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domingo, 29 de abril de 2012

El Espíritu en la vida del Cristiano y de la Iglesia


El Espíritu en la vida del cristiano. La unción de los bautizados está en continuidad con el bautismo del Señor. Por este sacramento asimilamos en nosotros mismos al Espíritu que, siendo imagen del Hijo, nos hace también a nosotros semejantes al Verbo de Dios. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana, que es "vida en el Espíritu" hacia la resurrección final, una vez que ha asimilado al que es el Espíritu de vida, a condición de que lo conserve hasta el fin de su paso por este mundo, cuando se tornará inmortal al recibirlo plenamente. Este es el hombre perfecto, es decir, el espiritual, porque toda su historia discurre bajo el signo del Espíritu que porta en su propio espíritu.

«Quienes temen a Dios y creen en la venida de su Hijo, y por la fe mantienen en sus corazones al Espíritu de Dios, se llaman con razón hombres puros y espirituales que viven en Dios» porque el Espíritu de Dios limpia con su presencia el corazón de aquellos en quienes habita, y, unido a ellos, los eleva al nivel de la vida divina. El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios.  Y como solamente los de corazón puro verán a Dios, por ello la vida del Espíritu en el hombre es condición para que éste pueda poseer el Reino.

El Espíritu en la vida de la Iglesia. El Espíritu dio vida a la Iglesia en su nacimiento, y por él ésta continúa viviendo; él la conduce y alienta, y sin él ella ni existiría ni podría realizar misión alguna. Si el Espíritu ha ungido a Jesús en el bautismo para que lleve a cabo la misión mesiánica, también ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia. Una vez descendido sobre los discípulos, los envió a los gentiles para purificarlos de sus idolatrías e iluminarlos con la luz de la fe por el bautismo. Elige a los ministros y les concede los carismas necesarios para su ministerio. Establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales. La conserva como un vaso siempre joven que contiene el perfume fresco del mismo Espíritu; por eso llega casi a identificarlos: «Donde está la Iglesia ahí está el Espíritu, y donde está el Espíritu de Dios ahí está la Iglesia y toda la gracia, ya que el Espíritu es la verdad». Por ello quienes se apartan de la Iglesia para formar sus conciliábulos renuncian a la verdad y la salvación por el Espíritu de Cristo.

El Espíritu inspiró los Evangelios, porque, siendo el que preanunció a Jesús por los profetas, ahora lo anuncia por los evangelistas; el que descendió sobre los Apóstoles y los envió a todas las naciones, les comunicó su poder para actuar por medio suyo, convocó a los gentiles a la fe, les mostró el camino de la vida para la existencia en Cristo, y todavía purifica y eleva a las creaturas por el bautismo. Sigue llamando a cada uno de los cristianos a la vocación de la fe, para que pasen continuamente del campo árido de la gentilidad al terreno de Cristo, donde éste les da a beber de su Espíritu (San Ireneo de Lyon, Síntesis teológica, 6)

Se suele decir que el Espíritu Santo es el gran desconocido, yo no lo tengo tan claro. Más que desconocido, tal vez sea el gran ignorado. Las obras del Espíritu son patentes. La Iglesia recibe la Vida del Espíritu y a través de él, se desarrollan carismas y ministerios. Viendo su obra, no podemos decir que no lo conocemos, sino que ignoramos que todo esto parta del Espíritu.

Quienes se apartan de la Iglesia son evidencia de la ausencia del Espíritu. El Espíritu hace reverdecer la Iglesia y en los círculos cerrados no aparece la renovación. Las iglesias personales mueren junto con quienes las han creado. La Iglesia universal revive de manera continua: ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia.

El Espíritu sigue llamando a los cristianos y les sigue dando dones para que colaboren en la construcción del Reino. Otra cosa es que no utilicemos esos dones, los depreciemos o los ocultemos por miedo a perderlos. [El Espíritu] establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales.

Podríamos preguntarnos a nosotros mismos si nos sentimos vacíos de Espíritu. ¿Vivimos apáticos nuestra Fe dentro o fuera de la comunidad? ¿Qué nos sucede? ¿Nos da miedo recibir el Espíritu? El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios. Si sentimos que nuestra vida no tiene un sentido y no sentimos la necesidad de dar testimonio de Cristo, es que algo falla. La semilla que se plantó en nuestro bautismo no ha terminado de germinar. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana. Tal vez nos pase como a quienes oían hablar a Cristo y se volvían abatidos porque su mensaje era duro. Mientras, sus discípulos oían palabras de vida eterna. No es lo mismo acercarnos a Cristo con el corazón sellado que con el corazón abierto.

