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domingo, 21 de octubre de 2012

Los argumentos de los que rechazan al Espíritu


Que se acaben pues los argumentos de los que rechazan al Espíritu. El Espíritu Santo es uno, derramado por todas partes, iluminando a todos los patriarcas, los profetas y a todo el coro de aquellos que han participado en la redacción de la Ley. Fue él quien inspiró a Juan el Bautista ya desde el seno de su madre; fue, en fin, derramado sobre los apóstoles y todos los creyentes  para que conozcan la verdad que les es dada gratuitamente.

¿Cuál es la acción del Espíritu en nosotros? Escuchemos las palabras del mismo Señor: “Tengo todavía muchas cosas por deciros, pero ahora no las podríais soportar. Os conviene que yo me vaya, porque si me voy os enviaré un defensor, el Espíritu de la verdad que os hará conocer la verdad entera” (Jn 16,7-13). En estas palabras se nos revelan tanto la voluntad del dador, como la naturaleza y el papel a desempeñar de aquel que nos va a dar. Porque nuestra flaqueza no nos permite conocer ni al Padre ni al Hijo; el misterio de la encarnación de Dios es difícil de comprender. El don del Espíritu Santo, que por su intercesión se hace nuestro aliado, nos ilumina…

Ahora bien, este don único que está en Cristo se nos ofrece a todos en plenitud. No falta en ninguna parte, pero se da a cada uno según la medida del deseo del que lo quiere recibir. Este Espíritu Santo permanece en nosotros hasta la consumación de los siglos, es nuestra consolación en la espera, nos es garantía de los bienes de la esperanza que ha de venir, es la luz de nuestros espíritus y el esplendor de nuestras almas. (San Hilario de Poitiers, La Trinidad, 2, 31-35) 
San Hilario de Poitiers nos habla del Defensor, el Paráclito, el Espíritu Santo que Cristo envió a los Apóstoles y que inundó la primera cristiandad. ¿Dónde está el Espíritu hoy en día? Para muchos parece que no existiera y que hubiera desaparecido de la tierra, pero no es así. 
Cristo nos indica se comunicará nos nosotros a través del Espíritu Santo y que esa comunicación será, además, la que nos permita conocer la Verdad y la Voluntad de Dios. Pero ¿Cómo es que no lo tenemos todos los cristianos? San Hilario nos dice que el Espíritu actúa en nosotros en la medida que nosotros le permitimos actuar. Por ejemplo, nos gustaría ser buenos evangelizadores pero nos aterra que nos señalen con un dedo y nos menosprecien. Esto nos hace dar un paso atrás y cerramos las puertas al Espíritu. Entonces aparece un efecto en nuestro corazón: perdemos la Esperanza y nos sentimos incapaces. 

A veces pienso que la desesperanza en la medida de lo cerrado que tenemos el corazón al Espíritu. A le memoria me viene la carta a la Iglesia de Laodicea: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20) 

Dice San Hilario “El don del Espíritu Santo, que por su intercesión se hace nuestro aliado, nos ilumina” Que gran verdad, ya que de otra manera vivimos en la oscuridad causada por nuestro egoísmo y ceguera. Nuestra sociedad es una sociedad cerrada al Espíritu y por lo tanto desesperanzada. Una sociedad que mata a sus propios hijos y los hijos que sobreviven, ya mayores, salen a las calles gritando que quieren quemar a los curas, no es una sociedad feliz. 

Tal vez suene repetitivo, pero una sociedad tan llena de sufrimientos es una sociedad necesitada de Cristo. Nosotros tenemos la misión de acercar a Cristo a tantos sufrientes. Que el Espíritu no ilumine para llevar a cabo esta misión. “Que se acaben pues los argumentos de los que rechazan al Espíritu.

domingo, 29 de abril de 2012

El Espíritu en la vida del Cristiano y de la Iglesia


El Espíritu en la vida del cristiano. La unción de los bautizados está en continuidad con el bautismo del Señor. Por este sacramento asimilamos en nosotros mismos al Espíritu que, siendo imagen del Hijo, nos hace también a nosotros semejantes al Verbo de Dios. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana, que es "vida en el Espíritu" hacia la resurrección final, una vez que ha asimilado al que es el Espíritu de vida, a condición de que lo conserve hasta el fin de su paso por este mundo, cuando se tornará inmortal al recibirlo plenamente. Este es el hombre perfecto, es decir, el espiritual, porque toda su historia discurre bajo el signo del Espíritu que porta en su propio espíritu.

