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miércoles, 22 de junio de 2011

Palanca de Arquímedes y la Conversión

Aquel que desea unirse con alguien debe, por supuesto, adoptar su manera de ser, imitándolo. Es pues una necesidad para el alma que desea convertirse en esposa de Cristo, hacerse conforme a la belleza de Cristo, por medio de la virtud, según el poder del Espíritu. Porque no es posible que se una a la luz aquel que no brilla con el reflejo de esta luz. Y he aprendido del Apóstol Juan: Cualquiera que tiene esta esperanza se santifica, como Cristo mismo es santo (1 Jn 3,3). El Apóstol Pablo escribe también: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1).

El alma que quiere levantar vuelo hacia lo divino y adherirse fuertemente a Cristo, debe pues alejar de sí toda falta; las que se cumplen visiblemente con las acciones: quiero decir, el robo, la rapiña, el adulterio, la avaricia, la fornicación, el vicio de la lengua, en resumen, todos los géneros de faltas visibles; y también los males que se introducen subrepticiamente en las almas, y que permaneciendo escondidos para la gente del exterior, devoran al hombre de una manera cruel: es decir, la envidia, la incredulidad, la malignidad, el fraude, el deseo de lo que no conviene, el odio, el fingimiento, la vanagloria, y todo el enjambre engañador de estos vicios que la Escritura odia, que rechaza con disgusto al igual que los pecados visibles, como si fueran de la misma ralea y generados del mismo mal. (San Gregorio de Nisa, La Meta Divina y la Vida Conforme a la Verdad Cap 1, fragmento)

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En mi comentario resaltaría la frase “hacerse conforme a la belleza de Cristo, por medio de la virtud, según el poder del Espíritu” presente en este texto de San Gregorio. Pero ¿Cómo podemos hacernos conformes a la belleza de Cristo?

Lo primero sería recordar que ya somos imagen de Dios, puesto que fuimos creados a su imagen y semejanza (Gn 1:26-27) Pero esta definición no implica que seamos copia ni iguales a Dios. Además, tras el pecado original, la imagen y semejanza ha sido drásticamente emborronada por el pecado.

Tal como dice San Gregorio, tenemos que rechazar toda falta e intentar reflejar la Luz de Dios, que es Cristo mismo (Jn 1,9) Tenemos que convertirnos. "El alma que quiere levantar vuelo hacia lo divino y adherirse fuertemente a Cristo, debe pues alejar de sí toda falta." ¿Podemos transformar nuestra naturaleza agrietada por nosotros mismos? ¿Difícil? Más bien imposible si contamos con sólo con nuestras fuerzas. ¿Cómo hacerlo entonces?  Pero: Cualquiera que tiene esta esperanza se santifica, como Cristo mismo es santo (1 Jn 3,3).

Pongamos un símil: ¿Cómo elevar un pesado fardo que excede nuestras fuerzas? Seguramente piensen en una palanca como la opción adecuada. También podemos utilizar una máquina hidráulica basada en le principio de Pascal. De todas maneras, aunque los elementos analógicos cambien, el símil es el mismo.


¿De qué partes consta una palanca? Tenemos un brazo, plancha o tablón suficientemente largo e indeformable y un sólido punto de apoyo. Colocamos la palanca de forma que la longitud entre el punto de apoyo y el peso sea menor que entre el mismo punto de apoyo de nosotros. Nuestra escasa fuerza se ejerce sobre el extremo contrario al que colocamos el fardo y... ¡Vaya! El pesado fardo sube de manera milagrosa. ¿Cómo es posible? Nuestra fuerza es la misma, pero hemos conseguido lo imposible. 


La razón del aparente "milagro" operado con la palanca es un principio universal que se estudia en física y sobre el que no voy a extenderme. Lo interesante es determinar las analogías y aprender de ellas.

“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” decía Arquímedes. ¿Qué mejor punto de apoyo que Dios Padre? El es referencia universal y causa de todas las causas. Cristo oraba al Padre y pedía que su voluntad fuese la que viniera a nosotros. La oración al Padre es fundamento de nuestra conversión.

¿Qué será la plancha o tablón? ¿Qué representa la tenacidad, templaza y sostén de todo cristiano? El Espíritu Santo. Los dones que Dios nos ofrece por medio del Espíritu son la tabla rígida y sólida que necesitamos. ¿Pedimos a Dios los dones del Espíritu? Sin ellos poco podemos transformar en nosotros.

¿Ya está? No. Falta algo. La palanca tiene un elemento adicional que no siempre se considera: la proporción. Las distancias que existen entre fardo, punto de apoyo y el punto de aplicación de la fuerza dan lugar a dos segmentos diferentes, que sumados dan la longitud total de la plancha. No cualquier proporción de estos segmentos da lugar un resultado positivo en la labor de elevar el fardo. ¿Quién es la proporción universal que revela a Dios en el mundo? ¿Quién es la Piedra Angular de toda obra humana y divina? Cristo. ¿Dónde está Cristo? En los sacramentos, en la Palabra de Dios y en medio de nosotros cada vez que nos reunimos en Su Nombre. La frase de San Gregorio: hacerse conforme a la belleza de Cristo, toma ahora un especial significado. Imitar a Cristo es asimilar en nosotros la proporción necesaria para nuestra conversión. Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1).