¿Cómo tenemos nuestro corazón? Que el Señor nos ayude a abrir el corazón a Su Espíritu.

domingo, 17 de julio de 2011

La Fe de Jonás

Dios ha mostrado su paciencia ante la debilidad del hombre porque veía de antemano la victoria que le concedería un día, gracias al Verbo. Porque, cuando “el poder se manifiesta en la debilidad” (cf 2Cor 12,9) el Verbo manifiesta la bondad de Dios y su magnífico poder.

En efecto, al hombre le pasó lo que al profeta Jonás. Dios permitió que éste fuera tragado por un monstruo marino, no para desaparecer y perecer del todo, sino para que, después de haber sido devuelto por el monstruo, fuera más dócil a Dios y glorificara a aquel que le dio inesperadamente la salvación. También lo hizo para conducir a los ninivitas a un arrepentimiento sincero y convertirlos a Aquel que los libraría de la muerte, gracias al prodigio que vieron cumplirse en Jonás... De la misma manera, desde el principio, Dios permitió que el hombre fuera tragado por el gran monstruo, autor de la desobediencia, no para hacerlo desaparecer y perecer del todo, sino porque Dios había preparado de antemano la salvación realizado por su Verbo por medio del signo de Jonás. Esta salvación fue preparada para aquellos que tenían para con Dios los mismos sentimientos que Jonás y que los confesarían en los mismos términos: “Soy hebreo y adoro al Señor del cielo el que ha hecho el mar y la tierra.” (Jon 1,9).

Dios quiso que el hombre, recibiendo de él la salvación inesperadamente, resucite de entre los muertos y glorifique a Dios diciendo con Jonás: “Grité al Señor en mi angustia, y él me respondió; desde el vientre del abismo pedí auxilio, y escuchaste mi voz.” (Jon 2,2) Dios ha querido que el hombre siga siempre fiel en su alabanza y acción de gracias por la salvación obtenida. (S. Ireneo de Lyón. Contra los herejes III, 20,1)

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Volvemos al tema de la Fe y el evangelio de hoy domingo es especialmente adecuado.

¿Cuánta fe tuvo que tener Jonás para no desesperar en la oscuridad del cetáceo durante tres días? ¿Cuánta fe debemos tener nosotros en el trascurso de nuestra vida? Mucha, sin duda. Fe-confianza, que nos lleva a la Esperanza.

Sé de buena boca que alguno pensará que tanta confianza ciega no puede llevar a nada bueno. Cierto. La confianza ciega es un peligro. Necesitamos una confianza luminosa o no encontraremos sentido a nada de lo que nos ocurre. ¿Dónde encontrar la Luz necesaria?

Y el juicio está en que vino la Luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Jn 3, 19)

¿Preferimos la oscuridad de la ignorancia auto-asumida a la Luz? Sí. Es lo más frecuente. Esconderse en la oscuridad resulta más sencillo que buscar sentido por medio de la Luz.

Pero en los dos versículos previos,  al que he indicado antes, hay algo interesante:

Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. (Jn 3, 17-18)

¿Dónde podemos ir sin la confianza en Dios? Solamente a la desesperación. Terminamos por aceptarnos como chispas entre dos nadas. Pensando ahora en la frase Sartre, me doy cuenta que no respeta el principio de conservación de la energía. Interesante.

Pero ¿De qué tenemos que salvarnos? A corto plazo, de vivir sin un sentido que nos llene. Después la muerte, aunque sólo Dios conoce lo que encontraremos, tenemos la confianza en que la Luz nos guiará donde debemos ir. Decía San Ireneo:

Esta salvación fue preparada para aquellos que tenían para con Dios los mismos sentimientos que Jonás y que los confesarían en los mismos términos: “Soy hebreo y adoro al Señor del cielo el que ha hecho el mar y la tierra.” (Jon 1,9).

Es mejor encender na Luz que maldecir la oscuridad... dice una sabia frase oriental.

viernes, 10 de junio de 2011

¿Somos Olivos o acebuches? Pentecostés práctico.

