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martes, 15 de abril de 2025

Velad y orad, para que no entréis en tentación


Ya estamos en Semana Santa y tenemos delante de nosotros al Señor que se manifiesta de forma especial. ¿Cómo vivimos esta semana? ¿Realmente queremos ver a Cristo? ¿Cómo lo hacemos? ¿Lo hacemos como Zaqueo subidos a un sicomoro?  ¿Lo hacemos como el pueblo judío que prefirió salvar a Barrabás? En el Huerto de los Olivos, Cristo reza sintiendo todo el dolor que va a sufrir en breve. ¿Qué hacen los Apóstoles? Duermen. ¿No es esta nuestra actitud más frecuente?

La Semana Santa es un Camino. Un Camino que se inicia en Pascua y termina en la resurrección. En todo recodo del camino se hace evidente la gloria de Dios hecha realidad. ¿Nos conformamos con vivirla a nivel socio-cultural? Dicho sea que no es que sea malo hacerlo así, pero al hacerlo, nos quedamos en la capa más superficial del conocimiento de la Verdad:

Por eso, aquel día, algunos griegos, empujados por esta magnífica aclamación que honra a Dios con fervor, se acercaron a un apóstol llamado Felipe y le dijeron: "Queremos ver a Jesús". Mira: es toda la muchedumbre quien ocupa el lugar del Heraldo e incita a estos griegos a que se conviertan. En seguida, éstos se dirigen a los discípulos de Cristo: "Queremos ver a Jesús".

Estos paganos imitan a Zaqueo; no se suben a un sicómoro, sino que se apresuran a elevarse en el conocimiento de Dios (Lc 19,3). "Queremos ver a Jesús": no tanto contemplar su rostro, sino llevar su cruz. Porque Jesús, que veía su deseo, anunció sin ambages a los que se encontraban allí: "llega la hora en que el Hijo del hombre será glorificado", llamando gloria a la conversión de los paganos.

Y dio a la Cruz el nombre de "gloria". Porque desde ese día hasta ahora, la cruz es glorificada; es la cruz, en efecto, lo que todavía ahora consagra a los reyes, unge a los sacerdotes, protege a las vírgenes, da firmeza a los ascetas, estrecha los lazos de los esposos, fortalece a las viudas. Es la cruz la que fecunda la Iglesia, ilumina los pueblos, guarda el desierto, abre el paraíso. (Proclo de Constantinopla Sermón para el día de Ramos; PG 65, 772)

Contemplar el rostro de Cristo reflejado en las tallas que desfilan por muchas de nuestras ciudades, es maravilloso. Ver el rostro de la Verdad siempre conlleva acercarse al Misterio de la Voluntad de Dios. Es maravilloso, pero ¿Cuántas personas vieron pasar a Cristo por delante de ellos y no llegaron a intentar tocar su manto? Dios siempre da el primer paso, se presenta ante nosotros de muchas formas, pero espera que nosotros demos el segundo paso.

Llevar la Cruz conlleva negarnos a nosotros mismos y seguir los pasos de Cristo. No es tarea sencilla para un ánimo tan inconstante como el que todos tenemos. Como dice Proclo, pedir ver a Cristo conlleva poner nuestra pequeña e inconstante voluntad al servicio de la Voluntad de Dios. Pedir ver a Cristo es mucho más que mirar desde lo lejos las espléndidas apariencias, llenas de belleza, que nos trae la Semana Santa. Es dar un paso adelante y decir: “Sí quiero. Quiero que sea Tú Voluntad la que obre en mí. Quiero que ella me mueva y me haga tomar mi cruz y seguirte”.

La Cruz no es intrascendente para el ser humano del siglo XXI. No ha pasado de moda ni hemos encontrado nada que la sustituya. Tomar la Cruz destroza la pasiva aceptación de una fe costumbrista y sustentada en actos sociales. Tomar la Cruz produce que seamos repudiados por el mundo, que nos odiará como odió a Cristo. Tomar la Cruz significa dejar atrás el espacio de confort en el que tanto nos gusta vivir. Significa que cada paso es un paso que nos acerca al Señor. Es un paso que nos ayuda a construir la casa sobre Roca en nosotros.

Miremos en la Semana Santa una oportunidad. Un tiempo propicio para subir al sicómoro para que Cristo nos vea. Es el tiempo de hacer nuestra “la Cruz la que fecunda la Iglesia, ilumina los pueblos, guarda el desierto, abre el paraíso”. Nada de esto es sencillo, porque en este siglo XXI imperan las apariencias. Lo que realmente es trascendente y sustancial, lo olvidamos. Nos pasa como el aceite que olvidaron las Doncellas insensatas. Empleamos nuestra fuerzas humanas en construir torres de babel que nos prometen que llegarán al Cielo para que podamos llegar a Dios. Las torres de babel siempre generan disputas y enfrentamientos. La Cruz que Dios nos da, no genera nunca enfrentamientos. Esa es la prueba que permite ver más allá de las apariencias. Demos gracias a Dios.

domingo, 12 de julio de 2015

Veintiún siglos y todavía no tenemos claro qué es evangelizar



Puede parecer mentira o una exageración, pero según pasa el tiempo me doy cuenta que evangelizar un verbo que no terminamos de tener claro los católicos. Esta intuición la llevo conmigo varios años pero se me ha reavivado con el viaje del Papa Francisco a varios países de América. Si nos damos una vuelta por las redes sociales leeremos que el Papa, al hacer o no hacer determinados actos, estaba evangelizando. Por ejemplo, al hablar de forma poco amable con la labor evangelizadora y civilizadora de la Iglesia en América, resulta que estaba evangelizando. Cuando aceptó con normalidad el crucifijo comunista, también era evangelizar. Cuando pidió perdón por el maltrato a los pueblos indígenas, también evangelizaba.

