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domingo, 3 de mayo de 2015

¿Libertad o liberalismo? ¿Cumplir o amar? San Agustín

Los católicos del siglo XXI tenemos una visión un tanto simplicista y procedimental del pecado. Entendemos el pecado como una acción u omisión de determinadas reglas escritas que no terminamos de entender. Algunas de las normas, a lo sumo, se comprenden desde el “ojo por ojo” mosaico.Nadie quiere que le maten ni que le roben. Si nos mienten por “nuestro bien” nos parece aceptable. Todo lo demás nos parece estratosférico y normalmente lo ignoramos. Pero el pecado no es sólo cumplimiento de determinadas normas. 
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Por mucho que leamos o escuchemos su Palabra (Cristo) no llegamos a entender nada. San Gregorio de Nisa entendía el pecado como una rebeldía contra nuestra propia libertad. Cuando la libertad se torna en opcionalidad, optatividad, pierde el sentido de sí misma: la selección consciente del bien. Si no somos capaces de entender a Dios que habla a través de nosotros mismos ¿Cómo lo vamos a entender cuando habla fuera de nosotros? 


San Basilio entendía el pecado como una “abulia”, es decir como un desentendimiento consciente de la propia voluntad, un embrutecimiento que nos impide escuchar y entender a Dios  (Seguir leyendo...)

domingo, 8 de junio de 2014

La Esperanza está en la Luz:Cristo. Clemente de Alejandría

Como aquellos que, sacudidos del sueño, se despiertan en seguida interiormente, o mejor, como aquellos que intentan quitarse de los ojos las cataratas, y no pueden recibir la luz exterior, de la que se ven privados, pero, desembarazándose al fin de lo que obstruía sus ojos, dejan libre su pupila, así también nosotros, al recibir el bautismo, nos desembarazamos de los pecados que, cual sombrías nubes, obscurecían al Espíritu Divino; dejamos libre, luminoso y sin impedimento alguno el ojo del espíritu, con el único que contemplamos lo divino, ya que el Espíritu Santo desciende desde el cielo para estar a nuestro lado.

Esta mixtura de resplandor eterno es capaz de ver la luz eterna, pues lo semejante es amigo de lo semejante; y lo santo es amigo de Aquel de quien procede la santidad, que recibe con propiedad el nombre de «luz»: «Porque vosotros erais en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor», de ahí que el hombre, entre los antiguos, fuera llamado, según creo, «luz».

Sin embargo —se dice—, aún no ha recibido el don perfecto; también yo lo admito; con todo, está en la luz, y no le sorprende la oscuridad. Ahora bien, entre la luz y la oscuridad no hay nada; la consumación está reservada para la resurrección de los creyentes, y no consiste en la consecución de otro bien, sino en tomar posesión del objeto anteriormente prometido. (Clemente de Alejandría. El Pedagogo, Libro I)

Clemente de Alejandría nos dice que quien está en la Luz, no le sorprende la oscuridad. Como humanos que somos, aunque hayamos recibido el bautismo, no hemos recibido la totalidad de la Gracia de Dios. El don completo y perfecto de ver a Dios, sólo lo recibiremos tras nuestra vida en la tierra.

Mientras, el Espíritu Santo desciende para estar a nuestro lado y así podamos ver más allá de las tinieblas que nos rodean. La vista del Espíritu nos permite ver a Dios, pero también nos hace ver lo terriblemente imperfecta que es nuestra naturaleza. Nos permite ver que dentro de nosotros está Dios, pero también nos hace fijarnos en todas las sombras y penumbras que llevamos con nosotros. Quien no recibe el don del Espíritu no es capaz de encontrar, dentro de sí, las grietas del pecado.

