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martes, 1 de septiembre de 2020

El silencio permite escuchar a Cristo, que es el verdadero y único Maestro

San Pedro Martir invitando al silencio. (Fra Angelico)

Vivimos en la sociedad del ruido. Tenemos ruido de todo tipo: mediático, ambiental, mental, emocional, volitivo, intelectual, relacional, social, etc. Nada es estable, todo cambia según lo que en cada momento interesa. No nos damos tiempo, porque el tiempo no tiene sentido hoy en día. Estamos tan saturados de plazos que cumplir, pero carecemos de tiempo para ser. Todo se ajusta a nuestros intereses. No hay espacio para el diálogo. Todo termina en debate de pasiones e ideologías,  porque el ruido comunicativo nos entumece la capacidad de entendernos. Queremos respuestas rápidas que nos permitan aceptar o rechazar a quien tenemos delante. Lo de menos es entendernos entre nosotros, ya que se prioriza gritar más que el "otro". La amistad desaparece porque imperan las complicidades puntuales. Esto sucede en cualquier entorno social. Abunda incluso entre aquellos que se etiquetan a sí mismos de "tradicionales". El silencio y la humildad no tienen espacio entre nosotros. Lo que nos importa es la fidelidad ideológica de la que hacemos gala. Ya no adoramos a Cristo, sino a las apariencias sociales que tanto valoramos (y adoramos). ¿Dónde ha quedado el humilde silencio que debería ir siempre con nosotros?

Si os mantenéis en silencio, podréis oír. No encuentra lugar para sí la sabiduría donde no existe paciencia. Quien habla soy yo, pero quien os instruye es Dios; yo hablo, pero Dios os enseña. En efecto, no se ha proclamado dichoso a aquel al que enseña el hombre, sino a quien instruyes Tú, Señor. Yo puedo plantar y regar, pero es asunto de Dios el dar el crecimiento (1Co 3,7-11). Quien planta y riega, actúa desde el exterior; quien da el crecimiento enriquece interiormente. ¡Cuán difícil, cuán oscuro, cuán lleno de peligros si no se entiende o se entiende mal es el texto leído de la carta del santo Apóstol ... (San Agustín. Sermón 153, 1)

Creemos que somos quienes creamos la realidad social que nos rodea. Muchas personas viven para enfrentarse, porque creen que son ellos los responsables de cambiar el mundo. Como si Dios no existiera. Como si Dios estuviera tan lejos que no se interesara por nosotros. Como bien indica San Agustín, refiriéndose a un pasaje de San Pablo, nosotros plantamos y regamos, pero es Dios quien hace crecer. Si no crece nada de lo que plantamos y regamos, ¿No será Voluntad de Dios evidenciar que le hemos olvidado? Nada germina cuando se plantan piedras. Nada crece cuando se riega con carbones encendidos. ¿Cómo va a crecer algo si llenamos de ruido nuestro entorno? 

Lo dice claramente San Agustín: La Sabiduría no existe sin paciencia. En la era de la "inmanencia comunicativa inmediata" no queda espacio para el silencio, la paciencia o la humildad. ¿Humildad? Pero si todos nos presentamos a nostros mismos como "maestros" y "soberanos". Maestros y soberados de la loseta donde estamos de pié en cada momento. Creemos y queremos ser los más grandes y sabios de la loseta que reclamamos en propiedad. El marketing nos enseña cómo hacer ruido para atraer engañando con todo tipo de simulacros. Necesitamos que las gentes nos miren un segundo y así sentirnos maestros de quienes hemos llamado su atención. Después nos preguntamos la razón por la que la humanidad parece sorda. El ruido socio-comunicativo nos convierte en sordos apáticos. ¿Crecerá algo regando con carbón encendido y plantando piedras? ¿Para qué queremos ser maestros sí el único verdadero Maestro es Cristo?

Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, Cristo, y todos vosotros sois hermanos. [...] Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, Cristo. (Mt 23, 8-12)

Volvamos al texto de San Pablo al que se refiere San Agustín [1]. Cada uno de nosotros debe trabajar en la viña del Señor humildemente. En la medida que lo que construimos sea por Voluntad de Dios, germinará. En la medida que nuestros esfuerzos generen discordias, maltrato, indiferencia, desprecio, estamos destruyendo, no construyendo. "Si el Señor no edifica la casa, En vano trabajan los que la edifican" (Sl 127, 1). Si nada crece, no conseguiremos mejorarlo haciendo más ruido. Ruido que sólo genera dolor e indiferencia.