El olivo, si no se cuida y se abandona a que fructifique espontáneamente, se convierte en acebuche u olivo silvestre; por el contrario, si se cuida al acebuche y se le injerta, vuelve a su primitiva naturaleza fructífera. Así sucede también con los hombres: cuando se abandonan y dan como fruto silvestre lo que su carne les apetece, se convierten en estériles por naturaleza en lo que se refiere a frutos de justicia. Porque mientras los hombres duermen, el enemigo siembra la semilla de cizaña: por esto mandaba el Señor a sus discípulos que anduvieran vigilantes. Al contrario los hombres estériles en frutos de justicia y como ahogados entre espinos, si se cuidan diligentemente y reciben a modo de injerto la palabra de Dios, recobran la naturaleza original del hombre, hecha a imagen y semejanza de Dios. Ahora bien, el acebuche cuando es injertado no pierde su condición de árbol, pero si cambia la calidad de su fruto, recibiendo un nombre nuevo y llamándose, no ya acebuche, sino olivo fructífero: de la misma manera el hombre que recibe el injerto de la fe y acoge al Espíritu de Dios, no pierde su condición carnal, pero cambia la calidad del fruto de sus obras y recibe un nombre nuevo que expresa su cambio en mejor, llamándose, ya no carne y sangre, sino hombre espiritual. Más aún, así corno el acebuche, si no es injertado, siendo silvestre es inútil para su señor, y es arrancado como árbol inútil y arrojado al fuego, así el hombre que no acoge con la fe el injerto del Espíritu, sigue siendo lo que antes era, es decir, carne y sangre, y no puede recibir en herencia el Reino de Dios. Con razón dice el Apóstol: «La carne y la sangre no pueden poseer el Reino de Dios» (I Cor 15, 50); y «los que viven en la carne no pueden agradar a Dios» (Rm 8, 8): no es que haya que rechazar la sustancia de la carne, pero hay que atraer sobre ella efusión del Espíritu… (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, V, 10:1)

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El símil utilizado por San Ireneo es muy adecuado y evidente. El acebuche cuidado e injertado se transforma en olivo. El ser humano, cuando vive dentro de la Iglesia y recibe en su corazón la palabra de Dios, se convierte en un nuevo ser nacido del Espíritu.

Siempre me he preguntado la razón para que la efusión del Espíritu, que vivió la Iglesia en sus primeros tiempos, se fuera atenuando y transformándo en un soplo más suave y personal. Leyendo este texto de San Ireneo he encontrado una razón interesante para ello. En los primeros tiempo no existían textos que recogieran la Palabra de Dios. Evangelio y Tradición se comunicaban oralmente. Es evidente la necesidad de una capacidad adicional de discernimiento y animación para que la Palabra de Dios se transmitiera. Cuando esta Palabra se puso por escrito y fue accesible a todos, el Espíritu dejó de soplar como huracán y se volvió brisa leve que susurra al oído.

Los efectos sobre el corazón del ser humano también son diferentes. En los primeros tiempos las evidencias de nuestra Fe eran pocas y necesitaban de un combustible especial para prender nuestra alma. Hoy en día las evidencias son muchas y depende de nuestra voluntad aceptarlas.

Lo cierto, tal como indica San Ireneo: “así el hombre que no acoge con la fe el injerto del Espíritu, sigue siendo lo que antes era […] no puede recibir en herencia el Reino de Dios.

Pocas veces nos preguntamos a nosotros mismos si dejamos que el Espíritu injerte en nosotros la Gracia proveniente de Dios. Nos cuesta aceptar que la conversión es un proceso continuo que dura toda nuestra vida y no una cómoda estación Termini.

Este domingo celebramos Pentecostés, que se marca como el momento en que la Iglesia se manifestó por primera vez. Entonces se realizó por medio del Espíritu Santo. Hoy en día, también debería seguir siendo el Espíritu quien nos animara a dar testimonio y actuar. Que Dios nos envié su defensor y nos ayude a transformar nuestra agrietada naturaleza.

domingo, 6 de febrero de 2011

Iglesia y Tradición

"Como antes hemos dicho, la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con cuidado la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la Tradición es una y la misma. Las iglesias de la Germania no creen de manera diversa ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de Iberia o de los Celtas, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco de las iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una creatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz, que es la predicación de la verdad, brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad. Y ni aquel que sobresale por su elocuencia entre los jefes de la Iglesia predica cosas diferentes de éstas -porque ningún discípulo está sobre su Maestro -, ni el más débil en la palabra recorta la Tradición: siendo una y la misma fe, ni el que mucho puede explicar sobre ella la aumenta, ni el que menos puede la disminuye". (San Ireneo de Lyón,Contra las herejías I,10,2)

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Es frecuente leer declaraciones en las que se ofrece iglesias alternativa, adaptadas a lo que en cada momento creemos más adecuado. Estas declaraciones suelen utilizar al famosa frase: "otra iglesia es posible". Frase que conlleva la destrucción de la Iglesia universal y la reedificación de una inmensa diversidad de iglesias particulares de cada cual.

Se olvida que el pegamento de la Iglesia es la Revelación de Dios a través de las Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición. Claro que otra iglesia es posible si dejamos de lado la Tradición y la Tradición no puede ser olvidada ni recortada. La Iglesia tiene una sola voz, lo que evidencias que las segundas, terceras y cuartas voces no son la voz de la Iglesia.

Pero este problema no es un mal de la modernidad, aunque la modernidad haya dado nuevas armas a quienes quieren destruir la Iglesia:

Los que no están en la comunión católica y se glorían, sin embargo, del nombre cristiano, se ven obligados a oponerse a los creyentes; osan engañar a los indoctos como si se valiesen de la razón, siendo así, que el Señor vino cabalmente a traer esta medicina de la fe impuesta a los pueblos. Pero los herejes se ven obligados a hacer eso, como he dicho, porque sienten que serían repudiados con desdén si comparasen su autoridad con la de la Iglesia Católica.


