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jueves, 9 de marzo de 2017

Cristo es la única Estructura para el cristiano



Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. (Carta a Diogneto)


Los cristianos no somos de este mundo, no somos sociedad, aunque estemos inmensos en ella. No participamos de las estructuras del mundo, porque nuestra única estructura es Cristo. Formamos parte de la Iglesia, entendida como la unidad de aquellos que adoran a Dios en Espíritu y Verdad. Para nosotros la Tradición no cambia porque es Revelación de Dios, pero la Tradición se hace vida en nuestra vida en todo lo que hacemos. Cristo es la Piedra Angular que sostiene con su peso el arco de la Salvación. Esta Piedra es rechazada porque no se deja adaptar a las circunstancias y gustos.

Actualmente nos encontramos en medio de la lucha de dos extremos: uno que absolutiza las formas antiguas. Otro que relativiza todo y a todos, para generar formas más agradables y adaptadas al mundo. Ambos ponen el énfasis en las apariencias, las formas y se olvidan del Espíritu y de la Verdad. Ambos bandos buscan exterminar al contrario utilizando las más diversas estrategias. Ninguno es capaz de negarse a sí mismo, para dejar que sea Cristo el que prevalezca. Todos quieren poder, dominio y satisfacciones personales. La lucha del cristiano no contra otros hermanos, sino contra el afán de dominio que lleva imponernos estructuras eclesiales que no son Cristo.


Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. (Ef 6, 12)


Los cristianos estamos dispersos, no es fácil que no reunamos en un mismo momento y lugar, porque somos pocos. Somos el resto fiel que asiste al banquete al que fueron llamados muchos. Somos quienes asistimos al banquete revestidos de humildad y sencillez. Hoy en día es más fácil encontrarse gracias a los medios de comunicación que nos acercan, aunque estemos a miles de Km de distancia. Pero aún así, somos pocos, dispersos y en continua lucha. Lucha para permanecer fieles a Cristo, en medio de la guerra de apariencias que acontece alrededor de nosotros.

 ¿Qué puede hacer un cristiano en medio de la actual guerra eclesial? Orar en silencio y lleno de esperanza. Es triste ver cómo se caen las Torres de Babel que tanto esfuerzo ha costado construir. Es triste ver cuantos hermanos quedan destrozados espíritualmente por este derrumbe. Es triste ver que, mientras todo se derrumba, hay quienes intentar construir nuevas Torres de Babel con los restos caídos de las anteriores. No nos dejemos engañar, sólo Cristo es la Piedra Angular que sostiene el arco del Templo del corazón. El Templo donde la Estrella Interior brilla para guiarnos y dar luz a los demás.

Es importante orar con fe, esperanza y caridad. Encarnar en nosotros la Tradición para quienes no vean puedan darse cuenta que sólo Cristo tiene Palabras de Vida Eterna. Dejar que el Espíritu Santo nos transforme en símbolos vivos de Cristo, para que Él esté presente en medio de nosotros cada vez que nos reunamos en Su Nombre.

jueves, 2 de marzo de 2017

¿Cisma? ¿Qué Cisma? Una posible respuesta: "los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo" (y III)

Vivimos tiempos complicados y a la vez, muy interesantes y motivadores. Motivadores para ser verdaderos testigos del Evangelio. Ojo el Evangelio completo, no recortado. Momentos para ser testigos de la Fe Apostólica. Ojo de la Fe que procede de la Tradición Apostólica, no de los flujos de cada momento. La gran pregunta es ¿Cómo ser verdaderos testigos en pleno siglo XXI? Desde luego, ser testigos apologéticos de espada en mano no vale para nada. Hay tantos de tantas visiones, ideologías y tendencias, que serás uno más que da gritos en medio de una multitud a la que molestas y se alejan de ti. 

En este sentido, podemos buscar un modelo eclesial muy conocido y al mismo tiempo, necesitado de ser reinterpretado dentro de esta sociedad líquida: el eremitismo. Vivir en el mundo, como si no fuéramos del mundo. Incluyamos dentro del mundo las estructuras humanas de la Iglesia y los enfrentamientos internos que nos destrozan continuamente. Podemos encontrar un modelo de esta forma de vivir en la milagro de andar sobre las aguas. Si Cristo nos da la mano y confiamos en Él, caminaremos sobre la sociedad líquida que pugna por tragarnos y ahogarnos en ella. No dejamos de correr el peligro de volver a hundirnos, pero sabemos que Cristo nos ayudará a no hacerlo.

El eremitismo es un modo de vida nacido en Oriente en el siglo III. Se conocen los primeros eremitas o ermitaños en Egipto y Siria, pero el modelo fue exportado rápidamente a toda la cristiandad.