Clemente también nos habla de que lo semejante es amigo de lo semejante. El don del Espíritu nos permite ver en los demás, los errores que cargamos en nosotros. No somos mejores ni peores que ellos, llevamos las mismas grietas e imperfecciones en nosotros. Cuando nos damos cuenta de esta naturaleza frágil e imperfecta que todos los seres humanos llevamos con nosotros solemos desanimarnos. En todo lugar donde haya un ser humano, el pecado aparece tarde o temprano. No existe un paraíso diferente a la Gloria de Dios y para llegar a el, tendremos que esperar a dejar este mundo. La consumación está reservada para la resurrección de los creyentes

Detrás de todas esas tinieblas está la Luz que es Dios. Sin Luz no seríamos capaces de ver los errores que llevamos dentro de nosotros. Sin la Luz del Espíritu, viviríamos son conocer ni discernir lo que nos rodea.

Si nos sentimos desalentados y desanimados ¿Dónde encontrar la fuerza para seguir adelante? Dice que Cristo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Jn 14, 6) No pongamos nuestras esperanzas en nosotros mismos ni en cualquier ser humano, por muy santo que parezca o sea. Si buscamos un paraíso en la tierra y un salvador, humano, estaremos buscando continuas excusas e incluso mintiendo, para sostener el falso paraíso y el imposible salvador que nos hemos buscado.


La Esperanza está en la Luz, que es Cristo. Luz que nos envía el Espíritu Santo para que esté siempre a nuestro lado.

domingo, 28 de abril de 2013

Cristo es la Luz que ha creado esta luz que vemos


Las palabras del Señor: «Yo soy la luz del mundo» son, a mi parecer, claras para los que tienen ojos capaces de participar de esta luz; pero los que no tienen más ojos que los del cuerpo se sorprenden al oír que nuestro Señor Jesucristo dice: «Yo soy la luz del mundo». E incluso es posible que haya quien diga: ¿Cristo, no será este sol que a través de su amanecer y su ocaso determina el día?.... No, Cristo no es eso. El Señor no es ese sol creado sino aquél por quien el sol fue creado. «Por medio de él se hizo todo y sin él no se hizo nada de lo que se ha hecho» (Jn 1,3). Él es, pues, la luz que ha creado esta luz que vemos. Amemos esta luz, comprendámosla, deseémosla para poder un día, conducidos por ella, llegar hasta ella y vivir en ella de manera que ya no podamos morir...

Veis, hermanos, veis, si es que tenéis unos ojos que ven las cosas del alma, cual es esta luz de la que el Señor habla: «El que me sigue no camina en las tinieblas.» Sigue este sol y veremos como tú ya no andarás en las tinieblas. Hele aquí que se levanta y viene hacia ti; el otro sol, siguiendo su curso, se dirige a occidente; pero tú debes andar hacia el sol naciente que es Cristo. (San Agustín Sermones sobre el evangelio del san Juan, nº 34)

Esta semana ha estado llena de noticias diversas que nos hacen reflexionar sobre nuestro papel en el mundo y los problemas que nuestra presencia genera. Entiéndase mundo con el mismo sentido que Cristo lo utiliza en el pasaje evangélico de Jn 15,19 “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo”. El mundo es la sociedad que vive de espaldas a Dios y entiende que Cristo es una competidor en la carrera por el poder.

Los laicistas no comprenden qué tiene Cristo para que le sigamos y por ello tejen suposiciones que hacen indeseable ser cristiano. Pero quien conocer la Luz de Cristo, no tiene dudas. En él se abre un nuevo sentido que le permite entender todo lo que rodea como parte del plan de Dios. Es capaz de diferenciar los pecados e infidelidades de quienes componemos la Iglesia, del Espíritu Santo, que la vivifica constantemente. Entiende que la verdadera jerarquía es la del servicio, a la que se llega únicamente por la santidad. Santidad que es al mismo tiempo un deseo grabado en nuestra naturaleza y un don de Dios.

¿Qué temen los laicistas? Algo debemos de tener para que nuestra presencia les resulta insoportable. Un ejemplo. Esta semana la revista italiana “Tempi” ha indicado que hoy domingo día 28, el presidente francés, Francois Hollande, hubiera inaugurado una exposición en el museo Nacional de las Bellas Artes, pero se encontró con un “problema” inesperado. El problema es un cuadro religioso que hubiera aparecido a sus espaldas en la inauguración. Como no era fácil quitar el cuadro o cubrirlo, simplemente decidió no inaugurar la exposición.