Las jerarquías humanas son herramientas que deben servir a Dios en silencio, humildad, discreción y caridad. Las estructuras sociales que germinan y crecen, parten de semillas de humilde fraternidad entre nosotros. Fraternidad de bautizados que trabajamos unidos en aquello que la Voluntad de Dios hace crecer. Olvidemos los escalafones creados para que podamos elevarnos sobre los demás. En estos tiempos de pandemia y lejanía social, nos damos cuenta del desamparo en el que nos hemos acostumbrado a vivir. Tenemos los mejores medios de comunicación y al mismo tiempo la soledad nos carcome. ¿Qué nos hace tener miedo y atacar para creernos más seguros?

Silencio. Busquemos la discreción humilde que nos permite servir a Cristo. Sólo en silencio, podremos escuchar al Maestro y aprender de Él.


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[1] Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como sabio arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1Co 3,7-11)


domingo, 18 de mayo de 2014

Yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios. San Agustín

En el evangelio de hoy, Cristo se nos revela como Camino, Verdad y Vida. Camino hacia el Padre, Verdad que se revela a nosotros y Vida que se nos ofrece en abundancia. Es terrible pensar cómo fue posible que Dios se hiciera como nosotros y nos hablara directamente. La misma creación tuvo que resonar cada vez que Cristo hablaba, dando testimonio de que esas Palabras eran la Verdad hecha carne.

Mientas, nosotros seguimos con nuestras soberbias y nuestros remilgos. Nos cuesta aceptar que Dios es Dios y que nosotros somos seres limitados. San Agustín habla sobre esta realidad en sus Confesiones:

Y buscaba yo el medio de adquirir la fortaleza que me hiciese idóneo para gozarte; ni había de hallarla sino abrazándome con el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos, el cual clama y dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida, y el alimento mezclado con carne (que yo no tenía fuerzas para tomar), por haberse hecho el Verbo carne, a fin de que fuese amamantada nuestra infancia por la Sabiduría, por la cual creaste todas las cosas. Pero yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué cosa pudiera ser maestra su flaqueza. Porque tú, Verbo, Verdad eterna, trascendiendo las partes superiores de tu creación, levantas hacia tí a las que le están ya sometidas, al mismo tiempo que en las partes inferiores se edificó para sí una casa humilde de nuestro barro, por cuyo medio abatiera en sí mismo a los que había de someterse y los atrajese a sí, sanándoles el tumor y fomentándoles el amor, no sea que, fiados en sí, se fuesen más lejos, sino, por el contrario, se hagan débiles viendo ante sus pies débil a la divinidad por haber participado de nuestra túnica de pelo, y, cansados, se arrojen en ella, para que, al levantarse, ésta los eleve. (San Agustín, Las confesiones VII,  18,24)

Muchas veces queremos ser nosotros quienes transformemos la sociedad con nuestras limitadas fuerzas. Incluso llegamos a querer transformar la propia Iglesia a nuestro gusto. Es curioso cómo la santidad se muestra como la fuerza más indomable de todas y que esta fuerza no se deba a quien es santo, sino a Dios que se manifiesta a través suya.

Personalmente me gusta utilizar el símil de una herramienta, para referirme a lo que deberíamos ser. La herramienta es la que permite al artista crear su obra de arte, pero por sí sola no es capaz de nada. Si una herramienta se levantara por si sola, únicamente podría crear caos en torno suya. El mal que hacemos al intentar vivir apartados de Dios no es un mal consciente, sino la evidencia de que no es posible que una herramienta suplante al artista.