Tratan, pues, de superar la autoridad de la Iglesia inconmovible con el nombre y promesa de la razón. Esta temeridad es normal en todos los herejes. Pero aquel emperador clementísimo de la fe, nos dotó también a nosotros del magnífico aparato de la invicta razón, valiéndose de selectos varones y piadosos y doctos y verdaderamente espirituales. Y al mismo tiempo fortificó la Iglesia con la ciudadela de la autoridad, valiéndose de concilios famosos de todos los pueblos y gentes y de las mismas sedes apostólicas.” (San Agustín, Carta a Dióscoro 118,32)

Pero las nuevas armas de los destructores de la Iglesia son las mismas que tenemos quienes la defendemos: los nuevos medios de comunicación. No dudemos en defender a la Iglesia en todo espacio y momento. Dios “...quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2, 4)

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Arcángel San Miguel,
apiadate de nosotros y defiéndenos en la batalla de la vida.
Ampáranos ante los ataques y las acechanzas del enemigo-
Arroja al infierno a Satanás
y a todos aquellos espiritus malvados que quieran atacarnos
Amén.

sábado, 10 de abril de 2010

Sobre las Herejias I

Traigo hoy una breve colección de párrafos de San Ireneo de Lyón, contenidos en su obra “contra las herejías”

San Ireneo de Lyón nació en Asia menor sobre el año 130 y murió en Lyón el 202. Recibió la Tradición Apostólica de San Policarpio de Esmirna, que a su vez la recibió del Apóstol Juan. Estamos a dos pasos del mismo Cristo y gracias a la Divina Providencia, han llegado a nosotros bastantes de sus obras. Fue un heroico defensor de la Iglesia Universal fundamentada en la Tradición que  legaron los Apóstoles. Defendió que la unidad y universalidad de la Iglesia, debería estar basada en la Tradición.

Quizás hoy en día la palabra "herejía" nos suene a otros tiempos y nos resulte complicado utilizarla con normalidad. Herejía es simplemente toda doctrina que contradice la Tradición Apostólica. En nuestra sociedad de la tolerancia desafectada y distante, suena mal llamar a otra persona hereje, ya que nos parece que al hacerlo juzgamos y condenamos injustamente.  Quizás por esto, hoy en día nos hemos acostumbrado a escuchar doctrinas alternativas de lo más variopintas. Bueno, no llamemos hereje a nadie, pero nada nos impide señalar las herejías con educación, respeto, afecto y conocimiento. Subrayo respeto y afecto, porque son primordiales para comunicarnos y enriquecernos unos a otros.

No se trata de juzgar a otra persona, tan solo se trata de indicar objetivamente qué ideas son contrarías a la unidad eclesial y por qué es así. Podemos respetar a quien defiende estas doctrinas y no por ello dejar de indicarle, afectuosa y educadamente, que su postura le pone fuera de la Iglesia Apostólica y universal. Si pertenecemos a una Iglesia que se titula Apostólica… lo normal es que tengamos la Tradición como base para reconocernos dentro de Ella. 

Tampoco se trata de condenar a nadie, solo se trata de intentar reconocernos unos a otros y así poder construir juntos el Reino de Dios con coherencia. De otra forma, las construcciones alternativas relativizantes y subjetivas... se caen o no llegan a dar frutos válidos nunca.

Entremos en el primer párrafo:

Porque al usar las Escrituras para argumentar, la convierten en fiscal de las Escrituras mismas, acusándolas o de no decir las cosas rectamente o de no tener autoridad, y de narrar las cosas de diversos modos: no se puede en ellas descubrir la verdad si no se conoce la Tradición. […] Y cada uno de ellos pretende que esta sabiduría es la que él ha encontrado, es decir una ficción, de modo que la verdad se hallaría dignamente unas veces en Valentín, otras en Marción, otras en Cerinto, finalmente estaría en Basílides o en quien disputa contra él, que nada pudo decir de salvífico. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

San Ireneo señala a aquellos utilizan las escrituras separando una partes de otras. Dicen que unas partes son válidas y otras no según se ajusten a sus ideas o no se ajusten. Interpretan la Palabra de Dios según su subjetividad, rechazando la Tradición como fuente unitaria para entender los escritos revelados. Pero el peligro está en que recrean, en base a sesgar las Escrituras, tanto a la Iglesia como a Cristo mismo.  Entonces aparecen nuevas iglesias y nuevos cristos. Ambos adaptados a lo que cada persona es. La Verdad se cambia en apariencia y en realidad personal.

