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domingo, 10 de marzo de 2013


Así, pues, el Apóstol (Pablo) dice que conoció por la revelación el misterio del que ha hablado hace poco; por ella podéis conocer mi inteligencia en el misterios de Cristo (Ef 3, 3s). Dijo “en el grado que es posible”, porque sabía que algunos habían tomado únicamente leche, y no alimento sólido todavía, ni siquiera del todo leche. De cuatro maneras podemos también conocer la Voluntad de Dios: bien presenta un modelo, bien manifiesta un signo, bien nos manifiesta un mandato útil para la recta conducta, bien vaticina una profecía. Se bien que discernir y decir [todo] eso es propio de adultos. En efecto, comprender la Escritura en toda su extensión no es “una Mykonos”, como dicen los aficionados a los proverbios. Sin embargo, es necesario aprovecharse mucho de la dialéctica, cuanto más se pueda, si se desea alcanzar el don que permite acceder a la enseñanza divina. (Clemente de Alejandría. Stromata, I, 179, 1)

Clemente de Alejandría es uno de los Primeros Padres de la Iglesia. Nació a mediados del siglo II y se estima que murió entre los años 211 y 216.

De este breve texto lo más interesante es la sugerencia que nos hace para entender cual es la Voluntad de Dios expresada en las Escrituras. Nos dice que penetrar en el misterio del plan de Dios no es sencillo. En todo caso dependerá que los propios dones que el Señor nos haya regalado. Pero la Voluntad de Dios no debería ser algo tan difícil de entender para nosotros.

Hace tiempo conversaba con una persona que se sentía abatida porque no llegaba a entender cual era la Voluntad de Dios respecto de él. ¿Qué quiere Dios de mí y de los demás? es una pregunta que nos hacemos muchas veces. Tantas que a veces hasta terminamos por pensar en otras cosas al no se capaces de desentrañar que nos quiere indicar el Señor.

Clemente de Alejandría nos dice que hay tres elementos a través de los que Dios nos habla:

  1. Modelos
  2. Signos
  3. Mandamientos
  4. Profecías

Este planteamiento no es algo descabellado para quien tenga algunos conocimientos de ciencia, ya que a los seres humanos comprendemos lo que nos rodea precisamente a través de modelos, signos, leyes e hipótesis. Clemente tenía las cosas muy claras cientos de años antes de que el método científico hiciera su aparición.

Pero, vamos a lo interesante, ¿qué podemos sacar en claro de esto? Si nos fijamos en las parábolas, Cristo nos propone modelos que nos acercan a la manera en que Dios entiende el mundo y desea que el ser humano esté en sintonía con Su Voluntad. Mediante los milagros y hechos prodigiosos, nos muestra signos que señalan direcciones y entendimiento de los que somos. Dios sabe que no siempre somos capaces de entender las razones profundas de su Voluntad, por ello nos da mandamientos que señalan aquello que hemos o no hemos de hacer. Por último, en el caso de que nos hable de lo que sucederá o tenga que suceder, nos hablará mediante profecías que nos prepararán para aquello que tenemos que esperar y para lo que tenemos que estar preparados.

El Evangelio de hoy, domingo IV de Cuaresma, es la maravillosa parábola del Hijo Prodigo. ¿Qué nos quiere comunicar el Señor mediante esta parábola? Muchas cosas y seguramente podamos entender mejor todo esto si diferenciamos los modelos, signos, mandamientos y profecías contenidos en ella.

Mirando a la actualidad, con el cónclave programado para empezar este martes, tal vez debamos prepararnos para acercarnos al Señor, solicitando perdón por nuestras dudas y temores ante la elección de un nuevo Obispo de Roma. Quizás tengamos que pensar en volver a Roma, que es signo de la Iglesia universal que nos acoge tras nuestras aventuras eclesiales personales. Quizás debamos de estar preparados para esperar a hermanos que vuelvan y estar listos a recibirlos con el corazón abierto. Pero ¿Qué podemos decir de la esperanza que hizo que el padre esperara todos los días ver a su hijo díscolo, volver el mismo camino que lo alejó?

Dios nos habla de formas diferentes, pero siempre guarda el mismo estilo que está presente en las Sagradas Escrituras. Este martes se inicia el cónclave que llevará a la elección de un nuevo Pontífice. Estemos atentos a lo que Dios nos comunicará a través de la elección y el pontificado del nuevo Papa.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Viendo su Fe ...

