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martes, 27 de septiembre de 2011

Desmundanizar la Iglesia


Merece la pena leerse, releerse. El discurso de Benedicto XVI en Friburgo es una hoja de ruta para reconocer, entender y penetrar en el Misterio de la Iglesia. Lo comparto de forma literal:

Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, Ilustres señoras y señores,

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen gentium, 35). En sus ambientes de trabajo, en el momento actual, no siempre es fácil defender con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia.

Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad, cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario mediante una restructuración o la pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: "Vosotros soy testigos" (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, "trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima" (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.

La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha alcanzado a los hombres de modo particular. El Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; y ciertamente no sólo para confirmar el mundo en su mundanidad, y ser un acompañante suyo que lo deja totalmente intacto tal como es.

Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye (como dicen los Padres de la Iglesia) un commercium, un intercambio entre Dios y los hombres, en el que ambos, aunque en un modo completamente distinto, dan y adquieren algo, entregan y reciben gratuitamente. La fe cristiana sabe que Dios ha puesto al hombre en una libertad, en la que él puede ser verdaderamente un partner y entrar en un intercambio con Dios. Al mismo tiempo, el hombre es consciente de que ese intercambio es posible sólo gracias a la generosidad de Dios que toma la pobreza del mendigo como una riqueza, para hacer soportable el don divino, pues el hombre no puede corresponder con nada equivalente.

También la Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada de autónomo ante Aquel que la ha fundada. Encuentra su sentido exclusivamente en el compromiso de ser instrumento de redención, de impregnar el mundo con la palabra de Dios y de trasformarlo al introducirlo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Ella misma está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.

Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

En efecto, las secularizaciones (sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares) han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena.

Con esto la Iglesia compartía el destino de la tribu de Levi que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para, separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.

Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio del adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible.

La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos.

Digámoslo con otras palabras: la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía.

Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres (tanto a los que sufren como a los que los ayudan) precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. "Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia "desmundanizada" testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

Benedicto XVI. Friburgo de Brisgovia, 25 de septiembre de 2011

jueves, 29 de julio de 2010

Oh Misterios Santos de Verdad

El siguiente texto pertenece a la Exhortación a los Gentiles (Protréptico) escrita por Clemente de Alejandría allá por los siglos II-III.

Este es el eterno Jesús, el único gran sacerdote de Dios único y Padre suyo. Suplica a favor de los hombres y les ordena: «Escuchad, tribus innumerables», y, aún más, cuantos hombre sois sensatos, bárbaros o griegos. Llamo a toda la raza humana, de la que Yo soy creador por designio del Padre.

Llegaos a mí para que el único Dios y el único Logos os designen un puesto. No solo seréis superiores a los animales irracionales por vuestra razón, sino que a vosotros solamente, de entre todos los mortales, os concedo gozar de la inmortalidad. Pues quiero, quiero haceros también partícipes de esta gracia concediéndoos el beneficio completo, la incorruptibilidad. Os regalo al Logos, el conocimiento de Dios, me regalo a mi mismo por completo.

Esto soy yo, esto quiere Dios, esto es la sinfonía, esto es la armonía del Padre, esto el Hijo, esto Cristo, esto el Logos de Dios, el brazo del Señor, fuerza de todas las cosas, la voluntad del Padre. De ello surgieron hace tiempo las imágenes, pero no todas parecidas; quiero corregiros conforme al modelo para que lleguéis a ser semejantes a mi.

Os ungiré con el ungüento de la Fe por el que expulsáis la corrupción y os mostraré sin velos toda la justicia, por la que subís hasta Dios. «Venid a mi todos los que estáis fatigados y cansados, que Yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestra almas, pues mi yugo es suave y mi carga ligera» (Clemente de Alejandría. Protréptico. XII, 120)

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Clemente nos indica una serie de elementos importantes. Dice a los gentiles que Dios es sinfonía y armonía, al mismo tiempo que Logos (razón y sentido pleno de lo creado) y fuerza que surgen del Padre. Esta armonía se comunica por medio de la gracia y tiene objeto que seamos una mejor imagen del Modelo del que fuimos creados

También nos indica que la Fe permite ver sin velos la justicia que nos conduce a Dios. Justicia entendida como ley natural universal, no como ley positiva a medida o conveniencia del ser humano.