Cuando nosotros los enfrentamos con la Tradición que la Iglesia custodia a partir de los Apóstoles, por la sucesión de los presbíteros, se ponen contra la Tradición diciendo que tienen, no sólo presbíteros, sino también apóstoles más sabios que han encontrado la verdad sincera: porque los Apóstoles “habrían mezclado lo que pertenece a la Ley con las palabras del Salvador”; y no solamente los Apóstoles, sino “el mismo Señor habría predicado cosas que provenían a veces del Demiurgo, a veces del Intermediario, a veces de la Suma Potencia”; en cambio ellos conocerían “el misterio escondido” (Ef 3,9; Col 1,26), indubitable, incontaminado y sincero: esto no es sino blasfemar contra su Creador. Y terminan por no estar de acuerdo ni con la Tradición ni con las Escrituras. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Ahora Ireneo nos habla de quienes dicen que los Apóstoles no llegaron a entender a Cristo y ellos si lo han hecho. Dicen ellos han recibido revelaciones particulares contrarias a la Revelación del mismo Cristo y se erigen en intermediarios con Dios. Tal como dice Ireneo, andando ese camino, terminan estando contra la Tradición y las Escrituras. Si se les indica que la tradición indica otra cosa que la que ellos interpretan… se mofan diciendo que ellos no desean ser “perfectos católicos” … lo que es tanto decir (retirando la ironía de la respuesta), que ellos si son perfectos católicos o verdaderos cristianos.

Así pues, la tradición de los apóstoles, que ha sido manifestada en el mundo entero, puede ser percibida en toda la Iglesia por todos aquellos que quieren ver la verdad. Y nosotros podemos enumerar los obispos que fueron establecidos por los apóstoles en las Iglesias y sus sucesores hasta nosotros. Ellos no enseñaron ni conocieron nada que se pareciera a las imaginaciones delirantes de estos hombres. En efecto, si los apóstoles hubieran conocido los misterios secretos y hubieran enseñado a los perfectos separadamente e ignorando los demás, hubieran comunicado también esos mismos misterios sobre todo a los que habían encomendado las Iglesias. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Nos encontramos en los cristianismos cerrados o esotéricos. San Ireneo lo deja claro: no existen misterios reservados a unos pocos dentro de la Iglesia, ni estos se transmiten a “elegidos” en ceremonias particulares. El Misterio Cristiano está expuesto delante de todos y depende de nosotros hacernos parte de El. Los esoterismos no forman parte de la Iglesia ni pueden formar parte de ella. La Revelación es Cristo mismo ofrecido por nosotros y quien desee beber del agua que da vida eterna… solo tiene que pedirla a Dios y hacerse merecedor de ella.

Entonces, si se halla alguna divergencia aun en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias? (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Las divergencias son humanas y deben ser resueltas por medio de la Tradición custodiada por las Iglesias más antiguas. Ante las divergencias, solo cabe la unidad. En todo caso, la Tradición es el fiel de la balanza que nos permite deshacer las dudas y llegar a entender la Verdad.

Así pues, la Tradición apostólica está viva en la Iglesia y dura entre nosotros. Ahora volvamos los ojos a las Escrituras, para sacar de ella la prueba de todas aquellas cosas que los Apóstoles dejaron por escrito en los Evangelios. Algunos de ellos escribieron de parte de Dios la Palabra, para mostrar que nuestro Señor Jesucristo “es la Verdad, y en él no hay mentira” (Jn 14,6; 1 Pe 2,22). Es lo que David profetizó, narrando su engendramiento de una Virgen y su resurrección de entre los muertos: “La Verdad ha brotado de la tierra” (Sal 85[84],12). También los Apóstoles, siendo discípulos de la Verdad, están lejos de toda mentira: “ninguna comunión es posible entre la mentira y la verdad” (1 Jn 2,21), así como “no hay comunión entre las tinieblas y la luz” (2 Cor 6,14); sino que la presencia de una excluye la otra. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Es evidente que la Tradición está viva y es necesario retomarla y revivirla en los tiempos actuales. Dejemos de reclamar la Verdad como propiedad personal y entendamos que somos nosotros quienes somos propiedad Suya.


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Señor, líbranos de la tentación de creernos en posesión de la Verdad. Permítenos con humildad ser heraldos de la Revelación y mostrar a los demás la necesidad de ser una Iglesia Unida y Universal, fundamentada en la Tradición Apostólica.

A ti te rogamos, que tienes todo el poder 
y la gloria por los siglos de los siglos

Amén

sábado, 11 de julio de 2009

Las has revelado a la gente sencilla

El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda. Pero el Padre quiere ser conocido: le conocerán aquellos a quienes el Hijo se lo revelará. La palabra «revelará» no se refiere sólo al futuro, como si el Verbo no hubiera comenzado a revelar al Padre si no después de nacer de María, sino que se refiere a la totalidad del tiempo. Desde el principio, el Hijo, presente en la creación que él mismo ha modelado, revela el Padre a todos los que el Padre quiere, cuando quiere y como lo quiere. En todas las cosas y a través de todas las cosas, no existe más que un solo Dios Padre, un solo Verbo, un solo Espíritu y una sola salvación para todos los que creen en él.

