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sábado, 6 de mayo de 2023

Clemente de Alejandría. ¿Qué es el Misterio Cristiano?


¿Qué es el Misterio Cristiano? Sin duda no es algo que haya sido ocultado por el ser humano. Tampoco es un conocimiento que unos pocos conozcan. ¿Por qué tan pocas personas han recibido catequesis sobre ello?

El Señor no reveló a muchos lo que no estaba al alcance de muchos, sino a unos pocos, a los que sabía que estaban preparados para ello, a los que sabía que podían recibir la palabra y configurarse con ella. Los Misterios, como el mismo Dios, se confían a la palabra (viva), no a la letra. Y si alguno objeta que está escrito que «nada hay oculto que no haya de manifestarse, ni escondido que no haya de revelarse» (Mt 10, 20), le diremos que la misma palabra divina anuncia que el secreto será revelado al que lo escucha en secreto, y que lo oculto será hecho manifiesto al que es capaz de recibir la tradición transmitida de una manera oculta, como la verdad. De esta suerte, lo que es oculto para la gran masa, será manifiesto para unos pocos. ¿Por qué no todos conocen la verdad? ¿Por qué no es amada la justicia, si ella está en todo el mundo? Es que los Misterios se comunican de manera misteriosa, para que estén en los labios del que habla y de aquel a quien se habla; o, mejor dicho, no en el sonido de la voz, sino en la inteligencia de la misma. Dios concedió, en efecto, a la Iglesia, «que unos fueran apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros, para perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4, 14) 21. (Clemente de Alejandría. Stromata. I, 1, 13, 2)

El Misterio Cristiano es la misma Gracia de Dios que nos transforma para ser bienaventurados. Nos transforma según el designio de Dios. Cada cual con su carisma y talentos. Todos, unidos y reunidos en Nombre del Señor, conformamos un maravilloso mosaico. Pero no nos podemos quedar como elementos pasivos e indiferentes. Dios llama a nuestra puerta y espera a que le abramos. ¿Por qué ignoramos que espera a que nosotros le invitemos a entrar?

Tenemos que rogar a Dios que haga posible para que abramos la Puerta cuando Él llama. Sólo Él tiene Palabras de Vida Eterna. Él es el Logos de Dios. No le dejemos esperando fuera.

sábado, 16 de enero de 2016

El lenguaje místico cristiano

‎«Cuando todavía estudiaba la espiritualidad con mi predecesor en el Instituto Oriental de Roma, el P. Ireneo Hausherr, una vez le pregunté ¿Cómo hay que usar la palabra mística? Y él dignamente me contestó: De cualquier manera. Solo que tiene que precisar al principio: ¡Abandonen toda esperanza, los que me estáis leyendo!-» (Card. Tomás Spidlik)

A principios del siglo XX, M. Baldini, en su obra " El lenguaje de los místicos" constató 26 definiciones diferentes de la palabra, lo que indica que no es sencillo hablar de lo mismo cuando utilizamos la palabra mística. Lo importante no es que la palabra mística sea polisémica, sino que seamos capaces de indicar qué es lo que queremos comunicar al utilizarla. De otra forma nos hacemos entender y podamos sacar algo en claro.

En este texto, la mística indica el don que Dios nos da para acceder al Misterio. Misterio que no es nada que pueda ser guardado por los seres humanos, sino la comprensión de la Voluntad de Dios que está detrás de todo lo creado.

Al hablar de mística, quizás la primera pregunta que nos podemos hacer es si existe un lenguaje místico cristiano. La respuesta: sí existe. Lo han utilizado todos los místicos de la Iglesia. Pero, ¿Cómo es este lenguaje? Pseudo-Dionisio Areopagita, uno de los fundamentos de la mística cristiana,  dice lo siguiente:

"Considero que es necesario insistir más en explicar el modo perfectísimo de la unidad y distinción en Dios, para que todo nuestro tratado resulte claro y fácil de entender, evitando lo oscuro e incierto, y, en la medida de lo posible, definiendo lo propio de aquí con distinción, propiedad y orden." (Pseudo-Dionisio Areopagita. Los nombres de Dios).