Para hacer más evidente todo esto, trae ante nosotros la breve parábola en la que Cristo se apoya simbólicamente en la imagen del yugo. El yugo era un artilugio de madera que unía a dos o más animales con el objeto de aunar sus fuerzas en las tareas del campo.

Hoy en día hemos asimilado la imagen del yugo a una intolerable pérdida de libertad. Pero esta interpretación moderna es solo una visión parcial y deformada de lo que significa y simboliza el yugo en las palabras de Cristo. El yugo es una herramienta y tiene como objeto aunar fuerzas y sincronizar voluntades. Sin el yugo, los cristianos no podríamos transformar unidos el “mundo” en el Reino.

Nuestra sociedad evidencia el desprecio por el yugo. Incluso como cristianos, padecemos la falta de unidad y voluntad común. Sin unidad de voluntad y objetivos, nos sentimos desorientados, aislados y solos. Recordemos las palabras de Cristo en las que se decía que cuando dos o más se reúnan en Su Nombre, El estará en medio de ellos. La Iglesia solo aparece ante nosotros cuando estamos unidos en Nombre de Cristo.

El yugo que nos ofrece Cristo no es un yugo normal, ya que es ligero y alivia del sinsentido al que nos lleva una vida sin Dios.

El yugo, además, es un maravilloso paradigma de la sinfonía y la armonía, que Clemente indicaba con anterioridad. Con la armonía expulsamos la corrupción a la que nuestra naturaleza imperfecta nos impulsa. Solo si formamos parte de la armonía, evidenciamos nuestra semejanza con Dios. Solo así, evidenciamos que somos imagen de Dios. Pero la armonía que proviene del yugo es similar a la que nace de la unión de los sarmientos a la vid. No se trata de caos y desafecto vestido de armonía, que nos venden las escuelas y tendencias de la nueva era. Se trata de la unidad y proporción que tanto odia el mundo contemporáneo.

El mundo odia a Cristo y la armonía que conlleva la Fe. Nos intenta hacer creer que “lo natural” es la disonancia y la estridencia que encontramos por todas partes. El mundo siempre nos ofrece vivir siendo solamente lo que somos… sin aspirar a transformarnos por medio de la gracia.

El mundo nos dice una y mil veces, que nuestra naturaleza no admite conversión. Nos dice que somos seres completos y si algo nos pasa es que no nos hemos dado cuenta de ello. Rechaza la necesidad de ser armonía y la necesidad de dejarnos conducir por el yugo de Dios.

Es fácil y cómodo decir que amor es dejarnos ser lo que queramos en igualdad. Es fácil y cómodo, razonar de manera simplicadora: como Dios es amor, nos acepta como somos sin necesidad de transformarnos por medio de su gracia. Que fácil es creernos ya convertidos tal cual somos. Qué fácil es confundir la sinfonía y la armonía con el ruido y el caos que vivimos. El mundo nos dice que no necesitamos de Dios y que de existir “algún dios”, este no nos necesita.

