No creo que nadie pueda pensar en que los seres humanos podamos entender a Dios. Sólo tenemos entendimiento parcial de lo que El nos ha revelado y aún así, rara vez podemos llegar a un acuerdo entre nosotros. La Verdad, que es Cristo, nunca puede se propiedad de nadie, aunque nos empeñemos en querer limitar a Dios según nuestras propias limitaciones. Podríamos decir que tendemos a pensar en Dios como hecho a imagen y semejanza de nosotros.
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domingo, 12 de abril de 2015
Amor y Verdad. Dos caras de la misma moneda.
domingo, 16 de noviembre de 2014
En los primeros siglos, el cristianismo se enfrentó a una prueba de fuego: el gnosticismo. Fue una mezcla de filosofía pagana y apariencias cristianas, que confundió a muchas personas. Una de las características del gnosticismo es la condenación de la materia como algo diabólico. Algunas corrientes afirmaban que era necesario el castigo y martirización del cuerpo para contribuir a la liberación del espíritu.
Si la corporeidad fuese algo maligno ¿Por qué habría sido creada por Dios? ¿Por qué Cristo, al resucitar, recobró el cuerpo y no se quedó únicamente como espíritu? San Justino (s.II) Nos habla sobre el tema.
¿No acusaríamos a Dios de crear el cuerpo inútilmente? Pero no, el Inmortal no es así; ¡aquel que por su naturaleza es el Espíritu del universo no podría ser tan insensato!...En verdad, Dios ha llamado al cuerpo a renacer y le ha prometido la vida eterna.
Porque donde se anuncia la buena noticia de la salvación del hombre, ésta se refiere también al cuerpo. En efecto ¿qué es el hombre sino un ser viviente dotado de inteligencia, compuesto de alma y cuerpo? ¿El alma, ella sola, es el hombre? No, es tan sólo el alma de un hombre. ¿Se llamará «hombre» al cuerpo? No, se dice que es el cuerpo de un hombre. Si pues, ninguno de estos dos elementos él solo no es el hombre, es a la unión de los dos al que se llama «hombre». Así pues, es a este hombre que Dios ha llamado a la vida y a la resurrección, y no tan solo a un parte del mismo sino al hombre entero, es decir al alma al cuerpo. ¿No sería, pues, absurdo, siendo que existen los dos según y en la misma realidad, que uno se salve y el otro no? (San Justino. Tratado sobre la Resurrección, 8)
Los talentos que guardamos, nos condenan. S. Juan Crisóstomo
La palabra misericordia está de moda. Estamos en un momento en donde se supone que debemos esperar del Señor misericordia por nuestra vida y nuestros errores sin que haya condiciones o restricciones. En la parábola de los talentos vemos que el Señor valora el esfuerzo y la fidelidad, antes que los logros y los éxitos. En la Parábola de los Obreros de la Hora Undécima se ve que la justicia y la misericordia del Señor son inmensas y equivalentes.
La Parábola de los Talentos nos muestra a Dios como alguien tan lleno de misericordia, que da un premio superior a las ganancias con sus sirvientes le devuelven. La cantidad no es lo más importante, sino la actitud que han tomado con los dones recibidos.
Pero, hoy en día choca la actitud que Dios toma con el siervo que devuelve lo mismo que recibió. Para nosotros devolver lo recibido es un mérito, no un deber. Pensamos que quien es honesto ya es merecedor de elogios, lo que demuestra que la deshonestidad es común y abundante entre nosotros.
Al siervo que recibió y devolvió un talento, no sólo le reprobó y no llegó a darle nada a cambio, sino que encima fue expulsado de forma violenta. Fue llamada siervo perezoso y malo. Lo de perezoso podemos llegar a entenderlo, pero, ¿Malo? Pero si no se ha quedado el talento ¿Qué mal ha hecho?
Ya veis cómo no sólo el que roba y defrauda ni sólo el que obra mal, sino también el que no hace el bien, es castigado con el último suplicio. Escuchemos, pues, esas palabras. Mientras es tiempo, trabajemos por nuestra salvación, tomemos aceite para nuestras lámparas, negociemos con nuestro talento. Porque si somos perezosos y nos pasamos la vida sin hacer nada, nadie nos tendrá allí ya compasión, por mucho que juremos. También el que entró en el banquete de bodas con ropa sucia se condenó a sí mismo; pero de nada le aprovechó. ...(Seguir leyendo)
sábado, 2 de enero de 2010
Tolerancia, respeto, justicia y justificación

Quizás se deba a mi formación tecnológica que me sienta extrañado por el uso y sentido que se da actualmente a la palabra tolerancia. Cuando estudiaba, la tolerancia era la proporción de desviación máxima de determinada magnitud física. Una resistencia con tolerancia del 10%, era la que podía variar un máximo de un ±10% su valor nominal. Cuanto menor fuera la tolerancia, el elemento estaba mejor fabricado.
De repente este concepto tecnológico apareció en la escena pública con un sentido contrario al que lo comprendíamos los técnicos. Se trataba de ser muy tolerante y aceptar lo que fuese sin poner pegas. Tolerar era aceptar indolentemente para así permitirnos convivir siendo diferentes. Rápidamente la sociedad se dio cuenta que la doctrina de la máxima tolerancia daba lugar al desentendimiento social. La sociedad tendió a la desafección hacia todo lo que le desagradaba y nos encontramos con problemas importantes: violencia domestica, laboral, escolar, suicidios, rupturas matrimoniales, descenso en picado de la natalidad, etc. El sinsentido de esta actitud llego al punto que se comenzó a oír que la tolerancia era una falacia. Ante la alarma se ideó la “tolerancia 0” de manera que determinadas actitudes y acciones se propusieran como indeseables. Pero fíjense que se utilizó el sentido positivo de “tolerancia 0” y no se utilizó la palabra correcta: intolerancia a determinas actitudes y acciones.