La presencia del mensaje cristiano es incómoda para el laicista, ya que le sitúa en el verdadero contexto histórico y no en el contexto anticristiano que nos quieren vender diariamente.

¿Qué podemos hacer? San Agustín nos dice: “Amemos esta luz, comprendámosla, deseémosla para poder un día, conducidos por ella, llegar hasta ella y vivir en ella de manera que ya no podamos morir”

Amemos, comprendamos, deseemos la Luz. Sólo así podremos dejarnos conducir por la misma Luz y cumplir la voluntad de Dios.

sábado, 15 de octubre de 2011

Haz brillar sobre nosotros la Luz de Tu rostro


De la misma manera que esta moneda de plata lleva la imagen del César, igualmente nuestra alma es imagen de la Santa Trinidad, según lo que se dice en el salmo: «La luz de tu rostro está impresa en nosotros, Señor» (Salmo LXX). Señor, la luz de tu rostro, es decir, la luz de tu gracia que establece en nosotros tu imagen y nos hace semejantes a ti, está impresa en nosotros, es decir, impresa en nuestra razón, que es el poder más alto de nuestra alma y recibe esta luz de la misma manera que la cera recibe la marca del sello. El rostro de Dios es nuestra razón; porque de la misma manera que se conoce a alguien por su rostro, así conocemos a Dios por el espejo de la razón. Pero esta razón ha sido deformada por el pecado del hombre, porque el pecado hace que el hombre se oponga a Dios. La gracia de Cristo ha reparado nuestra razón. Por esto el apóstol Pablo dice a los Efesios: «Renovad vuestro espíritu» (4, 23). La luz de la que trata este salmo es, pues, la gracia que restaura la imagen de Dios impresa en nuestra naturaleza...

Toda la Trinidad ha hecho al hombre según su semejanza. Por la memoria se asemeja al Padre; por la inteligencia, se asemeja al Hijo; por el amor se asemeja al Espíritu... En la creación el hombre fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). Imagen en el conocimiento de la verdad; semejanza en el amor de la virtud. La luz del rostro de Dios es, pues, la gracia que nos justifica y que revela de nuevo la imagen creada. Esta luz constituye todo el bien del hombre, su verdadero bien, y le marca igual que la imagen del emperador está impresa en la moneda de plata.

Por eso el Señor añade: «Dad al César lo que es del César». Como si dijera: De la misma manera que devolvéis al César su imagen, así también devolved a Dios vuestra alma revestida y señalada con la luz de su rostro. (San Antonio de Padua)

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Este texto de San Antonio nos recuerda que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Imagen que no es igualdad, semejanza que no es equivalencia. Sucede igual que con una imagen pintada de nosotros en un cuadro. El artista plasma en el cuadro una imagen que no es idéntica a nosotros, no tiene la misma naturaleza humana, aunque encontremos una semejanza que nos permita reconocernos en la obra.

San Antonio nos muestra como la semejanza con Dios conlleva también una semejanza con la Santísima Trinidad. La Luz, que es Cristo, ilumina esta semejanza y le da todo su sentido. Somos inteligencia, memoria y amor. Sentimos, pensamos y actuamos. La Fe, Esperanza y Caridad habitan en nosotros cuando Dios nos las regala. La Luz actúa en nosotros y nos transforma “La luz de la que trata este salmo es, pues, la gracia que restaura la imagen de Dios impresa en nuestra naturaleza...”


¿Podía ser de otra forma? Dios nos ha donado el ser. Qué podemos hacer nosotros que ofrecer nuestro Ser a Dios, su auténtico dueño. Sería lo lógico tras leer los Evangelios con tranquilidad. Cristo nos dice de diversas formas que sin El nada podemos, que tenemos que negarnos a nosotros mismos, que el mundo nos detesta, que Dios es quien pone las palabras en nuestra Boca, que debemos renacer del Agua y del Espíritu, etc. ¿Por qué no dejar que la Luz nos transforme?