El artista ama a sus herramientas. Las limpia, las afila, les lija la herrumbre y las guarda entre finas telas. Sin duda las herramientas podrían pensar en la crueldad del trato que realmente las conserva y las prepara para sufrir durante la obra del creador. Si una herramienta se revela en la mano del artista, seguramente produzca en error en el plan de la obra maestra. Pero el artista, una vez visto el error, es capaz de utilizarlo y transformarlo en parte de la belleza de su obra maestra. Esta es nuestra esperanza, que incluso si el corazón se nos endurece, Dios es capaz de sacar bien del mal que hemos producido. A veces este bien supera al que antes estaba previsto. El arte del artista hace ese milagro ante los ojos atónitos de quienes le ven trabajar.

Como cristianos, formamos parte de un maravilloso grupo de herramientas que Cristo ha dispuesto: la Iglesia. A veces estamos todas a las órdenes del Señor, otras veces nos da por caminar independientemente del plan de Dios. Entonces aparece la desesperanza, las depresiones, las ansiedades y la necesidad de encontrar aire fresco en nuestra vida. Si somos fieles y dóciles herramientas en manos de Dios, encontraremos a Dios en todas partes y en todos los hermanos que están junto a nosotros.


Cristo “edificó para sí una casa humilde de nuestro barro, por cuyo medio abatiera en sí mismo a los que había de someterse y los atrajese a sí, sanándoles el tumor y fomentándoles el amor, no sea que, fiados en sí, se fuesen más lejos” La humildad conlleva un sacrificio del que normalmente no tenemos conciencia: abajarnos y abrir las puertas de nuestro corazón.

domingo, 13 de abril de 2014

¿Quien conduce la comitiva del Domingo de Ramos?

Es domingo de Ramos, día de gozo y alabanza. Día en que celebramos la entra jubilosa de Cristo en Jerusalén. Muchas veces me he imaginado la muchedumbre gritando y festejando que el Mesías de Israel estaría presente en la Ciudad Santa, llenos de esperanzas e incertidumbres.

En este tipo de ocasiones festivas es fácil que alguien se “cuele” delante de la comitiva y parezca que el homenajeado es el y no Cristo. De la misma forma, a veces nosotros nos podemos delante del desfile que da gloria al Señor queriendo ser nosotros quienes recibamos los aplausos y las palmas que no merecemos.

Es la actitud del Fariseo que se coloca en el Templo delante de todos, queriendo demostrar que es merecedor de todas las glorias y alabanzas de las personas que han ido a orar a Dios. Mientras, el Publicano se queda detrás para que nadie lo viera y se da golpes de pecho solicitando la misericordia de Dios.

Muchas veces queremos ser nosotros quienes decidamos hacia donde debe caminar esa maravillosa comitiva que es la Iglesia peregrina. Decimos lo que nos parece bien o nos parece mal, ya que tenemos razones para ello. No cabe duda que las razones están allí, pero ¿Realmente merecemos estar delante de la comitiva intentando olvidar que Cristo es el verdadero centro de nuestra vida y de la Iglesia?

Sobre todo cuando la incertidumbre nos golpea, el mejor lugar para orar a Dios es detrás, donde nadie nos ve ni nos atienden. En ese diálogo no estamos solos ya que Dios se acerca a nosotros para aceptar que no podemos más o que nos sentimos sobrepasados. Nos sabemos pecadores y notamos la pesada carga sobre nuestros hombros:

Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, tú que eres una lámpara que alumbra. Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile. Apaciéntame, Señor, y apacienta tú conmigo, para que mi corazón no se desvíe a derecha ni izquierda, sino que tu Espíritu bueno me conduzca por el camino recto y mis obras se realicen según tu voluntad hasta el último momento. Y tú, cima preclara de la más íntegra pureza, excelente congregación de la Iglesia, que esperas la ayuda de Dios, tú, en quien Dios descansa, recibe de nuestras manos la doctrina inmune de todo error, tal como nos la transmitieron nuestros Padres, y con la cual se fortalece la Iglesia. (San Juan Damasceno. Declaración de la fe, capítulo 1)

La Iglesia no irá donde nosotros queramos, sino hacia el lugar que Cristo tiene establecido. La Divina Providencia siempre consigue que caminemos hacia Cristo y no hacia donde nuestros deseos personales desean ir. De nada sirve ponernos a la cabeza de la comitiva con un gran cartel, ya que es a Cristo a quien seguimos.

