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sábado, 27 de noviembre de 2010

Adviento... Una voz grita en el desierto

Una voz grita en el desierto: "Preparad un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro Dios." El profeta declara abiertamente que su vaticinio no ha de realizarse en Jerusalén, sino en el desierto; a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los hombres.

Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo.

Todo esto se decía porque Dios había de presentarse en el desierto, impracticable e inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con las que no pudieron entrar en contacto los justos de Dios y los profetas.

Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres.

Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén. Estas expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas anuncian el advenimiento de Dios a los hombres, después de haberse hablado de la voz que grita en el desierto. Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente la mención de los evangelistas.

¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión?

Y esta Sión y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación. ¿Y quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? ¿Y qué es evangelizar? Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido a la tierra.  (Eusebio de Cesarea, obispo, comentarios sobre el libro de Isaías, Cap. 40: : PG 24, 366-367)

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Debo confesar que la figura de San Juan el Bautista me resulta muy adecuada para iniciar el Adviento. Una voz clama en el desierto. ¿No es lo que nos sucede hoy en día? Parece que clamamos el Mensaje de Cristo en el desierto de una sociedad laizante. Pero San Juan Bautista clama donde parece que nadie le oye: "Preparad un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro Dios.(Is 40, 3)"

Tal como nos dice Eusebio de Cesárea, no era Jerusalén el lugar del anuncio, sino el desierto. Allí en el desierto se congregaban los pocos que querían escuchar a San Juan. Allí en el páramo seco y sin apenas vida, había almas necesitadas del don de profecía.

En los tiempos que corren tenemos que vocear el anuncio de la Buena Noticia allí donde parece imposible que nada germine. No desesperemos. Cuando venga Cristo nos dirá como a Natanael:

"Natanael le respondió: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Jesús continuó: "Porque te dije: "Te vi debajo de la higuera", crees. Verás cosas más grandes todavía". Y agregó: "Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre". (Jn 1,49-51)

Mucho hemos de ver y vivir todavía. El Adviento nos predispone a escuchar la Palabra de Dios con esperanza y con esa esperanza poder acercarnos a los demás en este desierto. Igual que Eusebio, nos preguntamos y nos respondemos:

¿Y quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? 
¿Y qué es evangelizar? 
Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido a la tierra. 

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Señor, Luz del mundo
dador de sentido a todas las criaturas
danos Sabiduría, Fe y Esperanza
para poder trasmitir tu Palabra a nuestros hermanos
Amén

domingo, 18 de julio de 2010

El mundo y el cristiano

En la sociedad de la tolerancia en que vivimos, reseñar que el cristiano y el mundo deberían estar enfrentados, suena especialmente mal. Suena mal, aunque este enfrentamiento no signifique odio alguno por parte del cristiano. Dios mismo amó y ama al mundo, en tal grado, que fue y es, capaz de manifestarse en su seno:

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Jn 3, 16)

El cristiano, a semejanza de Cristo, debe amar al mundo de manera que se compromete a si mismo (como la levadura) para transformarlo. Quien ama no puede tolerar ni vivir desafecto de sus hermanos. Quien ama se enfrenta al amado para que el objeto de su amor se convierta, se transforme.

Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.» (Mt 13, 33)

El mundo es semejante a la masa de harina que debe ser transformada en pan … que es el paradigma del Reino de Dios. El mundo no es más que la sociedad humana que vive de espaldas a Dios. El Reino es la comunidad cristiana que hace su vida en sintonía con Dios. El cristiano se gasta transformando el mundo en Reino de Dios.

Pero, evidentemente, el mundo no se deja transformar, ya que dejaría de ser lo que es para ser algo nuevo. Dejaría su antigua naturaleza para convertirse en algo diferente. Ante la conversión, el mundo se defiende y odia a quienes penetran en su seno, como levadura que le transforma.

Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió. (Jn 15-18-21)

Cuando el mundo odia a quienes siguen a Cristo y lo transforman en el Reino… aparece la discordia y la división. Aparecen los repudios, rechazos y condenas.

