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jueves, 31 de diciembre de 2020

2021, el año del "Great Reset"

 

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino como testigo, para testificar de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de Él. Él no era la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz. Existía la luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de Él, y el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su Nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. (Jn 1, 1-13)

El año 2020 ha sido el año de la pandemia de COVID 19. Una pandemia que nos ha llevado a una situación muy especial en todos los órdenes de la sociedad. Cristo, que es el Logos de Dios, ya no es el inspirador de la Vida, ni el Camino ni la Verdad. La Vida es tan sólo un accidente que hay que gestionar mientras dura. No existe camino para los seres humanos, sino una infinita diversidad de senderos. Senderos que cada cual escoge según sus gustos de ideología. ¿Y la Verdad? Pilatos se preguntaba frente a la Verdad, si esta existía. Hoy vivimos inundados en mentiras y falsedades, manipuladas para que la sociedad se ajuste a lo que el sistema socio político desea.

El año 2021 se nos ofrece como el año del "Gran Reinicio" (Great Reset). El año en que todo empezará a cambiar. La sociedad tendrá que cambiar por las circunstancias que desde la OMS nos indican: se producirán más pandemias y tendremos que vivir con normativas que nos impiden acercarnos unos a otros. La virtualización de las relaciones sociales se presenta como una realidad tanto en el mundo del trabajo, como en todo tipo de relaciones humanas. El teletrabajo nos permitirá trabajar desde nuestros domicilios, haciendo que las relaciones sociales se difuminen y las concentraciones urbanas tiendan a reducirse. Mientras, la Iglesia se adhiere a la agenda socio-económica que se propone desde la ONU. sin darse cuenta de lo que conlleva para la vivencia de nuestra Fe.

El Gran Reinicio no es la panacea que nos quieren vender, ya que conlleva control social a todos los niveles. Las enclenques comunidades cristianas actuales, tenderán a difuminarse debido a que las personas nos iremos dispersando y viviendo principalmente a nivel virtual. ¿Estamos preparados para afrontar este reto? Humildemente, pienso que las estructuras eclesiales no están preparadas, sobre todo porque se sostienen en modelos que eran arcaicos en el siglo XIX. En el siglo XXI, las estructuras eclesiales puede ir desapareciendo poco a poco. Ya nos dimos cuenta de esto cuando las vocaciones empezaron a desaparecer, pero pensamos que era sólo algo coyuntural que cambiaría con los años. El Gran Reinicio reducirá más las vocaciones, mientras que los sacerdotes y religiosos serán menos, más ancianos y cada vez más alejados de los laicos. Una de las metas del "Gran Reinicio" es la estandarización de la educación. La educación  confesional en escuelas y colegios desaparecerá lentamente porque no interesa que existan diferencias en la creación de los recursos humanos.

Joseph Ratzinger ya nos indicó que el futuro de la Iglesia sería perder su relevancia social:

Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros. (J. Ratzinger Fe y Futuro)

¿Estamos preparando esta Iglesia irrelevante y al mismo tiempo más fiel a Cristo? Todavía no terminamos de darnos cuenta de este tsunami que tenemos a pocos metros de nosotros. Sin duda, el Espíritu Santo será quien provea de fuerza a quienes tengan que sostener las micro comunidades cristianas que irán emergiendo del caos que producirá el "Gran Reinicio" de la sociedad. En estos momentos los fieles parece que hemos perdido toda motivación religiosa.

La sacralidad tendrá que reconvertirse para permitir que los fieles tengamos acceso a los sacramentos. Quizás no sea tan fácil recibirlos en un futuro cercano. De hecho, la Confesión casi ha desaparecido, la Eucaristía se reduce por la falta de sacerdotes, las parejas ya casi no reciben el sacramento del matrimonio, los niños cada vez se bautizan menos, la unción de enfermos no abunda. Ya vivimos el inicio del "Gran Reinicio" y no terminamos de darnos cuenta de ello. Seguramente el 2021 sea un año en el que tendremos que luchar para generar un cambio de actitud dentro de la Iglesia. 

Que tengan un año 2021 lleno de bendiciones y no olviden que la santidad les espera en cada segundo de su vida.





sábado, 2 de enero de 2010

Tolerancia, respeto, justicia y justificación

Quizás se deba a mi formación tecnológica que me sienta extrañado por el uso y sentido que se da actualmente a la palabra tolerancia. Cuando estudiaba, la tolerancia era la proporción de desviación máxima de determinada magnitud física. Una resistencia con tolerancia del 10%, era la que podía variar un máximo de un ±10% su valor nominal. Cuanto menor fuera la tolerancia, el elemento estaba mejor fabricado.