Incluso en los peores momentos de la historia de la Iglesia, los santos han conseguido que no nos olvidemos de quien está sobre el burro blanco y quienes, tan solo, seguimos el camino marcado por Él. Existe una breve oración llamada Trisagio, que se suele cantar en griego, que recoge muy bien lo que el Publicano pudo orar apartado de la vista de todos los demás:

Agios O Theos
Agios Iskyros
Agios Athanatos, eleison imas.

Santo Dios.
Santo Fuerte.
Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros.


Dejemos que quien quiera diga que es él quien sabe hacia donde irá la iglesia y concentrémonos en orar al Señor al que seguimos este Domingo de Ramos. Misericordia Señor.

domingo, 13 de octubre de 2013

La suavidad es la mejor respuesta. San Ambrosio de MIlán


Hay dos palabras que suelen resonar en nuestros oídos con frecuencia: misión y compromiso. Ambas se utilizan para señalar nuestra actitud frente al mandato de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura". (Mc 16,15). Misión y compromiso requieren valentía. ¿Dónde la podemos encontrar?

Cuando Jesús mandó a los discípulos ir a su mies, que había sido bien sembrada por el Verbo del Padre, pero que necesitaba ser trabajada, cultivada, cuidada con solicitud para que los pájaros no saquearan la simiente, les dijo: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos»... El Buen Pastor no podía temer a los lobos para su rebaño; sus discípulos no fueron enviados para ser una presa, sino para difundir la gracia. La solicitud del Buen Pastor hace que los lobos no puedan emprender nada contra los corderos que envía; les envía para que se cumpla la profecía de Isaías: «Llegará el día en que lobos y corderos pacerán juntos» (Is 65,25)... Por otra parte ¿no han sido enviados los discípulos con la orden de no llevar ni tan siquiera un bastón en la mano?...

Lo que el humilde Señor les ha mandado, sus discípulo los cumplen por la práctica de la humildad. Porque les envía a sembrar la fe no por obligación sino por la enseñanza; no haciendo servir la fuerza de su poder, sino exaltando la doctrina de la humildad. Y juzgó necesario unir la paciencia a la humildad, y de ahí el testimonio de Pedro en favor de Cristo: «Cuando lo insultaban no devolvía el insulto; cuando lo golpeaban, no devolvía los golpes» (1P 2,23).

Todo eso quiere decir: «Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes». (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, 7, 45.49)

Ser testigos creíbles es una actividad expuesta a las críticas de los demás. Críticas que saben incidir justo en aquello que más no duele o nos perturba. La prepotencia de quien nos critica, perdonándonos después la vida con desdén, suele exasperar a cualquiera. ¿Qué se creen? ¿Nos toman por ignorantes y locos?

Precisamente la Iglesia, que es sabia y está iluminada por el Espíritu Santo, ha sabido crear toda una teología entorno a la aparente ignorancia y a la aparente locura del cristiano. La “docta ignorancia” de Nicolás de Cusa nos hace reflexionar sobre la ignorancia del cristiano, contraponiéndola a la ignorancia de los sabios. La ignorancia de los sabios parte de la soberbia, la ignorancia del cristiano, parte de la humildad. La divina locura nos la enseño San Francisco de Asís. Su forma de actuar y vivir nos enseña que no podemos actuar como el mundo espera de nosotros, ya que la desesperación no tarda en rompernos por dentro.

En ese sentido, ser cristiano y una persona actual, es algo totalmente coherente, aunque parezca a muchos un oxímoron, es decir, una contradicción que sólo la retórica puede hacer pasar por válida. El cristianismo, para estas personas, se reduce a un espacio vacío, anticuado y carente de sentido en la postmodernidad que vivimos. Sin duda, podríamos atacar esta visión con las mismas armas y volver la tortilla con facilidad, pero es un ejercicio inútil. Nadie puede juzgar lo que desconoce y si lo hace, dice más de sí mismo, que de lo que ignora.

¿Qué postura podemos tomar los cristianos? Como indica San Ambrosio: “Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes” Podríamos pensar en que su postura es un tanto ingenua, pero hay una prueba de que San Ambrosio no se equivocaba: la conversión de San Agustín.

