domingo, 28 de diciembre de 2025

La Mística es el Tesoro Escondido



Seguro que recuerdan la breve parábola del Tesoro Escondido (Mateo 13,44) habla sobre un hombre que encuentra un tesoro en un campo, lo vuelve a esconder y, gozoso, vende todo lo que tiene para comprar ese campo y poseer el tesoro. Este maravilloso símil nos permite ver más allá de lo cotidiano y social que nos rodea. Andamos cegados por la luces que el mundo ha colocado para que no nos demos cuenta de lo que realmente es esencial para nosotros.

El Tesoro Escondido nos muestra el valor del Reino de los Cielos y cómo deberíamos sacrificar todo por Él. Nos muestra cómo encontrar la trascendencia divina  que nos acerca a Dios cada día. Por esto, la Mística es un descubrimiento tan valioso que justifica renunciar a cualquier bien material o posesión terrenal por obtener esta relación espiritual.

La mística cristiana nos enseña una pauta muy interesante: no podemos saltar directamente a la Theosis (santidad) sin pasar antes por la Praxis (vida real). Quien busca trascender lo cotidiano, pero carece de humildad en la práctica diaria cae en la ilusión espiritual. Para comprender la mística cristiana, es necesario ir más allá de la definición de diccionario y entrar en la tensión entre lo que desborda nuestro entendimiento y lo revelado. No se trata de fenómenos extraordinarios (como levitaciones o visiones), sino de la maravillosa profundidad del encuentro con Dios.

De todas formas, demos un breve repaso a la etimología de la palabra mística. Mística, significa misterio o secreto, pero no como algo oculto que debamos de guardar para nosotros o para un grupo pequeño de "elegidos". La mística nos permite ver más allá de los físico para hablar de ello y compartirlo con quienes deseen escuchar. "Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas" (Mt 10,27)" ¿Quien nos habla al oido en las tinieblas del entendimiento? Es evidente que Cristo indica que Él es el agente que nos habla. Pero nunca nos va a hablar en un evento social, sino en el silencio del alma. También nos dice que no lo guardemos para nosotros. Lo debemos compartir en público, pero con cierto cuidado. ¿Cuidado? Ahora viene la segunda indicación a tener en cuenta.

Cristo también nos señala el gran peligro que tiene llevar lo que Él nos dice a los demás: "No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas, y volviéndose os despedacen" (Mt 7, 6). Compartir lo que Dios nos susurra al oido, es peligroso y al mismo tiempo necesario. El Tesoro Escondido debe ser compartido, pero hay que ser consciente de lo que sucede cuando lo hacemos. El el mejor caso nos tomarán por locos y se reirán de nosotros. Después, nos ingnorarán con desprecio. El siguiente paso es encontrarnos con la violencia que se relata en la cita de San Mateo.

En los primeros siglos del cristianismo, se usaba la palabra "mystikos "para hablar del profundo sentido de la Palabra de Dios. Entiéndase el sentido místico como algo que Dios nos ofrece a cada uno de nosotros. Incialmente se referían a la realidad escondida tras los sacramentos. Más tarde, este término evolucionó para describir una experiencia interior: cerrar los sentidos al ruido del mundo para abrir el espíritu a la presencia de Dios. La mística sugiere un silencio sagrado que aparece cuando cerramos nuestra atención a lo exterior para entrar en el "misterio" profundo que Dios deposita en cada uno de nosotros.

La mística es no parte del ser humano, sino un don que Dios nos ofrece y que nosotros podemos aceptar o rechazar. Por ello no se esconde lo que Dios nos dice, sino que se comparte para que otras personas accedan al Tesoro Escondido y compren el terreno donde está enterrado. Terreno que es el ser profundo, el alma de cada uno de nosotros. El desafío es hacer lo que se puede leer en el Apocalipsis:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Ap 3-20-22

¿A qué esperamos?

¡Feliz Navidad!