Pseudo Dionisio nos indica que es necesario utilizar distinción, propiedad y orden. ¿Debe ser oscuro e incierto el lenguaje místico? Decididamente no lo contempla así Pseudo Dionisio. ¿Por qué tendría que ser un lenguaje oscuro? Si lo que se desea comunicar es oscuro y profundo, por su propia naturaleza, no debemos aumentar más oscuridad por medio del lenguaje. Sobre todo es necesario utilizar una semántica clara y no cambiar el significado de las palabras. Hoy en día es muy complicado hacer esto, ya que el relativismo y la postmodernidad nos permiten llamar "árbol" a un gato, sin que nadie se atreva a indicar que es evidentemente una locura. El problema del lenguaje viene de lejos. Desde el romanticismo es frecuente calificar de "escrito místico" lo que se realmente es un galimatias emotivo-sentimental. Lo mismo sucede con la palabra corazón, que a menudo se le despoja de su sentido de centralidad para reducirlo a una metáfora de la dimensión emotivo-empática de nuestro ser.

Los escritos místicos son obras de arte admirables por lo que comunican, no por su incapacidad de transmitir y su oscuridad. Su belleza radica en el esplendor simbólico que emana de ellos y de las proporciones que utilizan. Proporciones que se sostienen en la semántica, el simbolismo y en el pensamiento analógico subyacente.

Los escritos pseudo místicos emotivistas, suelen contener transliteraciones semánticas que evidencian un estado de conmoción o confusión mental. Este estado de confusión mental es frecuentemente confundido en el éxtasis místico. El éxtasis místico y la confusión romántica pueden tener apariencias comunes, pero distan de ser lo mismo. 

El místico utiliza un lenguaje simbólico definido y aglutinante, mientras que los escritos emotivos suelen tener sentidos disgregantes o sesgadores de la experiencia. El símbolo aglutina sentido para mostrar el Misterio subyacente. El Misterio que no puede ser comunicado con palabras directas, por lo que se define y expone por medio de analogías. El razonamiento místico es analógico, está perfectamente definido y es concreto en su desarrollo. Mientras, el lenguaje emotivo translitera los significados, confunde lo diferente y  razona de manera lateral y/o parcial. 

El lenguaje místico cristiano toma como base la forma en que el mismo Cristo nos explica lo inexplicable: la parábola, pero no se queda ahí. Utiliza símbolos y analogías que parten de los escritos proféticos y apocalípticos del Antiguo y Nuevo testamento. Si leemos el Apocalípsis de San Juan, nos daremos cuenta de que, para comprenderlo, es necesario entender y relacionar cada uno de los símbolos utilizados. Esto mismo se puede llevar, por ejemplo, al Evangelio de San Juan, en donde muchos de los Episodios narrados están impregnados de una atmósfera que nos puede parecer onírica o sobrenatural. Un ejemplo típico es el encuentro entre Jesús y la Samaritana, en el pozo de Jacob. San Juan supo transmitir lo que ocurrió dotando a la descripción de mucha más información que la propiamente descriptiva. Estos son algunos ejemplos del lenguaje místico cristiano, entre muchos otros.

Uno de los problemas actuales del cristianismo es la incapacidad de transmitir una parte esencial del Evangelio por medio de este lenguaje místico y simbólico. Tenemos delante a una generación que está educada en el empirismo y que al mismo tiempo, vive dentro de una sociedad llena de simulacros y engaños sociales. El empirismo desnuda el relato místico de todo lo que no sea propiamente descriptivo. Esto produce un entendimiento parcial e inconexo de lo comunicado. Por otra parte, si se fuerza al lector u oyente, a mirar más allá de lo descriptivo, aparecen los prejuicios y desconfianzas de quien se sabe engañado continuamente y juega a aparentar para defenderse.