Muchos de los gestos “políticamente correctos” que el Papa ha realizado no son evangelizadores, sino gestos diplomáticos que buscan distender las siempre complicadas relaciones entre la Iglesia y los gobiernos. No los confundamos, porque podríamos creer que evangelizamos cuando le decimos a un niño que no tire papeles al suelo.

¿Qué es entonces evangelizar? Evangelio significa: la Buena Noticia. Como nota curiosa, para los romanos contemporáneos de Cristo, la “buena noticia” era la Paz Romana impuesta en torno al mar mediterráneo. ¿Cuál es la buena noticia para un cristiano? Que Cristo, el Hijo de Dios, nació como uno de nosotros, para vivir con nosotros y hacer posible la salvación de todo aquel que le acepte. Evangelizar no es una acción secundaria sino una labor prioritaria:

Si a alguno disgusta el oír que será juzgado porque no enseñó a otros, recuerde aquello del Apóstol: “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1Cor 9,16). (Orígenes, homilia 33 in Matthaeum)     (SEGUIR LEYENDO...)

domingo, 6 de julio de 2014

Os colocaré en una completa paz. San Juan Crisóstomo

El Evangelio de hoy da pié a una reflexión personal sobre la misión evangelizadora de la Iglesia, que hoy en día se está concretando a través del paradigma de la Nueva Evangelización.

Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11,25-30)

La Nueva Evangelización es un llamado a volver a comunicar el Evangelio a una sociedad, que lo ha olvidado o lo utiliza de forma sesgada. Me da la impresión de que a veces se nos olvida qué es el Evangelio, lo que no ayuda a comunicarlo a otras personas.

El Evangelio es la Buena Noticia que Cristo comunica y a través de la cual nos invita a que, una vez la hayamos recibido en nosotros, la comuniquemos a los demás. Pero ¿Es para nosotros una buena noticia? En pleno siglo XXI ¿Qué nos aporta de bueno y de novedoso? Tal vez si entendemos las razones por las que el mensaje de Cristo no nos mueve ni nos conmueve, entendamos la razón de nuestra incapacidad para comunicarlo y recibirlo. (seguir leyendo)

jueves, 12 de diciembre de 2013

El ABC, DEF y G de la Evangelización

“El ABC de la evangelización consta de: Afecto, Bondad y Cercanía. Habría que añadir, además, D y E: Diálogo y Ejemplo, sin olvidar la F: Formación. Pero para que todo fructifique es necesaria la G: Gracia de Dios”

Evangelizar es una palabra polisémicas que suele ser entendida como la principal acción que realizamos todos y cada uno de los bautizados: difundir la Nueva Noticia, el Evangelio.

Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. (1Co 9, 16-19)

Evangelizar es una misión que no está limitada a determinados momentos o a determinadas personas. Todos evangelizamos y lo hacemos sobre toda aquella persona que se acerque a de nosotros. Se evangeliza tanto dentro y fuera de la Iglesia, ya que el Evangelio se transmite con la palabra, las actitudes y las actividades que realicemos.

El ABC del evangelio comienza por Afecto, Bondad y Cercanía, ya que sin estas tres avanzadillas, no hay comunicación ni empatía posible.

Para que el ABC llegue a los demás son necesarios DEF, es decir Diálogo,  Ejemplo y Formación. El diálogo es una característica propia del ser humano, a través de la cual aprendemos y nos relacionamos. También es necesario el ejemplo. Si lo que decimos queda sólo en palabras, nuestro testimonio es nulo. Nadie nos creerá ni querrá acercarse a nosotros para conocer más.

No tenemos que olvidarnos de una necesidad imperiosa: la Formación. Si no tenemos la formación suficiente, es muy posible que nos encontremos con dificultades considerables. Hoy en día, los prejuicios son eficaces anticuerpos que bloquean la difusión del Evangelios. Actúan poniendo en duda todo lo que podamos decir y a nosotros mismos. Saber desmantelar los prejuicios necesita de vitamina C3: Conocimiento, Constancia y Compromiso. Esta vitamina se adquiere mediante la formación continua. Tenemos que ser conscientes que los prejuicios son capaces de mutar con rapidez, por lo que tenemos que estar siempre al día y preparados.

Por último tenemos el elemento más importante: la Gracia de Dios. Nada podemos hacer sin Cristo. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”. (Jn 15,5) La conversión parte de un diálogo en el que no podemos participar, ya que es un diálogo íntimo entre cada persona y el Señor. Dios respeta escrupulosamente nuestra libertad. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)

¿Qué podemos hacer nosotros? Como estamos en Adviento, no podemos olvidar las palabras de Lucas, que a su vez, toma del profeta Isaías:

Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará, Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados; Y verá toda carne la salvación de Dios.” (Lc 3, 4-6).

