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domingo, 19 de abril de 2015

¿Ver para creer o entender para ver? San Ireneo de Lyon


La modernidad nos llevó a aceptar como prioritaria la exigencia de Tomás, el Apóstol: “si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su constado, no creeré” (Jn 20, 25), es decir: “si no veo no creo”. Esto llevó a muchas personas al ateísmo o al agnosticismo fuerte. Es decir, no aceptaban que la existencia de Dios o no confesaban que no hay pruebas definitorias de su existencia. 



La modernidad trajo a la Iglesia una serie de corrientes pelagianas de fuerte influencia marxista, en las que se daba primacía a crear un reino de Dios de tipo político o social y se interpretaban los Evangelios desde un punto de vista social. Se intentaba que el Reino de Dios fuese de este mundo, aunque Cristo mismo hubiera indicado que no lo era. La Iglesia sufrió y sufre todavía estas corrientes, pero la modernidad ha sido sólo un paso previo para encontrarnos con la postmodernidad.

Hoy en día la Iglesia ya no se enfrenta a una increencia o una creencia centrada en la acción social, ya que vamos comprobando que ambas posturas no tienen demasiado recorrido. Hoy en día nos enfrentamos a millones de utopías personales, que no son más que un ramillete de distopías convenientemente disfrazadas de panaceas. Dicho de otra forma, el ser humano nunca podrá ser lo que no es, aunque nos obliguemos a ser lo que no somos. (seguir leyendo)

sábado, 2 de junio de 2012

Bautizad en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo

Mirad cuál es la regla de nuestra fe, la que funda nuestro edificio, la que da firmeza a nuestra forma de comportarnos. Primero: Dios Padre, increado, ilimitado, invisible; Dios uno, creador del universo; este es el primer artículo de nuestra fe. Segundo artículo: el Verbo de Dios, Hijo de Dios, Jesucristo, nuestro Señor; fue revelado a los profetas de acuerdo con el género de sus profecías y según el designio del Padre; todo fue hecho por medio de Él; al final de los tiempos, para recapitular todas las cosas, se dignó hacerse hombre entre los humanos, visible, palpable, y así destruir la muerte y hacer aparecer la vida y obrar la reconciliación entre Dios y el hombre. Y el tercer artículo: el Espíritu Santo; por medio de Él han profetizado los profetas, nuestros padres han conocido las cosas de Dios y los justos han sido guiados por los caminos de la justicia; al final de los tiempos fue derramado de una manera nueva sobre los hombres a fin de ser renovados por Dios en toda la tierra.

Por eso el bautismo de nuestro nuevo nacimiento está colocado bajo el signo de estos tres artículos. Dios Padre nos lo concede en vistas a nuestro nuevo nacimiento en el Hijo por medio del Espíritu Santo. Porque los que llevan en ellos el Espíritu Santo son conducidos al Verbo que es el Hijo, y el Hijo los conduce al Padre, y el Padre nos concede la inmortalidad. Sin el Espíritu es imposible ver al Verbo de Dios, y sin el Hijo nadie puede acercarse al Padre. Porque el conocimiento del Padre, es el Hijo, el conocimiento del Hijo se hace a través del Espíritu Santo, y el Hijo da el Espíritu según el Padre quiere. (San Ireneo de Lyon, Demostración de la predicación apostólica, 6-8)

La Santísima Trinidad es Dios y Dios único. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y por eso somos reflejo de la Santísima Trinidad. Si somos imagen de Dios uno y trino, ¿No es lógico y coherente ser bautizados en Nombre de la Santísima Trinidad?

No podía ser de otra forma y San Ireneo nos refiere este Misterio de una manera especialmente clara. Padre, Hijo y Espíritu Santo nos transforman a partir del bautismo. La conversión también tiene un profundo sentido trinitario, ya que transforma nuestra mente, nuestras emociones y nuestra voluntad. Nos transforma de manera que, sin dejar de ser quienes somos, nuestro ser cobra una vida nueva.

¿Cómo podemos llevar esta evidencia nuestra vida cotidiana? ¿Cómo se hace patente la Santísima Trinidad en nuestro día a día?

Podría parecer que estas “entelequias” teológicas fuesen un entretenimiento para eruditos, pero que no sirven para nada en el mundo de hoy. Pero, Dios actúa a través la coherencia y por eso la Santísima Trinidad es algo vivo en nosotros y en lo que nos rodea.

Como decía Cristo, a veces parecemos sepulcros banqueados. Es decir, lugares sin vida que se pintan de blanco para aparentar. ¿Quién nos concede la vida y la vitalidad de vivirla con Esperanza y alegría? El Espíritu es el soplo de vida que nos hace movernos. ¿Podríamos vivir sin el soplo del Espíritu? Me temo que no. Si el soplo desaparece morimos y si vuelve a soplar, todo se recrea y renueva. Como dice un maravillosa oración italiana de Pentecostés.

El Hijo es revelación, Palabra llena de sentido, enseñanza viva, sentido de nuestra vida. ¿Podemos vivir con felicidad sin ser conscientes de la Palabra? Difícilmente seremos felices si nos falta la Esperanza y la Esperanza parte de la Buena Noticia que nos trajo Nuestro Señor. No olvidemos que para aceptar a Cristo como Señor, necesitamos del Espíritu.

¿Y Dios Padre? Dios Padre es creador, aparentemente oculto e invisible. ¿Podemos vivir sin conocer a Dios Padre? ¿Cómo conocerlo?  Lo podemos conocer a través del Hijo. Las maravillosas parábolas de Cristo, nos enseñan como es el Padre. Cómo toda la creación tiene un sentido y es coherente. Todo tiene la marca de Dios, pero no siempre somos capaces de verlo. Necesitaríamos tener nuestro corazón limpio, ya que es la única manera de ver a Dios.

Quiera el Señor ayudarnos a entender, dentro de lo que Dios ha planeado, que somos reflejo de Dios uno y trino.
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