«Quienes temen a Dios y creen en la venida de su Hijo, y por la fe mantienen en sus corazones al Espíritu de Dios, se llaman con razón hombres puros y espirituales que viven en Dios» porque el Espíritu de Dios limpia con su presencia el corazón de aquellos en quienes habita, y, unido a ellos, los eleva al nivel de la vida divina. El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios.  Y como solamente los de corazón puro verán a Dios, por ello la vida del Espíritu en el hombre es condición para que éste pueda poseer el Reino.

El Espíritu en la vida de la Iglesia. El Espíritu dio vida a la Iglesia en su nacimiento, y por él ésta continúa viviendo; él la conduce y alienta, y sin él ella ni existiría ni podría realizar misión alguna. Si el Espíritu ha ungido a Jesús en el bautismo para que lleve a cabo la misión mesiánica, también ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia. Una vez descendido sobre los discípulos, los envió a los gentiles para purificarlos de sus idolatrías e iluminarlos con la luz de la fe por el bautismo. Elige a los ministros y les concede los carismas necesarios para su ministerio. Establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales. La conserva como un vaso siempre joven que contiene el perfume fresco del mismo Espíritu; por eso llega casi a identificarlos: «Donde está la Iglesia ahí está el Espíritu, y donde está el Espíritu de Dios ahí está la Iglesia y toda la gracia, ya que el Espíritu es la verdad». Por ello quienes se apartan de la Iglesia para formar sus conciliábulos renuncian a la verdad y la salvación por el Espíritu de Cristo.

El Espíritu inspiró los Evangelios, porque, siendo el que preanunció a Jesús por los profetas, ahora lo anuncia por los evangelistas; el que descendió sobre los Apóstoles y los envió a todas las naciones, les comunicó su poder para actuar por medio suyo, convocó a los gentiles a la fe, les mostró el camino de la vida para la existencia en Cristo, y todavía purifica y eleva a las creaturas por el bautismo. Sigue llamando a cada uno de los cristianos a la vocación de la fe, para que pasen continuamente del campo árido de la gentilidad al terreno de Cristo, donde éste les da a beber de su Espíritu (San Ireneo de Lyon, Síntesis teológica, 6)

Se suele decir que el Espíritu Santo es el gran desconocido, yo no lo tengo tan claro. Más que desconocido, tal vez sea el gran ignorado. Las obras del Espíritu son patentes. La Iglesia recibe la Vida del Espíritu y a través de él, se desarrollan carismas y ministerios. Viendo su obra, no podemos decir que no lo conocemos, sino que ignoramos que todo esto parta del Espíritu.

Quienes se apartan de la Iglesia son evidencia de la ausencia del Espíritu. El Espíritu hace reverdecer la Iglesia y en los círculos cerrados no aparece la renovación. Las iglesias personales mueren junto con quienes las han creado. La Iglesia universal revive de manera continua: ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia.

El Espíritu sigue llamando a los cristianos y les sigue dando dones para que colaboren en la construcción del Reino. Otra cosa es que no utilicemos esos dones, los depreciemos o los ocultemos por miedo a perderlos. [El Espíritu] establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales.

Podríamos preguntarnos a nosotros mismos si nos sentimos vacíos de Espíritu. ¿Vivimos apáticos nuestra Fe dentro o fuera de la comunidad? ¿Qué nos sucede? ¿Nos da miedo recibir el Espíritu? El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios. Si sentimos que nuestra vida no tiene un sentido y no sentimos la necesidad de dar testimonio de Cristo, es que algo falla. La semilla que se plantó en nuestro bautismo no ha terminado de germinar. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana. Tal vez nos pase como a quienes oían hablar a Cristo y se volvían abatidos porque su mensaje era duro. Mientras, sus discípulos oían palabras de vida eterna. No es lo mismo acercarnos a Cristo con el corazón sellado que con el corazón abierto.