Ante el desprecio prepotente que la sociedad tiene con nosotros, nada mejor que la paciencia que perdona. La mejor respuesta es la que se da con suavidad y caridad. No puede ser una respuesta que reproduzca la soberbia de quien nos juzga y tolera displicentemente, ya que no arreglamos nada utilizando la ley del Talión. La respuesta cristiana debe ser de apertura a quien necesita de Cristo y se ve impedido por los prejuicios que generan ignorancia. Simplemente, con paciencia, hay que señalar que somos igual de humanos, limitados y falibles que cualquiera. Pero lo que nos diferencia es la Esperanza que nos permite cimentar la Fe y actuar con caridad. Tender la mano a quien nos necesita con honestidad y amor. Poner la otra mejilla tiene este significado: humildad y honestidad. 

martes, 18 de junio de 2013

Cristianos de corazón arrugado. Papa Francisco



Escuchad lo que nos dice el mismo Señor: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis el descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). He aquí que, de manera breve, con una sola palabra, nos muestra la raíz y la causa de todos los males, junto con su remedio, fuente de todos los bienes. Nos enseña que lo que nos hace caer es la soberbia, y que no es posible alcanzar misericordia sino por la humildad, que es la disposición contraria. De hecho, la soberbia engendra el desprecio y la desobediencia que conduce a la muerte, mientras que la humildad engendra obediencia y la salvación de las almas: yo entiendo la verdadera humildad, no como un rebajarse de palabra y en actitudes, sino como una disposición verdaderamente humilde en lo más íntimo del corazón y del espíritu. Por esto dice el Señor: “Yo soy manso y humilde de corazón”. El que quiera encontrar el verdadero descanso para su alma que aprenda a ser humilde. (Doroteo de Gaza. Instrucciones, nº 1, 8) 

Todos los cristianos sabemos que somos hijos de Dios, dignos y capaces de acercarnos al Señor con humildad. Nuestro problema es que este conocimiento se queda en una teoría que no deseamos recordar con frecuencia. Todos aspiramos a ser más que los demás y que esta superioridad impregne toda nuestra vida. Pero, como es evidente, no es posible que todos seamos superiores a todos y ahí aparece la envidia Envidia que nos hace caer en la cuenta de lo que otros tienen y de lo que carecemos. De la envidia se pasa al rencor y al odio. Del odio se pasa a la violencia verbal y física. Como la violencia solo puede engendrar violencia, nos pasamos la vida viviendo un constante enfrentamiento con los demás. Un enfrentamiento que no tiene sentido ni futuro alguno. 

Doroteo de Gaza nos dice: “la humildad engendra obediencia” y la obediencia da lugar a la verdadera armonía.

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domingo, 10 de junio de 2012

La humildad en la vida cotidiana

¡Estate atento al misterio de Cristo! Nació del seno de la Virgen a la vez Siervo y Señor; Siervo para obrar, Señor para mandar a fin de enraizar en el corazón de los hombres un Reino para Dios. Tiene un doble origen pero es un solo ser. No es distinto el que viene del Padre al que viene de la Virgen. Nacido del Padre antes de todos los siglos, es el mismo que tomó carne en el transcurso del tiempo. Por eso es llamado Siervo y Señor: por nuestra causa, Siervo, pero a causa de la unidad de la sustancia divina, Dios de Dios, Principio del Principio, Hijo en todo igual al Padre, su igual. En efecto, el Padre no engendra un Hijo extraño a Él mismo, este Hijo del cual declara: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17)...

El Siervo conserva en todo los títulos de su dignidad. Dios es grande, y es grande el Siervo; al venir en la carne, no pierde esta «grandeza que no tiene límites» (sl 144,3)...  El cual, «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de Siervo» (Flp 2,6-7)... Es, pues, igual a Dios como Hijo de Dios; tomó la condición de Siervo al encarnarse; «gustó la muerte» (Hb 2,9), él, cuya «grandeza no tiene límites»...

¡Cuán buena es esta condición de Siervo que nos ha hecho libres! ¡Sí, cuán buena es! Le ha valido «el nombre que está por encima de todo nombre»! ¡Cuán buena es esta humildad! Ha obtenido que «al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11). (San Ambrosio, Sermón sobre el salmo 35, 4-5)

Cuán buena es esta humildad. ¿Somos nosotros realmente humildes como lo es el Señor? Dijo es Señor que el que quisiera ser el primero, sirviera a todos los demás. ¿Somos conscientes de ello?