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sábado, 19 de abril de 2025

Feliz Pascua de Resurrección 2025



Esta noche celebramos la resurrección de Cristo, Dios y hombre verdadero. Debería ser el momento más venerado por nosotros y también, el momento en que abriéramos nuestro ser a la Gracia de Dios. Tal vez nos atrevamos a preguntarnos la razón por la que casi no damos importancia a la resurrección del Señor. ¿Qué es lo que nos pasa? Recordemos cuando Cristo curó a diez leprosos y sólo uno volvió para agradecer el milagro (Lc 17,11–19). El que regresó no era judío sino samaritano. Cuando la fe se hace cultura, aparecen muchas ventajas humanas. Pero, al mismo tiempo, se pierde el sentido trascendente de la Buena Noticia. ¿Cómo vamos a evangelizar si no damos importancia a lo que nos conduce más allá de lo cotidiano? Cristo, con frecuencia deja de ser Signo, para convertirse en herramienta.

Como el mismo Jesús lo atestigua, Él es aquel que «Dios, el Padre, ha marcado con su sello», para que sea un Signo. Pero ¿un Signo para qué? Para que exaltado en lo alto del estandarte de la cruz, como lo fue la serpiente de bronce levantada en medio del campamento (Nm 21), Él mismo haga que la mirada no sólo del pueblo judío, sino del universo entero se vuelva hacia él, y por su muerte en cruz atraiga el corazón de todos los hombres. Y enseñará a todos a poner solo en Él toda su Esperanza. Curando todas sus debilidades, perdonando todos sus pecados, abriendo a todos el Reino de los Cielos cerrado desde hacía mucho tiempo, le enseñará que es Él mismo «el que había de ser enviado..., el que esperaban las naciones» (Gn 49,10). Fue Él mismo quien levantó este Signo para todos los pueblos a fin de «reunir a los dispersos de Israel, y agrupar a los desperdigados de Judá de los cuatro puntos» (Is 11,12). (Pedro el Venerable (1092-1156), abad de Cluny. Sermón sobre la alabanza del Santo Sepulcro)

Cristo es signo, lo que nos llama a ver en Él la presencia de Dios entre nosotros. No es fácil entender y vivir esto actualmente. A Cristo le damos muchos significados y lo utilizamos de muchas formas. Pero rara vez lo vemos como Dios entre nosotros: Emmanuel.

Pidamos a Dios que no nos falte el aceite que permite esperarle sin dudas: la Esperanza. Roguémosle que verdaderamente seamos templos vivimos del Espíritu Santo. Pidamos que el olvido, indiferencia o desprecio, no nos haga perder la Fe que tanto necesitamos. Fe que es certeza profunda que no mueve y conmueve. Pidamos que nosotros, aunque seamos pequeños y faltos de toda fortaleza, podamos ser símbolos de la presencia de Dios en el mundo.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Feliz Pascua de Resurrección






martes, 15 de abril de 2025

Velad y orad, para que no entréis en tentación


Ya estamos en Semana Santa y tenemos delante de nosotros al Señor que se manifiesta de forma especial. ¿Cómo vivimos esta semana? ¿Realmente queremos ver a Cristo? ¿Cómo lo hacemos? ¿Lo hacemos como Zaqueo subidos a un sicomoro?  ¿Lo hacemos como el pueblo judío que prefirió salvar a Barrabás? En el Huerto de los Olivos, Cristo reza sintiendo todo el dolor que va a sufrir en breve. ¿Qué hacen los Apóstoles? Duermen. ¿No es esta nuestra actitud más frecuente?

La Semana Santa es un Camino. Un Camino que se inicia en Pascua y termina en la resurrección. En todo recodo del camino se hace evidente la gloria de Dios hecha realidad. ¿Nos conformamos con vivirla a nivel socio-cultural? Dicho sea que no es que sea malo hacerlo así, pero al hacerlo, nos quedamos en la capa más superficial del conocimiento de la Verdad:

Por eso, aquel día, algunos griegos, empujados por esta magnífica aclamación que honra a Dios con fervor, se acercaron a un apóstol llamado Felipe y le dijeron: "Queremos ver a Jesús". Mira: es toda la muchedumbre quien ocupa el lugar del Heraldo e incita a estos griegos a que se conviertan. En seguida, éstos se dirigen a los discípulos de Cristo: "Queremos ver a Jesús".

