaciones inmediatas y accediendo a una experiencia de vida más profunda y permanente.

Asimismo, reconocer la sacralidad del propio ser actúa como un antídoto contra la soledad y la fragmentación contemporáneas. Para la fe cristiana, este centro íntimo es la morada donde se experimenta una presencia y un acogimiento incondicionales que devuelven la paz. Lejos de ser una evasión del mundo, quien cuida su templo interior purifica su mirada hacia los demás, dejando de ver a sus semejantes como clientes o competidores para reconocer en ellos una dignidad igualmente sagrada. En definitiva, custodiar el interior es el mayor acto de libertad frente a las ficciones del presente.

Para evitar que el templo interior se convierta en un refugio individualista o narcisista, es imprescindible cimentarlo en una oración contemplativa que silencia el ego y transforma la mirada en un espacio de acogida divina. Esta vivencia requiere un discernimiento constante que examine los pensamientos a la luz del Evangelio, manteniendo el corazón humilde y abierto ante las falsas certezas. Finalmente, la prueba auténtica de esta sacralidad es la caridad encarnada: la paz hallada en lo secreto debe traducirse en empatía, justicia y servicio al prójimo, pues la apertura al hermano es lo que llena de luz la morada íntima y confirma su autenticidad.

lunes, 22 de junio de 2026

El arte de no conformarse con una Fe infantil


La Escuela de Alejandría fue un influyente centro intelectual y teológico situado en Egipto (siglos II-IV d.C.). En esta Escuela Catequética que fusionó el pensamiento griego con la fe cristiana y judía. Fue destacable su método alegórico de interpretación bíblica, que buscaba significados profundos tras la literalidad textual. La Escuela catequética de Alejandría nos legó una visión muy importante: el cristiano debía ser un profundo "conocedor del espíritu" para recoger la sabiduría que Dios nos ha dado. El objetivo es pasar de una Fe basada en las fluctuantes emociones a otra basada en el sólido conocimiento profundo.

A partir de esta visión, podemos realizar un diagnóstico de la Iglesia actual. Este diagnóstico no lleva a una propuesta que ya San Pablo realizó: Estamos centrados en vivir la Fe como una "dieta de leche". 

Les di de beber leche, pues no eran capaces de digerir alimento sólido, ni lo son todavía, porque aún son gente carnal. Pues mientras haya entre ustedes celos, peleas y divisiones, serán gente carnal y vivirán según criterios humanos. (1Co 3,2-3)

¿Qué problemas tiene la Fe basada en esta dieta de leche? Esta dieta intenta evitar problemas alérgicos en la posmodernidad en la que vivimos. Muchos cristianos de hoy siguen alimentándose de un entendimiento de la fe similar a la "leche" (conceptos básicos, infantiles y emocionales), cuando ya deberían estar comiendo "alimento sólido". Parece que intentamos reducir la Fe a sentirnos bien o a cumplir normas culturales externas, sin entender el porqué de los Misterios que dan sentido a nuestra vida de Fe.

Clemente de Alejandría es un ejemplo muy importante para entender lo que nos está pasando. Para Clemente, el cristiano perfecto es aquel que une la fe profunda con la razón iluminada. No basta con creer; hay que "ver" con la inteligencia el Misterio de Dios. No se trata de entender a Dios, imposible para nosotros, sino de comprender lo que Cristo nos ha legado para aplicarlo inteligentemente en nuestra vida.

¿Inteligentemente? ¿Pero la fe no es emotiva? Se preguntarán algunos. Lo cierto es que pensar de esta forma nos lleva a desarrollar nuestra vida cristiana a un nivel muy limitado. Clemente de Alejandría, en su obra "El Pedagogo", nos dice que Cristo no te lo da todo en un solo día. Introduce la idea de que Cristo es un maestro (pedagogo) que nos educa en etapas.El aburrimiento en la Iglesia actual proviene de creer que ya lo sabemos todo. Parece que, tras alcanzar las superficiales catequesis sacramentales contemporáneas, ya lo sabemos todo y sólo queda buscar emotividades culturales. La espiritualidad de la Escuela de Alejandría nos dice que siempre hay una capa más profunda a la que estamos llamados.

La fe es una disciplina intelectual y mística, basada en el entendimiento como acto de adoración. Leer a los Padres Apostólicos no es algo "frío" ni desfasado. Adentrarnos en estas lecturas nos permite encender la lámpara para ver mejor al Señor en nuestra vida. Lo que propone la Escuela de Alejandría es contraponer la "opinión" personal (lo que yo siento que es Dios) a la "Verdad". Verdad que no es algo oculto, sino lo que Dios nos ha revelado y que los Padres Apostólicos han custodiado.

¿Qué podemos hacer para empezar y que la fe no quede en teoría? Podemos elegir un solo tema profundo en el que nos interese profundizar. Por ejemplo, la Transfiguración o el sentido del "Logos" o la presencia real de Cristo en los sacramentos.

San Juan no relata una indicación sustancial del Señor:

"Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; pero los he llamado amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre." (Jn 15, 15)

Cristo nos ha dado a conocer lo que el Padre le ha indicado. ¿Tenemos claro esto?






jueves, 2 de abril de 2026

Recuperar el Misterio de la Fe en la era de la sobreexposición digital


Vivimos en la era de las luces de neón y de la hipercomunicación digital. Hoy, todo en nuestra vida —desde lo que comemos hasta lo que rezamos— parece estar diseñado para ser expuesto, fotografiado y consumido al instante. Todo tiene que suceder en unos pocos segundos o, a lo sumo, en un par de minutos. Esto se traslada a todos los aspectos de nuestra vida, incluso a nuestra Fe. Hemos caído en la trampa de la transparencia total e insustancial. Se nos ofrece una espiritualidad de escaparate, explicada con eslóganes sencillos y centrada en generar sentimientos de consumo rápido. Esto se debe a que intentamos competir con los flujos sociales, buscando hacer el cristianismo divertido, evidente y accesible. ¿No habremos terminado por hacerlo irrelevante?

Hubo un tiempo en que la Iglesia no funcionaba así. En los primeros siglos, los cristianos custodiaban su Fe como un tesoro de gran valor. Existía un velo de silencio que protegía los Misterios más sagrados para que no se diluyeran en lo insustancial. Esto no era por exclusivismo, sino por reverencia. Los cristianos de los primeros siglos sabían que el encuentro con Dios no es un producto de marketing, sino un lento y profundo camino que debemos recorrer.

Hoy, tristemente, la Iglesia parece diluirse en la horizontalidad del mundo; figuras como Clemente de Alejandría, Orígenes, San Agustín o San Martín de Tours, entre otros muchos, emergen no como piezas de museo, sino como guías de resistencia. 

Nuestra vida interior necesita volver a las raíces más místicas de los Padres de la Iglesia. Paradójicamente, este es un camino revolucionario para el católico del siglo XXI.