En resumidas cuentas, en la actualidad el lenguaje místico nos parece una lengua críptica y aparentemente destinada a personas entendidas, a "iniciados". Al ser humano del siglo XXI le sobran místicas y relatos evocadores en los que perderse. Tiene cientos o miles de ellas promocionándose en todos los medios de comunicación. La mística cristiana le parece uno más de muchos submundos imaginarios que le intentan vender constantemente. ¿Qué puede hacer que apueste por este "submundo" y no por por el de Star Wars o por el de "los Juegos de Hambre", tan de moda ambos? La única respuesta es la misma que Cristo nos legó en los evangelios:

Y acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas en parábolas? Y respondiendo El, les dijo: Porque a vosotros se os ha concedido conocer los Misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. (Mt 13, 10-11)

¿Qué es lo que nos permite dar el paso y abrir el entendimiento a la mística cristiana?  ¿Cómo entender esa elección de la que nos habla Cristo? Es Espíritu Santo sabe soplar y hacerlo de forma justa y caritativa. Él es Quien abre los oídos, los ojos y el corazón para ver a Dios. ¿Qué hace nos cerremos a este entendimiento? El desconocimiento y los simulacros con los que el mundo nos satura. Como indica el Card. Spidlik en la anécdota que abre este texto, abandonemos toda esperanza en nuestras fuerzas y esfuerzos y confiemos únicamente en el don de Dios. Roguemos para ser capaces de recibirlo y perseverar en Él.



domingo, 5 de julio de 2015

Líderes Prêt-à-porter para el siglo XXI. Simeón nuevo teólogo



Igual que ver a una persona sufrir es triste, ver como la Iglesia sufre es triste. Pero cuidado, estar triste no quiere decir que se haya perdido la esperanza y se viva con la alegría que da el evangelio. Señalar lo problemas y sentir el gran daño que el diablo está haciendo es tan necesario como no dejarse llevar por la resignación y la desesperanza. La Iglesia actual sufre por una fuerte falta de unidad interna, vivimos una época de separación, distancia, sospechas mutuas, simplezas y complicaciones extremas, apariencias sin fondo y misterios que ya no sabemos comunicar. 
Ante todo esto, cabría preguntarse por qué hacer y qué postura tomar. ¿Qué sería de nosotros si hubiéramos vivido en el tiempo de los Apóstoles? ¿Habríamos vivido una época con menos problemas y desastres? ¿Nos hacen falta líderes que nos lleven de la mano? ¿Qué líder hace falta para un rebaño que los repudia? 

Son muchos los que no cesan de decir: «Si hubiéramos vivido en tiempo de los Apóstoles, y si hubiéramos sido juzgados dignos de ver a Cristo como ellos, también como ellos seríamos santos». Con eso ignoran que entonces como ahora que es Él el mismo que habla, tanto ahora como entonces, en todo el universo... La situación actual no es seguramente la misma que la de entonces, pero es la situación de hoy, de ahora, que es mucho más dichosa. Con más facilidad nos conduce a una fe y una convicción más profundas que el hecho de haberlo visto y escuchado entonces corporalmente… (Seguir leyendo)

domingo, 8 de febrero de 2015

La Iglesia es un hospital, pero ¿Sólo eso? San Agustín



La Iglesia es muchas cosas y tiene multitud de funciones. No podemos pensar en que el cuerpo de una persona sólo sirva para una cosa, pues el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, con más razón es más que un hospital donde se sanan los heridos por el pecado.

Que sea más que un hospital, no quiere decir que no sea un hospital. El enemigo frecuentemente nos tienta haciéndonos creer que algo es “lo mejor” y después, nos señala que nos quedemos ahí, olvidando todo lo bueno. Pensemos en la Transfiguración del Señor cuando Pedro dijo “Que bien estamos aquí, hagamos tres chozas…” La experiencia mística terminó en ese instante. Terminó en el momento que la propia Gloria de Dios de Dios se convierte en una tentación para olvidarnos de todo lo demás.


