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domingo, 3 de mayo de 2015

¿Libertad o liberalismo? ¿Cumplir o amar? San Agustín

Los católicos del siglo XXI tenemos una visión un tanto simplicista y procedimental del pecado. Entendemos el pecado como una acción u omisión de determinadas reglas escritas que no terminamos de entender. Algunas de las normas, a lo sumo, se comprenden desde el “ojo por ojo” mosaico.Nadie quiere que le maten ni que le roben. Si nos mienten por “nuestro bien” nos parece aceptable. Todo lo demás nos parece estratosférico y normalmente lo ignoramos. Pero el pecado no es sólo cumplimiento de determinadas normas. 



Por mucho que leamos o escuchemos su Palabra (Cristo) no llegamos a entender nada. San Gregorio de Nisa entendía el pecado como una rebeldía contra nuestra propia libertad. Cuando la libertad se torna en opcionalidad, optatividad, pierde el sentido de sí misma: la selección consciente del bien. Si no somos capaces de entender a Dios que habla a través de nosotros mismos ¿Cómo lo vamos a entender cuando habla fuera de nosotros? 


San Basilio entendía el pecado como una “abulia”, es decir como un desentendimiento consciente de la propia voluntad, un embrutecimiento que nos impide escuchar y entender a Dios  (Seguir leyendo...)

domingo, 19 de octubre de 2014

Sínodo de la Familia: la Iglesia no excluye. San Hilario de Poitiers

Ha terminado el Sínodo extraordinario de la Familia y durante un año podremos reflexionar sobre las consecuencias de cualquier cambio en la praxis pastoral. Este año, nos permitirá reflexionar sobre lo que se ha dicho y sobre los que no se ha dicho en el Sínodo. Sobre lo que se ha hecho y lo que no se ha hecho.

Para empezar la reflexión traigo unas palabras del cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Mónaco de Baviera, presidente de los obispos alemanes y miembro del grupo de cardenales consejeros del Papa. El Cardenal Marx comenta un punto clave que propicia el nuevo enfoque pastoral, que propone: La exclusión. Ha terminado el Sínodo extraordinario de la Familia y durante un año podremos reflexionar sobre las consecuencias de cualquier cambio en la praxis pastoral. Este año nos permitirá reflexionar sobre lo que se ha dicho y sobre los que no se ha dicho en el Sínodo. Sobre lo que se ha hecho y lo que no se ha hecho. 

Para empezar la reflexión traigo unas palabras del cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Mónaco de Baviera, presidente de los obispos alemanes y miembro del grupo de cardenales consejeros del Papa. El Cardenal Marx comenta un punto clave que propicia el nuevo enfoque pastoral, que propone: La exclusión.


«La exclusión no es el lenguaje de la Iglesia»; no es posible decir a las personas que viven en situaciones familiares “irregulares”: «Tú eres un cristiano de segunda». Aunque el Sínodo no acoja el término de “gradualidad”, porque se requiere una profundización teológica, lo importante es que «se tomen en serio las situaciones de las personas, hay que reconocer lo que hay de evangélicamente bueno en las situaciones, incluso cuando no hay sacramentalidad en la relación». (Seguir leyendo)


domingo, 22 de abril de 2012

Cristo nos dice: «¡Soy Yo en persona! Palpadme»


Escuchad, todos los pueblos; escuchad, naciones esparcidas sobre la superficie de la tierra; prestad atención, tribus y razas diversas (cf. Ap 7,9), vosotros todos los que os creéis abandonados e incluso pensáis que todavía sois despreciables; escuchad y alegraos: vuestro Creador no os ha olvidado. No ha querido que por más tiempo su cólera retuviera sus misericordias; ahora, en su gran bondad quiere no sólo salvar al pequeño número que son los judíos, sino a toda esta innumerable multitud que sois vosotros. Escuchad al santo profeta Isaías...: «Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos» (11,10)...