Los "Padres Apostólicos" conocieron a los Apóstoles o a sus discípulos directos. Su fe es fresca, vibrante y radical. No es alta teología, sino radicalidad evangélica. Para empezar, quizás el mejor consejo sea leer las Cartas de San Ignacio de Antioquía. Son breves y las escribió mientras iba camino al martirio. Leyéndolas, nos daremos cuenta de que no tienen rastro de fe superficial.

También es interesante leer un texto del cristianismo primitivo, la Didaché. Es el manual de instrucciones más antiguo del cristianismo (del siglo I). Al leerlo, nos daremos cuenta de cómo celebraban la Eucaristía y cómo vivían la moral cuando el cristianismo era una minoría perseguida.

Por último, otro texto maravilloso es la Carta a Diogneto. Conviene leerla con tranquilidad, párrafo por párrafo. No hay prisa. Muestra cómo entendían la Fe los primeros cristianos.

Espero que estas indicaciones les sirvan. El Señor nos dé fuerza, perdone nuestros pecados y luz para seguir sus pasos. Así sea.


domingo, 28 de diciembre de 2025

La Mística es el Tesoro Escondido



Seguro que recuerdan la breve parábola del Tesoro Escondido (Mateo 13,44) habla sobre un hombre que encuentra un tesoro en un campo, lo vuelve a esconder y, gozoso, vende todo lo que tiene para comprar ese campo y poseer el tesoro. Este maravilloso símil nos permite ver más allá de lo cotidiano y social que nos rodea. Andamos cegados por la luces que el mundo ha colocado para que no nos demos cuenta de lo que realmente es esencial para nosotros.

El Tesoro Escondido nos muestra el valor del Reino de los Cielos y cómo deberíamos sacrificar todo por Él. Nos muestra cómo encontrar la trascendencia divina  que nos acerca a Dios cada día. Por esto, la Mística es un descubrimiento tan valioso que justifica renunciar a cualquier bien material o posesión terrenal por obtener esta relación espiritual.

La mística cristiana nos enseña una pauta muy interesante: no podemos saltar directamente a la Theosis (santidad) sin pasar antes por la Praxis (vida real). Quien busca trascender lo cotidiano, pero carece de humildad en la práctica diaria cae en la ilusión espiritual. Para comprender la mística cristiana, es necesario ir más allá de la definición de diccionario y entrar en la tensión entre lo que desborda nuestro entendimiento y lo revelado. No se trata de fenómenos extraordinarios (como levitaciones o visiones), sino de la maravillosa profundidad del encuentro con Dios.

De todas formas, demos un breve repaso a la etimología de la palabra mística. Mística, significa misterio o secreto, pero no como algo oculto que debamos de guardar para nosotros o para un grupo pequeño de "elegidos". La mística nos permite ver más allá de los físico para hablar de ello y compartirlo con quienes deseen escuchar. "Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas" (Mt 10,27)" ¿Quien nos habla al oido en las tinieblas del entendimiento? Es evidente que Cristo indica que Él es el agente que nos habla. Pero nunca nos va a hablar en un evento social, sino en el silencio del alma. También nos dice que no lo guardemos para nosotros. Lo debemos compartir en público, pero con cierto cuidado. ¿Cuidado? Ahora viene la segunda indicación a tener en cuenta.

Cristo también nos señala el gran peligro que tiene llevar lo que Él nos dice a los demás: "No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas, y volviéndose os despedacen" (Mt 7, 6). Compartir lo que Dios nos susurra al oido, es peligroso y al mismo tiempo necesario. El Tesoro Escondido debe ser compartido, pero hay que ser consciente de lo que sucede cuando lo hacemos. El el mejor caso nos tomarán por locos y se reirán de nosotros. Después, nos ingnorarán con desprecio. El siguiente paso es encontrarnos con la violencia que se relata en la cita de San Mateo.

En los primeros siglos del cristianismo, se usaba la palabra "mystikos "para hablar del profundo sentido de la Palabra de Dios. Entiéndase el sentido místico como algo que Dios nos ofrece a cada uno de nosotros. Incialmente se referían a la realidad escondida tras los sacramentos. Más tarde, este término evolucionó para describir una experiencia interior: cerrar los sentidos al ruido del mundo para abrir el espíritu a la presencia de Dios. La mística sugiere un silencio sagrado que aparece cuando cerramos nuestra atención a lo exterior para entrar en el "misterio" profundo que Dios deposita en cada uno de nosotros.

La mística es no parte del ser humano, sino un don que Dios nos ofrece y que nosotros podemos aceptar o rechazar. Por ello no se esconde lo que Dios nos dice, sino que se comparte para que otras personas accedan al Tesoro Escondido y compren el terreno donde está enterrado. Terreno que es el ser profundo, el alma de cada uno de nosotros. El desafío es hacer lo que se puede leer en el Apocalipsis:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Ap 3-20-22

¿A qué esperamos?

¡Feliz Navidad!




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sábado, 29 de julio de 2023

La Sagrada Sangre del Señor


 La Sagrada Sangre del Señor

La fe actual es principalmente vivencial y emotivista. Somos reacios ver más allá de las emociones que nos mueven o paralizan. Los símbolos, han dejado de ser algo que alimente la fe que tanto necesitamos. El problema del emotivismo es que es fluido, líquido. No es capaz de soportar cambios y desalientos. NO olvidemos los símbolos y profundicemos en ellos para ganar esperanza y confianza en Dios. Hoy comparto algunas reflexiones sobre un símbolo muy importante y profundo: la Sangre del Señor. 

¿Qué nos dice la Sagrada Sangre del Señor? La Sangre es un profundo símbolo de redención y salvación. La Sangre del Señor fue ofrecida por nuestros pecados. Además, es cada Eucaristía se consagran pan y vino, como Carne y Sangre de Cristo. Nuestra cultura religiosa da gran importancia al Cuerpo del Señor, que se nos ofrece por medio del pan eucarístico. Pero la Sangre parece que la tenemos algo olvidada. 

La Sangre del Señor es un tema sobre el que debemos meditar profundamente.  ¿Meditar, pensar, profundizar? ¿No se basa nuestra fe en sentir, hacer y en todo caso, divertirnos? Seguro que muchas personas se quedan en la cuarta parte de la mitad del Mandamiento principal. ¿Mandamiento principal? No crean, Cristo lo dejó muy claro:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mt 22,34-40)

¿A qué me refiero con la cuarta parte de la mitad? La sociedad actual nos reclama ser dóciles con lo que las estructuras sociales nos indican. Para ello es necesario vender un simulacro de "buenismo solidario" y filantrópico. Esta es la cuarta parte de la mitad a la que me refería. Solemos olvidar lo principal: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. ¿Con toda mi mente? ¿No se trataba de centrarnos en el emocionalismo y nada más? Leamos lo que nos dice San Agustín sobre el asunto:

Pues ¿Quién no ve que primero es pensar que creer? Nadie, en efecto, cree si antes no piensa que se debe creer. Y aunque a veces el pensamiento precede de una manera tan instantánea y vertiginosa a la voluntad de creer, y ésta le sigue tan rápidamente que parece que ambas cosas son simultáneas, no obstante, es preciso que todo lo que se cree se crea después de haberlo pensado. Y eso, aunque el mismo acto de fe no sea otra cosa que el pensar con el asentimiento de la voluntad. Porque no todo el que piensa cree, como quiera que muchos piensan y, sin embargo, no creen. Pero todo el que cree, piensa; piensa creyendo y cree pensando. (San Agustín. Tratado de la Predestinación de los santos, 2, 5)

Entonces, meditemos un poquito sobre la Sagrada Sangre de Cristo. Empecemos por tener claro la razón de que sea sagrada. ¿Qué es lo sagrado? Aquello que no muestra a Dios como por medio de una imagen y semejanza. Imagen, porque no podemos ver a Dios directamente. Semejanza, porque una realidad material sólo puede contener un reflejo de Dios. La Sagrada Sangre del Señor es un símbolo Sagrado que nos habla y nos colma de entendimiento. Un entendimiento que supera las limitaciones humanas y sociales, que nos rodean.

La sangre es lo que nos da la vida al circular por nuestro cuerpo. A través de ella se difunde el oxígeno y los nutrientes que cada célula de nuestro cuerpo necesita. La Sangre de Cristo es la Sangre que da sentido y fuerza al mundo. Se derramó en la Cruz, para que fuésemos sanados de nuestro pecado y pudiéramos reencontrar el Camino, Verdad y Vida, que Adán perdió en su momento. La Sangre del Señor cayó a la tierra y la misma tierra se revivificó con ella. Recordemos que la tierra tembló y hubo muertos que se levantaron de sus tumbas (Mt 27,52-54). Hasta uno de los centuriones que estaban en el Gólgota, viendo lo que sucedía, creyó.

Quizás hoy en día esto nos suene a película de terror de Hollywood, pero no olvidemos que fue escrito en los Evangelios y que todo lo escrito en ellos es Palabra de Dios. Tengo claro que actualmente los Evangelios se diseccionan para entresacar lo que conviene, desechar lo que va contra el buenismo de moda u olvidar aquello que no se sabe qué hacer con ello. Es el signo de los tiempos y debemos ser capaces de leer en este signo para discernir.

¿Qué simboliza la sagrada Sangre del Señor? Nos muestra que sólo en Cristo está la redención, el perdón y la santificación. Nos muestra que la Eucaristía es fundamental, porque nos acerca a Cristo sin otro mediador que el Espíritu Santo. Nos recuerda que podemos esperar en Dios y descansar en Él. El mundo tiembla cuando la Sangre del Señor cae en él. ¿Y todas las maravillas que nos ofrece el mundo actual? Son sólo apariencias vacías. Simulacros que nos distraen de lo esencial: Cristo como único Camino, Verdad y Vida.





sábado, 8 de abril de 2023

¡Christos anesti! ¡Cristo ha resucitado!


Según nos relata San Lucas, María Magdalena y Juana, y María, madre de Santiago, fueron al sepulcro y se encontraron a dos ángeles que les indicaron que no buscaran allí a Quien ha resucitado. Beda el Venerable, uno de los Primeros Padres de la Iglesia, nos habla de ello y del significado de cada elemento del relato de San Lucas.


En sentido místico puede decirse que las mujeres vinieron muy temprano al sepulcro, dándonos un ejemplo, para que vengamos a recibir el cuerpo del Señor tan pronto como desaparezcan las tinieblas de los pecados. Porque aquel sepulcro es figura del altar del Señor, en que los misterios del Cuerpo de Cristo deben consagrarse no en seda ni en paño teñido, sino en hilo puro, imagen de la sábana con la que José lo envolvió; porque el lienzo puro debe consagrarse. Y así como El ofreció a la muerte todo lo que tenía de humano, por testimonio de gratitud debemos ofrecerle sobre su altar, lo más puro de cuanto produce la tierra, lo más inocente y mortificado por medio de la penitencia, así ofreceremos el lino sobre el altar. Los aromas que llevaron las mujeres significan el olor que deben producir nuestras virtudes y la suavidad de nuestra oración, con las que debemos aproximarnos al altar. La separación de la losa representa la resiembra de los misterios que estaban encubiertos con el velo de la letra de la Ley, escrita en piedra. Pero una vez quitada la piedra que cubría el cuerpo del Señor no se le encuentra muerto sino que se le anuncia vivo, porque aun cuando hemos visto vivir a Jesús en carne mortal, ahora ya no lo vemos. "Si conocimos a Cristo según la carne, mas ahora ya no le conocemos" (2 Cor 5,16). Como vemos que los ángeles se encuentran rodeando el cuerpo del Señor en el sepulcro, así debemos creer que también se encuentran tributándole homenaje en la consagración. Por lo tanto nosotros, a imitación de las santas mujeres, cuantas veces nos acerquemos a los Sagrados Misterios, debemos inclinar nuestra frente al suelo por respeto a los ángeles y reverencia a la Santa Ofrenda, recordando que somos tierra y ceniza.  (Beda el Venerable. Catena Aurea Lc 24, 12)

¡ Christos anesti. Alithos anesti !
¡ Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado ¡

jueves, 21 de febrero de 2019

Ver a Dios


“El espíritu que se vuelve hacia Dios suspende todos los conceptos y ve entonces a Dios sin imagen y sin forma; y en la incognoscibilidad suprema, en la gloria inaccesible, Él ilumina su mirada. No comprende -pues su objeto es incomprensible- y sin embargo conoce, en verdad, a Aquél que es, en esencia, el único que posee aquello que sobrepasa al ser. En la desbordante beatitud que brota de este conocimiento alimenta su amor y conoce así un reposo bienaventurado y sin límites. Tales son los caracteres del verdadero recuerdo de Dios.” Teolepto de Filadelfia

Al llegar al monte de Dios, el Horeb, el profeta Elías entró en una cueva y permaneció allí. El Señor le dijo: "Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar". Así lo hizo Elías, y al acercarse el Señor, vino primero un viento huracanado, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Se produjo después un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se escuchó el murmullo de una brisa suave. (1 Re 19, 9)


¿Aún queremos ver a Dios? No se trata de querer, sino de ser. Si no lo vemos es que tenemos cerrados los ojos del espíritu y nuestro entendimiento cierra las puertas del alma. Quien cierra su ser a Dios, sólo acumula suciedad, pecado y desesperación. Quien vive en la desesperanza, teme abrir los ojos a Dios.