Lo cierto es que conforme el concepto de tolerancia fue implantándose en la sociedad, el concepto de respeto fue desapareciendo. Hoy en día el respeto se ve como algo retrógrado y sospechoso de tendencias conservadoras.
Quizás sea interesante reseñar que la tolerancia era un concepto que se aplicaba a las cosas y en todo caso a las acciones y actitudes.... pero por razón del cambio de modelo de hombre y sociedad, la tolerancia empezó a aplicarse a las personas.
Cuando se tolera algo o a alguien, se está ejerciendo implícitamente una actitud de desdeño o de desafección frente a ello/ella. ¿Por qué? Debido a que la tolerancia incide en la externalidad totalmente desafecta del ser de las cosas y las personas. Tolerar a una persona es reducirla a una externalidad distante. Si exigimos tolerancia, estamos reclamando sobre nosotros desafección y lejanía.
En el fondo, al aceptar el modelo de persona que conlleva la tolerancia, lo que estamos haciendo es aceptando un modelo de ser humano que olvida la propia esencia o sustancia que nos hace humanos. Nos consideramos eventualidades valorables por lo que aparentamos o hacemos. El ser desaparece de nuestro modelo cognitivo, situando la contingencia vital como definitoria de lo que somos. Somos lo que hacemos y aparentamos. Esto no es más que otro síntoma adicional de la deriva des-sustanciadora que define nuestra época. Los medios, la educación y hasta nosotros mismos nos definen y nos definimos, por cómo actuamos y aparentamos.
¿Dónde quedó el respeto? Se respeta a las personas por lo que son. El respeto es lo que nos permite danos valor por encima de las circunstancias vitales. Da igual que seas un mendigo o un exitoso profesional… mereces respeto y ese respeto proviene de ser valorado como persona. El problema de la valoración del ser humano no es nada secundario, ya que, o se toma como premisa injustificable e incómoda… o se sustenta en el valor de ser hijos de Dios. La primera opción da lugar a multitud de inconsistencias y el segundo exige ser coherente y responsable,… por lo que nuestra sociedad procura olvidar la necesidad de definir nuestro valor y dignidad.
Otro aspecto del mismo problema. El respeto se ha vuelto algo incómodo para nuestra sociedad. El respeto se enfrenta al concepto de libertad que se ha impuesto. La libertad se entiende hoy en día, como la licitud de manifestación o acción contraria a lo respetable. Si se actúa de manera respetuosa… inmediatamente se señala esta actuación como no libre. Pero aún hay más detrás de esto. Al entenderse la libertad como acción, se la desliga totalmente del ámbito del ser, ya que se entiende que la sustancia de todo lo existente es relativa, inconstante o inexistente. Se nos dice que podemos ser lo que deseemos ser en cada momento y que esto es un derecho defendible. Incluso se dice que somos libres de considerar el ser implícito en todo lo creado como nos parezca más útil. Por ejemplo, podemos decir que tres rayas y tres manchas es arte, referenciando esta consideración por el acto de compra del objeto como arte. Este simple y cotidiano acto es un ejemplo de cómo la acción se reclama como definidora del ser… lo cual es una barbaridad de proporciones considerables.
Ante la pregunta de ¿Qué somos? Nos encontramos con la respuesta de que somos según queramos actuar o aparentar… y que por ello, podemos ser lo que queramos. Esto nos lleva a que ante cualquier apariencia y acción, reclamemos tolerancia y nos contentemos siendo tolerados. Si no se tolera nuestra acción se nos quita nuestra libertad de ser lo que deseemos ser.
En este contexto, la justicia se vuelve maleable y adaptable. Lo justo se legisla por “mayorías” en los parlamentos y se hace buscando la libertad entendida como acción y apariencia. Lo justo se trueca en lo justificable por medio de la acción. Si se justifica algo, esto pasa a ser algo justo y exigible socialmente. Por eso se legisla contra la ley natural y esto se considera como deseable y procurador de progreso. Es evidente que sea así, ya que la libertad tiene que sustanciarse como acción contra lo respetable. Si no fuera así, no se considera libertad.
Ante las protestas de quienes no pensamos de esa manera, se nos señala como intolerantes… entendiendo ser intolerante como algo intolerable. La premisa relativista de “lo único absoluto es que no existen absolutos” se reencarna en la premisa de “lo único intolerable es ser intolerante”.
Que se nos llame intolerantes no es ningún insulto. Todo lo contrario. Ser intolerante significa tener claro qué actuación es lícita cuál no lo es, qué idea es verdadera y cuál no… y dejar claro que no se está conforme con otras definiciones. Ser intolerante no disminuye el respeto, valor y dignidad que tenemos todos por el hecho de ser hijos de Dios… ya que lo que no se toleran son las acciones, actitudes, ideas y apariencias.
¿Qué sucede con los ámbitos ligados a la ley natural y divina? Simplemente no existen para esta sociedad. Sacralidad, simbolismo y revelación divina son conceptos innecesarios… ya que implican consistencia en el ser y libertad de asumir y basar las actitudes vitales en ellas. Así se comprende que se griten consignas por las calles como: “sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios” sin darse cuenta del sinsentido de tales exclamaciones.
--oOo--
Señor danos fuerza y templanza,
humildad y conocimiento,
para enfrentar la tarea cotidiana de dar
testimonio de Ti.
Amén
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