Recordemos que la aparición la Stma. Virgen en La Salette es aceptada por la Iglesia. Se apareció a dos niños el 19 de Septiembre de 1846, les comunicó un secreto. Fue publicado con Imprimatur del Obispo de Lecce. En 1922 fue dado a conocer en su totalidad por el Vaticano.
“Dios va a castigar al mundo de una manera jamás vista… Nadie podrá escapar. … Las Iglesias serán cerradas y profanadas; los sacerdotes y religiosas serán perseguidos… Los libros malos abundarán. (…) Muchos sacerdotes se alejarán de la fe verdadera, y hasta obispos. El demonio tendrá sus iglesias que le darán culto. Reinará el materialismo, el ateismo y toda clase de vicios. … Parecerá que Dios se haya olvidado de la humanidad. Todo parecerá perdido. … Entonces Jesucristo, en un acto de su justicia y su gran misericordia para los buenos, dará orden a sus ángeles que todos los enemigos sean exterminados. Caerá fuego del cielo. El sol se obscurecerá.” (…) Los perseguidores de la Iglesia, las personas dadas al pecado, perecerán y la tierra parecerá un desierto”…)
Posiblemente esta profecía suene muy actual y no cabe duda que se cumple de forma especialmente evidente según pasan los años. Viendo esto, lo fácil es agarrarnos a la profecía para que nuestra esperanza esté centrada en el final de mundo. Pero el final del mundo nadie sabe cuando ocurrierá. No lo digo yo, sino Cristo mismo:
"Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino solo mi Padre" (Mateo 24:36)
La clave de las profecías está en entender que la Voluntad de Dios no es que la Iglesia permanezca sumida en el caos. El caos sirve para limpiar la Iglesia y como todo acto de limpieza, el sufrimiento afecta a todo y a todos. La suciedad se disuelve y desaparece cuando se refriega con fuerza. No debemos de desesperar aunque Cristo parezca dormido e indiferente a nosotros. Cristo despertará y hará que la tormenta amaine. ¿Cuándo? Cuando Dios estime que la suciedad ha desaparecido.
Posiblemente esta profecía suene muy actual y no cabe duda que se cumple de forma especialmente evidente según pasan los años. Viendo esto, lo fácil es agarrarnos a la profecía para que nuestra esperanza esté centrada en el final de mundo. Pero el final del mundo nadie sabe cuando ocurrierá. No lo digo yo, sino Cristo mismo:
"Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino solo mi Padre" (Mateo 24:36)
La clave de las profecías está en entender que la Voluntad de Dios no es que la Iglesia permanezca sumida en el caos. El caos sirve para limpiar la Iglesia y como todo acto de limpieza, el sufrimiento afecta a todo y a todos. La suciedad se disuelve y desaparece cuando se refriega con fuerza. No debemos de desesperar aunque Cristo parezca dormido e indiferente a nosotros. Cristo despertará y hará que la tormenta amaine. ¿Cuándo? Cuando Dios estime que la suciedad ha desaparecido.