Dios está en la brisa tenue que mueve el universo. No puede ser visto de forma directa, pero a través del orden y la belleza, tenemos constancia de su presencia constante. Para ver a Dios hay que ser, porque la mentira, lo que no es, siempre nos intenta engañar por medio de apariencias y contrasentidos. Un corazón limpio ve a Dios en todo lo que le rodea. Sobre todo, en la brisa tenue que pasa desapercibida por la mayoría de de nosotros

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

(Mt 5,8).

lunes, 10 de diciembre de 2018

Liturgia interior y exterior



Uno de los propósitos de la liturgia externa es activar una liturgia interior en la mente y el corazón del adorador, donde se mantendrá a Dios en constante recuerdo para que las oraciones y las intercesiones se le puedan ofrecer sin cesar. Mientras el corazón, por ejemplo, reza la oración de Jesús, la "liturgia interior" se celebra en la capilla del alma. Los Padres de la Iglesia hablan de una kruptiergasia "una obra secreta", que ocurre constantemente en la mente y el corazón del verdadero creyente. Con esto quieren decir que la mente y el corazón estaban constantemente sintonizados con Dios, orando salmos y practicando. Su presencia incluso cuando la persona exterior estaba ocupada en el trabajo manual. La Divina Liturgia sirve para iniciar y fomentar la liturgia interna que tiene lugar en la mente y el corazón del creyente. (Anónimo)

¿Qué es la Liturgia para el cristiano de esta postmodernidad que nos ha tocado vivir? Para la inmensa mayoría de nosotros, la Liturgia es una excusa para ver y ser vistos, es decir, es lo que da pié a una relación social. Por eso la Liturgia se deforma hasta puntos que la llevan a convertirse en un show. Si miramos atrás, no nos encontraremos con el paraíso soñado, ni mucho menos. La Liturgia no pasaba de algo con lo que se debía cumplir, aunque no fuese relevante en la vida. ¿Por qué sucede esto? El texto que compartido como entrada de este post lo dice forma muy clara: ""liturgia interior" se celebra en la capilla del alma" mientras la Liturgia exterior se celebra. Incluso más. La Liturgia interior se ajusta al mandato de orar en todo momento. Podemos vivir con sentido litúrgico y hacer de la Liturgia la línea de vida que nos une a Dios en todo momento.

Aquí es donde la mística nos traslada lejos del sentido socio-cultural de las celebraciones. Nos conduce la Misterio que es "una obra secreta".Secreta no porque sea oculta, sino porque se celebra dentro del templo que todos llevamos en nuestro ser profundo. En esta época de apariencias, simulacros y shows sociales, nuestro corazón es el único lugar seguro donde encontrarse con Dios y arrodillarnos ante Su Majestad y Gloria.  

domingo, 9 de diciembre de 2018

No nos quieren. Nos señalan la salida.


"Ustedes están fuera de los lugares de culto, pero la fe permanece en ustedes. Veamos: ¿Qué es más importante, el lugar o la fe? ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en esta lucha? ¿Quien conserva la Sede o quien conserva la fe? Es verdad que las estructuras son buenas cuando la fe es predicada a través de ellas; son santas, si todo sucede en ellas de un modo santo… 

Ustedes son los que están felices, ustedes que permanecen dentro de la Iglesia en razón de su fe; ustedes, que mantienen firmes sus cimientos tal como les fueron transmitidos a través de la Tradición Apostólica. Y si celos execrables intentaran hacerla flaquear en alguna ocasión, no lo lograrán. Son ellos los que se separaron en la crisis actual. Nadie, nunca, prevalecerá contra vuestra fe, queridos hermanos, y creemos que Dios hará que un día volvamos a nuestros templos.

Cuanto mayor sea la violencia que empleen en ocupar los lugares de culto, tanto más se separan de la Iglesia. Ellos aducen que representan a la Iglesia, pero en realidad son ellos los que fueron expulsados y los que se encuentran fuera del camino".( San Atanasio S. IV. Sermón)

No nos quieren, nos señalan la salida porque estorbamos. Nuestra sola presencia les hace sentirse incómodos y prefieren ignorarnos. Esto pasa porque ponemos en entredicho las estructuras que les hacen sentir cómodos y protegidos. Aún así no tenemos que preocuparnos porque la fidelidad a Dios hecho Palabra, hace que nada material o social nos haga sentir mal. En el aislamiento al que nos condenan, nos encontramos con Dios. En el desierto de socio-culturalidad es donde mejor podemos encontrarnos con Dios. Este es el gran regalo que el Señor nos ofrece: encontrarnos con Él justo donde se nos proscribe y aleja.

Tenemos el mejor de los templos donde alabar y orar a Dios: nuestro corazón. Tenemos la mejor Liturgia, ya que de la Liturgia interior nace la Liturgia viva que mueve y conmueve el mundo. Tenemos el desierto para evangelizar, tal como lo hizo San Juan Bautista es su tiempo.


domingo, 2 de diciembre de 2018

Dóciles velas que comunican la Luz, que es Cristo.


Si el hombre se encuentra vacío de bienes superiores, ¿para qué ambiciona bienes exteriores? Considera: ¿de qué sirve un arca llena de bienes si la conciencia está vacía? #SanAgustin (S 72,5).

Tener sólo es una apariencia que oculta que no somos mucho más o mucho menos, que nuestro prójimo. El Señor nos dijo que quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos (Mc 9,30-37) . Servidor, que sirve, ofrece, hace posible, es medio por el que la presencia de Dios se evidencia en medio de nosotros. Servidor que es herramienta dócil en manos de Dios. Servidor que ansía ser transparente, para convertirse en un humilde  medio por el que la gloria de Dios se haga presente en el mundo. Ser transparente para que la Luz, que es Cristo, se manifieste. 

Fijémonos en una simple y maravillosa vela. La vela se quema para que la luz llene el vacío que le rodea. La vela se convierte en nada y no pide nada a cambio. Nadie esconde una vela debajo de un celemín (  Mt 5:14-15 ), porque tener una vela escondida sólo beneficia a nuestra soberbia. Soberbia que es apariencia hinchada y falsedad cómplice. Porque quien quiera salvar su vida la perderá (Mt 16:25) de la misma forma que quien esconde la vela, perderá la luz que está destinada a dar.
A veces. Cuando Dios lo hace posible, la vela que se da cuenta de que sólo tiene sentido mientras se consume dócilmente. Entonces y sólo entonces, se da cuenta de qué es la verdadera felicidad. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mt 5, 8) Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida.(Jn 8, 12)

domingo, 25 de noviembre de 2018

El cristiano del siglo XXI


La [verdadera] vocación monástica es primordialmente una llamada al desierto, porque el monje es aquel que ha renunciado públicamente a las ficciones de una existencia colectiva y social en la que éxito se identifica con poder, placer y riqueza.  Ermitaño Urbano

El desierto es un concepto que ha desaparecido del cristianismo contemporáneo. Después del CVII, los católicos hemos emprendido un camino de acercamiento humano al mundo. Un camino que busca exaltar lo humano sobre la divinización. Una falsa humanización que se nos presenta como una meta y un fin en sí misma. No nos damos cuenta que la forma de vida actual, llena de apariencias y simulacros, es por sí misma un desierto, un desierto espiritual, un desierto de veracidad. El mundo es un desierto donde parece que Dios ha desaparecido y todo se mueve por la lucha de poder entre quienes lo habitamos. Un desierto sin Dios.