Isaías nos llama a allanar el camino al Señor para que todo ser humano tenga la oportunidad de encontrarse con Cristo, de forma similar a como se encontró con los discípulos de Emaús.


Cristo se hace el encontradizo y escucha las dudas, problemas, dolores y necesidades de quienes le dejan acercarse y acompañarles. Después habla a nuestro corazón llenándolo de Esperanza, ya que sólo El tiene Palabras de vida eterna, pero el encuentro espera nuestro permiso. Si no aceptamos que necesitamos de El, la puerta queda cerrada y El no partirá el Pan con nosotros.

domingo, 7 de julio de 2013

Yo evangelizo, tu evangelizas, el evangeliza…

En el bosque cercano a la capilla de Santa María de la Porciúncula, donde tenían costumbre los hermanos de retirarse para la oración, reunió a los seis hermanos que le seguían entonces y les dijo: “Queridos hermanos, entendamos bien nuestra vocación. En su misericordia, Dios no nos ha llamado solamente para nuestro provecho propio sino también para el servicio y la salvación de muchos otros. Vayamos pues, por el mundo, exhortando y mostrando a los hombres y las mujeres, por nuestra palabra y nuestro ejemplo, la penitencia de sus pecados y a acordarse de los preceptos de Dios que habían quedado en el olvido.”

Luego añadió: “No tengáis miedo, pequeño rebaño!” (Lc 12,32) tened confianza en el Señor. No os preguntéis el uno al otro: ¿Cómo vamos a predicar nosotros, ignorantes e iletrados?” Acordaos, más bien, de las palabras del Señor a sus discípulos: “Yo os digo: no seréis vosotros los que hablaréis sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros.” (Mt 10,20) Es pues, el Señor mismo quien os comunicará su Espíritu y su sabiduría para exhortar y predicar a los hombres y mujeres la senda y la práctica de sus mandamientos. (Vida de San Francisco de Asís. Anónimo de Perusa, 18)

El evangelio de hoy XIV domingo del tiempo ordinario nos hace volvernos hacia lo que el Señor espera de nosotros.

  • Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Mc 16,15)
  • Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19)

¿Por qué tenemos que evangelizar? ¿No es suficiente ir a misa y recibir los sacramentos? El mandato de evangelizar es mucho más directo e imperativo de lo que solemos pensar. Si el mismo Cristo nos llama a difundir la Buena Noticia ¿A qué esperamos?

Para olvidar la misión evangelizadora tenemos un buena cantidad de excusas: no tenemos tiempo, no sabemos hacerlo, ¿Quién somos nosotros para hacer algo que le corresponde a los curas?, “Yo cumplo con los mandamientos” y cientos de variaciones similares. Todas ellas son simples excusas, ya que se evangeliza en la misma vida cotidiana. No se trata de sacar tiempo, sino de emplear la propia vida para hacerlo. ¿Evangelizar e sólo cosa de curas? Me temo que el imperativo es para todo cristiano. Quizás la formación puede ser, en cierta forma, la excusa que mejor hay que rebatir.

Sin duda, los católicos tenemos una formación en la fe con graves carencias. La formación que hemos recibido la mayoría de nosotros, es una formación infantil y además muy sesgada a determinados aspectos. Se suele hacer mucho hincapié en los aspectos sociales y anímicos, dejando los aspectos cognitivos, espirituales y volitivos sin casi tratar. Pero la evangelización no es dar catequesis, sino testimonio personal de nuestra fe. 

Evangelizar cuando estamos llenos de dudas, es una locura. De ahí la importancia que debiera haber tenido este año de la fe y el compromiso que cada uno de nosotros ha debido de tomar para cimentar su fe y robustecerla. Pero, permítanme indicar que mirando el interés de la mayoría de nosotros, creo que no hemos avanzado demasiado.

¿Quién puede evangelizar? Aquel que no tiene dudas y puede dar testimonio creíble de su fe. No hacen falta doctorados ni masters en teología para compartir con las demás personas algo que debería ser fundamental para nosotros.

Nos permite evangelizar justo lo que los primeros discípulos de Cristo tenían en abundancia: la experiencia directa del Señor. ¿Se puede dar testimonio de alguien con el que no nos hemos cruzado en toda la vida? Evangelizar es comunicar la Buena Noticia que es Cristo. Evangelizar es comunicar cómo el encuentro con el Señor nos ha transformado y cómo puede transformar la vida de las personas que nos escuchan. Es lanzar el Kerigma como hizo Pedro tras recibir el Espíritu día de Pentecostés. Pero ¿Hemos recibido el Espíritu? Ya que como indica San Francisco, será el Espíritu quien hable por nuestra boca.

Un cristiano que no ha tenido experiencia de Cristo y que no hay recibido el Espíritu ¿Es plenamente cristiano? Preguntémonos a nosotros mismos ¿Somos plenamente cristianos? A lo mejor nuestro cristianismo es parcial o intermitente, lo que explica que no nos sintamos capacitados para evangelizar.