Como el mismo Jesús lo atestigua, él es aquel que «Dios, el Padre, ha marcado con su sello», para que sea un signo. Pero ¿un signo para qué? Para que exaltado en lo alto del estandarte de la cruz, como lo fue la serpiente de bronce levantada en medio del campamento (Nm 21), él mismo haga que la mirada no sólo del pueblo judío, sino del universo entero se vuelva hacia él, y por su muerte en cruz atraiga el corazón de todos los hombres. Y enseñará a todos a poner en solo él toda su esperanza. Curando todas sus debilidades, perdonando todos sus pecados, abriendo a todos el Reino de los cielos cerrado desde hacía mucho tiempo, le enseñará que es él mismo «el que había de ser enviado..., el que esperaban las naciones» (Gn 49,10 Vulg). Fue él mismo quien levantó este signo para todos los pueblos a fin de «reunir a los dispersos de Israel, y agrupar a los desperdigados de Judá de los cuatro puntos» (Is 11,12). (Pedro el Venerable (1092-1156), abad de Cluny. Sermón sobre la alabanza del Santo Sepulcro)
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Tomo un fragmento del evangelio de hoy domingo: “Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo".  Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.”(Lc 24, 35-27)

¿Por qué tememos al Señor? ¿Que es lo que nos asusta de Él? Quizás nuestras dudas, comodidades y rutinas. ¿Qué mal nos puede causar su presencia? ¿Por qué nos escondemos de Él?

Adan y Eva, tras comer del fruto prohibido se escondían de Dios. Dios les pregunto " ¿Porque os escondéis? Habéis desobedecido mis órdenes y habéis probado el fruto del árbol prohibido"

¿Nos sucede a nosotros lo mismo? ¿Esperamos del Señor que nos condene y nos haga daño? ¿Qué nos hace dudar del Señor? ¿Dudamos el Signo de Dios que es Cristo?

Hay algo en la Luz que nos hace cerrar los ojos y separarnos de ella. Sobre todo cuando vivimos en la oscuridad y se presenta delante de nosotros sin esperarla. La Luz que repele la oscuridad es capaz de mostrar lo que llevamos en nuestro interior y eso duele. Duele por el pecado que portamos en nosotros y que evidencia nuestra naturaleza caida.

¿Dónde escondernos de la Luz? Es imposible. Por eso los Apóstoles se turbaron y tuvieron dudas. ¿No habían sufrido suficiente para tener que seguir padeciendo? Pero Cristo es aquel que hará que la mirada no sólo del pueblo judío, sino del universo entero se vuelva hacia él, y por su muerte en cruz atraiga el corazón de todos los hombres. Y enseñará a todos a poner en solo él toda su esperanza.

Ante nuestra incapacidad y falta de mérito se presentará Curando todas [nuestras] debilidades, perdonando todos [nuestros] pecados, abriendo a todos el Reino de los cielos cerrado desde hacía mucho tiempo, [nos]  enseñará que es él mismo «el que había de ser enviado..., el que esperaban las naciones.

Por eso podemos estar alegres y contentes porque nosotros que nos creemos olvidados y abandonados e incluso nos sabemos despreciables oiremos que  nuestro Creador no os ha olvidado.

No ha querido que por más tiempo su cólera retuviera sus misericordias; ahora, en su gran bondad quiere no sólo salvar al pequeño número que son los judíos, sino a toda esta innumerable multitud que sois vosotros.

Demos gracias a Dios.

miércoles, 6 de abril de 2011

¿Tengo remedio, Señor?

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusarse a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón. (San Agustín. Sermón 19,2)

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¿Soy un hombre sin remedio? ¿Miro a los demás buscando su pecado? ¿Estoy preparado para morderles, despreciando corregirles con caridad y afecto? ¿Soy de los que acusan a los demás para ocultar mis culpas e impotencias?

¿Quien puede pedir perdón a Dios realmente? Quien no se perdona a si mismo. Dios es el que perdona y nos da la Gracia que nos convierte. Nosotros, a lo sumo, podemos olvidar nuestros errores sin llegar a transformarnos. Reflexionando sobre este texto se encuentran muchas claves del sacramento de la reconciliación y porque es como es y no de otra forma.

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Señor perdona nuestros pecados y sobre todo,
perdona que olvidemos que el perdón que convierte
sólo puede provenir de Ti.
Amén
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