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. (Mt 10, 34-36)

Pero… ¿No había venido Cristo a traer la paz? Leamos lo que Eusebio de Cesarea nos indica sobre el tema. En este texto encontramos el hilo de la Tradición que soluciona de la aparente paradoja que se plantea el cristiano de hoy en día:

“Jesús es la paz y vino a reconciliar las cosas del cielo y las de la tierra”. Si esto es verdad, ¿cómo podemos comprender lo que el mismo Salvador dice en el Evangelio: “No crean que he venido a traer paz a la tierra?”. Pero qué. ¿Es que la nieve puede calentar o el fuego enfriar? ¿Es posible que la paz no procure la paz? ¿Cómo puede decir la paz en persona: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”; cuando se dice de esa paz que es Cristo: “He venido a reconciliar las cosas del cielo y las de la tierra”, y además dice el Evangelio: “Ha venido no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por su medio”?

Si alguien desea instruirse sobre el Señor, que rechace los pensamientos de su propio corazón y mantenga despierta la mirada purificada de su espíritu. El propósito de Dios, al enviar a su Hijo, era salvar a los hombres. Y la misión que él debía cumplir era establecer la paz en el cielo y en la tierra. ¿Por qué desde entonces no hay paz? Por razón de la debilidad de los que no han podido aceptar el resplandor de la luz verdadera. Cristo proclama la paz; así lo afirma el apóstol Pablo cuando dice: “Él es nuestra paz”, es decir, la paz únicamente de aquellos que tienen una actitud de fe y de recepción.

Pero ¿cómo es posible que Cristo no haya traído la paz a la tierra? Una hija cree, y su padre continúa infiel. Puesto que la misma predicación de la paz obra la división, ¿qué asociación puede haber entre creyente e incrédulo? El hijo se convierte, el padre continúa en la incredulidad. La oposición es inevitable. Donde se proclama la paz, se instala la división. Y es una división salutífera, puesto que nos salvamos por la paz. Y no se trata de una interpretación puramente personal, es exactamente lo que hemos escuchado de labios del Señor: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”. Y todavía más enérgicamente, añade: “No he venido a traer paz sino espada”. ¿Cómo? ¿No la paz sino la espada? He venido a enfrentar al hombre con su padre. Elijo al hijo y esto desagrada a su padre. Fíjate en el tono de las palabras. Porque se refiere al filo de la espada, dice: “No crean que he venido a traer paz a la tierra”... Proclamo la paz, sí, pero la tierra no la acepta. No era ese el propósito del sembrador, sino que esperaba el fruto de la tierra. (Eusebio de Cesarea, Sobre la palabra del Señor: [PG 24, 1176-1177])

La paz que nos trae Cristo no es la paz de la tolerancia y del desafecto que se vende hoy como sinónimo de amor. El amor no es indiferencia. El amor transforma, aunque duela y desgarre. No podemos quedarnos en la vacuidad de que todo es igual, todo es indiferente y que el amor es dejarnos vivir como queramos. Esto no es más que la estrategia del gran disgregador. El diablo nos canta al oído que no vale la pena padecer el odio del mundo. Nos dice que es mejor vivir en indiferente y vacía “armonía” con todo. Nos enseña que es mejor relativizar para no tener que comprometernos con nada hasta el fin.

Tras enunciar esto, rápidamente, los profetas de la tolerancia, nos dirán que nuestra actitud es troglodita y reaccionaria. Que vivimos en los tiempos de Constatino al querer tomar la espada contra quienes no piensan como nosotros. Nada de esto es cierto. Cristo no tomó la espada, no por ello dejó pasar la ocasión de transformar al mundo que se enfrentaba a El. Cristo ejerció el amor con firmeza y sin tolerancia.

Dijo a los que querían lapidar a la adultera… que el que estuviera libre de pecado tirara la primera piedra y terminó indicando a la pecadora que dejara de pecar. Echó a los mercaderes del templo, aunque eso significara arruinar a las familias que vivían de esa actividad. No toleró ni a unos y ni otros… los transformó según el Reino de Dios. Según el Reino que pedimos que venga a nosotros, cada vez que rezamos el Padre Nuestro.

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Señor, venga a nosotros tu Reino
Reino, que es lugar y tiempo donde Tu voluntad impera.
No nos dejes caer en la tentación de imponer
nuestra cómoda voluntad particular.
Líbranos de quien desea separarnos de Ti.
Amen
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