Hay otro desierto muy diferente. Un desierto que invierte la perspectiva de realidad a la que nos hemos acostumbrado. Este sería el desierto donde lo aparente y lo social dejan de ser esenciales. Un desierto en el que los simulacros quedan al margen de nuestra vida. Un desierto donde la presencia de Dios se convierte en lo único esencial.

El problema de los cristianos actuales proviene de hacer nuestro ese desierto sin Dios y abrazar al mundo como lo único relevante para nosotros. Entonces nos convertimos, en el mejor caso, en cristianos socio-culturales. Cristiano-agnósticos que ignoramos la Voluntad de Dios porque nos parece que Dios, está lejos, es indiferente, no es ni útil ni esencial para nuestra vida. Primeramente invertimos los mandamiento (Mt 22, 34-40), anteponiendo el amor a nosotros mismos (egoísmo) y después volcamos este egoísmo encubierto hacia el prójimo. Entonces aceptamos dar la prójimo aquello que nos haría sentir bien a nosotros, aunque eso sea veneno espiritual concentrado. El amor a Dios queda como algo secundario que termina por desaparecer debajo del activismo social que centra la pastoral eclesial actual.

Si recordamos bien, Cristo se retiraba con frecuencia al desierto físico para estar más cerca de Dios. San Juan Bautista realizó la mayoría de su ministerio en el desierto. Los primeros cristianos buscaban tiempos en los que el aislamiento y serenidad. Hoy llamamos “retiros espirituales” a diversas variantes de los ejercicios espirituales Ignacianos. Variantes que no dejan de ser una reunión socio-cultural de sesgo emotivista. En realidad, tememos quedarnos solos frente a nosotros mismos, porque perdemos las justificaciones que nos “protegen” psicológicamente de la mirada de Dios. Somos adictos a los simulacros socio-culturales que nos rodean y motivan diariamente.


¿Cómo debería ser el cristiano del siglo XXI? No deberíamos estar lejos de una vida monástica, aunque vivamos integrados en la sociedad moderna. No hay otra forma de dar testimonio de Cristo en medio de millones de simulacros y apariencias superficiales. Nuestras comunidades deberían buscar lo esencial, en vez de centrarse en lo socio-culturalmente valorado. Seguramente muchos pensarán que esto es muy muy aburrido y que precisamente, esto aleja a las personas que buscan un [pseudo] cristianismo divertido, atractivo y a un modelo de cristiano con una eterna sonrisa de anuncio de dentífrico. Si lo que buscamos en marketing, vender un producto, atender necesidades egoístas, evidentemente no hemos leído los Evangelios y seguimos a algo que tiene poco que ver con Nuestro Señor.


jueves, 9 de febrero de 2017

El templo interior (II). Cuando lo externo no quiere hablarnos de Dios

Actualmente resulta especialmente complicado vivir una vida de fe tradicional y profunda. Las comunidades se van convirtiendo en espacios de confrontación. Donde debería brillar la unidad, nos alejan las diferentes formas de entender, sentir y vivir la fe. Desconfiamos unos de otros y nos etiquetamos con todo tipo de calificativos denigrantes.

Los templos son cada vez más funcionales y asépticos. Parecen salas multifuncionales que sirven para cualquier actividad comunitaria. No tienen signos ni símbolos sagrados, ya que nos resultan incomprensibles e incluso los despreciamos por ser "anacrónicos".

Las celebraciones litúrgicas han ido cambiando su centro. Ahora se entiende que el centro de la celebración es la comunidad, olvidando el sentido sagrado y trascendente de la Liturgia. Hay tantas Liturgias como colectivos creativos y plurales. Una Liturgia creativa nos lleva a una fe adaptada a cada uno de nosotros y a las realidades en las que cada cual vive. La Fe se adapta al individuo porque este reclama ser el centro de todo.

Se acepta con normalidad que la conciencia personal está por encima del Sacramento y de la Revelación de Dios. Esto lo podemos ver en la forma en que se está entendiendo y aplicando la exhortación apostólica "Amoris Laetitia". Si hablas de discernir, te cierran la boca con un "no juzgues". El objetivo de callarte es que no te atrevas a descubrir el simulacro en el que se desarrolla la fe individual. Vivimos las consecuencias de la postmodernidad, que nos come por los pies. ¿Cómo podemos responder a ello?

Tenemos tres orientaciones importantes que considerar:
  1. Vivir el espacio sagrado en el Templo Interior que llevamos cada uno de nosotros en nuestro corazón. La Estrella Interior, la Luz de Cristo, habita en este espacio y en él podemos adorar al Señor en Espíritu y Verdad, como Cristo mismo indicó a la Samaritana.
  2. Vivir el tiempo sagrado en cada acto que realizamos. La Liturgia nos abre a la dimensión cósmica de la fe, como nos indicó Benedicto XVI. Vivir desde Cristo y a través de Cristo es posible si dejamos que el Espíritu Santo obre el milagro de la santidad en nosotros. Cada entendimiento, sentimiento o acción debe ser una oración al Señor, quien nos pide orar constantemente.
  3. Vivir la comunidad por medio de la Comunión de los Santos, que nos une y reúne aunque vivamos a 100000 km de distancia unos de otros. La comunidad donde es posible vivir la fe no siempre es la que encontramos cuando vamos a misa, ni la que intentamos ayudar en lo que podemos y se deja ayudar. 
Estas tres orientaciones pueden complementarse con una comprensión más profunda del sentido de nuestra vida y del camino de la santidad. Si el mundo ha penetrado en la Iglesia y la ha contagiado de complicidad mundana, nosotros podemos hacer vida real lo que nos dice la Carta a Diogneto:
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar.

Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente en sus corazones.
No desesperemos si el mundo parece conquistar la Iglesia, porque es imposible. El mundo puede conquistar las formas, los nombres y las apariencias externas. Los fieles podemos autodenominarnos católicos como quien se declara aficionado a cualquier equipo de fútbol. Las etiquetas se ponen y se quitan con facilidad, porque sólo son apariencia. El ser católico no necesita etiquetas porque se hace evidente sin tener que reclamar socialmente ser considerado como tal. Sin duda, la Iglesia subsiste y subsistirá ante cualquier ataque del maligno, porque el diablo no puede transformar el ser. Tan sólo puede confundirnos con apariencias y mentiras. Depende de nosotros no escuchar sus cantos de sirena y centrarnos en lo esencial: Cristo, el Logos, Camino, Verdad y Vida.