De repente este concepto tecnológico apareció en la escena pública con un sentido contrario al que lo comprendíamos los técnicos. Se trataba de ser muy tolerante y aceptar lo que fuese sin poner pegas. Tolerar era aceptar indolentemente para así permitirnos convivir siendo diferentes. Rápidamente la sociedad se dio cuenta que la doctrina de la máxima tolerancia daba lugar al desentendimiento social. La sociedad tendió a la desafección hacia todo lo que le desagradaba y nos encontramos con problemas importantes: violencia domestica, laboral, escolar, suicidios, rupturas matrimoniales, descenso en picado de la natalidad, etc. El sinsentido de esta actitud llego al punto que se comenzó a oír que la tolerancia era una falacia. Ante la alarma se ideó la “tolerancia 0” de manera que determinadas actitudes y acciones se propusieran como indeseables. Pero fíjense que se utilizó el sentido positivo de “tolerancia 0” y no se utilizó la palabra correcta: intolerancia a determinas actitudes y acciones.

Lo cierto es que conforme el concepto de tolerancia fue implantándose en la sociedad, el concepto de respeto fue desapareciendo. Hoy en día el respeto se ve como algo retrógrado y sospechoso de tendencias conservadoras.

Quizás sea interesante reseñar que la tolerancia era un concepto que se aplicaba a las cosas y en todo caso a las acciones y actitudes.... pero por razón del cambio de modelo de hombre y sociedad, la tolerancia empezó a aplicarse a las personas.

Cuando se tolera algo o a alguien, se está ejerciendo implícitamente una actitud de desdeño o de desafección frente a ello/ella. ¿Por qué? Debido a que la tolerancia incide en la externalidad totalmente desafecta del ser de las cosas y las personas. Tolerar a una persona es reducirla a una externalidad distante. Si exigimos tolerancia, estamos reclamando sobre nosotros desafección y lejanía.

En el fondo, al aceptar el modelo de persona que conlleva la tolerancia, lo que estamos haciendo es aceptando un modelo de ser humano que olvida la propia esencia o sustancia que nos hace humanos. Nos consideramos eventualidades valorables por lo que aparentamos o hacemos. El ser desaparece de nuestro modelo cognitivo, situando la contingencia vital como definitoria de lo que somos. Somos lo que hacemos y aparentamos. Esto no es más que otro síntoma adicional de la deriva des-sustanciadora que define nuestra época. Los medios, la educación y hasta nosotros mismos nos definen y nos definimos, por cómo actuamos y aparentamos.

¿Dónde quedó el respeto? Se respeta a las personas por lo que son. El respeto es lo que nos permite danos valor por encima de las circunstancias vitales. Da igual que seas un mendigo o un exitoso profesional… mereces respeto y ese respeto proviene de ser valorado como persona. El problema de la valoración del ser humano no es nada secundario, ya que, o se toma como premisa injustificable e incómoda… o se sustenta en el valor de ser hijos de Dios. La primera opción da lugar a multitud de inconsistencias y el segundo exige ser coherente y responsable,… por lo que nuestra sociedad procura olvidar la necesidad de definir nuestro valor y dignidad.

Otro aspecto del mismo problema. El respeto se ha vuelto algo incómodo para nuestra sociedad. El respeto se enfrenta al concepto de libertad que se ha impuesto. La libertad se entiende hoy en día, como la licitud de manifestación o acción contraria a lo respetable. Si se actúa de manera respetuosa… inmediatamente se señala esta actuación como no libre. Pero aún hay más detrás de esto. Al entenderse la libertad como acción, se la desliga totalmente del ámbito del ser, ya que se entiende que la sustancia de todo lo existente es relativa, inconstante o inexistente. Se nos dice que podemos ser lo que deseemos ser en cada momento y que esto es un derecho defendible. Incluso se dice que somos libres de considerar el ser implícito en todo lo creado como nos parezca más útil. Por ejemplo, podemos decir que tres rayas y tres manchas es arte, referenciando esta consideración por el acto de compra del objeto como arte. Este simple y cotidiano acto es un ejemplo de cómo la acción se reclama como definidora del ser… lo cual es una barbaridad de proporciones considerables.

Ante la pregunta de ¿Qué somos? Nos encontramos con la respuesta de que somos según queramos actuar o aparentar… y que por ello, podemos ser lo que queramos. Esto nos lleva a que ante cualquier apariencia y acción, reclamemos tolerancia y nos contentemos siendo tolerados. Si no se tolera nuestra acción se nos quita nuestra libertad de ser lo que deseemos ser.

En este contexto, la justicia se vuelve maleable y adaptable. Lo justo se legisla por “mayorías” en los parlamentos y se hace buscando la libertad entendida como acción y apariencia. Lo justo se trueca en lo justificable por medio de la acción. Si se justifica algo, esto pasa a ser algo justo y exigible socialmente. Por eso se legisla contra la ley natural y esto se considera como deseable y procurador de progreso. Es evidente que sea así, ya que la libertad tiene que sustanciarse como acción contra lo respetable. Si no fuera así, no se considera libertad.

Ante las protestas de quienes no pensamos de esa manera, se nos señala como intolerantes… entendiendo ser intolerante como algo intolerable. La premisa relativista de “lo único absoluto es que no existen absolutos” se reencarna en la premisa de “lo único intolerable es ser intolerante”.