A partir de esta reflexión, San antonio pasa a una frase importante dentro de los Evangelios: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt. 22, 15-21) Una maravillosa expresión que nos recuerda la diferencia entre lo que somos y lo que tenemos. Lo que tenemos puede ser dado al Cesar si es justo hacerlo, pero lo que somos, sólo puede ser donado a Dios.

Demos al Cesar lo que es de ley darle, pero no olvidemos dar a Dios lo que es de Dios.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El sentido espiritual (I)

Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto.

Quien tenga oídos para oír, que oiga.» (Mc 4, 21-23)

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La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina. (San Máximo el confesor, A Talasio-Cuestión 63)
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San Máximo el confesor fue uno de los primeros padres de la Iglesia. Vivió en Constantinopla entre el siglo VI y el VII. Fue un notable divulgador de la mística cristiana por medio de su vida y sus escritos. Sus textos nos ayudan a comprender muchos aspectos de las escrituras, que de otra forma, quedarían velados por nuestras interpretaciones particulares.

San Máximo nos habla esta vez de la parábola de la lámpara y el celemín. En el texto aparecen tres elementos: celemín (un simple cajón utilizado para medir cereal), un candelero y una vela encendida. La vela encendida es la revelación de Dios a los hombres. El candelero representa a la Iglesia como guardiana de la tradición capaz de dar sentido a la revelación,.. y por ultimo el celemín. El celemín representa nuestra racionalidad y conocimiento. Los tres elementos son necesarios para permitir que la Luz llegue permita “ver” con claridad lo que nos rodea.

Si no queremos que nuestros sentidos nublen el sentido espiritual de las sagradas escrituras, es necesario elevar por encima del suelo la Luz. ¿qué utilizaremos? El celemín es el elemento más adecuado para ello. Nuestra racionalidad y conocimiento sirven a la revelación, elevándola por encima de nuestros gustos y pasiones. Podríamos preguntarnos…

¿Qué sucede si colocamos el celemín sobre la Luz?… estaríamos aceptando el mundo al revés que vivimos, desgraciadamente, hoy en día.

¿Qué sucede si depreciamos el celemín?… la Luz no llegará demasiado lejos y las sombras no dejarán de existir. Estaremos a merced de enemigo escondido en la penumbra. Lo “oculto” no podrá ser descubierto.

Nos dice San Máximo, que la Luz debe ser portada por algo que sostenga la llama: el candelero. Sin el candelero la llama terminará por quemar el celemín. Este candelero es la Iglesia que actúa sosteniendo la vela con su sabia tradición. Sin la Iglesia no dispondríamos de la tradición apostólica que nos permite tener a resguardo la llama y su Luz. Podríamos preguntarnos…

¿Qué sucede si ponemos el candelero por encima de la Luz?... apagaríamos su luminosidad. Es un peligro que siempre está presente y debemos tener cuidado de no actuar de esta forma.

¿Qué sucede si despreciamos el candelero?... La llama terminará por quemar el celemín y nos quedaremos sin nada entre nuestras manos.

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Espíritu Santo, dador de Sabiduría,
que a semejanza del fuego libertáis el corazón del hombre de los afectos terrenales,
como ya quitasteis del corazón de los apóstoles todas las imperfecciones;
dignaos destruir en nosotros los afectos menos santos que nos dominan,
a fin de que no gustemos otro placer que el de ser fervorosos en vuestro divino servicio.
Amén.

sábado, 4 de julio de 2009

Dios es Luz


La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, sentimos y no procedemos conforme a la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. (1 Juan 1,5-7)
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Sobre este fragmento de la primera carta de San Juan se puede escribir mucho. La primera criatura creada por Dios fue la luz. “Fiat Lux” (Gn 1,3) y la luz impregnó todo lo que a continuación fue creado. Podríamos decir que Dios se nos da como luz que no deja lugar a la sombra. El siguiente texto del Abbe Henri Stephane es muy clarificador:

A menudo solo se retiene de la primera epístola de san Juan que «Deus caritas est»; es evidentemente, si se quiere, la cumbre de la Revelación, de ahí el resto se destila según la dialéctica del Amor: creación, caída, redención, gracia, etc., y el Amor aparece con su complemento inseparable, la Cruz y el desapego absoluto y total. San Juan de la Cruz encarna este doble aspecto; él es esencialmente el Doctor del Amor y de la Cruz.