Es un tema para que cada uno de nosotros reflexione y se plantee lo mismo que indica San Francisco: “Yo os digo: no seréis vosotros los que hablaréis sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros.” (Mt 10,20)

domingo, 10 de febrero de 2013

Crisis, evangelización y la pesca milagrosa


Soléis decir: «Los tiempos son difíciles, los tiempos son duros, los tiempos abundan en miserias.» Vivid bien, y cambiaréis los tiempos con vuestra buena vida; cambiaréis los tiempos y no tendréis de qué murmurar. En efecto, hermanos míos, ¿qué son los tiempos? La extensión y sucesión de los siglos. Nace el sol; transcurridas doce horas, se pone en la parte opuesta del mundo. Al siguiente día vuelve a salir por la mañana, para ponerse otra vez. Enumera cuántas veces acaece lo mismo: he ahí lo que son los tiempos. ¿A quién hirió la salida del sol? ¿A quién dañó su puesta? En consecuencia, a nadie ha dañado el tiempo. Los dañados son los hombres; los que dañan son también hombres. ¡Oh gran dolor! Son hombres los dañados, los despojados, los oprimidos. ¿Por quién? No por leones, no por serpientes o escorpiones, sino por hombres. Los que sufren el daño se lamentan de ello; si les fuera posible, ¿no harían ellos lo mismo que reprochan a otros? Llegaremos a conocer al hombre que murmura, en el momento en que le sea posible hacer eso mismo contra lo que murmuraba. Lo alabo, vuelvo a alabarlo si deja de hacer lo que él reprochaba. (San Agustín, Sermón 311, 8)

No creo que ningún católico crea que los tiempos que nos ha tocado vivir sean fáciles. Es evidente que vivimos en momento complicado, pero al mismo tiempo, lleno de esperanzas. ¿Cómo es entonces que nos sentimos desanimados tan a menudo? Quizás miremos atrás a través del mito del paraíso perdido y nos parezca que todo tiempo pasado fue mejor. Pensemos que los mitos son estupendas oportunidades para el enemigo realice su labor de desánimo.

El texto de San Agustín nos muestra que la humanidad y la Iglesia no han cambiado tanto como nos podría parecer. La crisis económica, social, moral y eclesial tienen un trágico síntoma y consecuencia: nuestra desesperanza. No estaríamos en crisis si dejáramos de lamentarnos de ella y actuáramos de forma coherente.

Nos dice San Agustín que los tiempos no son malos, los malos somos los seres humanos que siempre esperamos a que otro sea el que resuelva el problema. Quedarse quieto criticando es tan fácil como inoperante. Es más, la crítica produce desesperanza en nosotros mismos y en quienes la reciben. Una actitud positiva y activa, genera esperanza y empatía en quienes nos rodean.

La Nueva Evangelización necesita del combustible de la esperanza. Esperanza que nace dentro de cada uno de nosotros por la Gracia de Dios. Lo triste es que paralicemos y dejemos inoperante nuestra esperanza por pereza, desafecto, egoísmo y envidia. Si nos sentamos a esperar que otros nos digan que hemos de evangelizar, nos formen, nos vistan y nos muevan hasta la boca… ¿Llegaremos a evangelizar alguna vez?

Otro problema que se une a la desesperanza es la tendencia a confundimos el medio con el fin, lo que da lugar a entendimientos demasiado cortos y sobre todo, cómodos. Evangelizar en las redes sociales y en el mundo real, no es crear relaciones afectivas y generar amistad, por mucho que el afecto y la amistad sean el mejor vehículo para evangelizar. La evangelización necesita de dos elementos fundamentales: el testimonio personal y contenidos que sean semilla de conversión en quienes los reciben. Cristo se acercó a quienes le llamaban y necesitaban, pero lo que les mostró no se quedó en afecto y amistad, les enseño mediante parábolas y su propio ejemplo. Después les requirió que fuesen coherentes con esta enseñanza y ejemplo. Es decir, no nos dejó esperando que otros fuesen quienes nos movieran. 

De nada nos vale quejarnos de la crisis, si no actuamos de forma individual y colectiva. Quizás nos preguntemos cómo actuar, por lo que comparto algunas indicaciones:

  • Dejar el abatimiento y la desesperanza atrás. Dios todo lo puede y a través de nosotros, Su voluntad se hace presente en el mundo.
  • Intentando ser personas equilibradas que demos testimonio coherente y creíble, ante los demás.
  • Creando un espacio de amistar y afecto en torno nuestra.
  • Difundiendo a través de ese espacio, la semilla que Cristo nos ha legado.
  • Teniendo una vida sacramental viva y orando cada vez que podamos, tanto de forma personal como colectiva. Nada podemos sin Cristo.
¿Complicado? ¿Difícil? Yo diría que es imposible por nosotros mismos. Tal vez tengamos que hacer como Pedro, que después de la pesca milagrosa, se arrodilla y le dice al Señor: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador". El Señor comprenderá el terror y la incapacidad que sentimos, pero no dudará en decirnos: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres

sábado, 19 de septiembre de 2009

¿Cuando funciona la eucaristía?