En efecto, nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, es decir, si el Hijo no se lo revela, ni conocer al Hijo sin el «beneplácito» del Padre (Mt 11,26). Ahora bien, todo lo que el Padre, en su gran bondad, quiere, el Hijo lo lleva a plenitud: el Padre envía, el Hijo es enviado, y viene. Y este Padre infinito, invisible para nosotros, su propio Verbo lo conoce, y hace conocer lo inexpresable (Jn 1,8).

San Ireneo de Lyón (aprox 130- aprox 208), obispo, teólogo y mártir de la Iglesia - Contra las herejías, IV, 6, 4.7.3

Esta semana leía sobre los cursos Alpha que se celebran estos días en Londres, sus objetivos y los resultados obtenidos.

Descubrí la existencia de estos cursos gracias al blog “Una Iglesia Provocativa” y tanto las diferentes entradas sobre el tema, como los comentarios, me han hecho reflexionar. Busqué referencias para profundizar un poco más en los objetivos y el modo de actuación, datos que encontré en este enlace a Catholic.net

Resumiendo, se trata de cursos enfocados a personas que desconocen todo o casi todo del mensaje cristiano y a la(s) Iglesia(s) que lo proclaman. Se organizan de forma ecuménica, conducidos de igual forma por católicos, ortodoxos o evangélicos. Como se trata de acercar a personas alejadas y muy in-culturizadas en la sociedad actual, se sigue una estrategia ligada al marketing, que busca principalmente cuestionar el inmenso vacío existencial que estas personas viven.

Siguiendo las indicaciones que aparecen en catholic.net, la difusión se basa en el boca a boca, ya que quien pasa por este itinerario tiende a invitar a amigos, familiares y conocidos. También se utiliza propaganda en TV y radio para llegar un paso más allá del círculo de amistades de los asistentes. La secuencia se compone de una serie de breves conferencias, tras la cuales se pasa a una estupenda cena donde está prohibido hablar de religión.

Tras una serie de conferencias-cena se hace un retiro que resulta determinante para que se produzca el cambio buscado por el programa. Los que vuelven del retiro lo hacen impactados y mostrando signos evidentes de transformación. Esto intriga a los que no han asistido al retiro y les motiva a apuntarse al mismo.

Lo cierto es que, tras este curso, muchas personas retoman (inician) su vida religiosa y bastantes no bautizados deciden dar el paso de bautizarse e integrarse en una Iglesia.

La primera reflexión que me hago es el inquietante paralelismo existente entre la evangelización de los primeros siglos y la actual. Después de 20 siglos de presencia cristiana en Europa, … ¿Cómo puede haber tanta ignorancia sobre le cristianismo? Resueltamente, el texto de San Ireneo nos da una pista nada despreciable:

“El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda.”
También nos recuerda San Ireneo, que la revelación no es un suceso excepcional, ya que Dios se ha revelado desde el mismo acto de la creación del universo. Además, Dios sigue revelándose al ser humano actual por medio de cada uno de los caminos sagrados que nos ha legado.

Entonces, ¿Qué sentido tienen estos cursos alpha? Primeramente, ser conductos de la revelación de Dios. Ser conductos por los cuales la Palabra revela a Dios al mundo. En si misma, la evangelización puede ser comprendida como un acto sagrado, ya que se actúa de puente entre Dios y los hombres.

Pero es evidente que Dios se nos revela de manera más profunda y plena en los sacramentos. Quienes acepten la revelación de Dios necesitan iniciar su vida cristiana por medio del bautismo. Tras del bautizo necesitarán de una sólida catequesis que les vaya introduciendo en aspectos más profundos.

Los comentarios que leo en el blog de “Una Iglesia Provocativa” tienden a subrayar dos aspectos importantes, que se “olvidan” en estos cursos:
  1. La existencia de una Iglesia verdadera. Dado que se parte de una organización ecuménica, los asistentes serán los que decidan donde acercarse después de completar el itinerario. Es evidente que esto presupone una situación de equivalencia de todas las Iglesias que resulta incómoda a muchas personas.
  2. La existencia de una sacralidad implícita dentro de la revelación. Esta omisión proviene de las Iglesias evangélicas que desconocen este aspecto primordial del cristianismo. Hay que ser conscientes de que es complicado crear un vínculo ecuménico que muestre la importancia de la sacralidad.
Desde una perspectiva cristiana tradicional, estos son dos aspectos capitales para iniciar cualquier acercamiento a nuestra religión. ¿Podríamos posicionarnos contra estos cursos Alpha por olvidar estos dos aspectos?