El Templo Interior es el refugio de quien se ve despojado de un espacio externo para celebrar los Misterios. La vida cotidiana se hace Liturgia para quien no puede vivir con profundidad los Misterios en las celebraciones. La Comunión de los Santos nos entrelaza, aunque no estemos lo suficientemente cercanos unos a otros. Es como ser un ermitaño en mitad del mundo, tal como la Carta a Diogneto nos relata. Tengamos esperanza. En el Templo interior, brilla la Luz de Cristo; doblemos nuestras rodillas y adorémosle.



sábado, 16 de enero de 2016

El lenguaje místico cristiano

‎«Cuando todavía estudiaba la espiritualidad con mi predecesor en el Instituto Oriental de Roma, el P. Ireneo Hausherr, una vez le pregunté ¿Cómo hay que usar la palabra mística? Y él dignamente me contestó: De cualquier manera. Solo que tiene que precisar al principio: ¡Abandonen toda esperanza, los que me estáis leyendo!-» (Card. Tomás Spidlik)

A principios del siglo XX, M. Baldini, en su obra " El lenguaje de los místicos" constató 26 definiciones diferentes de la palabra, lo que indica que no es sencillo hablar de lo mismo cuando utilizamos la palabra mística. Lo importante no es que la palabra mística sea polisémica, sino que seamos capaces de indicar qué es lo que queremos comunicar al utilizarla. De otra forma nos hacemos entender y podamos sacar algo en claro.

En este texto, la mística indica el don que Dios nos da para acceder al Misterio. Misterio que no es nada que pueda ser guardado por los seres humanos, sino la comprensión de la Voluntad de Dios que está detrás de todo lo creado.

Al hablar de mística, quizás la primera pregunta que nos podemos hacer es si existe un lenguaje místico cristiano. La respuesta: sí existe. Lo han utilizado todos los místicos de la Iglesia. Pero, ¿Cómo es este lenguaje? Pseudo-Dionisio Areopagita, uno de los fundamentos de la mística cristiana,  dice lo siguiente:

"Considero que es necesario insistir más en explicar el modo perfectísimo de la unidad y distinción en Dios, para que todo nuestro tratado resulte claro y fácil de entender, evitando lo oscuro e incierto, y, en la medida de lo posible, definiendo lo propio de aquí con distinción, propiedad y orden." (Pseudo-Dionisio Areopagita. Los nombres de Dios).

Pseudo Dionisio nos indica que es necesario utilizar distinción, propiedad y orden. ¿Debe ser oscuro e incierto el lenguaje místico? Decididamente no lo contempla así Pseudo Dionisio. ¿Por qué tendría que ser un lenguaje oscuro? Si lo que se desea comunicar es oscuro y profundo, por su propia naturaleza, no debemos aumentar más oscuridad por medio del lenguaje. Sobre todo es necesario utilizar una semántica clara y no cambiar el significado de las palabras. Hoy en día es muy complicado hacer esto, ya que el relativismo y la postmodernidad nos permiten llamar "árbol" a un gato, sin que nadie se atreva a indicar que es evidentemente una locura. El problema del lenguaje viene de lejos. Desde el romanticismo es frecuente calificar de "escrito místico" lo que se realmente es un galimatias emotivo-sentimental. Lo mismo sucede con la palabra corazón, que a menudo se le despoja de su sentido de centralidad para reducirlo a una metáfora de la dimensión emotivo-empática de nuestro ser.

Los escritos místicos son obras de arte admirables por lo que comunican, no por su incapacidad de transmitir y su oscuridad. Su belleza radica en el esplendor simbólico que emana de ellos y de las proporciones que utilizan. Proporciones que se sostienen en la semántica, el simbolismo y en el pensamiento analógico subyacente.

Los escritos pseudo místicos emotivistas, suelen contener transliteraciones semánticas que evidencian un estado de conmoción o confusión mental. Este estado de confusión mental es frecuentemente confundido en el éxtasis místico. El éxtasis místico y la confusión romántica pueden tener apariencias comunes, pero distan de ser lo mismo. 

El místico utiliza un lenguaje simbólico definido y aglutinante, mientras que los escritos emotivos suelen tener sentidos disgregantes o sesgadores de la experiencia. El símbolo aglutina sentido para mostrar el Misterio subyacente. El Misterio que no puede ser comunicado con palabras directas, por lo que se define y expone por medio de analogías. El razonamiento místico es analógico, está perfectamente definido y es concreto en su desarrollo. Mientras, el lenguaje emotivo translitera los significados, confunde lo diferente y  razona de manera lateral y/o parcial. 

El lenguaje místico cristiano toma como base la forma en que el mismo Cristo nos explica lo inexplicable: la parábola, pero no se queda ahí. Utiliza símbolos y analogías que parten de los escritos proféticos y apocalípticos del Antiguo y Nuevo testamento. Si leemos el Apocalípsis de San Juan, nos daremos cuenta de que, para comprenderlo, es necesario entender y relacionar cada uno de los símbolos utilizados. Esto mismo se puede llevar, por ejemplo, al Evangelio de San Juan, en donde muchos de los Episodios narrados están impregnados de una atmósfera que nos puede parecer onírica o sobrenatural. Un ejemplo típico es el encuentro entre Jesús y la Samaritana, en el pozo de Jacob. San Juan supo transmitir lo que ocurrió dotando a la descripción de mucha más información que la propiamente descriptiva. Estos son algunos ejemplos del lenguaje místico cristiano, entre muchos otros.

Uno de los problemas actuales del cristianismo es la incapacidad de transmitir una parte esencial del Evangelio por medio de este lenguaje místico y simbólico. Tenemos delante a una generación que está educada en el empirismo y que al mismo tiempo, vive dentro de una sociedad llena de simulacros y engaños sociales. El empirismo desnuda el relato místico de todo lo que no sea propiamente descriptivo. Esto produce un entendimiento parcial e inconexo de lo comunicado. Por otra parte, si se fuerza al lector u oyente, a mirar más allá de lo descriptivo, aparecen los prejuicios y desconfianzas de quien se sabe engañado continuamente y juega a aparentar para defenderse.

En resumidas cuentas, en la actualidad el lenguaje místico nos parece una lengua críptica y aparentemente destinada a personas entendidas, a "iniciados". Al ser humano del siglo XXI le sobran místicas y relatos evocadores en los que perderse. Tiene cientos o miles de ellas promocionándose en todos los medios de comunicación. La mística cristiana le parece uno más de muchos submundos imaginarios que le intentan vender constantemente. ¿Qué puede hacer que apueste por este "submundo" y no por por el de Star Wars o por el de "los Juegos de Hambre", tan de moda ambos? La única respuesta es la misma que Cristo nos legó en los evangelios:

Y acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas en parábolas? Y respondiendo El, les dijo: Porque a vosotros se os ha concedido conocer los Misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. (Mt 13, 10-11)

¿Qué es lo que nos permite dar el paso y abrir el entendimiento a la mística cristiana?  ¿Cómo entender esa elección de la que nos habla Cristo? Es Espíritu Santo sabe soplar y hacerlo de forma justa y caritativa. Él es Quien abre los oídos, los ojos y el corazón para ver a Dios. ¿Qué hace nos cerremos a este entendimiento? El desconocimiento y los simulacros con los que el mundo nos satura. Como indica el Card. Spidlik en la anécdota que abre este texto, abandonemos toda esperanza en nuestras fuerzas y esfuerzos y confiemos únicamente en el don de Dios. Roguemos para ser capaces de recibirlo y perseverar en Él.



domingo, 9 de octubre de 2011

La Trascendente Proporción


Advierto que hoy traigo un texto un poco más difícil que de costumbre. De vez en cuando me gusta compartir este tipo de reflexiones, a fin de enlazar con otras personas que puedan compartir este tipo de inquietudes místicas. A lo mejor se sorprenden de la existencia de una mística científica, ya que tras el renacimiento ha sido casi totalmente olvidada. La irrupción del nominalismo hizo que la vía mística de la ciencia quedara detenida. 