La Iglesia da culto a Dios y acerca su Gracia a las personas, ayuda a los necesitados, enseña a nuestros hijos y a nosotros, aconseja en aspectos muy diversos de nuestra vida, etc. Sin olvidar todo lo bueno que hace la Iglesia, miremos lo bueno que hace como hospital donde sanar las heridas del pecado (Seguir leyendo)

lunes, 12 de diciembre de 2011

No sabes de dónde viene ni a dónde va

«Dios todopoderoso, según el apóstol Pablo, tu Espíritu “escruta y conoce las profundidades de tu ser” (1C 2, 10-11), e intercede por mi, te habla en mi lugar con “gemidos inenarrables” (Rm 8,26)… Fuera de Ti nadie escruta Tu misterio; nada que sea extraño a Ti no es suficientemente poderoso para medir la profundidad de tu majestad infinita. Todo lo que penetra en Ti procede de Ti; nada de lo que es exterior a Ti tiene el poder de sondearte…

Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción. Porque en las realidades espirituales que son dominio tuyo, mi espíritu es limitado, tal como lo dice Tu Hijo único: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”.

Creo en mi nuevo nacimiento sin comprenderlo, y en mi fe guardo lo que escapa a mi comprensión. Sé que tengo el poder de renacer, pero no sé cómo esto se realiza. El Espíritu no tiene ningún límite; habla cuando quiere, y dice lo que él quiere y donde quiere. La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia». (San Hilario de Poitiers. La Trinidad, 12,55s; PL 10, 472)

Cuando nos sentimos abatidos y desorientados nos damos cuenta de lo poco que podemos hacer por nosotros mismos. Sin el Espíritu nada podemos. El Espíritu nos llena y nos lleva donde El quiere y no sabemos las razones de ellos. De igual forma, si el Espíritu se retira de nosotros, nos desinflamos, sentimos el pesimismo entrar en nuestras venas. ¿Qué podemos hacer cuando somos conscientes de nuestra pobreza de ser y nuestra incapacidad? Menudas herramientas se busca Dios para transformar el mundo en el Reino. Ante la evidencia de nuestra debilidad, sólo podemos orar.

Quizás el Espíritu espera que nosotros volvamos a abrir la puerta que nos separa de Dios. Quizás hemos olvidado la necesidad de mantener nuestro contacto con Dios. Orar nos ayuda a sintonizar la “emisora” por la que Dios nos transmite su Gracia. Pero, que difícil es orar en una sociedad que nos satura de deberes y responsabilidades superfluas. Complicado, pero no imposible.

San Hilario nos da una pista estupenda para entender que nos sucede “La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia”. La presencia del Espíritu es lo que nos muestra el pomo de la puerta que hemos de abrir. El pomo es la Esperanza. Sin la Esperanza nada podemos y la Esperanza nace de la presencia de Dios mismo. ¿Dónde mejor podemos sentir la presencia de Dios que en los sacramentos? Pero también tenemos la Palabra de Dios en los Evangelios y la oración personal.

Nos recuerda San Hilario: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Así hemos de ser nosotros mismos cuando nazcamos de nuevo.

Sólo podremos decir, como San Hilario dice en forma de oración:”Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción”. Dejemos que la Gracia de Dios actúe en nosotros y nos de fuerzas para llevar a cabo la Voluntad de Dios.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Cuando veais que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios

«En él vivimos, tenemos el movimiento y el ser» (Hch 17,28). Dichoso el que vive por él, que está movido por él y en él tiene la vida. Me preguntaréis, puesto que los rasgos de su venida no se pueden descubrir ¿cómo puedo saber que está presente? Él es vivo y eficaz (Hb 4,12); a penas ha entrado en mí que ha desvelado mi alma dormida. Ha vivificado, enternecido y excitado mi corazón que estaba amodorrado y duro como una piedra (Ez 36,26). Comenzó a arrancar y escardar, a construir y plantar, a regar mi sequedad, a alumbrar mis tinieblas, a abrir lo que estaba cerrado, a inflamar mi frialdad, y también a «enderezar los senderos tortuosos y allanar los lugares ásperos» de mi alma (Is 40,4), de manera que pudiera «bendecir al Señor y todo lo que está en mi bendiga su santo nombre» (Sl 102,1).