Podríamos preguntarnos por la “utilidad” de los sacramentos. Muchas personas lo hacen. Viendo nuestro entorno cotidiano, los sacramentos parecen mostrarse pragmáticamente inútiles… parece normal que nos planteemos si estos deberían dejar paso a otros niveles vivenciales cristianos.

Si pensamos que la evangelización es el grado supremo de ser cristiano y además… no terminamos de relacionar la capacidad evangelizadora con la gracia conferida por los sacramentos, el asunto queda claro. Recibir un sacramento no tiene consecuencias mágicas sobre las personas que lo reciben… evangelizar sí tiene consecuencias evidentes.

Pero esta línea de pensamiento tiene unos cuantos puntos débiles.

Para adentrarnos en el asunto es necesario tener claro que el sacramento actúa como nexo de unión entre Dios y nosotros. Los sacramentos nos comunican la gracia que nos permite ir hacia delante cumpliendo con el plan de Dios. Entre otras cosas, la gracia recibida es la que nos permite evangelizar, conformar comunidad, hacernos presentes en la sociedad y vivir una vida en sintonía con Dios a todos los niveles.

Igual que Cristo utilizaba parábolas para hacer comprender cómo actúa Dios en el mundo, es posible utilizar paradigmas que nos permiten entender mejor el funcionamiento de esta comunicación entre Dios y nosotros.

Desde una perspectiva analógica, el sistema Dios-sacramento-hombre funciona como el principio físico de inducción electromagnética resonante. Dicho en palabras sencillas… funciona como una radio. Dios es la emisora, el medio electromagnético de transmisión actúa como el sacramento. El ser humano se asemeja al receptor de radio. Dios transmite tanto el Mensaje como la inmensidad del paradigma implícito ... que conforma el Misterio.

Para que la transmisión pueda ser oída en el receptor es necesario, evidentemente, que este receptor esté dentro del radio de acción de la emisora y además esté sintonizado convenientemente a la frecuencia de transmisión. Pero eso no es todo. La calidad del sonido que escuchemos será proporcional a la calidad del receptor. Un receptor deficiente, lejos de la emisora y mal sintonizado,… no podrá recibir la emisora ni producir un sonido inteligible.

¿Cuándo funciona la eucaristía u otro sacramento? Cuando nosotros, sus receptores, estemos cerca de Dios, en sintonía con El y tengamos la calidad personal suficiente para servir de fieles difusores-ejecutores de su plan. Entonces el sistema funcionará perfectamente. Si alguno de los elementos antes enumerados falla… iremos perdiendo capacidad de recibir lo que Dios nos comunica y también nuestra capacidad de transmitirlo a los demás.

Estas razones son las que hacen que las personas duden de la eficacia de los sacramentos, los releguen a segundo plano o incluso duden de la existencia de Dios. Los sacramentos no son actos mágicos que cambian la naturaleza de la persona por si mismos.

Además de los sacramentos, no debemos olvidar que Dios se nos manifiesta por otros medios, como son las sagradas escrituras, la oración y la contemplación de toda la creación en su conjunto. Es posible escarbar en la comprensión de Dios por medio de analogías y paradigmas, debido a que Dios se ha manifestado en todo lo que existe. A nosotros nos toca contemplar, estudiar, comprender e intuir las analogías que nos permiten acercarnos a El.

Esto que comento, no es más que exponer la doctrina que tiene al Iglesia sobre los sacramentos de manera peculiar. La iglesia reconoce que la gracia no actúa o actúa incompletamente, si existen impedimentos u obstáculos que “bloquean” la actuación de la gracia santificante o actual. La ausencia de Fe en el propio sacramento o en Dios, son los obstáculos más extendidos.

También nos enseña la Iglesia que los sacramentos que no han sido recibidos de manera adecuada, pueden revivirse cuando se dan las condiciones necesarias para que la gracia pueda actuar. Pero si no se dan las condiciones… el sacramento es ineficaz. Como seres libres, es nuestra voluntad la que nos acerca o aleja de Dios.

Desde mi punto de vista los sacramentos no se sobrevaloran actualmente en la iglesia… todo lo contrario, se minusvaloran, se relegan a actos mecánicos o puramente culturales. Se administran sin procurar esa sintonía, cercanía y calidad personal necesaria para que sus efectos sean los esperados. Falta formación y predisposición.

Solo tenemos que escudriñar mínimanente en la vida de Santos, como San Pío de Pietrelcina, San Agustín, Santa Catalina Labouré, Santa Catalina de Siena, San Juan Bosco, etc, para darnos cuenta del factor crucial que los sacramentos tuvieron sobre su vida y santidad... y en su capacidad evangelizadora.

También es necesario reseñar que, además de todo lo expuesto, hace falta un lugar donde la semilla recibida en el sacramento se desarrolle en todo su esplendor: una comunidad viva, capacitada para comprender la revelación y comprometida.

Me pregunto cómo puede evangelizar una persona que no esté en mínima sintonía con Dios y la Iglesia. He oído de catequistas comprometidos que ofrecían a sus catecúmenos enseñanzas personales con errores considerables, tanto de concepto como de actitud personal. Nadie se metía con ellos y por lo tanto seguían haciendo su labor de destrucción con todos los parabienes.