Bueno, alguno se preguntará ¿En dónde participamos nosotros en este símil? Participamos por medio de nuestra voluntad que es la  escasa y frágil fuerza a de la que disponemos. Irrisoria, mínima, pero imprescindible.

Hay una reflexión adicional que no se nos debe escapar ¿Podemos considerar a Dios como una herramienta a nuestro servicio? Si leemos este símil podríamos entender que la palanca está dispuesta para hacer nuestra voluntad por medio de Dios. Pero esto no es así. Dios no está para lo que queramos. Dios está presente en universo  y se hace evidente por medio de su voluntad. La voluntad de Dios es el motor inmóvil, causa primera de toda transformación.


¿Cuál es la voluntad de Dios hacia nosotros? Nuestra conversión. Nuestra transformación en herramientas perfectas. Herramientas con las que El trabaja y transforma el mundo en su Reino.


Ya nos dijo Cristo: Yo os digo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.  ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (LC 11, 9-13)

martes, 16 de febrero de 2010

El sentido espiritual (II)

«… llamamos tipo o modelo a las razones creadoras de las cosas, y preexisten en la simplicidad de la esencia divina. La Escritura las llama predestinaciones y voluntades santas y buenas, que constituyen y realizan a los seres, y según los cuales la soberana potencia determina y produce todo lo que es. Entonces, cuando el filósofo Clemente, adelanta que los tipos o modelos no son otra cosa más que lo que se concibe de más noble en las criaturas, no da a la palabra su propio valor, riguroso y natural; y admitiendo que ese lenguaje fuese exacto, aún habría que entenderlo en el sentido de los santos oráculos, donde se dice que las criaturas no nos son reveladas para que las adoremos, sino para que, por el conocimiento que nos vendrá de ellas, seamos elevados, según la medida de nuestra fuerzas, hasta la causa universal. Todas las cosas deben ser atribuidas a Dios, sin alteración de su simplicidad inefable. Pues comunica primero la existencia, primer don de su bondad creadora; luego penetra en todas las cosas y las llena de las riquezas del ser, y se regocija en sus obras. Pero todo preexistía en él en el misterio de una simplicidad transcendental que excluye toda cualidad; y todo está igualmente contenido en el seno de su inmensidad indivisible, y todo participa en su unidad fecunda como una sola y misma voz puede alcanzar a la vez varios oídos.» (Los Nombres Divinos, Dionisio el Areopagita).

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Dionisio el Areopagita, también llamado pseudo-Dionisio, es un autor anónimo que probablemente vivió en Siria entre el siglo V y el VI. El verdadero Dionisio Areopagita fue el único griego que San Pablo consiguió convertir tras su discurso en el Areópago de Atenas. Fue ordenado obispo y murió mártir. Es más que probable que las enseñanzas del verdadero Dionisio fueran recopiladas y puestas en limpio por el pseudo Dionisio.

Este pseudo Dionisio es uno de los Padres de la Iglesia griega y uno de los primeros escritores que trataron la mística cristiana desde el punto de vista práctico y teológico. Entre sus obras, son de gran importancia: Los nombres de Dios y teología mística. Esta última fue la inspiradora de la mística cristiana que se desarrolló a partir del siglo V. El Papa Benedicto XVI dedicó una interesante catequesis pública sobre su figura y aportación a la Iglesia: AQUÍ

Básicamente, en este texto Dionisio nos señala la existencia de un nivel de revelación analógica subyacente en toda lo creado. Así mismo, indica que la comprensión de esta revelación nos permite elevarnos hasta Dios… en la medida que seamos capaces de comprenderla.

Este acceso a Dios se realiza por medio del conocimiento adquirido a partir de la ley causa-efecto… que ordena y da sentido a todo lo creado. Es fácil despreciar este tipo de revelación entendiendo que nada racional puede llevar a Dios... lo que es evidentemente falso. Aunque es evidente que Dios excede toda comprensión, no lo es menos que su creación habla constantemente de El.

Este conocimiento analógico de Dios, se ajusta a la “contemplatio naturalis” que la mística cristiana oriental nos ofrece como segundo paso dentro del camino místico. Contemplar la naturaleza y aprender a ver a Dios en todo lo creado es imprescindible para salir del reducto pseudo-místico influenciado por las corrientes espiritualistas-quietistas de la “Nueva era”.

Cristo evidencia este conocimiento en muchas de sus parábolas, donde mostraba cómo lo cotidiano nos ayuda a comprender aspectos fundamentales del misterio cristiano. Pero una de las funciones más importantes es ser utilizado como fiador de las revelaciones personales que pudiéramos recibir.

Es importante tener claro que ambas revelaciones, personal y pública, no deben contradecirse. Si encontráramos que la revelación personal contradijera la revelación pública: natural o sobrenatural… es más que probable que nuestra subjetividad haya sido sutilmente manejada por aquel que separa y desune.

En último caso, es la Iglesia y su tradición, quien nos ayuda a no perdernos entre la multitud “armonías pasivas” y “amores desafectados” que padecemos hoy en día.

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Espíritu Santo, dador de entendimiento, que abres las mentes más torpes para llenarlas de conocimientos celestiales,

Despeja por piedad, las tinieblas que nos rodean, y haznos conocer en su verdadero valor las cosas, y principalmente la sublimidad y excelencia de los divinos misterios; concédenos la gracia de rechazar prontamente las dudas en las cosas de la fe, y de estar siempre dispuestos a sufrirlo todo para defender y glorificar esa misma Fe.
Amén
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