Esta epístola conlleva igualmente otro aspecto, que completa al precedente, y que el apóstol san Juan, que ha dicho todo porque él ha visto todo, no ha olvidado. Es incluso por eso como comienza su primera epístola y todo su Evangelio está impregnado de ello: «El mensaje que él nos ha hecho oír, y que nosotros os anunciamos ahora, es que Dios el Luz y que en El no hay tiniebla alguna» (1 Juan I,5)

Después de la caída, el hombre camina en las tinieblas, en la mentira, en el error, en la desorientación, en la dispersión; el mundo está bajo el imperio de Satán, Príncipe de las Tinieblas y de la Mentira. El hombre vive en la ilusión de su propia realidad y olvida que su verdadera realidad reside en Dios, en ese Verbo «en quién todo ha sido hecho». Porque Dios es el Ser Total fuera del cual no hay nada: el Todo es inmanente en cada una de las partes, sin lo cual el Todo no sería el Todo, puesto que estaría limitado por una de las partes. Así, la parte no se distingue que según un modo ilusorio del Todo al cual ella pertenece. A partir de eso, conferirle una realidad propia, verlo independientemente del Todo que la contiene, mirarla como una «cosa en si» es la ilusión de las ilusiones, el error, la perdida, la mentira, las tinieblas. Después de la caída, la inteligencia del hombre, privada de la Luz, vive en esa ilusión, se detiene en las apariencias de las cosas, se deja atrapar en la red de sus propios límites y de los límites de las cosas, y no ve más en las cosas y en si mismo la Única Realidad del Todo, fuera del cual la realidad de las cosas no es más que ilusoria.

La Revelación vino para volver a enseñar al hombre a leer en las cosas y en si mismo el lenguaje divino del Verbo Creador, a reencontrar en ellas y en si su verdadera esencia que es divina. Así Dios es Luz; el Verbo es «la Luz que luce en las tinieblas» y que «ilumina a todo hombre» (Juan I, 5-9); en lenguaje teológico, esta Luz que ilumina la inteligencia del hombre, es la fe, y son también los dones de a Ciencia, de la Inteligencia y de la Sabiduría, siendo esta a la vez Luz y Amor. Bajo la influencia de estos dones, el alma aprende a reencontrar en si y en todas las cosas la verdadera Realidad que es Dios; ella alcanza así la contemplación y todas las cosas le hablan de Dios, de este Verbo que, en cada instante de la eternidad, le confiere la existencia. Ella llega así al conocimiento del misterio, del cual el apóstol afirma que tiene la inteligencia (Ef. III,3): es el misterio del Verbo y de la Creación de todas las cosas en el, el misterio del Verbo Encarnado y de la Restauración de todas las cosas en él: «Reunir todas las cosas en Jesucristo, aquellas que están en los cielos y aquellas que están en la tierra» (Ef. I, 10)

Pero una contemplación tal, una tal visión de Dios supone que el alma a comenzado por desapegarse de todas las cosas, con el fin de reencontrarlas y de contemplarlas en Dios donde ellas tienen su verdadera realidad. Se reencuentra así el desapego y el amor, que, unidos a la contemplación, constituyen la Suprema Sabiduría. 
Abbé Henri Stephane, (tomado de la página: contemplatio: http://usuarios.lycos.es/contemplatio/con-henri-diosesluz.htm)

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Abbé Henri Stephane (1907-1985) es el pseudónimo utilizado por el sacerdote francés André Gircourt.  El P. André  vivió ignorado por el gran público, salvo para un círculo de amigos cercanos. Su vida se desarrolló bajo el doble signo de la plegaria y la teología. Nunca mostró interés por la publicación de sus trabajos y se limitó a no oponerse a ello cuando otros tomaron por él esa iniciativa. Su especial sentido de la mística le procuró recelos considerables, antes y después de Concilio Vaticano II. 
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