En nuestra vida cotidiana quisiéramos ser reconocidos, relevantes de forma personal, poderosos, etc. ¿Nos damos cuenta de todo el peso que nos echamos a la espalda queriendo todas estas cosas? ¿No es mucho mejor ser humilde y no aspirar a nada por nosotros mismos?

Sólo desde la humildad podemos reconocer que Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. Por eso nos cuesta tanto doblar las rodillas en la consagración y arrodillarnos frente al altar. Somos soberbios y entendemos este lengua de humildad como una humillación personal insoportable?

Hasta nos decimos que la bondad y misericordia de Dios todo lo acepta. Lo que no pensamos es que el problema no está en Dios sino en nosotros. Si no somos verdaderamente humildes, somos nosotros quienes sufrimos nuestra propia actitud. Si en algo somos relevantes o tenemos autoridad, que esto sea para mayor gloria del Señor. Nunca para gloria de nosotros mismos.

Decía el Padre Pio: “¿Ha observado usted un campo de trigo en sazón? Unas espigas se mantienen erguidas, mientras otras se inclinan hacia la tierra. Pongamos a pruebe a los mas altivos, descubriremos que están vacíos, en tanto los que se inclinan, los humildes, están cargados de granos”

La humildad pesa y nos hace inclinarnos ante el Señor. Igual que las espigas con más granos, quien se humilla es quien puede dar más de si a los demás. El que se comporta de forma soberbia, solo es capaz de imponer su presencia por la fuerza. Quien es humilde llena la estancia sin hacer evidencia de quién es y qué busca.

Ya dijo el Señor: “Así los últimos serán los primeros, y el primero será el último: pues muchos serán llamados, pero pocos serán elegidos” (Mt 20,16) ¿Por qué serán pocos los elegidos? Porque Dios elige a los humildes y son pocos los que han respondido a la llamada del Señor con humildad.

Que el Señor nos ayude a encontrar al humildad en nosotros mismos.

miércoles, 3 de agosto de 2011

No hay medida para la belleza del hombre que es humilde

No hay medida para la belleza del hombre que es humilde. No hay pasión, cualquiera que sea, capaz de acercársele al hombre que es humilde, y no hay medida para su belleza. El hombre humilde es un sacrificio de Dios. El corazón de Dios y de sus ángeles, descansan en aquel que es humilde. Más aún, cuando los ángeles lo glorifiquen, hay una razón para él que le ha logrado todas las virtudes, pero para aquel que se ha revestido de la humildad no será necesaria ninguna razón, aparte de que se ha hecho humilde. (San Efrén de Siria. Epístola a un discípulo, fragmento)

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La humildad es una virtud poco apreciada en la sociedad actual, ya que sólo desde la soberbia y la avaricia podemos ser los estupendos consumidores que se desea que seamos.

Pero la humildad nos desidia o desafecto. Tenemos que tener cuidado de valorar la imagen de Dios que portamos en cada uno de nosotros. Valor que no tiene nada que ver con nosotros, sino que es don directo de Dios. Si la humildad desprecia esta imagen, se convierte en una soberbia camuflada.

Realmente no es fácil caminar por el sendero de la humildad. Requiere la justa y divina proporción entre la negación de si mismo y la exaltación del reflejo de Dios en nosotros. Por nosotros mismos no podemos conseguir esta proporción. Debe ser Dios quien nos lo conceda por medio de la Gracia que nos transforma.