El eremita es un cristiano que ve imposible cumplir con una vida cristiana dentro de la sociedad que le rodea. Ser verdaderamente cristiano fue tan complicado en el siglo III como en la actualidad. Nada nos predispone o ayuda a ello. El eremita busca, con toda libertad, una vida contemplativa y penitente que ofrecer a Dios. Podemos ser eremitas en pleno siglo XXI y en medio de nuestra sociedad? No hay que olvidar la necesidad de ser testigos del Evangelio y para ello no es adecuado aislarse como se hacía en la antigüedad. Lo ideal sería conseguir ser una piedra incómoda en el zapato de la postmodernidad, sin que la liquidez social perturbara la paz interior que deseamos alcanzar

Podemos reflexionar sobre varios aspectos:

Aislamiento social: Se puede vivir más aislado dentro de una sociedad moderna, que en medio del Amazonas. Hay personas que viven terriblemente solas en medio de una ciudad de varios millones de congéneres.

Vida contemplativa: Se puede encontrar a Dios en todo lo que hacemos, incluso cuando escribimos en una computadora. Indudablemente hay actividades no recomendables para encontrar a Dios, porque nos predisponen al pecado, pero Dios está en todas partes y es posible contemplar su obra dentro de las ciudades que hemos creado.

Prácticas religiosas: ¿Se puede rezar el rosario en el metro? ¿Se puede dar gracias a Dios por el alimento en un pequeño restaurante? ¿Se puede asistir a la Liturgia con asiduidad en una ciudad? Esta última pregunta es la más complicada, porque puede ser que tengamos que desplazarnos muchos Km para encontrar una celebración digna y poder confesarnos con asiduidad. En todo caso, encontramos los mismos problemas que un ermitaño que viva en medio del desierto.

Como he comentado muchas veces, la carta a Diogneto nos da unas pautas muy claras para acercarnos a una vida cristiana dentro de la sociedad que vivimos. Si no la han leído, léanla con detenimiento porque merece la pena.


Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpoEl alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo.

El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

¡Alabado sea el Señor! 





o

domingo, 13 de septiembre de 2009

Vivificar con nuestra Fe el mundo en el que vivimos

Porque los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. Porque no residen en alguna parte en ciudades suyas propias, ni usan una lengua distinta, ni practican alguna clase de vida extraordinaria. Ni tampoco poseen ninguna invención descubierta por la inteligencia o estudio de hombres ingeniosos, ni son maestros de algún dogma humano como son algunos. Pero si bien residen en ciudades de griegos y bárbaros, según ha dispuesto la suene de cada uno, y siguen las costumbres nativas en cuanto a alimento, vestido y otros arreglos de la vida, pese a todo, la constitución de su propia ciudadanía, que ellos nos muestran, es maravillosa (paradójica), y evidentemente desmiente lo que podría esperarse. Residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aún así son reivindicados. Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad.

En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. El alma se desparrama por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos por las diferentes ciudades del mundo. El alma tiene su morada en el cuerpo, y, con todo, no es del cuerpo. Así que los cristianos tienen su morada en el mundo, y aun así no son del mundo. El alma que es invisible es guardada en el cuerpo que es visible; así los cristianos son reconocidos como parte del mundo, y, pese a ello, su religión permanece invisible. La carne aborrece al alma y está en guerra con ella, aunque no recibe ningún daño, porque le es prohibido permitirse placeres; así el mundo aborrece a los cristianos, aunque no recibe ningún daño de ellos, porque están en contra de sus placeres. El alma ama la carne, que le aborrece y (ama también) a sus miembros; así los cristianos aman a los que les aborrecen. El alma está aprisionada en el cuerpo, y, con todo, es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos son guardados en el mundo como en una casa de prisión, y, pese a todo, ellos mismos preservan el mundo. El alma, aunque en sí inmortal, reside en un tabernáculo mortal; así los cristianos residen en medio de cosas perecederas, en tanto que esperan lo imperecedero que está en los cielos. El alma, cuando es tratada duramente en la cuestión de carnes y bebidas, es mejorada; y lo mismo los cristianos cuando son castigados aumentan en número cada día. Tan grande es el cargo al que Dios los ha nombrado, del que no les es lícito desertar. Fragmento de la Carta a Diogneto, anónima S II

Cuando nos enfrentamos a un mundo tan aspero y complicado, es normal que nos sintamos perdidos y desorientados. Pero ha sido así desde los primeros días del cristianismo y lo seguirá siendo. Para darnos cuenta de ello, no viene mal releer la carta a Diogneto de vez en cuando.
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