--oOo--

Padre nuestro que estás en los Cielos
Sea santificado Tu Nombre
Permítenos participar de Tu Reino
Hágase tu voluntad, aquí en la tierra, como en los Cielos
Danos hoy el pan de cada día
Ayúdanos a no caer en las tentaciones
Y líbranos del maligno
Amén

domingo, 18 de julio de 2010

El mundo y el cristiano

En la sociedad de la tolerancia en que vivimos, reseñar que el cristiano y el mundo deberían estar enfrentados, suena especialmente mal. Suena mal, aunque este enfrentamiento no signifique odio alguno por parte del cristiano. Dios mismo amó y ama al mundo, en tal grado, que fue y es, capaz de manifestarse en su seno:

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Jn 3, 16)

El cristiano, a semejanza de Cristo, debe amar al mundo de manera que se compromete a si mismo (como la levadura) para transformarlo. Quien ama no puede tolerar ni vivir desafecto de sus hermanos. Quien ama se enfrenta al amado para que el objeto de su amor se convierta, se transforme.

Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.» (Mt 13, 33)

El mundo es semejante a la masa de harina que debe ser transformada en pan … que es el paradigma del Reino de Dios. El mundo no es más que la sociedad humana que vive de espaldas a Dios. El Reino es la comunidad cristiana que hace su vida en sintonía con Dios. El cristiano se gasta transformando el mundo en Reino de Dios.

Pero, evidentemente, el mundo no se deja transformar, ya que dejaría de ser lo que es para ser algo nuevo. Dejaría su antigua naturaleza para convertirse en algo diferente. Ante la conversión, el mundo se defiende y odia a quienes penetran en su seno, como levadura que le transforma.

Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió. (Jn 15-18-21)

Cuando el mundo odia a quienes siguen a Cristo y lo transforman en el Reino… aparece la discordia y la división. Aparecen los repudios, rechazos y condenas.

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. (Mt 10, 34-36)

Pero… ¿No había venido Cristo a traer la paz? Leamos lo que Eusebio de Cesarea nos indica sobre el tema. En este texto encontramos el hilo de la Tradición que soluciona de la aparente paradoja que se plantea el cristiano de hoy en día:

“Jesús es la paz y vino a reconciliar las cosas del cielo y las de la tierra”. Si esto es verdad, ¿cómo podemos comprender lo que el mismo Salvador dice en el Evangelio: “No crean que he venido a traer paz a la tierra?”. Pero qué. ¿Es que la nieve puede calentar o el fuego enfriar? ¿Es posible que la paz no procure la paz? ¿Cómo puede decir la paz en persona: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”; cuando se dice de esa paz que es Cristo: “He venido a reconciliar las cosas del cielo y las de la tierra”, y además dice el Evangelio: “Ha venido no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por su medio”?

Si alguien desea instruirse sobre el Señor, que rechace los pensamientos de su propio corazón y mantenga despierta la mirada purificada de su espíritu. El propósito de Dios, al enviar a su Hijo, era salvar a los hombres. Y la misión que él debía cumplir era establecer la paz en el cielo y en la tierra. ¿Por qué desde entonces no hay paz? Por razón de la debilidad de los que no han podido aceptar el resplandor de la luz verdadera. Cristo proclama la paz; así lo afirma el apóstol Pablo cuando dice: “Él es nuestra paz”, es decir, la paz únicamente de aquellos que tienen una actitud de fe y de recepción.

Pero ¿cómo es posible que Cristo no haya traído la paz a la tierra? Una hija cree, y su padre continúa infiel. Puesto que la misma predicación de la paz obra la división, ¿qué asociación puede haber entre creyente e incrédulo? El hijo se convierte, el padre continúa en la incredulidad. La oposición es inevitable. Donde se proclama la paz, se instala la división. Y es una división salutífera, puesto que nos salvamos por la paz. Y no se trata de una interpretación puramente personal, es exactamente lo que hemos escuchado de labios del Señor: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”. Y todavía más enérgicamente, añade: “No he venido a traer paz sino espada”. ¿Cómo? ¿No la paz sino la espada? He venido a enfrentar al hombre con su padre. Elijo al hijo y esto desagrada a su padre. Fíjate en el tono de las palabras. Porque se refiere al filo de la espada, dice: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”... Proclamo la paz, sí, pero la tierra no la acepta. No era ese el propósito del sembrador, sino que esperaba el fruto de la tierra. (Eusebio de Cesarea, Sobre la palabra del Señor: [PG 24, 1176-1177])