Después nos preguntamos la razón de tanto alejamiento de la juventud, que en parte se debe a que no han encontrado quienes les formen y les den el ejemplo correcto.

Precisamente lo importante es la persona,… por lo que es necesario conocimiento para vivir una vida sacramental completa. Los ritos y la formas que acompañan a los sacramentos están allí para ayudar a quienes se acercan a recibirlos a hacerlo en mejor predisposición espiritual. Dicho esto, también es necesario indicar que es evidente que si nos quedamos en la ritualidad sacramental rutinaria estamos profanando la sacralidad donada por Dios.

Pd. Gracias al estupendo blog: Una Iglesia provocativa y a su alma mater, Tote, por darme pié a esta larga reflexión.

viernes, 24 de julio de 2009

El sentido de lo sagrado


No es raro encontrarse con personas que cuestionan el sentido de la sacralidad en el mundo actual. Pareciera que para ellas lo sagrado fuese sinónimo de mítico e imaginario. Es sintomático que este rechazo no provenga únicamente de personas alejadas de la religión y cercanas a postulados materialistas. Muchos cristianos en general y católicos en particular, minusvaloran el vínculo que la sacralidad establece entre Dios y el ser humano. Para estas personas Dios es tan lejano o está tan recluido en nuestra emotividad interna, que solo nos condiciona a ser socialmente positivos.

Siguiendo con la temática relativa a los aspectos internos y externos del cristianismo nos encontramos con la necesidad de interpretar claramente qué es la sacralidad. Aunque las Iglesias latina y griega han guardado el sentido de lo sagrado que existía en los primeros tiempos y que impregnó todo la vida y mensaje de Cristo, en la actualidad el sentido de lo sagrado parece haberse desvanecido. En el mejor de los casos se asimila con lo venerable o respetable. Se tiende a interpretar la sacralidad únicamente desde el punto de vista cultural y psicológico, por lo que resulta evidentemente de escasa utilidad para el ser humano actual.

Previamente a entrar al tema, creo que es necesario definir a qué llamo sentido. Al hablar de sentido, me refiero todo lo que estructura y da coherencia a algo. Es decir, objetivo, presencia, significado, representatividad, profundidad, historia, etc.

Lo sagrado es largo de definir, por lo que remito al post que dediqué por entero al tema: ¿Qué es lo sagrado?

Resumiendo el asunto, la sacralidad es una propiedad que hace que reconozcamos algo como sagrado. Como indiqué en el post antes citado, la sacralidad se reconoce en la medida que cada uno de nosotros somos capaces de “leer” o interpretar determinados objetos, espacios, actos o textos como caminos de interrelación con Dios. Es evidente que si ignoramos la hermenéutica implícita, seremos incapaces de encontrar o entender la sacralidad presente en algo. Seremos capaces de dar a lo sagrado un sentido tradicional o cultural a lo sagrado.

Para empezar a entender la sacralidad es necesario comprender la relación que tiene con el concepto de analogía y paradigma. Jesús solía explicar las verdades incomprensibles por medio de parábolas. Con las parábolas nos indicaba las similitudes que tenía lo inabordable con lo cotidiano. Jesús estaba familiarizado con la necesidad de dar a conocer a Dios por medio de las analogías presentes en la creación como única forma de hacer llegar al ser humano, el conocimiento de la divinidad

Esta forma de proceder no es nada extraña. De forma similar, un matemático sabe que una formula matemática no es la verdad por sí misma, pero gracias a ella se puede expresar una analogía gráfica y funcional de la misma.

Cuando veneramos un objeto como sagrado, lo que deberíamos hacer es leer en éste la analogía que nos da noticia o comprensión de Dios. No adoramos el objeto ni le damos rango divino, solo nos acercamos a Dios por medio suya. Dios es quien se nos revela gracias a la analogía presente en el objeto, espacio o ritual. El objeto sagrado es una puerta que nos comunica con Dios.

Siempre que encontramos una analogía en dos sistemas, reconocemos que existe una relación que nos permite comprender uno observando el otro. De igual manera, es posible comprender la revelación divina por medio de iconos, escrituras, templos o la misma naturaleza.

Los judíos utilizaban constantemente las sagradas escrituras como referencia que daba consistencia a los hechos que vivían. No es raro encontrar citas y referencias que llevan de libro en libro, del Antiguo Testamento. ¿Qué razón tendrían para hacer esto? Precisamente lo hacían para dar noticia cierta de algo, ya que quedaba corroborada dentro de la analogía bíblica correspondiente.

Los actos y discursos de Jesús y los Apóstoles están llenos de referencias a la Biblia más allá de la simple textualidad. Con ello lograban dos cosas: dejar constancia de que sus actos estaban en consonancia (resonancia) con los designios de Dios y dar veracidad a lo que después se contara de ellos. Por lo tanto, actuaban y describían sus acciones de manera sagrada haciendo patentes los lazos de analogía de presente y pasado.

Podríamos decir que el sentido de lo sagrado es reestablecer el vínculo con Dios gracias a analogías y paradigmas… pero al mismo tiempo, hacer que nuestros actos sean significativos y estén en sintonía con el plan de Dios. En una frase, comunicarnos con Dios siendo símbolos de la verdad.