¿Cómo tenemos nuestro corazón? Que el Señor nos ayude a abrir el corazón a Su Espíritu.

lunes, 12 de diciembre de 2011

No sabes de dónde viene ni a dónde va

«Dios todopoderoso, según el apóstol Pablo, tu Espíritu “escruta y conoce las profundidades de tu ser” (1C 2, 10-11), e intercede por mi, te habla en mi lugar con “gemidos inenarrables” (Rm 8,26)… Fuera de Ti nadie escruta Tu misterio; nada que sea extraño a Ti no es suficientemente poderoso para medir la profundidad de tu majestad infinita. Todo lo que penetra en Ti procede de Ti; nada de lo que es exterior a Ti tiene el poder de sondearte…

Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción. Porque en las realidades espirituales que son dominio tuyo, mi espíritu es limitado, tal como lo dice Tu Hijo único: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”.

Creo en mi nuevo nacimiento sin comprenderlo, y en mi fe guardo lo que escapa a mi comprensión. Sé que tengo el poder de renacer, pero no sé cómo esto se realiza. El Espíritu no tiene ningún límite; habla cuando quiere, y dice lo que él quiere y donde quiere. La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia». (San Hilario de Poitiers. La Trinidad, 12,55s; PL 10, 472)

Cuando nos sentimos abatidos y desorientados nos damos cuenta de lo poco que podemos hacer por nosotros mismos. Sin el Espíritu nada podemos. El Espíritu nos llena y nos lleva donde El quiere y no sabemos las razones de ellos. De igual forma, si el Espíritu se retira de nosotros, nos desinflamos, sentimos el pesimismo entrar en nuestras venas. ¿Qué podemos hacer cuando somos conscientes de nuestra pobreza de ser y nuestra incapacidad? Menudas herramientas se busca Dios para transformar el mundo en el Reino. Ante la evidencia de nuestra debilidad, sólo podemos orar.

Quizás el Espíritu espera que nosotros volvamos a abrir la puerta que nos separa de Dios. Quizás hemos olvidado la necesidad de mantener nuestro contacto con Dios. Orar nos ayuda a sintonizar la “emisora” por la que Dios nos transmite su Gracia. Pero, que difícil es orar en una sociedad que nos satura de deberes y responsabilidades superfluas. Complicado, pero no imposible.

San Hilario nos da una pista estupenda para entender que nos sucede “La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia”. La presencia del Espíritu es lo que nos muestra el pomo de la puerta que hemos de abrir. El pomo es la Esperanza. Sin la Esperanza nada podemos y la Esperanza nace de la presencia de Dios mismo. ¿Dónde mejor podemos sentir la presencia de Dios que en los sacramentos? Pero también tenemos la Palabra de Dios en los Evangelios y la oración personal.

Nos recuerda San Hilario: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Así hemos de ser nosotros mismos cuando nazcamos de nuevo.

Sólo podremos decir, como San Hilario dice en forma de oración:”Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción. Dejemos que la Gracia de Dios actúe en nosotros y nos de fuerzas para llevar a cabo la Voluntad de Dios.

martes, 7 de junio de 2011

Veni Creator Spiritus

Estamos cerca de Pentecostés y esto nos ofrece una estupenda ocasión para recordar qué es el Espíritu Santo y cómo opera en nosotros.