Jesús llegó a su propia ciudad. Le presentaron un paralítico que yacía en su litera. Jesús, dice el evangelio, viendo la fe de la gente dice al paralítico: “Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados.” (Mt 9,2) El paralítico entiende el perdón y se queda sin palabra. No responde nada, ni para dar las gracias. Deseaba la curación de su cuerpo más que la de su espíritu. Estaba acongojado por los males pasajeros del cuerpo enfermo, pero lo males de su alma, males eternos, no le preocupaban. Juzgaba que la vida presente era más preciosa que la vida futura. Cristo tenía razón en hacer caso de la fe de la gente que presentaban al enfermo y no de la insensatez del mismo. Gracias a la fe de otros, el alma del paralítico es curada antes de ser curado su cuerpo. “Viendo la fe de la gente” dice el evangelio. Prestad atención, hermanos, que Dios no se preocupa de aquello que le piden los hombres insensatos, no espera la fe de lo ignorantes ni atiende los deseos desacertados de un enfermo. En cambio, no puede rehusar su ayuda a los que creen. Esta fe es un regalo, un don de la gracia de Dios que la otorga a quien quiere. (San Pedro Crisólogo. Sermón 50, CCL 24)

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En el pasaje evangélico al que San Pedro Crisólogo habla de un grupo de personas que desean presentar a un paralítico a Jesús. Jesús, viendo la Fe de estas personas, decide obrar el milagro. La Fe se manifiesta siempre dentro de la acción que parte de nuestra voluntad. La hemorroisa que toca el manto de Cristo, el Centurión que viene se acerca a Cristo para pedir por sirviente, etc.

Incluso si la acción, movida por la Fe, la realizan otras personas Dios está presente. Si lo que pedimos está dentro del plan de Dios, Cristo accede. Se demuestra que la comunión de los Santos es una herramienta que nos permite pedir a Dios por nuestros hermanos. Aunque nuestros hermanos estén en lo que les interesa y se queden mirando lo que los demás hacemos por ellos. Pero, ojo, no se trata de una herramienta que mueva a Dios segú n uestra voluntad, sino la consciencia de ser nosotros esa herramienta y que nuestra voluntad actúa en colaboración con la Voluntad divina.

Decididamente, una Fe activa es el medio que nos acerca a Cristo por medio de la colaboración de voluntades que acontece a través de la comunión de los Santos.

En la conclusión de este breve pasaje aparece una frase que nos conduce al misterio, porque se dicen dos cosas el mismo tiempo: “Esta fe es un regalo, un don de la gracia de Dios que la otorga a quien quiere”. A quien quiere recibirla y a quien Dios quiere dársela.

Llevemos ante Dios a nuestros hermanos y hagámoslo con Fe, ya que el milagro está en la mano de Dios.

domingo, 28 de agosto de 2011

Todo cuanto de verdadero había leído, se decía aquí realzado con tu gracia

Agustín, Santo
Así, pues, cogí avidísimamente 'las venerables Escrituras de tu Espíritu, y con preferencia a todos, al apóstol Pablo. Y perecieron todas aquellas cuestiones en las cuales me pareció algún tiempo que se contradecía a sí mismo y que el texto de sus discursos no concordaba con los testimonios de la Ley y de los Profetas, y apareció un o a mis ojos el rostro de los castos oráculos y aprendí a alegrarme con temblor.

Y comprendí y hallé que todo cuanto de verdadero había yo leído allí, se decía aquí realzado con tu gracia, para que el que ve no se gloríe, como si no hubiese recibido, no ya de lo que ve, sino también del poder ver—pues ¿qué tiene que no lo haya recibido?—; y para que sea no sólo exhortado a que te vea, a ti, que eres siempre el mismo, sino también sanado, para que te retenga; y que el que no puede ver de lejos camine, sin embargo, por la senda por la que llegue, y te vea, y te posea.

Porque aunque el hombre se deleite con la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de aquella otra ley que lucha en sus miembros contra la ley de su mente, y que le lleva cautivo bajo la ley del pecado, que existe en sus miembros? Porque tú eres justo, Señor, y nosotros, en cambio, hemos pecado, hemos obrado inicuamente; nos hemos portado con impiedad, y tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros, y justamente hemos sido entregados al pecador de antiguo, prepósito de la muerte, porque persuadió a nuestra voluntad de que se asemejara a la suya, que no quiso persistir en tu verdad. (San Agustín. Las confesiones, Libro VII, Cap. XXI, 27)


Hoy celebramos a San Agustín, persona que buscó la Verdad y se hizo libre a partir de Ella.