Retomando el tema de la dualidad de Mensaje-Misterio Cristiano, seguramente nos preguntemos dónde encaja lo sagrado. ¿En el Mensaje o en Misterio? Desde mi punto de vista, lo sagrado es consustancial a ambos. Utilizando el símil (analogía) de una moneda, lo sagrado sería el metal donde se imprimen cara y cruz: Mensaje y Misterio.

Si eludimos hacer referencias al sustrato, que une cada elemento del Mensaje y Misterio, mediante analogías que subyacen en todo lo revelado y creado, nos quedamos con un mensaje sustentado en el voluntarismo y buenismo que impregna la postmodernidad. Además, al excluir la sacralidad se pierde el sentido de veracidad, a la vez que se pierde la comprensión analógica que conlleva. Por eso, la tradición apostólica es tan importante para poder interpretar las escrituras, ayer, hoy y mañana. El peligro de olvidar el sustrato sagrado es la relativización, a nuestro gusto, del mensaje cristiano… suceso demasiado habitual en la actualidad.

La tradición católica y ortodoxa nos ha enseñado que el mensaje debe estar unido al misterio y además estar ambos constantemente referenciados a la revelación de Dios. Los evangelios, cartas apostólicas textos, sermones y libros de los Padres de la Iglesia demuestran la necesidad de esta sintonía y resonancia con la revelación divina. La sacralidad, por lo tanto, reúne y consolida el vínculo entre lo humano y divino por medio de símbolos.

Hace poco conversaba el hilo: "La evangelización no empieza por la sacramentalización" del blog de Iglesia Provocativa sobre la necesidad de dotar al mensaje cristiano, incluso al propio kerigma, de su aspecto sagrado.

Traduciendo, lo que proponía era dotar al mensaje de anclajes, analogía y resonancias que den certeza, coherencia y que además vayan enseñando, a quien lo oye, que todo está ligado por los distintos niveles de la revelación. Mi opinión extrañó. Seguro que más de uno se preguntó ¿Qué dice este buen hombre sobre que el kerigma debe estar impregnado de sacralidad? Vaya ideas tiene…

Vayamos a la fuente del Kerigma. Si tomamos el discurso de Pedro en Pentecostés nos daremos cuenta que está impregnado de sacralidad de arriba abajo: Hch 2, 14-47

Cada frase tiene resonancias y lazos con la revelación de Dios al pueblo judío y a la que los Apóstoles recogieron de Cristo. No es momento para que desgrane frase por frase todo el discurso, pero la referencia a David, la profecía de Joel (Jl 1,3) y el colofón del bautismo de los convertidos son botones de muestra de cómo el discurso del Kerigma se unió con puntadas llenas de sacralidad. Esta sacralidad fue la que despertó en los judíos, confianza en lo que se decía y les llevó a aceptar el bautismo. El bautismo actuó como broche de compromiso con Dios y con la Iglesia naciente. El acto bautismal, como sacramento que es, actuó como catalizador que acrecienta el compromiso e induce carácter a quien lo recibe.

Este discurso no hubiera tenido el mismo efecto en paganos. Recordemos que el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas no tuvo el mismo efecto que el de Pedro en Pentecostés. La sacralidad griega no tenía vínculos sagrados necesarios para aceptar como verdad lo que Pablo les expuso… y eso que Pablo, que no era nada tonto, supo urdir un discurso ajustado al “dios desconocido”. Lo malo es que los atenienses eran ya escépticos consagrados y ese dios desconocido era eso… desconocido.


Entonces ¿Cómo se evangelizó a los paganos? El Kerigma evidentemente no fue el detonante de su conversión. Pero el tema de los paganos excede totalmente este post.

sábado, 11 de julio de 2009

Las has revelado a la gente sencilla

El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda. Pero el Padre quiere ser conocido: le conocerán aquellos a quienes el Hijo se lo revelará. La palabra «revelará» no se refiere sólo al futuro, como si el Verbo no hubiera comenzado a revelar al Padre si no después de nacer de María, sino que se refiere a la totalidad del tiempo. Desde el principio, el Hijo, presente en la creación que él mismo ha modelado, revela el Padre a todos los que el Padre quiere, cuando quiere y como lo quiere. En todas las cosas y a través de todas las cosas, no existe más que un solo Dios Padre, un solo Verbo, un solo Espíritu y una sola salvación para todos los que creen en él.

En efecto, nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, es decir, si el Hijo no se lo revela, ni conocer al Hijo sin el «beneplácito» del Padre (Mt 11,26). Ahora bien, todo lo que el Padre, en su gran bondad, quiere, el Hijo lo lleva a plenitud: el Padre envía, el Hijo es enviado, y viene. Y este Padre infinito, invisible para nosotros, su propio Verbo lo conoce, y hace conocer lo inexpresable (Jn 1,8).

San Ireneo de Lyón (aprox 130- aprox 208), obispo, teólogo y mártir de la Iglesia - Contra las herejías, IV, 6, 4.7.3

Esta semana leía sobre los cursos Alpha que se celebran estos días en Londres, sus objetivos y los resultados obtenidos.