Es Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Cristo prometió a los Apóstoles que no los dejaría solos y que enviaría un defensor. Pasaron los días desde la ascensión y en Pentecostés les envió el Espíritu Santo. Todo cambio para ellos. ¿Cómo podemos entender esto? Repasemos algunos pasajes de los Padres de la Iglesia:

Nos dice San Agustín en el comentario al salmo 118:”Este es aquel Espíritu en el que clamamos: "iAbba, Padre!", y, por lo mismo, El nos hace pedir a quien deseamos recibir, El nos hace buscar al que deseamos encontrar, El nos hace llamar al que nos proponemos llegar

En el sermón 268, también nos dice San Agustín: “Quien tiene el Espíritu Santo está dentro de la Iglesia que habla las lenguas de todos. Cualquiera que se halle fuera de ella, carece del Espíritu Santo

Nos dice San Cirilo de Jerusalén en su catequesis XV: Pero el Espíritu Santo no es algo que se exhala hablando con la lengua, sino alguien vivo, que nos concede hablar con sabiduría, siendo Él mismo el que se expresa y habla.
[…]
Las palabras que os he dicho son espíritu» (Jn 6, 63), de modo que no pienses que éste (el Espíritu) es sólo algo que nosotros decimos, sino doctrina sólida.

El Espíritu Santo es una realidad, pero a veces nos olvidamos de El ¿Cómo se manifiesta en nosotros? Conocemos al Espíritu Santo por medio de los dones, frutos y carismas que nos ofrece. Repasemos brevemente los dones:

  • Temor de Dios, que no es miedo. Es asombro, respeto y adoración. Sin temor de Dios estamos a merced de creernos con capacidad de caminar por nosotros mismos. Sin la gracia de Dios nada podemos hacer. 
  • Fortaleza, que no es fuerza física. Es la fuerza de Dios que se manifiesta por medio nuestra. Sin fortaleza no somos más que títeres sin sentido. 
  • Piedad, que no es quedarse rezando todo el día. Es la capacidad de reconocernos como adoradores activos de Dios. Ser capaces de orar a Dios más allá de nuestras necesidades personales. Es la necesidad entender la vida como una realidad sagrada que se hace oración en cada acción o inacción.
  • Consejo, que no es ir dando opiniones y pareceres personales. El consejo es la transmisión directa de la gracia de Dios a quienes necesitan ayuda en su camino. Comunicar a Dios es un Don y una inmensa responsabilidad. 
  • Entendimiento, que no es saber lo que nos dicen otras personas. Es la capacidad de introducirnos en la Verdad y recibir de Ella comprensión de la revelación de Dios. Sin entendimiento andaríamos ciegos por este mundo.
  • Ciencia, que no es física, química o matemáticas. Es mucho más que simple entendimiento; es capacidad de relacionar la Verdad con la vida. Ser capaces de discernir el Orden de Dios y reconocer este orden en las causas segundas.
  • Sabiduría, que no es saberse mil aforismos y frases bonitas. Es la cumbre de los Dones del Espíritu. Capacidad de vivir en equilibrio con los Dones antes descritos. Sabemos que la sabiduría es verdadera cuando lleva implícita el Amor que es Dios.


¿Se ha preguntado por qué no abundan en nuestros días estos dones? Yo tengo la impresión que no los solicitamos realmente. Recibirlos conlleva tal responsabilidad que nos asusta pedirlos de verdad.

Orígenes os dice en su obra “Los Principios”, "…la acción del Espíritu Santo está limitada a los que se van orientando hacia las cosas mejores y andan en los caminos de Cristo Jesús, a saber, los que se ocupan de las buenas obras y permanecen en Dios" (Orígenes – De Principis, 1305).

¿Cómo orientamos nuestra vida? ¿Recogemos la acción del Espíritu Santo en ella? No se usted, estimado lector, pero yo tengo claro porque la acción del Espíritu no llega a mi vida con facilidad. Todo se resume en una palabra: necesidad de conversión.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Veni Creator Spiritus