Ser sanados para poder ver la senda que nos lleva a Dios. Senda por la que llegar y recibir a Dios en forma de Gracia y don.

El ser humano contemporáneo desdeña la Verdad, porque ha aprendido que la Verdad limita su libertad. Pero ¿Es esto posible? ¿La Verdad nos limita o nos potencia?

Depende de a que llamemos libertad. Si decimos que el sordo es más libre que el que oye, ya que puede ponerse la música que quiera sin que esto le afecte, entenderemos el concepto de libertad contemporáneo. Por esta razón el que no tiene oídos para oír, se considera libre. El que oye, entiende y decide frente a lo que conoce, resulta ser una persona esclava de su conocimiento y sentido.

El pecador de antiguo, como llama San Agustín al diablo,  nos persuade de seguir su voluntad y lo hace embotando nuestra percepción y nuestro entendimiento. Sólo de esa forma podemos seguirlo sin darnos cuenta del engaño. Si nuestra voluntad fuese realmente libre, se uniría a la voluntad de Dios sin dudarla.

Les recomiendo leer las obras de San Agustín. Quizás las confesiones sean la puerta de entrada más común. También puede ser interesante introducirse por medio de los Comentarios a los Salmos, el Tratado sobre el evangelio de San Juan o los Sermones. En estos libros tenemos lecturas rápidas y concretas, que nos van acercando a las Sagradas Escrituras. También hay una serie de tratados breves, como el del Orden, la Paciencia, ... que son fáciles de leer.

Los momentos de quietud, antes de dormir, son especialmente propicios para ir leyendo con tranquilidad, la inmensa obra de San Agustín. 

lunes, 8 de agosto de 2011

Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti


Por lo tanto, hermanos míos, conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiera su pequeñez para que sea plena cuando lleguemos al lugar donde se dirá: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer.

Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad, pero no puede existir en ti al margen de tu voluntad. Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo. Pues fue entregado por nuestros delitos y resucitó para nuestra justificación. ¿Qué significa para nuestra justificación? Para justificarnos, para hacernos justos. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre, sino también por ser justo. Mejor es para ti ser justo que ser hombre. Si el ser hombre es obra de Dios y el ser justo obra tuya, al menos esa obra tuya es más grande que la de Dios. Pero Dios te hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo podías dar el consentimiento si no existías? Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti .(San Agustín. Sermón 169,13)

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 ¿Qué es justificarse? En el entendimiento cotidiano es dar razón de nuestra acciones e inacciones. Ante los intentos de dar explicaciones de nuestros actos, más de una vez nos han dicho: “no te justifiques, acepta tus fallos”. Esta justificación no es de la que habla San Agustín y por eso nos resulta complicado entender lo que nos dice. Justificarse no es dar razones personales, es algo muy diferente.

Justificarse (iustum facere) es “hacerse justo a uno mismo”. Recrearse con la proporción adecuada, perfecta, divina.  ¿Qué proporción? La proporción con la que fuimos creados y perdimos con el pecado. Es decir, justificarse es santificarse, hacerse santo. ¿Podemos hacernos santos por nosotros mismos? ¿Podemos cambiar nuestra naturaleza? Dado que nuestra naturaleza nos hace ser lo que somos, por nosotros mismos no podemos transformarnos. La piedra sólo queda transformada en una obra de arte, llena de significado y proporción, cuando el cincel del artista termina su obra.

Nosotros somos más que piedra pasiva carente de conciencia de si misma y de lo que le rodea. Nosotros tenemos consciencia y voluntad. Por eso somos capaces de desear transformarnos según el modelo inicial del Artista. Podemos desear y querer ser reconstruidos según las proporciones iniciales dadas por quien nos creó.

Igual que no podemos esperar ser quienes nos transformemos a nosotros mismos, tampoco podemos esperar que el Creador nos cambie sin que nuestra voluntad esté presente y participe en todo el proceso.

Dice San Agustín: “ Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo.

¿Sabemos que hacer? ¿Conocemos la manifestación de la voluntad de Dios? ¿Tenemos corazón?