Descubrí la existencia de estos cursos gracias al blog “Una Iglesia Provocativa” y tanto las diferentes entradas sobre el tema, como los comentarios, me han hecho reflexionar. Busqué referencias para profundizar un poco más en los objetivos y el modo de actuación, datos que encontré en este enlace a Catholic.net

Resumiendo, se trata de cursos enfocados a personas que desconocen todo o casi todo del mensaje cristiano y a la(s) Iglesia(s) que lo proclaman. Se organizan de forma ecuménica, conducidos de igual forma por católicos, ortodoxos o evangélicos. Como se trata de acercar a personas alejadas y muy in-culturizadas en la sociedad actual, se sigue una estrategia ligada al marketing, que busca principalmente cuestionar el inmenso vacío existencial que estas personas viven.

Siguiendo las indicaciones que aparecen en catholic.net, la difusión se basa en el boca a boca, ya que quien pasa por este itinerario tiende a invitar a amigos, familiares y conocidos. También se utiliza propaganda en TV y radio para llegar un paso más allá del círculo de amistades de los asistentes. La secuencia se compone de una serie de breves conferencias, tras la cuales se pasa a una estupenda cena donde está prohibido hablar de religión.

Tras una serie de conferencias-cena se hace un retiro que resulta determinante para que se produzca el cambio buscado por el programa. Los que vuelven del retiro lo hacen impactados y mostrando signos evidentes de transformación. Esto intriga a los que no han asistido al retiro y les motiva a apuntarse al mismo.

Lo cierto es que, tras este curso, muchas personas retoman (inician) su vida religiosa y bastantes no bautizados deciden dar el paso de bautizarse e integrarse en una Iglesia.

La primera reflexión que me hago es el inquietante paralelismo existente entre la evangelización de los primeros siglos y la actual. Después de 20 siglos de presencia cristiana en Europa, … ¿Cómo puede haber tanta ignorancia sobre le cristianismo? Resueltamente, el texto de San Ireneo nos da una pista nada despreciable:

“El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda.”
También nos recuerda San Ireneo, que la revelación no es un suceso excepcional, ya que Dios se ha revelado desde el mismo acto de la creación del universo. Además, Dios sigue revelándose al ser humano actual por medio de cada uno de los caminos sagrados que nos ha legado.

Entonces, ¿Qué sentido tienen estos cursos alpha? Primeramente, ser conductos de la revelación de Dios. Ser conductos por los cuales la Palabra revela a Dios al mundo. En si misma, la evangelización puede ser comprendida como un acto sagrado, ya que se actúa de puente entre Dios y los hombres.

Pero es evidente que Dios se nos revela de manera más profunda y plena en los sacramentos. Quienes acepten la revelación de Dios necesitan iniciar su vida cristiana por medio del bautismo. Tras del bautizo necesitarán de una sólida catequesis que les vaya introduciendo en aspectos más profundos.

Los comentarios que leo en el blog de “Una Iglesia Provocativa” tienden a subrayar dos aspectos importantes, que se “olvidan” en estos cursos:
  1. La existencia de una Iglesia verdadera. Dado que se parte de una organización ecuménica, los asistentes serán los que decidan donde acercarse después de completar el itinerario. Es evidente que esto presupone una situación de equivalencia de todas las Iglesias que resulta incómoda a muchas personas.
  2. La existencia de una sacralidad implícita dentro de la revelación. Esta omisión proviene de las Iglesias evangélicas que desconocen este aspecto primordial del cristianismo. Hay que ser conscientes de que es complicado crear un vínculo ecuménico que muestre la importancia de la sacralidad.
Desde una perspectiva cristiana tradicional, estos son dos aspectos capitales para iniciar cualquier acercamiento a nuestra religión. ¿Podríamos posicionarnos contra estos cursos Alpha por olvidar estos dos aspectos?

Todavía queda mucho que reflexionar sobre el ecumenismo y el sentido/sinsentido del acercamiento a las posturas desacralizadotas de las Iglesias evangélicas. Dicho esto, también es necesario aceptar que, en la proclamación del mensaje cristiano, nos llevan una ventaja considerable. Los católicos hemos nos hemos ido olvidando del aspecto proclamativo del evangelio: El Kerigma. El Kerigma se proclama a los no creyentes y a los alejados de forma directa.

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor." Lucas 4:18-19

El mi anterior post indicaba que Mensaje y Misterio son dos caras de la misma moneda. Uno sin el otro deja a la moneda sin valor ni sentido… por lo que hemos de ser conscientes de la necesidad de dar importancia a ambos. San Ireneo indica sin dudas que El Verbo nos hace llevar no solo lo explicable (Mensaje) sino que también nos hace llegar lo inexplicable (Misterio). En todo caso, no somos nosotros quienes evangelizamos… es Dios mismo El que a través nuestra, se revela a quien quiere aceptarlo.
Lo realmente importante es no olvidarnos que, aunque sea el primer paso, no podemos quedarnos con un cristianismo Alpha… tenemos que vivir y proclamar el objetivo de llegar ser cristianos Omega. Y eso requiere de compromiso, perseverancia y sacralidad.
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