La paz que nos trae Cristo no es la paz de la tolerancia y del desafecto que se vende hoy como sinónimo de amor. El amor no es indiferencia. El amor transforma, aunque duela y desgarre. No podemos quedarnos en la vacuidad de que todo es igual, todo es indiferente y que el amor es dejarnos vivir como queramos. Esto no es más que la estrategia del gran disgregador. El diablo nos canta al oído que no vale la pena padecer el odio del mundo. Nos dice que es mejor vivir en indiferente y vacía “armonía” con todo. Nos enseña que es mejor relativizar para no tener que comprometernos con nada hasta el fin.

Tras enunciar esto, rápidamente, los profetas de la tolerancia, nos dirán que nuestra actitud es troglodita y reaccionaria. Que vivimos en los tiempos de Constatino al querer tomar la espada contra quienes no piensan como nosotros. Nada de esto es cierto. Cristo no tomó la espada, no por ello dejó pasar la ocasión de transformar al mundo que se enfrentaba a El. Cristo ejerció el amor con firmeza y sin tolerancia.

Dijo a los que querían lapidar a la adultera… que el que estuviera libre de pecado tirara la primera piedra y terminó indicando a la pecadora que dejara de pecar. Echó a los mercaderes del templo, aunque eso significara arruinar a las familias que vivían de esa actividad. No toleró ni a unos y ni otros… los transformó según el Reino de Dios. Según el Reino que pedimos que venga a nosotros, cada vez que rezamos el Padre Nuestro.

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Señor, venga a nosotros tu Reino
Reino, que es lugar y tiempo donde Tu voluntad impera.
No nos dejes caer en la tentación de imponer
nuestra cómoda voluntad particular.
Líbranos de quien desea separarnos de Ti.
Amen

jueves, 22 de octubre de 2009

El Mundo Visible

Os traigo un breve texto de Monseñor Tomás Spidlík. Jesuita, nacido en 1919 en Moravia, es profesor emérito del Instituto Oriental Pontificio; desde 1991 vive y trabaja en el Centro Aletti (Roma). Es conocido y apreciado en el mundo entero como estudioso de teología espiritual patrística y oriental.

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El Mundo Visible

¿Tenemos que hablar al antiguo modo de la "fuga del mundo" o, más bien, al modo moderno del "diálogo con el mundo"? Parece que la Iglesia, en los últimos tiempos, haya cambiado su actitud hacia el mundo y sus valores, sobre todo tras el Concilio Vaticano II. Son muchas las objeciones y las preguntas que a menudo se oyen, pero no son tan nuevas como parecen y tampoco son superficiales, porque tocan un problema serio.

La actitud del Hombre hacia el mundo y hacia Dios es una cuestión fundamental de la religión. Parece que desde el principio se hayan ofrecido dos posibles soluciones. Ninguna de las dos satisface plenamente. O buscamos a Dios "en el" mundo, y entonces nos exponemos al peligro del panteísmo, monismo, materialismo; o bien, al contrario, declaramos que Dios es esencialmente distinto al mundo, y entonces no eludimos la objeción de los materialistas según la cual la religión distrae el interés del hombre por el mundo. Por lo demás también los ascetas cristianos repiten de buena gana que "el amor a Dios y el amor al mundo son inconciliables". En el evangelio de san Juan se repite este pensamiento a menudo y con insistencia: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo (Jn 15, 19). Sin embargo, en el mismo evangelio leemos el pensamiento contrario: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Cristo es "Salvador del mundo" y envía a sus discípulos "por todo el mundo" (Mc 16, 15) para que sean "la luz del mundo" (Mt 5, 14).