Que se nos llame intolerantes no es ningún insulto. Todo lo contrario. Ser intolerante significa tener claro qué actuación es lícita cuál no lo es, qué idea es verdadera y cuál no… y dejar claro que no se está conforme con otras definiciones. Ser intolerante no disminuye el respeto, valor y dignidad que tenemos todos por el hecho de ser hijos de Dios… ya que lo que no se toleran son las acciones, actitudes, ideas y apariencias.

¿Qué sucede con los ámbitos ligados a la ley natural y divina? Simplemente no existen para esta sociedad. Sacralidad, simbolismo y revelación divina son conceptos innecesarios… ya que implican consistencia en el ser y libertad de asumir y basar las actitudes vitales en ellas. Así se comprende que se griten consignas por las calles como: “sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios” sin darse cuenta del sinsentido de tales exclamaciones.

--oOo--

Señor danos fuerza y templanza,
humildad y conocimiento,
para enfrentar la tarea cotidiana de dar
testimonio de Ti.
Amén

jueves, 15 de octubre de 2009

Eremitas desafectados

Hace meses leía el estupendo libro La construcción de la Cristiandad europea, de Luis Suárez. El este libro encontré la respuesta a un interrogante que se me había presentado en multitud de ocasiones: ¿Por qué apareció la vocación contemplativa? ¿De donde salieron eremitas como San Antonio Abad allá por el siglo III?

Tanto en la vida de Jesús como en la de sus apóstoles no se hace referencia a la opción de apartarse de forma permanente de la sociedad. Si se repasan los evangelios nos daremos cuenta de que Cristo nos presenta la vida cristiana como factor activo de cambio personal y comunitario. Cristo nos demanda ser levadura o grano de mostaza que mueren para convertir harina en pan o semilla en arbol (Mt 13,31-33). Entonces, ¿Qué sentido tiene apartarse del mundo?

Luis Suárez indica con lucidez que la sociedad de los primeros siglos, así como la actual, no era precisamente una sociedad perfecta donde fuese fácil llevar una vida cristiana. Cuando Constantino (S IV) proclamó el cristianismo como religión oficial del imperio, la sociedad se cristianizó en apariencia y las sólidas comunidades cristianas tuvieron que aceptar a gran cantidad de cristianos de conveniencia en sus filas. Curiosamente la sociedad superficialmente cristiana rechazaba a quienes pretendían llevar una vida verdaderamente evangélica, ya que evidenciaban su hipocresía y falsedad. Este rechazo hizo que algunas personas pensaran en aislarse de forma personal o en pequeños grupos, para poder vivir real y profundamente su cristianismo. Nacieron los eremitas y tras la conformación de comunidades, los primeros monasterios. Pero curiosamente estos eremitas y primitivos monjes no desaparecían del mundo. No se escondían de su sociedad. Todo lo contrario, su opción vital era demostración de un ideal frente a la sociedad de su tiempo.

¿Estamos en estos días en una situación similar? Para mí esto es cada vez más evidente. La sociedad, en su mayoría, se presenta como anticristiana o en todo caso aséptica y superficialmente cristiana. Los espacios de vivencia-convivencia cristiana se reducen o desaparecen. Los ordenamientos jurídicos dificultan sentirse amparado para vivir según el mandato evangélico. Las teóricas comunidades cristianas no van más allá de verse las caras una vez a la semana en la misa. Realmente hemos adquirido un sentido comunitario muy alejado a la comunidad evangélica primitiva y eso hace mella en muchos de nosotros. Tendemos a desesperarnos y preguntarnos por el sentido de seguir adelante entre tanto desbarajuste.

Ante esta realidad, podemos optar por ser levadura o ser como el joven rico. Ser fermento que muere en para cambiar la harina en pan o quedarnos satisfechos de ser ejemplares cristianos dominicales. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja… que un rico entre en el Reino de Dios. Somos muchos los ricos pagados de nuestro propio cristianismo dentro de la Iglesia.

Soy consciente que en estos momentos que vivimos es muy sencillo sentirse abrumado por la inmensidad de la tarea a realizar y desanimarse por la apatía de la institución eclesial y del conjunto de fieles. En estos momentos de desánimo, la vida de eremita o contemplativa comunitaria se nos ofrece como una opción nada desdeñable.

Se preguntarán si pretendo irme a una profunda cueva. No. En este mundo no hace falta irse a una cueva inaccesible para hacerse eremita práctico. Se puede optar por ser un eremita interior y vivir sordo, ciego y desafectado de todo lo que ocurre fuera de nosotros y no nos gusta. Pero no debemos confundir vocación con desesperanza, ni compromiso con dejadez.

La vocación contemplativa es una llamada de Dios. No es un escondite del mundo. Más bien todo lo contrario. Es un testimonio que interpela al “mundo” demandando su atención y posicionamiento. Es un grito silencioso que nos obliga a mirar el ideal cristiano desde la cotidianidad. Si vemos la vida contemplativa práctica como un refugio donde ocultarnos y vivir felices alejados de todo… no es la llamada de Dios, es la llamada del enemigo. El enemigo nos ofrece comer de la fruta de la felicidad fácil vacía de compromiso. Es la llamada del gran disgregador, que rompe y desune: el diablo.

Dios nos de luz y fuerzas para seguir adelante.
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