El Verbo Esposo vino a mí más de una vez, pero sin dar señales de su irrupción... Es por el movimiento de mi corazón que he percibido que estaba allí. He reconocido su fuerza y su poder porque mis malos hábitos y mis pasiones se apaciguaban. El poner en discusión o acusación mis sentimientos oscuros me ha llevado a admirar la profundidad de su sabiduría. He experimentado su dulzura y su bondad en el suave progreso de mi vida. Viendo «renovarse el hombre interior» (2C 4,16), mi espíritu en lo más profundo de mí mismo, ha descubierto un poco su belleza. Captando con una simple mirado todo este conjunto, he temblado ante la inmensidad de su grandeza. (San Bernardo, Sermón sobre el Cantar de los cantares, nº 74)

Entramos en el Adviento, tiempo litúrgico que nos debería preparar para el nacimiento de Cristo en la Navidad. La Navidad nos parece algo externo que nos conmueve una vez al año. ¿Es esto lógico? la Navidad debería de nacer en nosotros y después nosotros llevarla hacia el exterior.

San Bernardo nos responde a cómo podemos saber su Cristo ha nacido en nosotros. Cristo nos aviva el alma, a vivificado nuestro ser que estaba duro y amodorrado, rascó, escardó e iluminó nuestra alma. Todo ello produce que bendigamos el Nombre de Dios.

El Verbo llega en silencio, pero nuestro ser se conmueve cuando la Gracia de Dios llega a nosotros. Nuestros malos hábitos y pasiones se atenúan y parecen alejarse de nosotros. La Sabiduría deja de ser algo que tienen otros y ahora brota de nuestro interior. La dulzura y la bondad son parte de nosotros.

Nuestro espíritu ha conocido un poco de la Belleza de Cristo y temblamos ante la inmensidad y grandeza que se abre delante de nosotros.

¿Estamos entre los benditos que han vivido esto en nuestro interior?

Pues, estimado lector, tenemos una buena tarea por delante. Tarea que no es personal, sino comunitaria y en comunión. Comunitaria, porque Cristo se descubre en nuestros hermanos y en comunión con Dios. La Gracia de Dios no se conquista con esfuerzo personal, pero necesitamos de la voluntad real de recibirla. ¿Realmente queremos hacerlo?

El Adviento es un tiempo propicio para buscar la valentía necesaria para aceptar la Gracia y dejar que Cristo nos transforme. Es el tiempo de preparación para la Navidad. Navidad que debe ser interior. Cristo debe nacer en nosotros.

Créame, si nos planteamos con seriedad recibir la Gracia transformadora de Dios, nos daremos cuenta de la inmensa responsabilidad que conlleva. Al darnos cuenta de lo que pedimos, no es extraño que demos un paso atrás, temiendo ser transformados. ¿Cómo atrevernos a dar el paso?

Tenemos una pista insustituible. Miremos a la Virgen, ella actuó con plena libertad, dejando su voluntad en manos de Dios.

He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38)

Cuando sintamos que suceden estas cosas en nuestro interior, es que está cerca el Reino de Dios.

martes, 27 de septiembre de 2011

Desmundanizar la Iglesia


Merece la pena leerse, releerse. El discurso de Benedicto XVI en Friburgo es una hoja de ruta para reconocer, entender y penetrar en el Misterio de la Iglesia. Lo comparto de forma literal:

Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, Ilustres señoras y señores,

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen gentium, 35). En sus ambientes de trabajo, en el momento actual, no siempre es fácil defender con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia.

Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad, cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario mediante una restructuración o la pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: "Vosotros soy testigos" (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, "trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima" (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.

La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha alcanzado a los hombres de modo particular. El Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; y ciertamente no sólo para confirmar el mundo en su mundanidad, y ser un acompañante suyo que lo deja totalmente intacto tal como es.

Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye (como dicen los Padres de la Iglesia) un commercium, un intercambio entre Dios y los hombres, en el que ambos, aunque en un modo completamente distinto, dan y adquieren algo, entregan y reciben gratuitamente. La fe cristiana sabe que Dios ha puesto al hombre en una libertad, en la que él puede ser verdaderamente un partner y entrar en un intercambio con Dios. Al mismo tiempo, el hombre es consciente de que ese intercambio es posible sólo gracias a la generosidad de Dios que toma la pobreza del mendigo como una riqueza, para hacer soportable el don divino, pues el hombre no puede corresponder con nada equivalente.

También la Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada de autónomo ante Aquel que la ha fundada. Encuentra su sentido exclusivamente en el compromiso de ser instrumento de redención, de impregnar el mundo con la palabra de Dios y de trasformarlo al introducirlo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Ella misma está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.

Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

En efecto, las secularizaciones (sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares) han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena.

Con esto la Iglesia compartía el destino de la tribu de Levi que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para, separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.

Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio del adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible.

La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos.

Digámoslo con otras palabras: la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía.

Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres (tanto a los que sufren como a los que los ayudan) precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. "Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia "desmundanizada" testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

Benedicto XVI. Friburgo de Brisgovia, 25 de septiembre de 2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

La carrera de ser cristiano

Así, dueño de si mismo y de lo suyo, poseyendo una segura comprensión de la ciencia divina, [el cristiano] se encuentra auténticamente junto a la Verdad. En efecto, el conocimiento y la percepción segura de lo inteligible sin duda puede llamarse ciencia, cuya tarea respecto a las cosas divinas es indagar ciertamente cual sea la causa primera y de Aquél por cuyo medio fueron hechas todas las cosas y sin Él no se hizo nada (Jn 1,3); a su vez también cuales son las cosas como penetrantes, cuales las envolventes, cuales las que se encuentran unidas y cuales las disociadas.  Y cual es el rango que cada una de estas cosas tiene y cual es el poder y la función sagrada que desempeñan. A su vez, respecto a las cosas humanas, [el conocimiento revela] qué es el hombre mismo, qué es lo conforme a su naturaleza y contrario a ella, cómo está relacionado con el actuar y con el sufrir, cuales son sus virtudes y sus vicios, lo relativo al bien y al mal y a lo que está entre ambos; lo que concierne a la fortaleza, prudencia, templanza, y a la justicia, que sobrepasa a todas. Pero [el cristiano] se aprovecha de la prudencia y de la justicia en aras de la adquisición de la sabiduría y de la fortaleza, no sólo para soportar él mismo las adversidades, sino para también dominar en lo concerniente al placer y a la concupiscencia, al dolor y a la ira, y en general para enfrentarse a todo lo que con violencia o engaño seduce a las almas (Clemente de Alejandría, Stromata VII 3, 17.1)

-oOo-

Leer este párrafo de la Stromata de Clemente de Alejandría, me invita a reflexionar sobre el sentido del cristiano. No podemos decir que Clemente proclame un cristianismo apático y desentendido de la comprensión de todo lo que le rodea. Para él, el cristiano debería buscar sabiduría que le permite discernir dentro y fuera suya. Sabiduría que le ayuda a defenderse de todo lo que le puede seducir y le engañar.