En la Biblia el término mundo es, por tanto, utilizado o en sentido peyorativo o en sentido neutro. Por el contrario, en griego, cosmos es un término totalmente positivo. Significa orden, belleza. Pero hay todavía otra diferencia. Cuando los europeos hablamos del mundo, pensamos sobre todo en el espacio, en su extensión, o bien en su propiedad de mundo viviente en contraste con los minerales. En la lengua aramea, que fue la lengua materna de Jesús, el término alma, mundo, significa, más bien, cierto período de tiempo, más o menos como cuando nosotros decimos: el mundo antiguo, el mundo medieval, etcétera.

De ello se sigue que el término "mundo" pueda tener diversos significados, entre los cuales hay cuatro principales:

1) el mundo visible e invisible, es decir, todo lo que Dios ha creado;
2) la naturaleza visible (excepto el hombre);
3) la sociedad humana (la "vida en el mundo", tener contacto "con el mundo");
4) la sociedad corrupta, el ambiente perverso, las tentaciones ("evitar el mundo"), es decir, el "mundo" en el sentido moral.

Mundo visible

"Sólo el cristianismo ha librado al mundo material de su maldición", escribe precisamente un teólogo reciente. Muchos sistemas filosóficos y religiosos de la antigüedad eran dualistas: veían el mal en la materia. Y aquellos que no eran dualistas no lograban resolver de modo satisfactorio la relación entre Dios y el mundo. Se encontraban ante un dilema. O Dios se ocupa del mundo, y entonces parece que depende del mundo, pierde su omnipotencia y felicidad, o bien, Dios es, como piensa Aristóteles, totalmente ajeno al curso del mundo, y entonces el mundo pierde su valor y el hombre hace bien en huir de este mundo hacia Dios.

En sus bellas homilías sobre el Hexahemeron (que trata sobre la obra divina de los seis días de la Creación), san Basilio muestra que el abismo entre Dios y el mundo se ha superado con la palabra de la Escritura: "En el principio Dios creó..." (Gn 1, 1). El cielo, la tierra, las plantas, los animales, todo lo que vemos no está contra Dios, fuera de su interés, sino que es obra suya. "Y vio Dios que todo era bueno..." (Gn 1, 4ss.). El mundo visible es representado bajo la forma de un bellísimo jardín preparado para quien debe habitar en él, es decir, el hombre.

El recto uso del mundo

En este contexto no tiene sentido hablar de "fuga del mundo". Los libros espirituales establecen, por el contrario, las reglas para "el uso del mundo", el "recto uso de las criaturas". Así leemos, por ejemplo, en la primera meditación de los Ejercicios de San Ignacio: "Todo sobre la tierra ha sido creado para el hombre, para que lo ayudara a alcanzar el fin para el cual ha sido creado". Y justo después de esto se introduce la primera regla para el "uso del mundo": podemos y debemos usar todas las cosas sólo en cuanto sir-van al bien. El mundo es "bueno"; por tanto, no puede ser utilizado sino para el bien. Cualquier otro uso es perverso.

Los autores occidentales destacan que todo puede servir para una buena obra: los campos, la casa, el dinero, la salud, etcétera. Los autores orientales, más contemplativos, hablan con mayor entusiasmo de la belleza del mundo, de su armonía, de sus colores. Todo ello nos sirve para recordar la grandeza y la belleza del Creador. Entonces la naturaleza visible se convierte en "escuela de almas", en un libro abierto en el que se lee a Dios. Los autores modernos añaden algunas consideraciones nuevas. Hablan de la responsabilidad del hombre de hoy para con el mundo, para con el rostro de la naturaleza, para que ésta siga siendo madre y albergue digno de todos.

"El mundo visible es bello -escribe san Gregorio nacianceno-, está compuesto del cielo y de la tierra [...], cada parte es decorosa, pero merece toda admiración la armonía y la unión de cada una de las partes. Todo está en su justa proporción. Es un cosmos perfecto de orden y belleza".

(Traducción del original italiano realizada por Ángela Pérez García, para la revista Magnificat)
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