Su autor, Nicolás de Cusa, fue cardenal y obispo de Bresanona, ciudad del norte de Italia. Nació en Cusa en el año 1401 y muere en Todi en año 1464. Fue uno de los teólogos que iniciaron la transición del medievo al renacimiento por medio de un entendimiento unitario de todo lo que existe. Este fragmento de su obra “La Docta Ignorancia” nos da una clave para entender el misterio de los paradigmas que nos hablan de Dios en todo lo que existe.

Todos nuestros más sabios, más divinos y más santos docto­res están de acuerdo en que realmente las cosas visibles son imágenes de las invisibles, y que nuestro creador puede verse de modo cognoscible a través de las criaturas, casi como en un espejo o en un enigma. Y el que las cosas espirituales, que para nosotros son por sí mismas intan­gibles, puedan ser investigadas simbólicamente, tiene su raíz en las cosas que antes se han dicho. Puesto que todas las cosas guardan entre sí cierta proporción (que para nos­otros, sin embargo, es oculta e incomprensible), de tal manera que el universo surge uno de todas las cosas y todas las cosas en el máximo uno son el mismo uno. Y aunque toda la imagen parezca acercarse a la semejanza del ejem­plar, sin embargo, excepto la imagen máxima, que es lo mismo que el ejemplar en la unidad de la naturaleza, no hay una imagen de tal modo similar, o igual, al ejemplar que no pueda hacerse más semejante y más igual infinita­mente, como ya hemos visto antes que es evidente.

Cuando se haga una investigación a partir de una imagen, es necesario que no haya nada dudoso sobre la imagen en cuya trascendente proporción se investiga lo desconocido, no pudiendo dirigirse el camino hacia lo in­cierto, sino a través de lo presupuesto y cierto. Todas las cosas sensibles están en cierta continua inestabilidad a causa de su potencialidad material, abundante en ellas. Lo que es más abstracto que esto, cuando se reflexiona sobre las co­sas (no en cuanto que carecen de raíz de elementos natu­rales, sin los cuales no pueden ser imaginadas, ni en cuanto yacen bajo la fluctuante potencialidad) vemos que es muy firme y muy cierto para nosotros, como ocurre con los ob­jetos matemáticos; por lo cual los sabios buscaron hábil­mente en ellos, por medio del entendimiento, ejemplos para la indagación de las cosas. Y ninguno de los antiguos, a quien se considere importante, buscó otra semejanza que la matemática para las cosas difíciles. (Nicolás de Cusa. La Docta Ignorancia, fragmento C. XI)

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 En una conversación en Facebook apareció la palabra “proporción”. Mi interlocutor me pregunto qué tenía que ver esa palabra en lo que estábamos dialogando. ¿Tienen que ver el cristianismo con la proporción? Es complicado encontrar mejor referencia de este concepto que la frase bíblica que se refiere a Cristo: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.” (Salmo 117, 22-23).

La piedra angular o clave de bóveda es aquella que se coloca en la parte superior de los arcos y que reparte proporcionalmente los empujes para dar estabilidad a la construcción. Entender qué es esta piedra angular nos permite entender qué función tiene Cristo en nosotros y la Iglesia.

Hay otros muchos aspectos de nuestra Fe que se iluminan cuando los abordamos por medio de la semejanza. Las proporciones trascendentes se hacen evidentes ante nuestros ojos si sabemos mirar con limpieza de corazón. Ya nos lo Cristo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8).

Pero estas proporciones no solo nos hablan de Dios desde fuera y hacia fuera de nosotros. También nos hablan desde y hacia dentro de nosotros. En el Tratado sobre el Orden, San Agustín nos dice: “Luego yo soy superior (a los animales), no por fabricar cosas bien proporcionadas, sino por conocer las proporciones” (Tratado Sobre el Orden 2,19,49)

Estimado lector, seguramente se esté preguntando si es necesario entrar en el laberinto que intento dibujar. Ciertamente no es necesario. La Fe es un don de Dios que sólo necesita de nuestra aceptación para que la Gracia de Dios la haga crecer en nosotros. Ahora, también es cierto que la Fe se robustece por medio de los dones de entendimiento, ciencia y sabiduría. Roguemos a Dios para que recibamos estos dones y que la Fe se vaya afianzando en nosotros, día a día, por medio de la Gracia de Dios.

sábado, 20 de febrero de 2010

El sentido espiritual (y III)


"Que hay ciertas economías místicas indicadas en la Escritura, es admitido por todos, pienso que hasta por el más simple de los creyentes. Pero ¿cuáles son, de qué clase, quién es intelectualmente recto, no vencido por el vicio de la jactancia, sino que escrupulosamente reconocerá que es un ignorante? Ya que si alguien, por ejemplo, aduce el caso de las hijas de Lot, que parecen, contrariamente a la ley de Dios, haber copulado con su padre; o las dos mujeres de Abrahán, o las dos hermanas que estuvieron casadas con Jacob, o de las dos criadas quien aumentaron el número de sus hijos, ¿qué otra respuesta podría ofrecérsele, sino que estos eran ciertos misterios y formas de cosas espirituales, pero que somos ignorantes de qué naturaleza son?

Incluso cuando leemos de la construcción del tabernáculo, consideramos cierto que las descripciones escritas son figuras de ciertas cosas ocultas; pero adaptar estas a sus normas apropiadas, y abrir y discutir cada punto individual, pienso que es sumamente difícil, por no decir imposible. Que esta descripción, sin embargo, esté llena de misterios no escapa ni al entendimiento común. Pero toda la parte de narrativa, relacionando con los matrimonios, o con el engendramiento de hijos, o las batallas de clases diferentes, o cualquier otra historia, ¿qué otra cosa además se puede suponer salvo formas y figuras de cosas ocultas y sagradas?

Como el hombre hace muy poco esfuerzo en ejercitar su intelecto, o imagina que tiene el conocimiento antes de aprenderlo realmente, la consecuencia es que nunca comienza a tener conocimiento; o si no hubiera carencia de deseo, al menos de un instructor, y si se buscara el conocimiento divino, como debería ser, en espíritu religioso y santo, y con la esperanza de que muchos puntos serán abiertos por la revelación de Dios -ya que al sentido humano ellos son sumamente difíciles y oscuros- entonces, quizás, quien busca de tal manera encontrará lo que es permitido descubrir." (Orígenes, De principis)

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La mística necesita de la Fe y la Fe busca comprender. Por eso Orígenes indica claramente la existencia de “economías místicas” dentro de las sagradas escrituras. Para encontrar y comprender estas economías es necesario el intelecto, además de otras herramientas. Pero, como indica Orígenes, el ser humano está poco predispuesto a ejercitar su intelecto. Para suplir esta deficiencia, buscamos medias verdades que nos provean de respuestas fáciles y que, a ser posible, no nos involucren en nuestro propio aprendizaje.