¿Tenemos hoy en día una comprensión del cristiano que se acerque a lo que nos indica Clemente? Me temo que nos quedamos en una capa de conocimientos desligados que se mantienen unidos gracias a la Fe.  Si la Fe es fuerte, el cristiano podrá seguir adelante por mucho que se plantee dudas, pero si la Fe no es tan fuerte, es normal que se derrumbe ante las incertidumbres que le plantea el mundo actual. Por otra parte, hay que ser conciente que no todas las personas están dispuestas a dedicar su vida y aliento a formarse y reflexionar en profundidad. 

Si comparamos el camino del cristiano con una carrera, los hermanos más lentos pueden recriminar a los más rápidos que se complican la vida y se la complican a los demás. También pueden objetar que todas las florituras son innecesarias y que los rápidos se centren en lo fundamental: la Fe. Lo maravilloso es que estas personas tienen razón sin que ello implique que haya que cambiar la actitud en los rápidos. La velocidad o la fortaleza no son imprescindibles, pero forman parte de la naturaleza que ha dado Dios a cada cual.

¿Cómo es posible? A cada obrero Dios da un número de talentos particular y sobre lo que les ha dado, les pedirá cuentas cuando vuelva. Los rápidos tienen su función, los fuertes la suya, los lentos tienen sus responsabilidades, al igual que los despistados. Nadie deja de ser necesario.

Decía San Agustín: Cuantos corren, corren con perseverancia, pues todos recibirán el premio. El que llegó el primero esperará a ser coronado con el último. Este certamen no lo emprende la codicia, sino la caridad. Todos los que corren se aman, y este mismo amor es la carrera (San Agustín. Comentario al Salmo 39,11).

La caridad hace que los que corremos unidos, nos amemos aunque unos vayan delante y otros detrás. Los más fuertes ayudarán a los rezagados, los más rápidos marcarán el camino a los despistados. Los lentos serán quienes procuren descanso a los rápidos y los despistados, relajarán a los fuertes. Una vez lleguemos, todos recibiremos el mismo premio ¿No es maravilloso?

Si alguien piensa que obtener el mismo premio para todos es injusto, le invito a repasar la parábola de los obreros de la hora undécima (Mateo 20:1-16). ¿Por qué el mismo premio? ¿Dios puede ser injusto? El mérito de llegar antes o después es de Dios, no nuestro.  Él fue quien nos creó como somos (talentos) y además nos dio la fuerza (gracia) para llegar. Pero no olvidemos que nuestra colaboración es imprescindible aunque el premio lo ganemos por Gracia de Dios.

martes, 11 de mayo de 2010

Sin mi no podéis hacer nada (Jn 15, 5)

Los apóstoles vieron al Señor en su gloria cuando fue transfigurado en el Monte Tabor; pero más tarde, en la hora de su Pasión, huyeron temerosos. Así es la fragilidad humana. En verdad, somos ciertamente de esta tierra; más aún: de esta tierra pecadora. Por eso el Señor ha dicho: Sin mi no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

Cuando la Gracia está en nosotros, somos verdaderamente humildes; entonces nuestra inteligencia está más viva, y somos obedientes, dulces, agradables a Dios y a los hombres. Pero cuando perdemos la Gracia, nos secamos como un sarmiento cortado de la vid. Si alguno no ama a su hermano por el cual el Señor ha muerto entre grandes sufrimientos, es señal de que él mismo se ha separado de la Vid. Pero el que lucha contra el pecado, estará con el Señor al igual que la vid es llevada por el sarmiento (San Silvano)

Solo el Señor da sentido a lo que somos y hacemos. Sin El no somos nada más que hojas secas al viento, que no saben de donde vienen ni adonde van. Hay quien llama libertad, a la ignorancia de la Verdad… pero la Verdad es la que verdaderamente nos hace libres.

San Silvano nos indica claramente en qué lugar entre el pelagianismo y el quietismo, está el verdadero cristianismo.

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Señor derrama tu gracia sobre nosotros y ayúdanos a ser herramientas útiles a tus designios. Amén
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