Pero ¿Por qué es bello un hombre humilde? Porque refleja a Dios con más fidelidad. 

sábado, 12 de febrero de 2011

Humildad

"Hijo mío, acuérdate de día y de noche, del que te anuncia la palabra de Dios; hónrale como al Señor, puesto que donde se anuncia la palabra, allí está el Señor. Busca constantemente la compañía de los santos, para que seas reconfortado con sus consejos. Evita fomentar las disenciones, y procura la paz entre los adversarios. Juzga con justicia, y cuando reprendas a tus hermanos a causa de sus faltas, no hagas diferencias entre personas. No tengas respecto de si Dios cumplirá o no sus promesas. Ni tiendas la mano para recibir, ni la tengas cerrada cuando se trate de dar. Si posees algunos bienes como fruto de tu trabajo, no pagarás el rescate de tus pecados.No estés indeciso cuando se trate de dar, ni regañes al dar algo, porque conoces al dispensador de la recompensa. No vuelvas la espalda al indigente; reparte lo que tienes con tu hermano, y no digas que lo tuyo te pertenece, poque si las cosas inmortales os son comunes, ¿con cuánta mayor razón deberá serlo lo perecedero? No dejes de la mano la educación de tu hijo o de tu hija: desde su infancia enséñales el temor de Dios. A tu esclavo, ni a tu criada mandes con aspereza, puesto que confían en el mismo Dios, para que no pierdan el temor del Señor, que está por encima del amo y del esclavo, porque en su llamamiento no hace diferencia en las personas, sinó viene sobre aquellos que el Espíritu ha preparado. En cuanto a vosotros, esclavos, someteos a vuestros amos con temor y humildad, como si fueran la imagen de Dios. Aborrecerás toda clase de hipocresía y todo lo que desagrade al Señor. No descuides los preceptos del Señor, y guarda cuanto has recibido, sin añadir ni quitar. Confesarás tus faltas a la iglesia y te guardarás de ir a la oración con mala conciencia. Tal es el camino de la vida." (Didache 1, IV)

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La Didaché o enseñanza de los Apóstoles es un texto del primer siglo y una ventana maravillosa donde encontrarnos con la Tradición que permanece viva dentro de la Iglesia. Dentro de este apartado IV, hay un breve parrafo que he resaltado: ".No estés indeciso cuando se trate de dar, ni regañes al dar algo, porque conoces al dispensador de la recompensa." 

A veces tendemos a compartir lo que conocemos y entendemos con una actitud agria. Parecería que nos doliera compartir el pan de conocimiento con los demás o que les afeáramos no conocerlo de forma previa. Nos dice la Didaché que no regañemos al dar algo. Más bien, se trata de compartir con una sonrisa, ya que dar es un acto sagrado que nos une a Cristo. "... En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis".(Mt 25,40)

Quizás hoy en día nos sobre arrogancia y nos falte humildad a la hora de mostrar el camino que nuestros hermanos. En todo caso, toca orar a Dios para que nos asista en todo lo que con caridad y amor hagamos por el prójimo.

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Señor, que tu Gracia nos de humildad
y allane los caminos que nos
separan de los demás.
Ayúdanos a acercarnos con afecto
y sinceridad a quienes nos necesitan
Permítenos se camino de Ti hacia los demás.
Amén

martes, 11 de mayo de 2010

Sin mi no podéis hacer nada (Jn 15, 5)

Los apóstoles vieron al Señor en su gloria cuando fue transfigurado en el Monte Tabor; pero más tarde, en la hora de su Pasión, huyeron temerosos. Así es la fragilidad humana. En verdad, somos ciertamente de esta tierra; más aún: de esta tierra pecadora. Por eso el Señor ha dicho: Sin mi no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

Cuando la Gracia está en nosotros, somos verdaderamente humildes; entonces nuestra inteligencia está más viva, y somos obedientes, dulces, agradables a Dios y a los hombres. Pero cuando perdemos la Gracia, nos secamos como un sarmiento cortado de la vid. Si alguno no ama a su hermano por el cual el Señor ha muerto entre grandes sufrimientos, es señal de que él mismo se ha separado de la Vid. Pero el que lucha contra el pecado, estará con el Señor al igual que la vid es llevada por el sarmiento (San Silvano)

Solo el Señor da sentido a lo que somos y hacemos. Sin El no somos nada más que hojas secas al viento, que no saben de donde vienen ni adonde van. Hay quien llama libertad, a la ignorancia de la Verdad… pero la Verdad es la que verdaderamente nos hace libres.

San Silvano nos indica claramente en qué lugar entre el pelagianismo y el quietismo, está el verdadero cristianismo.

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Señor derrama tu gracia sobre nosotros y ayúdanos a ser herramientas útiles a tus designios. Amén
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