Evidentemente, el intelecto no es algo a desechar. Todo lo contrario. Es una herramienta indispensable donada por el Creador para que podamos conocer, comparar y discernir. Dicho esto, también es imprescindible señalar que el intelecto que no puede ser la única herramienta empleada, ni ser desechado algo inútil o malévolo. El intelecto debe desarrollarse en igualdad con la emotividad y la praxis para que podamos vivir en armonía interna y externa. Armonía, que es el estado que obtenemos cuando la proporción de elementos es la adecuada para que se produzca belleza. Belleza teológica y estética que nos permite ser símbolo de Dios en la tierra.

Si despreciamos el intelecto o la emotividad o la acción, desechamos toda posibilidad de armonía interna y externa. En el mejor caso, solo podremos luchar por obtener la paz por medio del vacío. Aunque parezca evidente, una vez roto el equilibrio no es fácil entender que armonía y vacío no son lo mismo. La lucha interna que conlleva el desequilibrio, solo encuentra paz en el vacío y es normal que se entienda como la meta a la que estamos destinados.

Las sagradas escrituras no pueden entenderse únicamente a base de emotividad o de recitarlas tal cual están escritas. Es necesario conocer, comparar y discernir, para entender lo que Dios nos comunica a través de ellas. Al mismo tiempo que se discierne, hay que sentir lo que está escrito y hacer acción y voluntad la revelación divina.

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Espíritu Santo, dador de Ciencia por la cual se conoce la vanidad del mundo, abre nuestras mentes al conocimiento de Dios, a fin de que conozcamos nuestros pecados para detestarlos, nuestros deberes para cumplirlos, nuestros defectos para corregirlos, las vanidades de la tierra para menospreciarlas y las grandezas del cielo para desearlas.
Amén.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mística cristiana

El concepto de mística en el cristianismo difiere de otras místicas diversas. La mística cristiana se apoya en la dinámica de la sacralidad: revelación de Dios al ser humano <–> búsqueda de Dios por parte del ser humano. Aunque Dios se revela gratuitamente y con sobreabundancia, debemos tener una predisposición activa para hacer nuestra la revelación.

En la etimología de la palabra “mística” encontramos pistas nada desdeñables para comprender el significado de esta palabra. La palabra mística procede del verbo griego “myein” que significa encerrar. “Místikos”, será por lo tanto lo cerrado u oculto a la vista directa. Lo místico está en relación directa con el misterio. Es decir, la mística cristiana trata de penetrar en el misterio cristiano. Pero este misterio no es algo que se posea por parte de unos pocos elegidos y por lo que hay que pagar tributo de hombre para acceder. Lo oculto está delante de nuestros ojos y solo debemos tener la voluntad de acceder para encontrarlo en todo lo que existe.

Cabría preguntarnos, por qué Dios se muestra de manera misteriosa, oculta y velada. Lo oculto, lo velado, salvaguarda la libertad que Dios nos ha regalado para aceptar o no su existencia. Sin lo oculto, no tendríamos libertad y voluntad propia para decidir sobre nuestra vida y acciones.

La mística es el camino que busca y encuentra a Dios en todo lo que existe. La mística busca penetrar en el misterio que vela a Dios para darnos libertad. Pero la mística no es un camino único ya que existen múltiples enfoques... emocionales, intuitivos o intelectuales... sin que cada aspecto invalide los demás. Más bien todo lo contrario, cada aspecto complementa los demás dando coherencia, profundidad y sentido a nuestra Fe.

Pero ¿Cómo podemos entender la mística cristiana? El cristianismo oriental ha sabido compendiar el camino místico dividiéndolo en tres fases que se desarrollan simultáneamente, aunque en proporciones diferentes: praxis, contemplatio naturalis y theosis.

La primera etapa es la del trabajo de control del cuerpo, emociones e intelecto. Es el desarrollo y la comprensión de la templaza y la humildad como virtudes. Sin control de las herramientas de búsqueda, no podremos llegar muy lejos. En esta etapa la gracia de Dios se entrelaza con nuestra voluntad en un trabajo diario de ascetismo y virtud.

La segunda es la etapa de contemplación y comprensión de la revelación de Dios, tanto la natural como la sobrenatural. Ambas revelaciones se complementan y se dan consistencia una a otra. Para contemplar y comprender de nuevo tenemos que suplicar la gracia de Dios y complementarla con nuestra voluntad. La voluntad por si misma no sirve de nada si Dios no nos regala la gracia necesaria para avanzar.

Por último, tenemos la theosis o “divinización”. Aunque la palabra nos induzca a pensar en hacernos dioses, no se trata de eso. Se trata de convertirnos en herramienta de Dios que actúa dentro de la comunidad de creyentes que es la Iglesia.

En el camino de la mística se suelen dar visiones parciales que nos impiden seguir el camino hasta el final. Si solo aspiramos a la praxis, quedaríamos encerrados en nosotros mismos e incapacitados para transformar el mundo como levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar.

Si nos quedamos en la contemplación, nos vaciaríamos, sin más, en la soledad de la inmensidad de todo lo revelado. Olvidamos que no somos nosotros mismos nuestro objetivo… el objetivo es hacer llegar al mundo el Reino de Dios.

La theosis tampoco es un estado final, estático o de éxtasis. Si el objetivo fuese personal, la redención de Cristo solo hubiera actuado sobre El mismo. El camino de la cruz hubiera servido solo a Dios y a nadie más… y es evidente que el camino de la cruz nos redimió a todos por medio de Dios mismo.

La originalidad y diferencia del cristianismo es su carácter comunitario, eclesial y social. El Reino de Dios no es un logro personal y nuestra salvación solo acontece cuando nos negamos a nosotros mismos para darnos a los demás de forma consciente y dinámica.

Las místicas no cristianas suelen centrarse en el individuo por medio de praxis solitarias. Nos encontraríamos con el modelo de eremitas desafectados del mundo que viven por y para si mismos. La mística cristiana se centra en Dios, se desarrolla en la comunidad y se vuelca al mundo para transformarlo. La acción es también mística y se desarrolla dentro del mundo por medio de la Iglesia. Los grandes místicos cristianos han unido praxis, contemplatio y theosis enfocando su acción sobre el mundo, por medio de la Iglesia. Miremos a Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, entre otros y nos daremos cuenta que su mística fue todo menos inacción o vacío. Por eso Cristo predicó al mundo y ordenó a sus apóstoles que difundieran activamente el evangelio.
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