Todavía queda mucho que reflexionar sobre el ecumenismo y el sentido/sinsentido del acercamiento a las posturas desacralizadotas de las Iglesias evangélicas. Dicho esto, también es necesario aceptar que, en la proclamación del mensaje cristiano, nos llevan una ventaja considerable. Los católicos hemos nos hemos ido olvidando del aspecto proclamativo del evangelio: El Kerigma. El Kerigma se proclama a los no creyentes y a los alejados de forma directa.

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor." Lucas 4:18-19

El mi anterior post indicaba que Mensaje y Misterio son dos caras de la misma moneda. Uno sin el otro deja a la moneda sin valor ni sentido… por lo que hemos de ser conscientes de la necesidad de dar importancia a ambos. San Ireneo indica sin dudas que El Verbo nos hace llevar no solo lo explicable (Mensaje) sino que también nos hace llegar lo inexplicable (Misterio). En todo caso, no somos nosotros quienes evangelizamos… es Dios mismo El que a través nuestra, se revela a quien quiere aceptarlo.
Lo realmente importante es no olvidarnos que, aunque sea el primer paso, no podemos quedarnos con un cristianismo Alpha… tenemos que vivir y proclamar el objetivo de llegar ser cristianos Omega. Y eso requiere de compromiso, perseverancia y sacralidad.

domingo, 7 de junio de 2009

Sacramentos laicos

Este viernes pasado leí un artículo de opinión publicado en el diario español “El Mundo”: Laicos sacramentos, que pueden leerlo pulsando sobre le título antes referido .

El autor reclama la institución de sacramentos laicos a la imagen de los cristianos para ser celebrados por quienes no tienen fe. Así mismo, pide que la Iglesia abra sus templos para celebrar estos sacramentos laicos porque “Ellos tienen el marco incomparable y la liturgia: alfombras, cirios, ropones, músicas apropiadas y la epístola de San Pablo”. Adicionalmente indica que estas celebraciones litúrgicas sacramentales laicas son una conquista de los laicos.

Leyendo el artículo me dí cuenta del la tremenda ignorancia que acumula nuestra sociedad, que se dice de raíces cristianas.

Para describir qué es un sacramento utilizaré como referencia el libro “Los sacramentos, símbolos del espíritu” escrito por Josep M Rovira Belloso.

Podemos empezar por su propio nombre. Sacramento proviene de la unión de la palabra sacrum al sufijo –mentum. Este sufijo significa medio, instrumento. Por lo tanto nos daría que un sacramento es un medio o instrumento sagrado. Si sabemos que la sacralidad es el camino que nos comunica con Dios, los sacramentos serían los medios o instrumentos que ejecutan o posibilitan esta unión.

Para los primeros Padres de la Iglesia, los sacramentos se denominaban “Mysteriom”, misterios en el sentido de lo que excede nuestra capacidad de compresión. Todavía los denominan de esta forma nuestros hermanos ortodoxos. Decía Orígenes que “Todo lo que nos llega (por parte de Dios), nos llega como misterio” [1]. Misterio que se revela como signo, que nos da noticia del símbolo implícito que une la realidad cotidiana con la divinidad, con Dios.

Orígenes nos dice que “La ley del “Mysterion” es la del descenso de lo invisible a lo visible, de lo eterno a lo contingente, como si el Logos eterno se hiciese sensible a través de la voz que resuena: ‘A través de la misma voz se entregan al alma dos cosas a la vez: la letra y el espíritu’.

En el tratado sobre los Sacramentos de San Ambrosio de Milán podemos ver como constantemente une las escrituras con la liturgia de los sacramentos; como si una fuera reflejo de la otra y viceversa. Para el, las acciones y signos que se muestran en la liturgia sacramental son símbolos de la palabra de Dios encarnada y revelada por medio de las escrituras. Sacramento y escritura forman una unidad indisoluble que sacraliza y consagra a quienes participan conscientemente.

Para San Ireneo de Lyon los sacramentos cristianos provienen del designio divino de salvación. Los sacramentos son la divina dispensación -oikoiomia- en la cual el don invisible de Dios desciende, se hace presente y se manifiesta comunicándose a los seres humanos mediante signos visibles.

Entonces ¿Qué sentido tiene un sacramento laico? Después de lo explicado este invento de la “progresía contemporánea” es absurdo desde todo punto de vista.
¿Qué sentido tiene que la Iglesia permita que en sus templos se desarrollen ceremonias pseudosacramentales laicas, como el autor del artículo pide? No tiene ningún sentido, ya que para quienes puedan asistir a estos actos el simbolismo y sacralidad del templo es un simple decorado que da prestancia a un acto sin sentido.