Estos paganos imitan a Zaqueo; no se suben a un sicómoro, sino que se apresuran a elevarse en el conocimiento de Dios (Lc 19,3). "Queremos ver a Jesús": no tanto contemplar su rostro, sino llevar su cruz. Porque Jesús, que veía su deseo, anunció sin ambages a los que se encontraban allí: "llega la hora en que el Hijo del hombre será glorificado", llamando gloria a la conversión de los paganos.

Y dio a la Cruz el nombre de "gloria". Porque desde ese día hasta ahora, la cruz es glorificada; es la cruz, en efecto, lo que todavía ahora consagra a los reyes, unge a los sacerdotes, protege a las vírgenes, da firmeza a los ascetas, estrecha los lazos de los esposos, fortalece a las viudas. Es la cruz la que fecunda la Iglesia, ilumina los pueblos, guarda el desierto, abre el paraíso. (Proclo de Constantinopla Sermón para el día de Ramos; PG 65, 772)

Contemplar el rostro de Cristo reflejado en las tallas que desfilan por muchas de nuestras ciudades, es maravilloso. Ver el rostro de la Verdad siempre conlleva acercarse al Misterio de la Voluntad de Dios. Es maravilloso, pero ¿Cuántas personas vieron pasar a Cristo por delante de ellos y no llegaron a intentar tocar su manto? Dios siempre da el primer paso, se presenta ante nosotros de muchas formas, pero espera que nosotros demos el segundo paso.

Llevar la Cruz conlleva negarnos a nosotros mismos y seguir los pasos de Cristo. No es tarea sencilla para un ánimo tan inconstante como el que todos tenemos. Como dice Proclo, pedir ver a Cristo conlleva poner nuestra pequeña e inconstante voluntad al servicio de la Voluntad de Dios. Pedir ver a Cristo es mucho más que mirar desde lo lejos las espléndidas apariencias, llenas de belleza, que nos trae la Semana Santa. Es dar un paso adelante y decir: “Sí quiero. Quiero que sea Tú Voluntad la que obre en mí. Quiero que ella me mueva y me haga tomar mi cruz y seguirte”.

La Cruz no es intrascendente para el ser humano del siglo XXI. No ha pasado de moda ni hemos encontrado nada que la sustituya. Tomar la Cruz destroza la pasiva aceptación de una fe costumbrista y sustentada en actos sociales. Tomar la Cruz produce que seamos repudiados por el mundo, que nos odiará como odió a Cristo. Tomar la Cruz significa dejar atrás el espacio de confort en el que tanto nos gusta vivir. Significa que cada paso es un paso que nos acerca al Señor. Es un paso que nos ayuda a construir la casa sobre Roca en nosotros.

Miremos en la Semana Santa una oportunidad. Un tiempo propicio para subir al sicómoro para que Cristo nos vea. Es el tiempo de hacer nuestra “la Cruz la que fecunda la Iglesia, ilumina los pueblos, guarda el desierto, abre el paraíso”. Nada de esto es sencillo, porque en este siglo XXI imperan las apariencias. Lo que realmente es trascendente y sustancial, lo olvidamos. Nos pasa como el aceite que olvidaron las Doncellas insensatas. Empleamos nuestra fuerzas humanas en construir torres de babel que nos prometen que llegarán al Cielo para que podamos llegar a Dios. Las torres de babel siempre generan disputas y enfrentamientos. La Cruz que Dios nos da, no genera nunca enfrentamientos. Esa es la prueba que permite ver más allá de las apariencias. Demos gracias a Dios.

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