Es decir, si tenemos conocemos la revelación de Dios, tenemos consciencia de lo que somos, sabremos lo que tenemos que hacer. Si creemos en la fuerza de la resurrección Cristo, es decir, la fuerza que transforma las naturalezas y que es la voluntad de Dios, nos queda rogar y aceptar la conversión. Qué fácil es decirlo y que complicado es hacerse con el valentía necesaria para abrir la puerta a Dios y aceptar todas las consecuencias que trae consigo.

domingo, 31 de julio de 2011

Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican

Salomón dice en el libro de los Salmos: "Si el Señor no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican" (Ps 127,1). La intención de estas palabras no es de apartarnos del esfuerzo por edificar, o de conseguir abandonar toda vigilancia y cuidado de la ciudad que es nuestra alma. Estaremos en lo correcto si decimos que un edificio es la obra de Dios más que del constructor, y que la salvaguardia de la ciudad ante un ataque enemigo es más obra de Dios que de los guardas.

Pero cuando hablamos así, damos por supuesto que el hombre tiene su parte en lo que se lleva a cabo, aunque lo atribuimos agradecidos a Dios que es quien nos da el éxito. De manera semejante, el hombre no es capaz de alcanzar por sí mismo su fin. Este sólo puede conseguirse con la ayuda de Dios, y así resulta ser verdadero, "que no es del que quiere ni del que corre". De la misma manera nosotros debíamos decir lo que se dice de la agricultura, según está escrito: "Yo planté, Apolos regó; mas Dios ha dado el crecimiento. Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento" (1Co 3,6-7). Cuando un campo produce cosechas buenas y ricas hasta su madurez, nadie afirmará piadosa y lógicamente que el granjero produjo los frutos, sino que reconocerá que han sido producidos por Dios; así también nuestra obra de perfección no madura por nuestro estar inactivos y ociosos, y, sin embargo, no conseguiremos la perfección por nuestra propia actividad.
Dios es el agente principal para llevarla a cabo. Podemos explicarlo con un ejemplo tomado de la navegación. En una navegación feliz, la parte que depende de la pericia del piloto es muy pequeña comparada con los influjos de los vientos, del tiempo, de la visibilidad de las estrellas, etc. Los mismos pilotos de ordinario no se atreven a atribuir a su propia diligencia la seguridad del barco, sino que lo atribuyen todo a Dios. Esto no quiere decir que no hayan hecho su contribución; pero la providencia juega un papel infinitamente mayor que la pericia humana. Algo semejante sucede con nuestra salvación, donde lo que Dios hace es infinitamente más grande que lo que hacemos nosotros y, pienso, que por eso se dijo: "No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". Porque en la manera que ellos tienen de explicarlo, los mandamientos son superfluos y en vano Pablo culpa a los que se apartan de la verdad y alaba a los que permanecen en la fe, ni hay ningún propósito en dar ciertos preceptos e instrucciones a las iglesias si fuera vano desear y luchar por el bien. Pero es cierto que estas cosas no se hacen en vano y también que los apóstoles no dieron instrucciones en vano, ni el Señor leyes sin razón. (Orígenes. Tratado sobre los Principios, 3118-18)

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Orígenes cita un maravilloso misterio: “nuestra obra de perfección no madura por nuestro estar inactivos y ociosos, y, sin embargo, no conseguiremos la perfección por nuestra propia actividad”. Sin Dios nada podemos, pero al mismo tiempo Dios no hará nada contra nuestra voluntad.

Esta frase delimita el maravilloso equilibrio que el cristiano debe hacer suyo durante su vida y que la célebre frase monacal, expresa tan bien: “A Dios rogando y con el mazo dando”. No esperemos ser nosotros quienes salvemos al mundo o a la Iglesia, pero no por ello debemos instalarnos en la comodidad de la pasividad e indiferencia.

Ciertamente, el verano es propicio para relajarse en todos los sentido. En la sociedad de las prisas, tener de repente tiempo libre nos aturde y nos hace caer en la pasividad y la melancolía. Sobre todo si el fuerte calor entra a formar parte de lo cotidiano. Descansar es maravilloso, pero que el descanso no se extienda hasta nuestro compromiso cristiano. El verano es un tiempo especialmente propicio para aumentar nuestra capacidad de sacrificio.
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