En resumen: vacuidad. Las apariencias aparecen como fines y por eso es necesario que existan independientemente de que estén justificadas o no. Búsqueda de lo que nos falta sin aceptar el compromiso que viene adjunto. Incultura e ignorancia reclamadas como derechos y defendidas como conquistas.

Que Dios nos ayude a enderezar esta sociedad.

[1] Corpus Berolinense, 6-314.
[2] In Psalmum 76, 19

sábado, 23 de mayo de 2009

Las definiciones que se dan de Dios son inadecuadas. Sacramentos.

Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno de Dios: «A Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, éste lo explicó» (Jn 1, 18ss).

Por eso algunos lo llamaron abismo, pues aunque abarca y contiene en su seno todas las cosas, es ininvestigable e interminable. Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso siguiente: Si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de describir. Porque ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o sujeto de accidentes? No se le puede llamar adecuadamente «el Todo», porque el todo se aplica a lo extenso, y él es más bien el Padre del todo. Ni se puede decir que tenga partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene extensión o limites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le demos nombres, éstos no se aplican en sentido estricto: cuando le llamemos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo otra cosa, hemos de usar estas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en algo que no ande errante en cualquier cosa.

Cada una de estas denominaciones no es capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la potencia del Omnipotente. Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras: pero nada de esto puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa, porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al que es inengendrado. Sólo resta que el Desconocido llegue a conocerse por gracia divina y por la Palabra que de él procede. Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, recuerda que Pablo habló de este modo: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23). (
Clemente de Alejandría, Stromata, 5, 81,2-82,4)

Dios solo puede ser conocido por medio de la Gracia Divina y de la Palabra que de Él procede. Esta afirmación de Clemente define sin duda que todo intento de acceder a Dios por nosotros mismos está condenado al fracaso. Solo Dios puede revelarse a nosotros.

Dios excluye cualquier demostración o definición que provenga de nosotros. Pero Dios se manifiesta en la creación y esa manifestación nos permite conocerle. La naturaleza forma parte del domino sagrado cuando nos da noticia de Dios. Dios también se manifiesta por medio de la Palabra, de Jesús, por lo que podemos también obtener noticia de Dios gracias a todo lo que Jesús nos legó. Las escrituras se muestran como parte importante de lo sagrado.

¿Dónde más podemos buscar a Dios? Lo podemos buscar en la Gracia que nos dona a cada uno de nosotros. Esta gracia constituye en si misma una impresionante teofanía, una manifestación de Dios. La gracia se recibe de muchas formas pero es mediante los sacramentos como más fácilmente anida en nosotros:

Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu (San Ambrosio de Milán, Los Misterios. 7,42)


¿Pero qué es un sacramento y cómo nos comunica con Dios?


La dimensión simbólica es la puerta de acceso a la sacramentalidad cristiana: "El simbolismo sacramental, al menos en su estado rudimentario, se remonta en definitiva a los orígenes de la Iglesia. Su aparición, muy primitiva, explica en gran medida el uso de la palabra mysterion que sirve para designar los ritos cristianos". Estos "ritos cristianos" tienen por finalidad la celebración del misterio de Cristo y, en concreto, el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús, Señor, dentro de la Fe cristiana. Estos ritos consisten en oraciones, lecturas y acciones litúrgicas simbólicas, las cuales sólo llegan a conocer ya comprender los iniciados. (Josep M Rovira Belloso, Los sacramentos, símbolos del espíritu)

Por medio de esa gracia conocemos personalmente a Dios y nos unimos a El… unir y conformar una unidad trascendente es la principal característica que define al símbolo sagrado, por lo tanto los sacramentos son símbolos sustanciales de Dios. Además, si ampliamos el símbolo hasta nosotros mismos, nos hacemos también símbolos de Dios.

Quizás sea San Ireneo de Lyon el Padre de la Iglesia que más ha profundizado en el sentido de comunicación y unión con Dios que contienen los sacramentos:

Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina.

Dios, que "habita una luz inaccesible" (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.

El designio divino de la revelación se realiza a la vez "mediante acciones y palabras", íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente. Este designio comporta una "pedagogía divina" particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo
. (
Sobre San Ireneo de Lyón, tomado de la web: http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=5105 )


Aunque para muchos, los sacramentos son solo signos que dan noticia de la presencia de Dios, es necesario ser conscientes de que contienen algo más la información de esta presencia. Mediante los sacramentos podemos “sintonizamos” con Dios y así predisponernos a actuar en sinergia con todo lo que nos rodea, para beneficio del plan de Dios.

Por esta razón la confesión y la eucaristía han sido la columna de apoyo de gran cantidad de santos y virtuosos en la historia de la Iglesia. Y por la misma razón, estos sacramentos deberían ser columna de apoyo para cada uno de nosotros.
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