Sin embargo, parece apropiado preguntarse por qué cuando un hombre viene a renacer para la salvación que viene de Dios hay necesidad de invocar al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, de suerte que no quedaría asegurada su salvación sin la cooperación de toda la Trinidad; y por qué es imposible participar del Padre o del Hijo sin el Espíritu Santo. Para contestar esto será necesario, sin duda, definir las particulares operaciones del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. En mi opinión, las operaciones del Padre y del Hijo se extienden no sólo a los santos, sino también a los pecadores, y no sólo a los hombres racionales, sino también a los animales y a las cosas inanimadas; es decir, a todo lo que tiene existencia. Pero la operación del Espíritu Santo de ninguna manera alcanza a las cosas inanimadas, ni a los animales que no tienen habla; ni siquiera puede discernirse en los que, aunque dotados de razón, se entregan a la maldad y no están orientados hacia las cosas mejores. En suma, la acción del Espíritu Santo está limitada a los que se van orientando hacia las cosas mejores y andan en los caminos de Cristo Jesús, a saber, los que se ocupan de las buenas obras y permanecen en Dios. (Orígenes – De Principis, 1305)

Hace unos días reflexionaba sobre el adviento y me convencía de que en este tiempo deberíamos rogar a Dios para que derrame su gracia sobre nosotros. Esperamos la Navidad y esta espera supone más que una conmemoración histórica, costumbrista o incluso tradicional. La Navidad es la esperanza de que Cristo nazca de nuevo y que lo haga dentro de nosotros y de todos los seres humanos. Pero... ¿Cómo nace en nosotros Cristo?

Para responderme esta pregunta recordaba los siete dones del Espíritu Santo y lo necesitados que estamos de ellos [1]:

Temor de Dios, que no es miedo. Es asombro, respeto y adoración. Sin temor de Dios estamos a merced de creernos con capacidad de caminar por nosotros mismos. Pero sin la gracia de Dios nada podemos hacer. Roguemos para que junto con Cristo, nazca en nosotros este temor tan olvidado en el soberbio mundo en que vivimos.

Fortaleza, que no es fuerza física. Es la fuerza de Dios que se manifiesta por medio nuestra. Sin fortaleza no somos más que títeres guiados por las imposiciones sociales.

Piedad. Es la capacidad de reconocernos como adoradores activos de Dios. Ser capaces de orar a Dios más allá de nuestras necesidades personales. Es la necesidad entender la vida como hecho sagrado que se hace oración en cada acción o inacción.

Consejo. El consejo no es una simple opinión o idea particular; es la transmisión directa de la gracia de Dios a quienes necesitan ayuda en su camino. Comunicar a Dios es un Don y una inmensa responsabilidad.

Entendimiento. Capacidad de introducirnos en la Verdad y recibir de Ella comprensión de la revelación de Dios. Sin entendimiento andaríamos ciegos por este mundo.

Ciencia. En este caso el Don es más que simple entendimiento; es capacidad de relacionar la Verdad, ser capaces de discernir el Orden de Dios y reconocer las causas segundas. Mediante la ciencia seremos capaces de ver a Dios por medio de todo lo creado.

Sabiduría. Es la cumbre de los Dones del Espíritu. Capacidad de vivir en equilibrio con los Dones antes descritos. Sabemos que la sabiduría es verdadera cuando lleve implícita el amor. El Don de Sabiduría conduce al alma a llenarse y rodearse de Dios. El conocimiento simbólico se convierte en conocimiento real que conlleva la adoración a Dios. Entonces el símbolo se funde con la Verdad y se revela como Dios con nosotros: Emmanuel.

Lo que es evidente, tal como indica Orígenes, "la acción del Espíritu Santo está limitada a los que se van orientando hacia las cosas mejores y andan en los caminos de Cristo Jesús, a saber, los que se ocupan de las buenas obras y permanecen en Dios". Que el Espíritu de Dios haga renacer la gracia de nuestro bautismo, en este adviento que se nos ofrece.



Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fíeles
y llena de la divina gracia los corazones,
que Tú mismo creaste.

Tú eres nuestro Consolador,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.

Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne,

Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé Tú mismo nuestro guía,
y puestos bajo tu dirección,
evitaremos todo lo nocivo.

Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti, Espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.,

Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos infinitos.

Amén.

[1] Para profundizar en lo que significan los dones de Espíritu recomiendo este texto: PULSA
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